domingo, 18 de diciembre de 2011

Al anuncio del Angel (Adviento IV)

Una imagen vale más que mil palabras, con lo que la homilía de hoy la ponemos en saber disfrutar de esta preciosa escena de la Anunciación. Como los niños. Como los que vuelven a maravillarse de que Dios nos ame tanto que envíe a su Hijo, a su Verbo eterno, a vivir con nosotros...y como nosotros. Con nuestra pobreza, nuestra oscuridad y nuestro frío, interior y exterior. Como los que vuelven a descubrir a María como la puerta de la esperanza y de la alegría. Acógete a Ella para que te enseñe a recibir a Jesús y llenarte un año más de su luz.

Y como postre navideño, que ya casi estamos, no te pierdas este video:
http://www.youtube.com/watch?v=zduwusyip8M&feature=player_embedded

FELIZ NAVIDAD... como los niños, porque de ellos es el Reino que no tendrá fin.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Misioneros de la Alegría (Adviento III)

Por experiencia sabemos que estar alegres de vez en cuando está al alcance de cualquiera... pero estar siempre alegres es casi un milagro. Por no decir algo imposible. Entonces, ¿por qué san Pablo nos lo pone casi como un mandamiento prenavideño? “Estad siempre alegres”, les propone a los cristianos de Tesalónica. Como Dios no manda imposibles, nos damos cuenta de que esto, más que un mandato, es una “buena noticia”, como la que daba Isaías en la primera lectura: la buena noticia de que es posible conservar siempre la alegría en el corazón, pues esta propuesta viene directa del mismo Dios. El la hará posible.

Y como es El quien hace posible la alegría, debemos escuchar con atención sus consejos, mejor dicho los que de su parte nos ofrece san Pablo. Es importante, porque por nosotros mismos no conseguiremos más que una alegría intermitente, demasiado interrumpida por los imprevistos y disgustos que nos acaba echando la vida de cada día. Gracias a Dios hay muchas cosas en nuestra vida que nos la hacen alegre y feliz en muchos ratos... añadamos los consejos que nos da san Pablo para que esos ratos se extiendan... hasta ser algo habitual en nosotros.

El primer consejo es que “nos guardemos de toda forma de maldad”. El malvado nunca está alegre. Podrá conseguir cierta felicidad, estar satisfecho o incluso creerse realizado. Pero el mal nunca deja una alegría verdadera en el corazón. Y no pienses que los malvados son los perversos habitantes del sector oscuro de las películas de acción. Porque los malvados somos cada uno de nosotros cuando hacemos el mal. Nos viene a recordar san Pablo que nos guardemos del pecado. Porque como él mismo nos dice en otro lugar, el salario del pecado es la muerte. La paga que nos deja en el alma es la tristeza. Por eso, lo primero para conseguir un corazón alegre es pedir cada día a Dios un corazón bueno, y si vemos que el mal tiene sus trincheras en el alma, acudir al sacramento de la confesión, en el que la Misericordia de Dios las dinamita y las rellena de alegría y paz.

Pero nos dice algo más: “dad gracias a Dios en toda ocasión”. La gratitud a Dios es la antesala de la alegría. Porque supone reconocer que todo nuestro bien viene de El, y por ello asegurar a nuestro corazón que nunca se verá privado completamente de lo que necesita. Que nunca tendrá que estar irremediablemente triste si es capaz de reconocer y agradecer los dones de Dios.

Podemos pensar en la gratitud que se trasluce en las palabras que Juan Bautista nos dice hoy. “No soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. Siendo quien soy, viene alguien “detrás de mí”, siguiendo mis pasos. Alguien eternamente maravilloso “que existía antes que yo”, y que sólo viene para darme ese agua de pureza y alegría que anhela mi alma, “porque el bautizará con Espíritu Santo”. El Bautista sabe bien que él no es el Mesías, ni el Profeta ni Elías, que de sí mismo no puede esperar una salvación verdadera. Y se llena de gratitud al descubrir que el Salvador, acordándose de él en medio de su desierto.

Su gratitud le llena de alegría, y su alegría le mueve “a ser testigo de la luz”. Cuando has descubierto en la bondad y en la gratitud a Dios el manantial inagotable de alegría, es natural que quieras que los tuyos vengan a beber un poco de este manantial. En estos días es fácil felicitar la Navidad, hablar de Dios, enviar su alegría y su luz en felicitaciones navideñas, postales o cibernéticas.

¡Y es tan necesario! Nuestra gente necesita el testimonio de la Caridad, como se ve en tantas Cáritas parroquiales que no da a basto. Pero no es menos importante el testimonio de nuestra alegría y nuestra esperanza en estos momentos de incertidumbre y ansiedad por tantos problemas. Ojalá esta Navidad puedas ser misionero de la alegría, y dar así a manos llenas esta limosna de sonrisa y esperanza. Viene de Dios, y con El nunca se te arrebatará del todo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Camino limpio (Adviento II)

En las lecturas de hoy se nos habla de “alzar la voz”, de “gritar en el desierto”. En seguida nos damos cuenta de que, como en un concierto, lo que se nos grita es que guardemos silencio, porque va a comenzar una gran interpretación. Silencio, “porque llega nuestro Dios, y trae con él su recompensa y su salario”, grita el profeta Isaías. Silencio, porque “detrás de mí viene Alguien más fuerte que yo”. Silencio, para escuchar con atención la voz que susurra melodías de paz y esperanza. ¿Cómo pretender escuchar una pieza delicada en medio de ruidos y prisas atronadoras? Por eso, haciendo silencio en el alma, “preparamos el camino del Señor”, y nos disponemos a recibir lo que nos recordaba el salmo, “su misericordia y su salvación”.

Es la tarea propia del Bautista recordarnos esto, que Dios viene, y lo hace para salvar nuestras vidas, como decía san Pedro en la segunda lectura, pues “en su gran paciencia quiere que todos se conviertan y se salven”, y al salvarlas las llena de bendiciones y regalos. Es un recuerdo que nos da consuelo y esperanza, pero la segunda parte del recuerdo toca más a nuestra responsabilidad: Dios no podrá entrar en nosotros si no le dejamos un camino limpio. Es tan respetuoso con nosotros que nunca entrará si no le abrimos la puerta... aunque tantas veces El se las ingenia para saludarnos por la ventana. Así, preparar el camino y abrir la puerta es limpiar el corazón, para que en El pueda Nuestro Señor pasear y dejar su recompensa.

Se desconsolaba un niño que se había portado fenomenal durante todo el año porque los Reyes Magos no le habían traído nada. Y pensaba que siendo él bueno, la culpa era de los Magos, que o se habían olvidado de su petición o habían pasado de largo ante su puerta. Nunca habría imaginado que lo pasó aquella noche es que los Reyes estuvieron horas y horas intentando atravesar un jardín lleno de obstáculos y maleza, sorteando cristales tirados por los suelos y sacando sus camellos de charcos llenos de pirañas malintencionadas. Por más que su madre le recordaba al niño que limpiara y recogiera el jardín para que los Magos pudieran pasar, se despistó y se pasó la víspera de Reyes en ensueños de si le traerían esto o lo otro, sin preocuparse de limpiar el camino que tendrían que recorrer hasta la casa.

Hoy Juan Bautista es como la madre que te advierte que limpies tu jardín. No te quejes luego de que no has recibido tanto de Dios como esperabas. La fe nos dice que El no puede fallar, pues es Todopoderoso y lleno de Misericordia para nuestras necesidades. La experiencia, por otro lado, nos demuestra que cuando hemos hecho lo que estaba de nuestra parte, Dios nunca nos ha fallado. Si vivimos en gracia, recibimos los sacramentos, controlamos las pirañas de nuestros vicios y tenemos la maleza de nuestros miedos y desconfianzas bien cortadas, Dios entra. Y entra con sus dones.

María Inmaculada es la Madre buena que encontró el jardín de su vida limpio y lleno de pureza delante de Dios, un jardín donde la melodía de Dios encontraba un silencio perfecto para resonar. Por eso el Todopoderoso pudo hacer en ella maravillas. Esta Novena de la Inmaculada ella se pone a nuestro lado, para recordarnos los prodigios que Jesús puede hacer cuando encuentra un corazón limpio, y ayudarnos a tener el alma arreglada cuando la vida nos la revuelva. Junto a ella, el silencio y el esfuerzo interior harán para Dios un camino bien preparado.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Despiertos y en pie (Adviento I)

¿Cómo definirías a un cristiano? Apunta la respuesta de san Pablo en las segunda lectura de hoy: “Vosotros sois los que esperáis con fuerte deseo la venida del Señor Jesucristo”? Este rasgo de la vida cristiana es el que volvemos a poner en primer plano un Adviento más. Para ser cristiano no sólo hay que tener fe, ni hacer buenas obras de caridad. También hace falta la dulce virtud de la esperanza. Es ella la que nos imprime en el corazón la certeza de que Jesús viene, como el “Señor de la casa”, es decir, de nuestra vida, “de modo repentino”, y siempre cuando más le necesitamos.

¿A qué viene? O en otras palabras, ¿para qué le esperas? Seguro que queremos que “restaure nuestra vida y nos salve”, con tantos rotos y sinremedios como podemos ir llevando encima. Seguro que deseamos con fuerza que lave nuestras culpas y purifique nuestra falta de inocencia, ya que, como constata hoy el profeta Isaías, “nuestras culpas nos arrebatan como el viento”. Viene pues a recomponer tu vida y a lavar tu corazón. Viene porque le necesitamos. Viene a nuestro encuentro para saciar estas profundas necesidades.

Y si viene, “que no os encuentre dormidos”, como aquél que perdió el último autobús por dejarse vencer en la parada por el sueño. Estemos bien despiertos, siguiendo el ejemplo del portero que nos sugiere Jesús en el Evangelio de hoy. En el fútbol o en las casas, un portero eficiente comienza por estar despierto. ¿Sólo con los ojos abiertos? No. Pendiente de quien le requiere, y atento a conseguir la fuerza y concentración que necesita para sacar adelante la tarea que le ha puesto el Señor de la casa.

El cristiano está despierto no sólo cuando tiene abierto el ojo de la fe, sino cuando se preocupa con diligencia de los demás y de sí mismo. Rezando sin dormirse por los que dependen de él, atento con un corazón sensible a las necesidades de los más pobres, previsor para pedir sin cesar al Padre las fuerzas que necesita cada día. Velemos por tanto, viviendo la oración por los demás y por nosotros mismos. Y si nos asaltan las peligrosas tentaciones de quedarnos dormidos con el volante de nuestra vida en las manos, si nos damos cuenta de que se nos olvida interceder por los demás, de que nuestro corazón se vuelca en sus propios problemas y depres, de que nos desanimamos porque no tenemos fuerza... ¡Arriba! A despertarse y a continuar.

