Contemplación es lo que requiere fundamentalmente el evangelio de hoy. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana ha sido visto por muchos santos como una imagen a contemplar. Precisamente porque el desarrollo de ese encuentro es como un símbolo del camino que tendrá que recorrer el cristiano que quiera ser contemplativo, y por ello vivir su fe de verdad. Un camino que arranca de la vida cotidiana, en el calor del mediodía junto a un pozo cercano a Sicar, el pozo que Jacob excavó con esfuerzo para que a sus hijos nunca les faltara el agua. Allí acude Jesús a pedir. No pide agua, sin embargo. Pide de beber, pero... ¿beber qué? ¿Qué nos pide Jesús? No nos cuesta demasiado comprender que Dios nos pida que hagamos cosas, incluso que le ofrezcamos nuestras tareas o nuestros rezos. Entra dentro de nuestra vida religiosa el hecho de que uno esté dispuesto a dar cosas a Dios, aunque a veces, como la samaritana, no entendamos lo que Dios nos está pidiendo. Sin embargo nos puede resultar increíble que Jesús nos pida cosas que El necesite. Jesucristo, siendo Dios, no sólo ha venido a compartir nuestro cansancio y nuestra sed. Ha venido también a experimentar necesidad, necesidad de nosotros. Dios, que no necesita nada, te pide algo que, como el agua para el sediento, parece imprescindible para El. Pero, preguntamos de nuevo ¿qué me pide Jesús para beber? Quizás te está pidiendo que le des algo que llevas muy dentro, que le abras el fondo de tu alma. Que le entregues tus pecados, especialmente en el sacramento de la confesión, para que El pueda saciar su sed de verte limpio y purificado. Que le entregues tus deseos de creer y confiar más, para que El sacie su sed de que confíes en su Misericordia. Que le entregues, por tanto, tu inmensa sed de amar y ser amado, para que El sacie su deseo divino de derramar en tu alma “el amor de Dios, por el Espíritu Santo que se nos ha dado”, como nos recuerda hoy san Pablo. Jesús, por tanto, tiene sed de ti, no sólo de tus ofrendas, porque tiene una inagotable sed de darte más y más, de hacer brotar en el centro de tu alma una fuente de Amor inextinguible. Por eso, como a la samaritana, te pide que en esta Cuaresma le abras de verdad tu corazón, que quites la tentación de “endurecer el corazón”. Pon en sus manos lo que de verdad preocupa, ilusiona e ilumina tu vida, y El lo llenará a rebosar. Tanto, que tu alma se convertirá en una fuente para los demás. Porque aquí conduce el camino de la samaritana. La que ha sido fascinada por el don de Cristo, que es el Amor divino del Espíritu Santo, la que ha recibido la increíble promesa de tener dentro de sí una fuente de paz y de alegría, la que acaba de descubrir que el Padre Dios está en el centro de su espíritu, esperando allí un culto verdadero, la que acaba de pasar por esta inesperada revolución interior... no puede menos que propagarla. Ella, llena de agua, derrama su nueva fe y su alegría sobre sus vecinos, sobre la gente que se encontraba todos los días en el camino, en la compra, en las tareas del trabajo diario... De modo que todos los suyos encuentran en Jesús la salvación: “hemos conocido que El es el Salvador del mundo”. Si en algo se nota que ha quedado llena de Jesús, es que lo hace rebosar allá adonde va. Que hermoso camino interior para esta Cuaresma. A mitad de este tiempo de preparación, vamos a aprovechar este texto maravilloso para hacer oración, y vamos a pedirle a Jesús que sigamos con ilusión el camino de la samaritana. Atrévete a aceptar con alegría que Jesús necesita de ti algo tan grande como tu fe y tu amor, aunque a ti te parezcan insignificantes. Atrévete a saciar la sed de Cristo abriéndole tu corazón, con todo lo que llevas. Y ojalá puedas experimentar cómo Él sumerge en su Amor insondable todos tus amores, tus angustias y tus esperanzas. ¡Qué bonita Cuaresma si al final del camino encontraras esta agua viva en el centro de tu alma, y además fueras capaz de derramarla entre los tuyos! Magnífico camino, que puedes empezar sentándote junto a Jesucristo a mediodía y contemplando la sed que despiertas en su Sagrado Corazón.domingo, 27 de marzo de 2011
Sed de ti (III de Cuaresma)