Nuestra Madre, como cuando éramos pequeños, nos despierta cuando el sueño se nos ha hecho demasiado pesado. A su voz nos ponemos en pie y encontramos el desayuno preparado y la cartera lista para ir al colegio a seguir trabajando. En este primer día del Adviento puedes acudir a ella, para que despierte tu corazón, sacuda tu pereza y tu adormilamiemto espiritual con su ternura materna, y te lleve de la mano para seguir trabajando con esperanza. La esperanza del que sabe que su trabajo es una preparación para la venida del Señor de la casa, y que con su venida todo lo que hay en ella se arreglará. “Ven Señor, y no tardes”.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Jesucristo, Rey del Universo

Gobernantes y reyes los hay de muchos tipos, faustos y nefastos, prósperos y ruinosos, magnánimos y tiranos... De todo hay, pero sin duda un modelo de buen gobernante lo tenemos en el Pastor. De los pastores nos dice hoy el profeta Ezequiel una serie de actitudes que seguramente todos querríamos para nuestros gobernantes: que tengan la iniciativa de de venir hacia nosotros y nuestras dificultades, que nos busquen una salida cuando andemos perdidos, que nos recojan cuando nuestra vida descarrile, que nos venden las heridas de la vida y que sanen de raíz nuestras enfermedades. Todo ello, dice el profeta, no sólo lo hace un pastor, lo hace Dios mismo con cada uno de nosotros.

Por eso Jesús, al presentarse hoy en el evangelio como el Rey, que tiene en sus manos el Universo y en su Corazón el juicio definitivo sobre el valor de nuestra vida, se compara con un Pastor. Si Jesús es Rey, lo es como un Pastor, más aún, como el Buen Pastor que ha dado su vida por los suyos. Nos recuerda san Pablo que Jesús es Rey porque, muriendo por nosotros, nos ha abierto las puertas del Reino eterno de Dios. Dice el Apóstol que “Cristo tiene que reinar hasta Dios ponga a sus enemigos debajo de sus pies”. Cristo, pues, es el Rey lleno de poder y misericordia, que arranca todo aquello que amenaza nuestra vida y lo pone bajo sus pies.

Si esto vale para todo lo que pone en peligro nuestra vida, vale aún más para nuestro gran enemigo, la mayor amenaza de nuestra vida, que no es otra que nuestra muerte. La muerte ha sido vencida en la resurrección de nuestro Rey, y de esa victoria podemos participar todas sus ovejas. ¿Cómo entrar en ese Reino de la vida y de la inmortalidad? ¿Cómo llenar nuestra vida tomando parte en “el Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo?. Sin duda, viviendo unidos a nuestro Rey. ¿Cómo puedo estar de verdad unido a Jesucristo? “Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Se nos pone bien fácil esta unión con Jesús. ¡Tenemos tantas oportunidades para estar con El sirviendo a los que nos necesitan! El catálogo de obras de misericordia que Jesús agradece en el evangelio como hechas a sí mismo, es nuestra guía de viaje para el Reino de los Cielos. Todos los días podemos vivir la misericorida y la compasión con los necesitados, conocidos o extraños. Todos los días podemos salir al encuentro de nuestro Reye en las mil formas humildes que escoge para presentarse en nuestra vida.

Descubrimos así en las obras de misericordia ese aceite que da luz a nuestras lámparas, ese talento que hemos de hacer rendir. Encontramos la unidad de los evangelios de estos últimos domingos, que nos vienen a decir que Jesús espera que aprovechemos nuestra vida para llenar este mundo de una luz muy especial, que brota del gran talento que a todos se nos ha dado: la increíble capacidad de realizar obras de misericordia de valor infinito.

¿Te has parado a pensar en el valor inmenso que tiene un pequeño gesto de amor? Es infinito, porque se lo hacemos al Dios infinito que se nos muestra en Jesús, y porque lo realizamos movidos por su infinito poder. A nosotros nos parecerá pequeño, sin valor y hasta rutinario. Nos parecerá a veces que no vale nada porque lo hacemos como sin querer, casi de forma automática... Pero ¡cuántos pequeños gestos de amor y servicio “automáticos” podemos realizar al cabo del día! Y por cada uno de ellos, vamos atesorando en el Cielo una inmensa riqueza.

Pues así podemos caminar los cristianos por la vida. Seguros y llenos de confianza, porque tenemos un Rey lleno de poder y de misericordia, que nos llena de sus ternuras de Pastor. Esperanzados porque vaya como vaya el mundo, lo que nos espera al final es la belleza infinita del Reino de Dios, que Jesús ya hace presente en medio de este mundo. Conscientes de tener en nuestros corazones el gran recurso para conseguir una vida valiosa, como es la capacidad de realizar obras de misericordia, movidos por Jesús y orientados a El.

“Tu misericordia y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Quedamos ahora meditando esta frase, que le decimos a Jesucristo, nuestro Rey, con el corazón puesto en el suyo. Bajo la mirada dulce de la Reina de los Cielos, María Santísima, que supo poner toda su vida al servicio del Reino de Dios y siembra cada día nuestro mundo de milagros de amor y misericordia.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Aceite sabio (Domingo XXXII A)

Terminada la primera semana del mes de Noviembre muchos de nosotros seguro que hemos pensado en el final de la vida. El recuerdo de los difuntos del pasado miércoles y la tristeza del otoño con mal tiempo parecen inclinar nuestro pensamiento hacia la ausencia de las personas que queremos y también hacia el misterio que supone la brevedad de nuestra vida. Quizás por eso resulta esclarecedor el rayo de luz con el que san Pablo define hoy la muerte del cristiano, en la carta que escribe a los fieles de Tesalónica. ¿Qué es el muerte para un cristiano?, nos preguntamos. “Estaremos siempre con el Señor”, nos responde san Pablo. Pasar a una profundísima y eterna unión “con” el Señor y, “con” El, a la vez “con” todas las personas que en El están viviendo.

Por eso Jesús vuelve a recordarnos hoy que nos espera un banquete lleno de luces y fiesta en el Reino de los Cielos, un inmenso convite de bodas en el que El mismo es el Novio y el protagonista absoluto. El ha triunfado sobre la muerte y ha preparado esta fiesta sin final para todos nosotros. Cada uno de los bautizados, en efecto, está invitado a esta interminable sección final de nuestra vida. De ahí que las diez doncellas de la parábola de hoy, invitadas a la boda y expectantes por entrar en ella, nos representen a todos nosotros.

Ella tienen lámparas, que son las que deberán encender si quieren ser reconocidas por el Anfitrión y acceder al salón del convite. También a nosotros se nos ha dado una lámpara que puede encenderse en luces del Cielo. Se nos dio en el Bautismo, cuando nuestro corazón quedó transformado en una lámpara lista para acoger la luz del Espíritu Santo. Pero también nosotros podemos ser “necios” y olvidarnos de que no basta tener una invitación para poder entrar, como no basta tener una lámpara para irradiar luz. Hace falta estar preparados para el banquete, como hace falta tener aceite para que la lámpara se encienda.

De nuevo, junto con la alegría de la invitación a las bodas, Jesús nos recuerda la seriedad con la que debemos examinar nuestra vida. Porque muchos son llamados y pocos los elegidos. Todos tenemos lámparas, todos podemos dormirnos en el camino de nuestra vida... pero ¿todos tenemos aceite suficiente para encender la lámpara cuando Dios nos despierte?

Enseguida intentamos aprender de las doncellas sensatas, y buscamos la sabiduría que necesitamos para poder encontrar el aceite que nos hace falta. ¿Dónde comprarlo, antes de que sea tarde? La primera lectura nos da ayuda a descubrir que el aceite puede ser la Sabiduría de Dios, que “resplandece con una luz inmarcesible”. Para un cristiano, esta Sabiduría no es otra que la enseñanza de Jesucristo, que hace pocos domingos se nos resumía en el doble precepto del amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Si llevamos en el corazón esta enseñanza de Cristo, podremos dormir tranquilos, porque llevamos aceite del bueno en nuestra lámpara. Un aceite claro donde Jesús se puede reflejar, y reconocerse. Si vivimos según las enseñanzas del Maestro, Jesús se reconocerá en nuestra vida, y por tanto no tendremos que escuchar las palabras de las doncellas necias. Cuando Jesús dice “no os conozco” es como si les dijera algo terrible: no me reconozco en vosotras, que no habéis tenido cuidado de dar luz y calor. Intentemos que nuestra vida esté llena de la luz del amor y del servicio, que será la mejor muestra de que llevamos ese buen aceite en nuestro corazón.

Y si éste nos falta, vamos a pedirlo. A veces nos sentimos reflejados en las palabras del salmo de hoy: “mi alma tiene sed del Dios vivo”. Muchas veces sentimos la sequedad interior que nos impide querer y servir a los nuestros como quisiéramos. Palpamos la oscuridad de nuestros defectos, nuestro cansancio, la desesperación ante un esfuerzo interminable. Es como si la lámpara se rompiera y el aceite se derramara. Es el momento de acudir a la gran organizadora del banquete, la Madre del Novio, la Virgen María. A ella le pedimos que nunca se nos agote el amor que el Espíritu Santo pone en nosotros, y que guarde nuestros pasos hacia ese banquete maravilloso que su Hijo nos ha prometido.

Si conseguimos entrar en él, toda nuestra vida tendrá sentido y valor. Si nos despistamos y nos perdemos buscando llenar nuestro corazón con otros líquidos, puede que se haga demasiado tarde y que se nos cierre la puerta. Entonces nada de lo que hayamos hecho en la vida nos habrá sido la utilidad. Vamos a caminar con decisión hasta este banquete del Cielo, y vamos a saborear cada día la alegría intensa de saber que estamos creados para vivir para siempre con el Señor, y encontrar en Él una felicidad y una unión con todos que no termina jamás.

domingo, 23 de octubre de 2011

Centrados en amar (Domingo XXX A)

No nos extraña demasiado que los fariseos necesitaran profesionales para interpretar sus mandamientos, tal y como el experto en la Ley (de Moisés, claro) que hoy pregunta a Jesús. No debe de ser sencillo vivir pendiente de 365 prohibiciones y 248 preceptos, ni llevar una vida religiosa bien centrada cuando se ha complicado tanto. Tampoco nos extraña el contraste con la descripción de la vida religiosa en los cristianos de Tesalónica que san Pablo describe en la segunda lectura de hoy: “abandonasteis los ídolos para convertiros y servir al Dios verdadero”. Dos preceptos: abandonar el mal y entregarse a Dios, máxima sencillez de vida.

Se nota que el fariseo Saulo de Tarso aprendió profundamente la enseñanza del Maestro Jesús de Nazaret al convertirse en san Pablo. Porque es Jesús quien hoy nos enseña que el centro de nuestra vida religiosa está en algo tan sencillo como lo que aprendimos de pequeños en la catequesis: resumir toda una vida de fe en amar a Dios con todas las de nuestro corazón (las que cada uno tenga, por cierto) y amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos.

Es importante recordar que el verbo amar tiene la primacía en el mundo de nuestras relaciones con Dios. Muy por encima de verbos quizás más frecuentes, como pedir, temer, utilizar, serenarse, enrutinarse... Si Dios espera algo de nosotros es precisamente que le amemos, que volquemos en su Amor los mejores afectos que tengamos en el corazón, tal y como decíamos en el salmo: “Yo te amo Señor”. Vivir con Dios una ternura cordial como la que expresamos en el Gloria de la Misa: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos...”. Un amor que además rebase el afecto y se exprese en dos actitudes bien concretas: el servicio a Dios y la obediencia a su Palabra, que es el contexto en el que el pueblo de Israel vivía el mandato central del libro del Deuteronomio que hoy cita Jesús: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu vida, con todas tus fuerzas”.

En seguida nos damos cuenta, sin embargo, de la dificultad de servir y obedecer a Dios... ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo le podemos ver o escuchar? A veces se nos hace demasiado lejano como para que sea una presencia real en nuestras vidas. Por eso Jesús nos propone el segundo mandamiento como camino real para vivir el primero: amaremos a Dios si le servimos y obedecemos en el prójimo. Ya en la vida del pueblo de Israel se tenía la percepción de que Dios espera que no hagamos mal a los más cercanos a nosotros. Así el libro del Éxodo nos dice hoy que se debe evitar la opresión, el robo, la explotación, la usura, el trato abusivo, la prepotencia con los débiles. Es un buen comienzo, no hacer el mal al prójimo por amor a Dios.

Pero Jesús cuando habla del prójimo nos propone un paso más: no sólo evitar el mal, sino buscar el bien de los demás, como expresión de un amor verdadero. No tratar sólo de ayudar a los cercanos, sino tener un amor abierto a todo aquél que me necesite. Aunque no le conozca. Aunque sea un enemigo, como el Señor nos enseña en la parábola del Buen Samaritano. Un amor así es el que nos permite vivir un amor a Dios verdadero y bien centrado.

Es un camino difícil, aunque el contenido de la Ley de Jesús sea sencillo y comprensible para todos, sin necesidad de expertos. Y para seguir un sendero complicado es imprescindible seguir a buenos guías. Por eso dice san Pablo hoy que los cristianos de Tesalónica “habían seguido el ejemplo de Jesús y el suyo propio”. Esa es también la receta para nosotros: seguir el ejemplo de Jesús. En muchas ocasiones el Señor muestra en el Evangelio su amor a su Padre Dios. Pero en ninguna como en el huerto de los Olivos, cuando vive su amor en forma de obediencia suprema: “Padre no se haga lo que yo quiero, sino tu voluntad”. Muchas cosas buenas hizo Jesús por los suyos, pero ninguna como entregar su vida por entero en favor de sus enemigos, que eran los que movían los hilos de la Pasión y, en el fondo, todos nosotros en cuanto nos enfrentamos a El con nuestros pecados.

San Pablo, el primer misionero, sigue los pasos de Jesús muy de cerca, y con él todos los que hoy están viviendo en la Iglesia la vocación misionera, que recordamos en este domingo del DOMUND. El misionero en el fondo es una persona que muestra su amor a Dios obedeciendo a una llamada muy difícil: abandonarlo todo para entregarse a unas personas que no conoce y con un futuro absolutamente imprevisto. Siguiendo la llamada amorosa de Dios dedican toda una vida a sembrar el Amor de Dios, dando lo mejor de sí mismos y haciendo el bien a todos los que pueden, no sólo a los indiferentes sino incluso a los enemigos. ¡Tantos misioneros han dado ya su vida como testimonio supremo del mandato del Amor que nos enseña hoy Jesús!

Jesús y todos los misioneros que desde san Pablo han seguido su estela son nuestros modelos, que nos pueden ayudar a aprender poco a poco este camino en nuestra vida cotidiana. Si comprendemos que cada gesto de amor con el prójimo es un paso adelante real en nuestro camino hacia Dios, experimentaremos cómo nuestra vida cristiana va encontrando poco a poco su verdadero centro. Unidos a María intentaremos vivir el doble precepto del amor como el centro de nuestra vida cristiana: nadie ama a Dios como Ella, con su Corazón Inmaculado, y nadie está tan atenta como ella a las necesidades del último de sus hijos.

domingo, 16 de octubre de 2011

Siempre a lo grande (Domingo XXIX A)

Llevaban mucho tiempo escondidos los fariseos, desde aquellos lejanos enfrentamientos con Jesús en Galilea. Pero hoy vuelven a aparecer, esta vez en las últimas controversias que sostiene el Señor en el templo de Jerusalén. Nosotros les conocemos por dos rasgos: su tendencia a tener muy controlada su precisa religiosidad y su visceral rechazo de la nueva religión que enseña el Señor. Por eso tratan de cazarle con una pregunta que pretende encerrar a Jesús en una trampa política: ¿cómo relacionarse con la autoridad legítima, con el César?

Pensamos que hoy cualquier cristiano sabría responder a esta cuestión. Sabemos desde siempre que el cristianismo ha vivido en una increíble diversidad de formas políticas en sus dos Milenios de historia. Es una muestra de libertad, flexibilidad y universalidad que distingue por cierto al cristianismo de otras religiones. Sabemos también que el cristiano, en la comunidad política, está llamado a esforzarse por el bien común de su país. El amor y espíritu de servicio a la patria que nos recomienda el catecismo, que quizás hemos renovado en esta Fiesta Nacional, es propio de la fe cristiana. Igual que lo es la obediencia a la autoridad, pues reconoce en ella una presencia de Dios. Así se lo decía el mismo Dios a Ciro, rey de Persia, en la primera lectura: “te concedí un título aunque no me conocías”. Por eso san Pablo en varias ocasiones nos recomienda la obediencia a la autoridad, la cooperación fiscal y económica, y el deber de rezar por los gobernantes. No lo hace en la carta que leemos hoy, la primera a los de Tesalónica, de carácter íntimo y personal, pero sí por ejemplo en el capítulo 13 de la carta a los romanos, que podríamos leer despacio. El límite a esta actitud, por supuesto, está en la conciencia, pues nos dice la Escritura que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ante leyes inmorales el cristiano sabe que tiene el derecho y el deber de objetar en conciencia e incluso desobedecer, aunque como nos cuenta el capítulo 13 del Apocalipsis, esto le acarree persecuciones y serios problemas.

Es un tema claro, y por tanto sería una pregunta bastante tonta... si no estuviese guiada por la maldad de los fariseos. Es evidente que ellos no tienen interés en la enseñanza del Maestro sobre la vida pública. Se ve en el tono con que preguntan, con doblez y fingimiento. Además, salta a la vista que ellos ya tenían la respuesta: en su mano estaba el denario preparado para pagar el impuesto. No nos extraña que ante este panorama Jesús derivara la pregunta hacia el corazón de los fariseos: demos al César lo suyo, pero ¿le damos a Dios lo suyo? Jesús conoce, nos dice san Mateo, el interior de los fariseos, y ve allí las componendas que hacen para excusar su falta de fe en Jesús, su falta de generosidad para entregarse a Dios como El les enseña. Jesús ve que ellos prefieren vivir una fe según les parece, y por eso les sitúa ante la gran pregunta: ¿le doy a Dios lo que me parece, con mi religiosidad hecha a mi medida, o le doy a Dios lo que se merece, lo suyo?

Ante esta decisiva pregunta nos sitúa también a nosotros. Podemos vernos como cristianos que nos resistimos a dar a Dios lo suyo, y como los fariseos, buscamos componendas y recortes para dar a Dios lo que a nosotros nos parece. Seríamos entonces los reyes del regate, más que Messi o CR9, si nos dedicamos a regatear y andarnos con reservas delante de Dios. Nos puede pasar cuando no dedicamos tiempo a la oración, o cuando buscamos vivir la misa buscando mínimos (voy cuando me parece, voy si dura poco, a ver si la de hoy me vale para mañana, llego tarde por sistema porque seguro que vale igual....). Quizás te puede pasar también a la hora de pensar tu compromiso con el bien común: ya hago bastante con lo mío...

En fin, si somos sinceros podríamos ver que vivir así, como pequeños fariseos, es resignarse a presentarle a Dios un corazón algo mísero... cuando El es infinitamente generoso con cada uno de sus hijos. La ilusión de vivir como un cristiano generoso se enciende en el corazón cuando descubrimos que nuestro Padre Dios nos lo ha dado todo, y por tanto, “lo que es de Dios” es... sencillamente toda nuestra vida. Por eso intentamos, en la medida de nuestras fuerzas, entregarnos a Dios sin límites, ser generosos con El a lo grande, que es la medida que El se merece.

¡Cómo cambia entonces nuestra religiosidad! Cuando ponemos el corazón en nuestros momentos de oración y en la celebración de la Misa, cuando vivimos nuestros deberes con El sin regateos ni excusas, cuando asumimos a lo grande, con esperanza llena de ilusión, nuestro compromiso cotidiano en la mejora de este mundo. ¡Qué alegría tendríamos cada noche si, después de esfuerzos, problemas, sufrimientos y consuelos, pudiéramos decir que al menos hemos vivido la jornada con generosidad y con el corazón puesto en Dios!

Es una meta preciosa la que nos propone Jesús: ofrecer, más bien devolver, a Dios toda nuestra vida. Y como todo lo valioso, costoso. Por eso nos pueden ayudar dos ejemplos muy cercanos. Uno es el de santa Teresa, quien empezó su “camino de perfección” cuando decidió, pasados sus cuarenta, entregarse a Dios del todo y absolutamente. Así pudo escribir: “vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”. No digamos la Virgen Santísima, que se define como la esclava del Señor y pone todo el valor de su vida en que se cumpla en ella la Palabra de Dios. Tomemos la luz de estos ejemplos para que nos ayuden a vivir la Palabra de Jesús, de modo que tengamos la alegría de vivir a lo grande delante de Dios y de hacer todo lo nuestro con el corazón puesto en su Amor.

domingo, 2 de octubre de 2011

Llenos de frutos para Dios (Domingo XXVII A)

Hablar de viñas en otoño supone enseguida pensar en la vendimia y la recogida de la uva. Quizás por eso la imagen de la viña, que Jesús viene usando en estos últimos domingos como ejemplo del lugar donde Dios nos encarga trabajar a cada uno de nosotros, aparece hoy como un lugar en el que uno va a recoger frutos. Con la parábola que acabamos de escuchar, Jesús nos quiere hacer reflexionar sobre quién es la persona que va a recoger esos frutos, y por otro lado sobre quién es la viña que tiene que darlos.

Si hemos estado atentos habremos descubierto ya que el recolector es el mismo Dios. El ha plantado la viña y El espera sus frutos. Jesús, que conoce los secretos del Padre, describe cómo la viña ha sido plantada por El de una manera maravillosamente buena, porque Dios lo hace todo bien. Todo en ella está bien preparado. Dispone de todo lo necesario para lo que se espera de ella. Además, Dios espera sus frutos con una paciencia inagotable, dando oportunidades sin cuento hasta que los frutos se recogen. Jesús nos recuerda que Dios hace todo lo suyo maravillosamente bien, con un esmero infinito, como un albañil que no sólo nos hace una buena obra en casa sino que además nos lo deja todo limpio y más arreglado que como estaba.