Contemplación es lo que requiere fundamentalmente el evangelio de hoy. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana ha sido visto por muchos santos como una imagen a contemplar. Precisamente porque el desarrollo de ese encuentro es como un símbolo del camino que tendrá que recorrer el cristiano que quiera ser contemplativo, y por ello vivir su fe de verdad. Un camino que arranca de la vida cotidiana, en el calor del mediodía junto a un pozo cercano a Sicar, el pozo que Jacob excavó con esfuerzo para que a sus hijos nunca les faltara el agua. Allí acude Jesús a pedir. No pide agua, sin embargo. Pide de beber, pero... ¿beber qué? ¿Qué nos pide Jesús? No nos cuesta demasiado comprender que Dios nos pida que hagamos cosas, incluso que le ofrezcamos nuestras tareas o nuestros rezos. Entra dentro de nuestra vida religiosa el hecho de que uno esté dispuesto a dar cosas a Dios, aunque a veces, como la samaritana, no entendamos lo que Dios nos está pidiendo. Sin embargo nos puede resultar increíble que Jesús nos pida cosas que El necesite. Jesucristo, siendo Dios, no sólo ha venido a compartir nuestro cansancio y nuestra sed. Ha venido también a experimentar necesidad, necesidad de nosotros. Dios, que no necesita nada, te pide algo que, como el agua para el sediento, parece imprescindible para El. Pero, preguntamos de nuevo ¿qué me pide Jesús para beber? Quizás te está pidiendo que le des algo que llevas muy dentro, que le abras el fondo de tu alma. Que le entregues tus pecados, especialmente en el sacramento de la confesión, para que El pueda saciar su sed de verte limpio y purificado. Que le entregues tus deseos de creer y confiar más, para que El sacie su sed de que confíes en su Misericordia. Que le entregues, por tanto, tu inmensa sed de amar y ser amado, para que El sacie su deseo divino de derramar en tu alma “el amor de Dios, por el Espíritu Santo que se nos ha dado”, como nos recuerda hoy san Pablo. Jesús, por tanto, tiene sed de ti, no sólo de tus ofrendas, porque tiene una inagotable sed de darte más y más, de hacer brotar en el centro de tu alma una fuente de Amor inextinguible. Por eso, como a la samaritana, te pide que en esta Cuaresma le abras de verdad tu corazón, que quites la tentación de “endurecer el corazón”. Pon en sus manos lo que de verdad preocupa, ilusiona e ilumina tu vida, y El lo llenará a rebosar. Tanto, que tu alma se convertirá en una fuente para los demás. Porque aquí conduce el camino de la samaritana. La que ha sido fascinada por el don de Cristo, que es el Amor divino del Espíritu Santo, la que ha recibido la increíble promesa de tener dentro de sí una fuente de paz y de alegría, la que acaba de descubrir que el Padre Dios está en el centro de su espíritu, esperando allí un culto verdadero, la que acaba de pasar por esta inesperada revolución interior... no puede menos que propagarla. Ella, llena de agua, derrama su nueva fe y su alegría sobre sus vecinos, sobre la gente que se encontraba todos los días en el camino, en la compra, en las tareas del trabajo diario... De modo que todos los suyos encuentran en Jesús la salvación: “hemos conocido que El es el Salvador del mundo”. Si en algo se nota que ha quedado llena de Jesús, es que lo hace rebosar allá adonde va. Que hermoso camino interior para esta Cuaresma. A mitad de este tiempo de preparación, vamos a aprovechar este texto maravilloso para hacer oración, y vamos a pedirle a Jesús que sigamos con ilusión el camino de la samaritana. Atrévete a aceptar con alegría que Jesús necesita de ti algo tan grande como tu fe y tu amor, aunque a ti te parezcan insignificantes. Atrévete a saciar la sed de Cristo abriéndole tu corazón, con todo lo que llevas. Y ojalá puedas experimentar cómo Él sumerge en su Amor insondable todos tus amores, tus angustias y tus esperanzas. ¡Qué bonita Cuaresma si al final del camino encontraras esta agua viva en el centro de tu alma, y además fueras capaz de derramarla entre los tuyos! Magnífico camino, que puedes empezar sentándote junto a Jesucristo a mediodía y contemplando la sed que despiertas en su Sagrado Corazón.
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