Por otro lado, si hemos escuchado bien al profeta Isaías, entenderemos que esa “viña del Señor es la casa de Israel”, como hemos repetido en el salmo. Es decir, la viña plantada por Dios es su pueblo elegido, al que hoy llamamos Iglesia. Cada uno de los cristianos es parte de esa viña, y por eso tu propia vida puedes verla como una viña, plantada en este mundo por el mismo Dios y objeto de su Amor y su esmero. Tu vida es de Dios, y tu vida será por tanto feliz y llena de sentido cuando Dios pueda recoger los frutos que espera de ti.

¿Cuáles son esos frutos? Nos puede ayudar lo que hoy nos dice san Pablo, una verdadera viña de primera categoría. En la carta a los filipenses nos habla hoy de muchos frutos que podríamos dar con nuestra vida diaria: buscar lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable, lo laudable, la virtud el mérito... Pero hay dos frutos que san Pablo destaca de una manera muy especial, como si nos quisiera indicar que son la mejor variedad de uva que a Dios le encantaría encontrar en nosotros.

San Pablo nos ha dicho que “en toda ocasión oremos con acción de gracias”. Comprendemos que si Dios lo hace todo bien, todo el bien de nuestra vida procede de El. La gratitud es la respuesta que nuestro Padre Dios espera de sus hijos, y eso significa que la palabra que más le gusta encontrar en nuestro corazón es la palabra gracias. Como decimos en la misa, “darte gracias siempre y en todo lugar”. Es natural dar gracias a Dios con motivo de las buenas ocasiones, cuando nos toca la lotería o nos sale un buen resultado médico... pero san Pablo dice “en toda ocasión”. Eso lo debería hacer cualquiera. Lo que es sobrenatural es seguir dando gracias en las malas ocasiones, cuando hemos perdido dinero o trabajo, o cuando nos dan una mala noticia en el hospital... No dar gracias por ellas quizás, pero sí dar gracias a Dios porque sigue estando junto a nosotros para darle sentido a estas ocasiones y encajarlas en el sentido de nuestra vida.

La gratitud es un fruto excelente que nuestra alma puede ofrecer a nuestro Padre Dios. Y aún hay otro, según la lectura de san Pablo que tenemos hoy. Nos dice en su carta que “nada nos preocupe”. Parece una expresión poco realista, de hecho es imposible que esto ocurra en nuestra vida natural. Tantas cosas nos preocupan, tantas necesidades nos agobian, en la salud, en el trabajo, en la familia, en nuestra manera de ser... ¿Cómo es posible no preocuparse por nada? Es posible sólo si lo sobrenatural es nuestra vida. Si pensamos que Dios, que ha plantado en nosotros la vida sobrenatural, es el que se encarga de darnos todo lo que de verdad necesitamos encontraremos un sólido motivo para cambiar la preocupación por la confianza. Dios nos ha plantado “con una cerca, un lagar y una casa para el guardia”, por lo que parece que el interés que se toma por nuestra protección puede ayudarnos a disipar las nieblas de la angustia y de la preocupación en muchos momentos de nuestra vida.

Al igual que con la gratitud, la confianza se vivirá en todo momento si Dios nos la concede. Confiar en los momentos buenos lo debería hacer cualquiera. Seguir confiando cuando sólo nos rodean un montón de callejones sin salida sólo puede hacerse gracias a un regalo especial de Dios. Así lo hizo la Virgen al pie de la Cruz, cuando al ver morir a su Hijo no volvió a su casa derrotada, sino que permaneció en Jerusalén con la confianza de que Dios abriría un camino nuevo en medio de ese espantoso callejón. Lo que a Dios le agrada la confianza que tenemos en El, por otro lado, lo pueden intuir las madres, que sienten con amargo dolor cualquier muestra de desconfianza por parte de sus hijos.

Jesús fue a buscar estos frutos de gratitud y confianza al pueblo elegido de Dios, representado en sus líderes: los Sumos Sacerdotes y los Ancianos. Sabemos que cosechó todo lo contrario, desprecio y violencia: “lo agarraron, lo echaron fuera de la ciudad y lo matamos”. También hoy Dios encuentra desprecio, rechazo y violencia visceral cuando se presenta en la vida de algunas personas. Quizás nosotros no seamos de este tipo, pero es posible que sí estemos en la categoría de las plantas que ya no crecen.

Las palabras de hoy nos pueden mover a pedirle a Dios que seamos capaces, con su ayuda, de darle muchos frutos en cada jornada. ¡Qué bonita sería tu vida, aunque nada cambie por fuera, si pudieras darle a tu Padre Dios muchos frutos, muchas alegrías cada día! Cada vez que expresas en tu corazón el agradecimiento y la confianza que tienes en El, consigues esa cosecha preciosa que alegra el Cielo y que llena tu vida de esperanza y sentido. Que el Espíritu Santo te conceda una buena vendimia, y que permaneciendo cerca de la Virgen María puedas vivir como ella, como una vid llena de fruto para Dios: “Señor, ven a visitar tu viña, que brille tu rostro y nos salve”.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Leales con Dios (Domingo XXVI A)

Jesús nos hablaba en el último domingo sobre nuestro papel en el Reino de Dios, y lo comparaba con el trabajo en una viña, muy bien pagado por cierto. Hoy, ya en Jerusalén, y en el marco de un enfrentamiento con las autoridades, Sumos Sacerdotes y Ancianos, vuelve a hablar de la viña, pero también nos recuerda que el Reino de Dios es un camino, que está recorrido por un pelotón algo peculiar, pues, ¿quién va el primero en él?

La respuesta del Señor nos sigue generando estupor si nos tomamos en serio sus palabras. Resulta que a primera vista este camino del Reino de los Cielos no se adelanta a base de categorías sociales, sino que los que llevan los primeros puestos parecen ser los que viven en la corrupción y el vicio, los publicanos, como san Mateo, y las prostitutas, como fueron algunas de las mujeres que acompañaban a Jesús. En seguida entendemos, sin embargo, que Jesús no se refiere a etiquetas sociales, sino que cuando habla de estas clases, poderosos unos y pecadores los otros, mira sobre todo cómo cada una de ellas actuó ante la presencia del Reino de Dios anunciado por Juan Bautista.

Los poderosos, por un lado, rechazaron al Bautista y es más, perseguirán a Jesús hasta darle muerte, como el Señor anunciará el domingo que viene con la parábola de los viñadores homicidas. En contraste, los pecadores aceptaron la misericordia del Reino de Dios y cambiaron sus malas obras, cumpliéndose así las palabras de Ezequiel: Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, él mismo salva la vida.

En resumen, unos aparentan mucho y no obedecen nada, mientras que otros fallan mucho pero acaban obedeciendo a Dios. Esto es lo que nos manifiesta Jesús en la parábola de los dos hijos, sencilla y contundente, que nos enseña hoy que para establecer la clasificación en esta carrera hacia el Reino, Dios no mira lo que hablamos o lo que decimos ser, sino cómo le obedecemos. Por eso san Pablo nos pone el ejemplo de Jesús, que no se limitó a decirnos cosas bonitas, y a hablar de los misterios del cielo, sino que convirtió en obras su predicación, actuando como un hombre y obedeciendo a Dios hasta la muerte de cruz. Los santos lo entendieron muy bien, por eso san Antonio, como está recogido en nuestra ermita, decía “callen las palabras y hablen las obras”.

Estamos hablando, en el fondo de la virtud de la lealtad, es decir, la que nos mueve a hacer lo que decimos y creemos. A todos nos gusta que los demás sean leales con nosotros, que no nos atiendan con palabras bonitas sino con buenas obras, como nos pasa cuando vamos al médico, recibimos a un comercial o incluso se ficha a un futbolista. Mejor goles que declaraciones en la prensa, dicen. Y a todos nos duelen también las deslealtades, las buenas palabras que esconden malas obras, cuando las vemos en políticos o más aún en vecinos, familiares y amigos.

Por eso entendemos que Dios espera que seamos leales con El en todo, tanto en nuestra vida de fe como en nuestra vida moral. San Pablo, hablando de la fe, nos decía que todos confesemos que Jesús es el Señor. Y de palabra lo hacemos, al menos cada domingo en el Credo... sin embargo cuántas veces nos dejamos llevar por la desconfianza, el miedo o la inquietud, olvidando que el Señor cuida de nuestra vida. No digamos esa extraña mutación del cristianismo que se llama “no practicante”, según la cual uno puede proclamar con abundancia de palabras que cree en Dios y en la Virgen... pero a la hora de poner en práctica lo que Jesús nos pide, como es participar en la misa del Domingo, hace como el segundo hijo de la parábola y se queda en sus cosas.

Una lealtad similar nos pide Dios en nuestra vida moral. Todos hemos visto lo que sufre el Papa por los escándalos de cristianos que de palabra se llaman sacerdotes, y lo son, y sin embargo en sus obras protagonizaron sucesos vergonzosos. Es un caso extremo, pero nos recuerda que en nuestra vida moral tenemos que hilar muy fino, para cuidar la armonía entre nuestras palabras y nuestras obras. Por ejemplo, san Pablo nos dice hoy que evitemos la ostentación. Seguramente ninguna de las personas que estamos aquí nos reconoceríamos como ostentosas, más bien diríamos que somos gente sencilla y normal. Pero nuestras obras muestran cómo tantas veces buscamos que se note lo que somos, lo que tenemos, los méritos y cualidades de nuestra familia... podemos ser quizá no llamativamente ostentosos, pero sí más presumidos de lo que pensamos.

Por tanto, para caminar por este camino del Reino de Dios vamos a ver cada uno cómo anda de lealtad y rectitud hacia Dios. Hagamos una revisión de cómo va la sintonía entre lo que hacemos y sentimos y las convicciones de nuestra fe. Y si vemos que desafina un poco, que no somos tan coherentes como nos gustaría, y que quizá estamos más cerca del segundo hijo de la parábola que del primero, no desesperemos. Hay arreglo. Siempre podemos recordar que la Misericordia de Dios es eterna, y además Todopoderosa. En ella está la fuerza increíble que nos impulsa a convertirnos y a caminar hacia Dios con más agilidad.

Vamos a fiarnos de esta Misericordia, con la esperanza de que algún día Jesús nos premie con la alabanza que un día dedicó a su Madre: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra. Este es el paso que querremos llevar para acercarnos al pelotón de cabeza en el camino del Reino de los Cielos. Se lo pedimos a Dios en nuestra oración personal, quizá con estas palabras del salmo de hoy: Dios mío, hazme caminar humilde y con rectitud.

domingo, 7 de agosto de 2011

Agarrados a Jesús (Domingo XIX A)

Al escuchar estos relatos de milagros, donde Jesús nos enseña de modo “práctico” lo que es el Reino de Dios, podríamos tener una pequeña confusión, similar a la que tiene quien confunde un espejo con una pantalla de TV. Podemos ver estos relatos como una película fantástica, donde Jesús hace prodigios, los buenos se salvan, aunque traguen mucha agua, como Pedro, y al final aplaudimos y cambiamos de canal. Pues no. No es una pantalla. Este evangelio que acabamos de escuchar es un espejo, que refleja cómo es tu vida y cómo es Jesús.

Pocas imágenes describen algunos momentos de nuestra vida tan bien como la barca de hoy, perdida en mitad del lago, de noche y en medio de un viento tormentoso. Una vida, en sentido literal, atormentada. Más de una vez nuestra vida se ha visto, quizás todavía la ves, reflejada así por las circunstancias que rodean tu familia, tu trabajo, tu salud, tus amores... y si te miras el alma, posiblemente te verás reflejado en los discípulos: tienes una fe enorme en Dios, que hace que te lances al lago a una sola indicación de Jesús... y al mismo tiempo dudas: “Señor, si eres tú...”. “Señor, ¿pero estás ahí?”. El claroscuro de la fe en tu corazón.

Menos mal que también tenemos el reflejo de Jesús. El Dios Todopoderoso, que camina con autoridad divina sobre las mismas aguas. El Señor, que domina en la creación, quien manda de verdad en el mundo, aunque a veces los que pretenden mandarnos no lo quieran ni ver. Y a la vez, el hombre, el Amigo, con un corazón humano como el tuyo, lleno de compasión, que deja su oración al Padre porque no resiste ver a los suyos vapuleados por el temporal. El Amigo al que puedes llamar y hacia quien puedes caminar. El poder de Dios y el Amor de un corazón humano en un solo nombre: Jesús. “Señor, sálvame”.

Cuando se unen esos dos reflejos, viene la paz y la serenidad. Elías, angustiado, encuentra a Dios y percibe la brisa serena. Pablo, con una gran pena y un dolor incesante en su corazón, ora al mismo tiempo alabando al Dios bendito por los siglos. La mano de Pedro agarra la que le tiende Jesús. Y llega la fe y la paz. Si nos hemos reconocido en este espejo, habremos descubierto algo esencial en la vida cristiana. Nunca podremos eliminar angustias y tormentas. Siempre tendremos la mano poderosa y llena de ternura de nuestro Jesús para atravesarlas con serenidad y confianza de llegar a la orilla.

El Papa ha convocado a miles y miles de jóvenes de todo el mundo con el siguiente lema: “Arraigados en Cristo”. Les va a proponer que anclen la raíz de su vida en la fe que tienen en Jesús. Arraigarse o agarrarse, es muy parecido. Vamos a intentar agarrarnos más al Señor. ¿Y dónde está su mano, para cogerla y no soltarla? La puedes sentir al comulgar, cuando Jesús une su Cuerpo al tuyo. La puedes invocar cuando rezas, aunque sólo sea diciendo esa oración encendida de Pedro: “Señor sálvame”. Y siempre, cerca de las manos de María. Invoca a nuestra Señora con fe en medio de la tormenta, que Ella sabrá cómo ponerte en manos de Jesús, y te ayudara a seguir caminando con la mirada puesta en el Amor del Hijo de Dios.

domingo, 31 de julio de 2011

Dadles vosotros de comer (Domingo XVIII A)

Todos necesitamos aprender a conducir nuestra vida según el Reino de Dios. Y para aprender a conducir necesitamos el teórico y el práctico. Por eso Jesús, después de explicarnos con las parábolas la teoría esencial del Reino de Dios, pasa a la práctica con los milagros. San Pablo nos ha dicho que el Amor de Dios lo vemos manifestado en Jesucristo. Por eso en los milagros de Nuestro Señor vemos reflejado en la práctica y de verdad el Amor de Dios.

¿Nunca te has preguntado que en dónde se mete este Amor de Dios cuando hay tanto sufrimiento? A muchas personas les cuesta verlo, quizá a ti también, cuando ves a tu alrededor tanto sufrimiento en tu vida, en tu familia o en el planeta que habitamos. Jesús se encuentra hoy precisamente con una enorme multitud de sufrimientos: personas que pasan hambre y enfermedad. Pero llama la atención que no dedique ni un minuto a hacerse preguntas como las nuestras.

Jesús sabe que el origen de este sufrimiento no está en Dios. Al menos en el Dios en el que creemos los cristianos. El salmo nos recordaba lo inmensa que es la Providencia de Dios, que da a cada uno lo que necesita y a su tiempo. Jesús sabe también el papel que tiene la injusticia, la corrupción y la arbitrariedad de los que detentan el poder y la fuerza, de esas personas que creyéndose Dios llenan este mundo de sufrimientos. El mismo acababa de sufrirlo en su corazón, cuando Herodes mandó asesinar a Juan Bautista, según se nos recordaba en el Evangelio de hoy.

Jesús sabe todo esto, pero no pierde tiempo en explicarlo. Su compasión, que es reflejo de la compasión de nuestro Dios ante nuestros sufrimientos, le lleva a actuar. A hacer algo. Mientras los apóstoles echan balones fuera, quitándose de encima el problema ajeno, Jesús carga con el problema y, más aún, les encara con su responsabilidad: son ellos los que tienen que remediar el sufrimiento de la multitud.

Cuando nosotros, ante el sufrimiento que no nos toca de cerca, miramos para otro lado, esperando que los problemas del mundo los resuelva Dios, el G8, Obama o Jimi Hendrix, según los gustos, Jesús nos vuelve a recordar estas palabras: “Dadles vosotros de comer”. Dios ha prometido un mundo mejor, pero no lo hará sin la colaboración de cada uno de nosotros. Por eso, podríamos intentar cambiar la pregunta del “¿por qué?” al “¿qué puedo hacer?” “¿cómo puedo ayudar a Dios, aunque sea con mi poquita cosa, a que este mundo sea mejor?” Porque nuestras poquitas cosas, unidas a la fe y al poder de Dios, pueden hacer muchísimo. De cinco panes y dos peces, casi nada, el poder del Amor de Jesús sacó alimento para todos.

Así lo hace la Iglesia cuando trabaja duro, con poquísimos medios y muchas veces con persecuciones, para paliar crisis como la que vemos hoy en Somalia. O en las casas más pobres de nuestros pueblos. La fe de los cristianos y la ayuda de la Providencia remueven auténticas montañas de sufrimientos. Y no sólo materiales. Se nos ha recordado que no sólo de pan vive el hombre. La Madre Teresa de Calcuta reconocía las tremendas pobrezas espirituales y morales de estas sociedades nuestras en las que sobra tanto pan.

Pienso esto al recordar a tantas personas como están colaborando con Dios y con la Iglesia en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud. Todos sabemos que muchos adolescentes y jóvenes viven metidos en unos ambientes de pobreza espiritual que los convierten en esclavos del consumo y de la violencia. A ellos viene a ver Benedicto XVI. Una enorme multitud de jóvenes, necesitados de esperanza, de verdad, de amor y de compartir valores grandes, esperan que el Papa les alimente con el Amor de Cristo. Por eso esperamos tantos frutos de esta jornada, y por ello al ver a tantas personas que se preparan con ilusión para colaborar y participar, se sienten de nuevo las palabras de Jesús: “Dadles vosotros de comer”.

Hoy puede ser un buen día para que encuentres un modo de conducir tu vida que realmente ayude a Dios a paliar tanto sufrimiento. Pídele que te dé un corazón sincero y compasivo. Sincero para reconocer que no estás haciendo todo lo que puedes, que quizá con egoísmo te estás reservando algún pan o algún pez. Compasivo para que ante el sufrimiento sientas la necesidad de ponerte a colaborar con Dios en la medida que puedas. Que en nuestra vida esté más Jesús, para que con nuestra ayuda Dios pueda cumplir las promesas de salvación que tiene para todos nosotros.

domingo, 29 de mayo de 2011

El Espíritu de la alegría (VI de Pascua)

Con cierta frecuencia sale en los debates la siguiente pregunta: ¿qué aporta la Iglesia a la sociedad? La respuesta puede darse desde la educación, la cultura, la asistencia a los pobres... pero hay una respuesta que a veces se nos pasa por alto. La Iglesia sirve, entre otras cosas, para llenar de alegría nuestra sociedad. Este es justo el resumen que nos da el libro de los Hechos: por la actividad de Felipe, “la ciudad se llenó de alegría”. Y es verdad, una tarea típica de la Iglesia es sembrar un gran regalo de Dios: estar siempre alegres.

Muchas veces sentimos en la vida el inexplicable poder que tiene Dios para darnos alegrías. Por ejemplo, en las Primeras Comuniones que acabamos de celebrar. Pero también en nuestra fiestas populares, en las celebraciones populares, en nuestra vida interior... Por eso acudimos a El, porque la fe nos da cierto instinto para pedirle la alegría que tanto necesitamos. No hace mucho, un niño de la Comunión escribía en una petición: “Jesús, que papá y mamá estén siempre alegres” ¡Qué sabiduría! Sabía este niño pedir cosas realmente necesarias... ¡y además sabía a quién pedírselas!

Precisamente en Jesús, como nos recuerda san Pedro, vemos ese poder de Dios. Después de morir en la cruz, “padeciendo por hacer el bien”, por cierto, como tantos días nos pasa a nosotros, nos decía la segunda lectura que “fue devuelto a la vida”. ¿Por qué? Porque poseía el Espíritu Santo. Es el Espíritu lo que nos devuelve la vida una y otra vez. Es el Espíritu de Dios el que nos trae la vida: “Señor y dador de vida” le llamas en el Credo, y con la vida siempre está la alegría.

Por eso Jesús cuando nos promete hoy que no nos va a dejar desamparados ni abatidos nos habla de cómo nos enviará desde el Cielo el Espíritu Santo. Entonces notaremos la presencia y el Amor de Dios en nosotros. Nos dice Jesús: “vosotros estaréis conmigo, y yo con vosotros... mi Padre os amará y yo os amaré”. Este presencia y este amor del Cielo nos lo trae, como en un vuelo, el Espíritu Santo.

Si queremos estar alegres, entonces, tenemos que hacernos muy amigos del Espíritu Santo. Díselo muchas veces al día: “Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón y enciéndelo en tu amor”, como dice una oración tradicional. Le pedimos a la Virgen que tengamos siempre en el alma esta presencia viva del Espíritu Santo, “que está con nosotros”, como nos promete Jesús. El será quien dé sabor a nuestra vida y sostenga con su poder nuestras alegrías y nuestras esperanzas.

domingo, 10 de abril de 2011

Aire para vivir (V de Cuaresma)

En estos días de calor anticipado se agradece especialmente el aire fresco, en el que reconocemos en seguida algo que nos alivia y nos recuerda la idea de la vida. Aire y vida. Vivir y respirar. Son más que una asociación de palabras. Son el ansia más profunda y el instinto más arraigado de todo ese complejo de necesidades que define nuestra naturaleza humana. Por eso hoy se nos presentan en la Escritura que acabamos de escuchar ambas palabras: la vida como promesa, el aire como regalo. Jesús, que en los domingos anteriores nos promete colmar nuestros deseos más profundos, de agua y de luz, hoy se compromete con cada uno de nosotros, que creemos en él, a colmar el deseo de vivir: “el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.


Piensa despacio lo que significan estas palabras para tu vida de creyente. Y a la vez, admírate del regalo que Jesús nos ofrece para conseguir esa vida. Un regalo que es mucho más que el aire que nos vivifica y nos hace vivir “a pleno pulmón”. Es el soplo de Dios, el Espíritu Santo, el regalo de Jesús que es a la vez agua, luz y aire inagotable. Nos decía Ezequiel en la primera lectura “os infundiré mi Espíritu y viviréis”. Y recordaba san Pablo, en armonía con el profeta, “Dios vivificará vuestro cuerpos mortales con el Espíritu que habita en vosotros”. Vida y aire, Dios y Espíritu.


En el centro de ambas palabras, Jesús. A El tenemos que acudir para recibir esa fuerza vital que tanto necesitamos en esta vida de cada día, que nos va gastando poco a poco. “Es que no me da la vida para...” Por eso necesitamos una y otra vez renovar y ensanchar nuestra vida en Jesús. Hoy lo vemos de una manera radical en Lázaro, el mejor amigo –que conozcamos- de nuestro Señor. A él ya no le daba la vida para más, ciertamente. Pero el Señor se la renovó de raíz, hasta el punto de salir de la tumba, como un pequeño boceto de la Resurrección de Jesucristo.


Y a mí, ¿no me podría pasar hoy lo mismo que a Lázaro? Seguramente sí. Jesús devolvió a Lázaro la plenitud de la vida porque le amaba: “Jesús amaba a Marta, María y su hermano Lázaro... ¡Cómo le amaba!” Lo mismo que a ti, porque también a ti te ha dicho el Señor: “vosotros sois mis amigos”. Volvemos a descubrir de nuevo el amor personal, inmenso, que nos tiene Jesús a cada uno de nosotros, preparándonos para contemplarlo en su expresión definitiva: la Semana Santa. Cado paso de la Pasión, cada instante de una procesión, te están diciendo lo mismo: “no hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos”. Por ti. Para que siempre encuentres nuevas fuerzas para seguir viviendo con esperanza y alegría.


¿Y cómo podría yo acercarme más a Jesús para recibir ese Amor suyo que da la vida? Intentemos imitarle. Hoy Jesús habla especialmente para dar una enseñanza inolvidable “a los que le rodean”. Sabe que lo que va a hacer con su amigo es un bien para éste, y a la vez un signo admirable para que aprendamos. ¿Cómo hace el Señor este signo? Con cuatro palabras: “Padre, te doy gracias”. ¿En qué podemos aprender e imitar para estar más cerca de él? En la gratitud permanente de cara a Dios. Dar gracias a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida, en la alegría de Caná y en el duelo doloroso ante el sepulcro de su mejor amigo. Dar gracias, como decimos en la Misa, “siempre y en todo lugar”. El agradecido, recibe más, se asimila más a Jesús y por tanto experimenta más intensamente la fuerza y la vida que El da.


Es la despedida de la Cuaresma. En la Pascua entraremos en la fiesta de la Vida. Pero para recibirla, el camino es que te acerques más a Jesús. Que pongas su amor como la primera fuerza de tu vida, y que recorras con su presencia el difícil camino de la confianza absoluta y agradecida en Dios, Padre y fuente de toda vida. Es difícil, pero es lo que Jesús nos ha enseñado para conseguir el premio de la resurrección y la vida. Miremos a la Virgen María, que junto a la Cruz de su Hijo persevera en acción de gracias a Dios, y espera que después del sufrimiento y la muerte la vida que viene de Dios se derramará en torrentes de agua inagotables y vivificadores.

lunes, 4 de abril de 2011

Cada vez más luz (IV de Cuaresma)

Alegría es lo que se va sintiendo en los ojos a medida que pasan las hojas del calendario y la primavera va tomando posesión del paisaje. De modo especial, qué alegría sentimos cuando las tardes son más luminosas y el resplandor del sol nos dura un poco más. ¡Cuánto necesitamos la luz! Por eso Jesús, en el Evangelio de hoy, se nos ofrece como aquél que es capaz de llenar nuestros ojos de luz, para que podamos ver las cosas como son en verdad y para que brille siempre en ellos la alegría de la esperanza.


Aquel hombre nunca había podido ver, pues nos dice san Juan que era ciego de nacimiento. Quizás nosotros no estamos tan mal, al menos podemos estar leyendo ahora este blog. Pero no por ello el ciego es un personaje extraño a nosotros. Si la samaritana nos reflejaba a la perfección, porque todos reconocemos fácilmente esa sed interior de más que llevamos, el ciego nos debería recordar que en muchas cosas importantes de nuestra vida nos falta visión. No siempre somos capaces de reconocer esta necesidad de luz interior, pero en cuanto la descubrimos nos volvemos agradecidos a Cristo para que ilumine nuestra alma igual que sacia nuestra sed.


Podemos considerar, por ejemplo, la poca agudeza visual que tenemos para ver a Jesús presente en nuestro día a día. Siempre está ahí. Lo sabemos y lo creemos, pero ¿lo vemos siempre? ¿Tenemos esa percepción clara de que Dios me acompaña todos los minutos de la vida? No olvidemos que venimos al mundo con un serio problema de ceguera de nacimiento, que es el pecado original. Aunque la misericordia de Dios nos lo borra en el bautismo, nos deja como una debilidad congénita en los ojos del corazón. Siempre, por tanto, tendremos que esperar que Jesús ponga su luz en nuestros ojos para poder descubrir su presencia serena junto a nosotros.


De igual manera podemos pensar hasta qué punto tenemos ojos perspicaces para conocer verdaderamente a las personas que viven con nosotros. Nos puede pasar que la rutina y el cansancio puedan ir tejiendo unas sutiles legañas que emborronen a las personas con las que compartimos cada día, de modo que acabamos pensando que son simplemente lo que señalan sus apariencias. Cuando lo importante es conocerlas mirando dentro de su corazón. Es lo que le pasa al profeta Samuel, cuando va a escoger al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé. El Señor tiene que recordarle que “los hombres miran las apariencias, pero Dios ve el corazón”. Entonces, ¿por qué no pedir a Jesús que nos ayude a ver a los nuestros como El los ve? Así no sólo podremos ayudarles mejor, sino que además los disfrutaríamos mucho más, al verlos con ojos limpios de rutinas y pasadas decepciones.


Tampoco nos vendría mal un poco de vista para nuestro futuro. De cara a él somos totalmente ciegos, y eso más de una vez nos produce inquietud y desesperanza, cuando no miedo y una parálisis que nos agarrota y nos quita la alegría. San Pablo nos recordaba hoy que somos “luz en el Señor”, porque la persona con fe sabe que Dios la va a mantener siempre en su luz, ahora y mañana. Si el futuro pertenece a Dios, podemos ver con total certeza la luz que vendrá mañana, y caminar hacia ella con los ojos abiertos, aunque nos cueste horas y horas de oscuridad.


Cuánto necesitamos la luz, es verdad, y de qué manera tan sencilla nos la da Jesucristo. El Maestro iluminó los ojos del ciego tocándole con un poco de barro y saliva, y luego conversó con El con una ternura que nos conmueve. Hoy Jesús te quiere tocar cada vez que te acercas a El en los sacramentos, especialmente en la Comunión, donde toma un poco de la más pobre materia de nuestro mundo y la convierte en su propio Cuerpo. Hoy Jesús te espera con ternura cada vez que decidas a hacer oración, y escuchar en tu interior la Palabra de Cristo, “Luz del mundo, para que no caminemos en tinieblas”. Aún queda Cuaresma.... aprovéchala para reconocer de corazón tu necesidad de luz, y para meterte con más deseo en los caminos de luz por los que Cristo te acerca a El: la comunión y la oración.

domingo, 27 de marzo de 2011

Sed de ti (III de Cuaresma)

Contemplación es lo que requiere fundamentalmente el evangelio de hoy. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana ha sido visto por muchos santos como una imagen a contemplar. Precisamente porque el desarrollo de ese encuentro es como un símbolo del camino que tendrá que recorrer el cristiano que quiera ser contemplativo, y por ello vivir su fe de verdad. Un camino que arranca de la vida cotidiana, en el calor del mediodía junto a un pozo cercano a Sicar, el pozo que Jacob excavó con esfuerzo para que a sus hijos nunca les faltara el agua. Allí acude Jesús a pedir. No pide agua, sin embargo. Pide de beber, pero... ¿beber qué? ¿Qué nos pide Jesús? No nos cuesta demasiado comprender que Dios nos pida que hagamos cosas, incluso que le ofrezcamos nuestras tareas o nuestros rezos. Entra dentro de nuestra vida religiosa el hecho de que uno esté dispuesto a dar cosas a Dios, aunque a veces, como la samaritana, no entendamos lo que Dios nos está pidiendo. Sin embargo nos puede resultar increíble que Jesús nos pida cosas que El necesite. Jesucristo, siendo Dios, no sólo ha venido a compartir nuestro cansancio y nuestra sed. Ha venido también a experimentar necesidad, necesidad de nosotros. Dios, que no necesita nada, te pide algo que, como el agua para el sediento, parece imprescindible para El. Pero, preguntamos de nuevo ¿qué me pide Jesús para beber? Quizás te está pidiendo que le des algo que llevas muy dentro, que le abras el fondo de tu alma. Que le entregues tus pecados, especialmente en el sacramento de la confesión, para que El pueda saciar su sed de verte limpio y purificado. Que le entregues tus deseos de creer y confiar más, para que El sacie su sed de que confíes en su Misericordia. Que le entregues, por tanto, tu inmensa sed de amar y ser amado, para que El sacie su deseo divino de derramar en tu alma “el amor de Dios, por el Espíritu Santo que se nos ha dado”, como nos recuerda hoy san Pablo. Jesús, por tanto, tiene sed de ti, no sólo de tus ofrendas, porque tiene una inagotable sed de darte más y más, de hacer brotar en el centro de tu alma una fuente de Amor inextinguible. Por eso, como a la samaritana, te pide que en esta Cuaresma le abras de verdad tu corazón, que quites la tentación de “endurecer el corazón”. Pon en sus manos lo que de verdad preocupa, ilusiona e ilumina tu vida, y El lo llenará a rebosar. Tanto, que tu alma se convertirá en una fuente para los demás. Porque aquí conduce el camino de la samaritana. La que ha sido fascinada por el don de Cristo, que es el Amor divino del Espíritu Santo, la que ha recibido la increíble promesa de tener dentro de sí una fuente de paz y de alegría, la que acaba de descubrir que el Padre Dios está en el centro de su espíritu, esperando allí un culto verdadero, la que acaba de pasar por esta inesperada revolución interior... no puede menos que propagarla. Ella, llena de agua, derrama su nueva fe y su alegría sobre sus vecinos, sobre la gente que se encontraba todos los días en el camino, en la compra, en las tareas del trabajo diario... De modo que todos los suyos encuentran en Jesús la salvación: “hemos conocido que El es el Salvador del mundo”. Si en algo se nota que ha quedado llena de Jesús, es que lo hace rebosar allá adonde va. Que hermoso camino interior para esta Cuaresma. A mitad de este tiempo de preparación, vamos a aprovechar este texto maravilloso para hacer oración, y vamos a pedirle a Jesús que sigamos con ilusión el camino de la samaritana. Atrévete a aceptar con alegría que Jesús necesita de ti algo tan grande como tu fe y tu amor, aunque a ti te parezcan insignificantes. Atrévete a saciar la sed de Cristo abriéndole tu corazón, con todo lo que llevas. Y ojalá puedas experimentar cómo Él sumerge en su Amor insondable todos tus amores, tus angustias y tus esperanzas. ¡Qué bonita Cuaresma si al final del camino encontraras esta agua viva en el centro de tu alma, y además fueras capaz de derramarla entre los tuyos! Magnífico camino, que puedes empezar sentándote junto a Jesucristo a mediodía y contemplando la sed que despiertas en su Sagrado Corazón.

domingo, 20 de marzo de 2011

El Transfigurador (II de Cuaresma)

Cada año tenemos una cita en el monte Tabor. Se trata de subir allí con Jesús en el segundo domingo de Cuaresma, junto a Pedro, Santiago y Juan. Un escenario familiar, que visitamos anualmente, y en el que de nuevo escuchamos la exclamación maravillada de Pedro: “Señor, qué bien se está aquí”. Es el grito del que ha descubierto el premio. El premio de acercarse a Jesús, de crecer con él hacia lo alto y de descubrirle como fuente inagotable de luz y alegría. En la cima de la montaña, Jesús se muestra como Dios, y se deja ver como el Salvador: ¡qué bien se está con El!

Por eso Pedro no sólo observa, también recibe algo grande. La voz del Cielo, “Este es mi Hijo amado”, le recuerda que todos hemos recibido el poder increíble de ser hijos de Dios. Las palabras de Jesús, llenas de ternura, le vuelven a prometer una seguridad inquebrantable para toda la vida: “no tengáis miedo”. Una de las frases favoritas de Jesús, que una y otra vez tendremos que saborear en el alma. Pedro acogerá estos regalos, que darán todo su fruto a partir de Pentecostés, cuando el mismo Pedro será transfigurado por el Espíritu Santo. Jesús se transfigura en el Tabor para recordarnos que en El nosotros seremos transfigurados. Es, también, nuestro Transfigurador.

“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos”. Pedro recibe, aquí, la misión que va a llenar toda su vida: contar a todo el mundo que Jesús Resucitado es esa fuente de Luz y de Alegría que buscan todos los corazones. Cumpliendo esta misión, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”, como recuerda hoy san Pablo, el apóstol se convertirá, como Abraham, en una “bendición para todos los pueblos de la tierra”.

Y para todos los tiempos. Por que esta tarea que recibe Pedro, realizada “según la fuerza de Dios”, y con la certeza de que no ha sido elegido “por nuestros méritos, sino porque así lo dispuso la gracia de Dios”, esta tarea de sembrar la bendición de Jesús, de ser “transfiguradores” de muchas personas, continúa hoy. Y continúa en las personas de los sacerdotes, que realizan hoy la tarea de los apóstoles. En el Día del Seminario recordamos que todavía hoy muchos escuchan la voz de Jesucristo para seguirle en la vida sacerdotal. Son personas que han vivido la experiencia de Pedro en el Tabor, y que al descubrir a Jesús como la fuente verdadera de Luz y Alegría, han puesto su vida a su disposición, sabiendo que así encuentran la Verdad y la Felicidad.

Su presencia en medio de nosotros es tan necesaria que el mismo Jesús nos pidió explícitamente que rezáramos siempre por las vocaciones. Recemos, hoy especialmente, para que Dios siga enviando obreros a su mies, sacerdotes que transfiguren este mundo tan atormentado en el mundo que Dios quiere renovar estableciendo su Reino. Necesitamos esos apóstoles que transfiguren los corazones mediante la celebración de los sacramentos. Necesitamos esos obreros del Amor de Dios para llevar esperanza y alegría a los enfermos y necesitados, a todos aquellos que por un lado o por otro están buscando el Amor de Dios.

Vamos a pedírselo hoy al Señor con especial intensidad. Al tiempo que, claro está, rezamos por los apóstoles y los obreros que ya están en activo. El sacerdote reza por nosotros, es una de sus grandes tareas, pero también necesita, y mucho, que recen por él. No podríamos llamar a la vocación sacerdotal “oficio de riesgo”, pero sí es verdad que encuentra muchas dificultades. Los ataques del enemigo exterior, en forma de persecuciones, profanaciones o burlas existen. También existen los del enemigo interior, los pecados de los sacerdotes que tanto daño hacen a la Iglesia. Son como nosotros, y por eso necesitan nuestra oración. Y la esperan.

Vamos a pedirle a la Virgen María que nunca nos falten los apóstoles que Jesús nos quiere enviar. Que con la intercesión de san José sigamos recibiendo vocaciones sacerdotales, que con su entrega y su alegría nos sigan recordando que este mundo tiene arreglo. Para que con su tarea este mundo se transfigure y muchos corazones puedan decir, cerca de Cristo, ¡qué bien se está aquí!

lunes, 14 de marzo de 2011

Defiende tu felicidad (I de Cuaresma)

Todavía con el aire de la ceniza en nuestra cabeza nos acercamos a la Palabra de Dios en este primer domingo de la Cuaresma. Se trata de la primera sesión de este gran gimnasio espiritual que abre la iglesia durante 40 días para que cada uno pueda fortalecer su vida espiritual, y así poder prepararse para la gran revisión y renovación anual que viviremos en la Pascua. Los hijos de Dios nos ponemos estos días en forma, mediante tres series de ejercicios espirituales, que son la penitencia, la oración y la limosna. Más austeros, más orantes, más generosos. Más felices.

Porque ya hemos experimentado muchas veces que la felicidad que tanto deseamos, y que los cristianos ya hemos encontrado, sólo es posible con un espíritu fuerte y puesto a punto. Por eso, en el fondo, el esfuerzo espiritual de estos días busca, como el deporte, ese tesoro que es la salud, que en el corazón se traduce como felicidad. Por eso nada más comenzar la Cuaresma, nos recuerda la palabra de Dios que cada uno de nosotros ha sido creado por El para ser feliz, y serlo cerca de El: “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado”. Si Dios pensó en que existieras, pensó en tu felicidad, y te destinó al paraíso. Sin embargo, aunque Dios quiere nuestra felicidad, como Padre buenísimo que es, y además nos ofrece los medios necesarios para conseguirla, más veces de las que nos gustaría constatamos que no siempre somos felices. ¿Será quizás porque no siempre estamos cerca de El?

Sucede siempre lo mismo desde la tentación del paraíso. Dios nos ofrece la felicidad si confiamos, si creemos en su bondad, y el diablo, mediante la estafa que es la tentación, intenta engañar el corazón para que desconfíe de Dios y busque la bondad y la felicidad por otra parte. El resultado, es que el diablo nos roba la cartera de nuestra felicidad. La solución, aprender a defender nuestra felicidad de las seducciones del Maligno. El único remedio conocido, el que nos dice san Pablo: “si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida”. Es decir, acercarse a Cristo, aprender de El y experimentar en nosotros la nueva vitalidad de su justificación.

Acompañemos por tanto a Cristo en estos cuarenta días de desierto, en los cuales posiblemente el diablo reforzará nuestras tentaciones de pereza, desánimo, egoísmo, gula, lujuria, vanidad, codicia... Sentiremos muchas veces dentro de nosotros la corrosión de este cóctel explosivo, pero bien pegados a Cristo podremos digerirlo sin que agriete nuestra felicidad. Así lo hace El al final de sus 40 días en el desierto pedregoso y áspero de Judea. Cuando siente la tentación de acabar con las piedras de la carga y el esfuerzo y sustituirlas por el pan de la evasión y la comodonería, responde con la confianza plena en Dios y en su palabra, aunque a veces nos cargue de pesados deberes: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Cuando se ve movido en el alero del templo a exigir a su Padre Dios un signo extraordinario de su Providencia, responde con una afirmación extraordinaria de la esperanza: “no tentarás al Señor tu Dios”. Cuando la codicia del poder, la gloria y el ascenso a cualquier precio intenta envenenar su corazón, se vuelve a Dios como la fuente de lo único que merece la pena adorar y servir: el Amor, porque “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.

Tres combates. Tres victorias. Así es Cristo. Por eso puede hoy, a tu lado, defender tu alma de las seducciones que quieren robarte la felicidad y conducir tu vida por un camino de frustración disfrazada de libertad y autorrealización. Sólo es libre el que vence a sus tentaciones con un alma fuerte, y sólo realiza su vida de modo feliz el que consigue volver a ese Paraíso que es estar habitualmente junto al Amor de Dios. Cristo nos enseña, nos fortalece, y además el día de la Pascua nos abrirá de nuevo el paraíso de la luz, del agua y de la vida. Basta con que ahora nos dispongamos a vivir con esfuerzo en este tiempo de gimnasia espiritual y ponernos bien cerca de Cristo por la oración y por la meditación de la Palabra de Dios (tres veces la ha citado hoy el mismo Jesús). El defenderá nuestra felicidad, la única forma de vida digna para un hijo de Dios.

domingo, 6 de marzo de 2011

Una casa muy valiosa y para toda la vida (Domingo IX T.O.)

Muchas personas, quizás tú, tienen el gran sueño de edificarse una casa a medida. Pensamos el diseño, la distribución de habitaciones, las ventanas, la calidad de los materiales, el estilo... Pero también tenemos que contar con algo que no se ve, pero que es esencial para que la casa se tenga en pie: los cimientos. La casa más hermosa del mundo y más resultona del barrio se viene abajo como no tenga los cimientos bien asentados. De algo así nos habla hoy Jesús en este evangelio que clausura de forma majestuosa el Sermón de la Montaña. Nos habla de cimientos y de valoraciones, pero no de casas materiales, sino de esa casa simbólica, que vamos edificando a lo largo del tiempo, que no es otra que nuestra vida misma.

Y es verdad. Nuestra vida es mucho más frágil y vulnerable de lo que a nosotros nos gustaría. Nunca sabemos hasta qué punto estamos a salvo de ríos, lluvias o temporales que puedan precipitarse sobre ella. Por eso hoy Jesús nos señala esta gran verdad, y además nos mueve a buscar en la “roca” que es la voluntad de Dios el cimiento sólido para que la casa de nuestra vida lo aguante todo: “sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor”. Nuestra vida es fuerte y valerosa sólo cuando la vivimos con la sabiduría de apoyarnos en el Señor. O como dice Jesús, de escuchar sus palabras y de ponerlas por obra.

El sabio que sabe edificar su casa, por tanto, es el que mete en su vida la voluntad y el querer de Dios. Este es el cimiento y el material que nuestro Maestro nos ha enseñado en estos domingos, en los que hemos asistido a la clase del Sermón de la Montaña. Pero también es el criterio que nuestro juez, que es Jesús, va a utilizar “en aquel día” para valorar nuestra vida. Cuando “en aquel día” nos presentemos ante el juicio de Dios recibiremos el verdadero valor de esta casa que vamos viviendo. Y entonces descubriremos que todo lo que hicimos sin tener en cuenta a Dios fue arena, que no ha dejado nada sólido ni duradero. Descubriremos que tantas cosas en las que nos atareamos, aun siendo buenas, como “predicar y hacer milagros”, no serán reconocidas por Jesús si no las hicimos cumpliendo la voluntad de Dios. Porque pensemos cuántas veces nos afanamos en miles de asuntos y descuidamos nuestros los deberes que ha puesto en nuestra vida la voluntad de Dios. Esas cosas también se descubrirán como arena, aunque a nosotros nos pareciera que teníamos el tiempo muy bien aprovechado.

Sólo nos aprovecha para el tiempo y la eternidad cumplir el deber que el querer de Dios ha pensado en nuestra vida. Cumplirlo con confianza en Dios y amor a los demás, tal y como hemos aprendido en estos domingos, y sabiendo que en todo momento contamos con la ayuda de nuestra roca, que es Dios mismo, para apoyarnos y seguir adelante. Incluso cuando todo nos sale al revés o nos vemos asediados por fracasos y limitaciones, si hemos buscado en conciencia el querer de Dios en cada momento de la vida y nos hemos dedicado a ello de corazón, nuestro Padre no dejará de sacar fruto y solidez incluso de nuestras ruinas.

Menos mal que tenemos por delante un largo tiempo de examen, que son los 40 días de la Cuaresma, para revisar cómo va nuestra casa, para ver si estamos utilizando nuestra vida para hacer lo que Dios espera de nosotros o la estamos derrochando en mil tareas que a la larga no dejarán más huella que el cansancio y el agobio. Aprovechemos por tanto la Cuaresma para ir adelantando ese juicio que Dios hará, y hagámoslo con responsabilidad, pero también con serenidad. No olvidemos nunca que el tribunal que va a examinar nuestra casa es “de la familia”. El presidente es nuestro Padre Dios, el juez es Jesús, nuestro Salvador, el abogado es el Espíritu Santo, paráclito... y la que nos lleva a la sala es nuestra Madre, María Santísima. Vamos a apoyarnos en ellos, para que nuestra casa sea sólida y podamos pasar por esta vida dejando una valiosa luz en el tiempo y para la eternidad.

domingo, 27 de febrero de 2011

Abrigados y queridos (Domingo VIII T.O.)

Hoy nos toca pasar de los apuntes a las imágenes. Durante estos domingos Jesús nos ha ido enseñando muchas cosas para que las apuntemos en el centro de nuestra alma. Hoy, sin embargo, más que a apuntar nos invita a mirar. Mejor, a contemplar: “Miras los pájaros del cielo, mirad los lirios del campo”. Mirad en definitiva todo la hermosura que Dios nuestro Padre ha puesto como escenario de nuestra vida. Contemplad la creación, y ojala así sintamos la admiración que un corazón bien dispuesto siente ante las obras de Dios.

Dios lo hace todo bien. Si ha creado pájaros, bien se encargará de alimentarlos. Si ha creado lirios, bien se encargará de vestirlos. Con estas imágenes Jesús nos recuerda que todo lo creado muestra en su belleza y armonía la sabiduría del Dios creador, que desde siempre ha impresionado a la humanidad desde que ésta aprendió no sólo a ver lo que le rodea sino a contemplarlo e interpretarlo. Pero estamos en el sermón de la montaña, ese gran programa de vida para todo aquél que quiera vivir como un hijo de Dios. Por eso Jesús no sólo nos habla del Creador, sino que lleva nuestra mirada hacia el Padre. Si las criaturas gozan del cuidado y la protección del Creador, ¿cuánto más los hijos podrán disfrutar los cuidados y detalles de su Padre Dios?

Aquí descubrimos que uno de los frutos más hermosos que nos puede dejar la fe en Jesús es la serenidad. Una serenidad que se apoya en la confianza que tenemos en nuestro Padre Dios, quien es para nosotros más amante y más tierno que la mejor de las madres, como nos dice Isaías en la primera lectura, y se encarga de velar por nuestros problemas y necesidades como el mejor de los padres. En unas manos como las suyas podemos vivir seguros y serenos, hasta el punto de poder vivir lo que decíamos en el salmo: “descansa sólo en Dios, alma mía”.

Y es verdad que sólo en este descanso podremos vivir teniendo a raya el agobio que genera en nosotros el cansancio y la acumulación de problemas que son propias de nuestra vida. Por eso el que tiene fe puede ilusionarse con adquirir el gran lujo de vivir con menos agobios: “no os agobiéis, pues bien sabe vuestro Padre que de todo eso tenéis necesidad”. ¡Qué maravilla, comprobar en la vida diaria que a medida que nuestra fe va creciendo el agobio y el miedo van encontrando cada vez menos espacios para tender esos tentáculos que nos paralizan y estropean nuestras mejores energías!

Las palabras de Jesús nos mueven hoy, por tanto, a dejarnos querer por Dios, algo que a veces nos cuesta demasiado: bien porque nos vemos indignos, bien porque los agobios nos nublan la vista y nos impiden sentir el calor del Padre, bien porque olvidamos su presencia y acudimos rápidamente a “otros señores”, como el dinero, en los que podemos poner nuestra confianza… Déjate querer y cuidar por Dios, “no juzgues antes de tiempo”, como decía san Pablo, tus problemas y necesidades, como si sólo tú tuvieras que juzgarlos y resolverlos. Prueba a dejar tus cuidados y agobios en manos del Padre, y pronto verás que su amor por ti es real y poderoso.

Desde lo alto el campanario del pueblo se ve a todo el mundo muy muy pequeño, como canicas rodando por la plaza. Así de pequeños, como bebés, nos mira siempre nuestro Padre Dios desde la altísima inmensidad del Cielo. Y los bebes confían, descansan, y sueñas tranquilos en brazos de su madre, aunque a veces ella los lleve por caminos embarrados o aceras intransitables. Demos gracias a nuestro Maestro, que hoy nos ayuda a experimentarnos niños mimados y protegidos en el amor providente del Padre., aunque seamos viejos viejísimos. Volemos por tanto por la vida con la alegría de los pájaros, y sintámonos bien arropados, como los lirios, por los abrigos tejidos por Dios para abrigarnos y llenar nuestra vida de serena belleza.

domingo, 20 de febrero de 2011

La fórmula de la felicidad (Domingo VII T.O.)

Esta semana salía a la luz la curiosa noticia de que una emisora de radio había difundido uno de los secretos mejor guardados durante el siglo XX. Parece que por fin algo tan complicado y cotidiano como la fórmula de la Coca Cola ha salido a la luz. Otra fórmula bien complicada de encontrar es, sin duda, la de la felicidad. Los cristianos, de todas maneras, no tenemos la dificultad en el contenido de la fórmula. Jesús lleva ya varios domingos enseñándonos despacio su fórmula para alcanzar la bienaventuranza, la felicidad verdadera. La conocemos por tanto, pues la explica con una claridad que casi hace daño, como vemos en el evangelio de hoy. Ciertamente los cristianos sabemos el contenido de la fórmula de la felicidad. De hecho, la dificultad que tenemos no es en conocerla sino en aceptarla y asumirla como un camino real para nosotros. Cuando escuchamos las meridianas palabras de este evangelio algo en nuestro interior salta de inquietud preocupada: esto no es posible, humanamente es una necedad, esto nunca será para mí...

Y es cierto. Es una necedad. Por eso san Pablo nos dice hoy que “nos hagamos necios para llegar a ser sabios”. Eso que nos parece una colección de fórmulas entre lo necio y lo inasumible, resulta ser en verdad la fórmula sabia para vivir feliz. Y lo es porque en el fondo Jesús nos está indicando hoy una infalible vacuna para prevenirnos de los dos virus que amenazan nuestra felicidad: el egoísmo y el odio. Sabemos que una persona dominada por ellos se incapacita para vivir feliz, aunque no le falte de nada ni fracase ninguno de sus planes. Y por otro lado sabemos que estos dos virus se extienden hoy por nuestro ambiente, por nuestras relaciones y por nuestro mundo a una velocidad que a veces hasta asusta.

Por eso tenemos que aplicarnos pronto el tratamiento, especialmente cuando vemos los primeros síntomas en nuestro corazón. Lo primero, contra el egoísmo, aprender a dar siempre de más y con mejor cara. Contra esa racanería que encierra nuestros bienes y talentos en las mazmorras de nuestro egoísmo, luchar por saber dar a mano abierta y sonrisa tendida, aunque eso que nos piden nos haya caído como una losa inesperada. Si además avinagramos la losa y la llevamos “arrastraos”, en el fondo peor para nosotros. Y quizás, cuando vayamos diluyendo el egoísmo que amordaza nuestro corazón, podremos aplicar el tratamiento de choque contra el odio.

El primer paso, como recuerda Jesús, es el que se dijo en la Antigua Alianza. “Ojo por ojo y diente por diente”. No está mal, y de hecho en más de una ocasión no responder sacando tres ojos cuando nos han sacado uno puede ser un acto heroico. Responder con equilibrio a una agresión, superando la tendencia que llevamos dentro y que nos mueve a responder como un muelle a presión, es un primer paso. Y valioso muchas veces. Pero Jesús sabe que podemos dar más. Por eso nos provoca con sus palabras, como buen Maestro, a vivir de una manera ilimitada las dos virtudes que describen su Corazón: la mansedumbre y la humildad.

Mansedumbre para que los embates de la marea del odio encuentren en nuestra mejilla un dique imposible de rebasar. Humildad para saber humillarnos cuando nos pongan un pleito, o nos atasquemos en una discusión. Saber humillarse –cómo duele- para en los juicios dar la capa, la túnica, la razón y hasta el reconocimiento de que el otro es mejor. Esta es la única manera conocida de detener eficazmente la epidemia de egoísmo y de odio que tantos insensatos difunden y que tan infeliz puede hacer nuestra vida si no nos esforzamos de verdad en poner la vacuna. Duele hacerlo, duele también comprobar que aún no somos capaces, pero tenemos un calmante: mirar a Dios. Miramos a la pasión de Cristo y descubrimos que El hizo carne estas palabras de sabiduría. Miramos la increíble misericordia de nuestro Padre Dios y aprendemos que la felicidad infinita de Dios se expresa en una inagotable capacidad de comprender, perdonar, y volver a entregarse al que le ofende y lo desprecia. También a ti y a mí, que tanto le hemos fallado. Sabemos pues una buena fórmula. Que poco a poco la hagamos vida con la gracia de Dios.