domingo, 18 de diciembre de 2011

Al anuncio del Angel (Adviento IV)

Una imagen vale más que mil palabras, con lo que la homilía de hoy la ponemos en saber disfrutar de esta preciosa escena de la Anunciación. Como los niños. Como los que vuelven a maravillarse de que Dios nos ame tanto que envíe a su Hijo, a su Verbo eterno, a vivir con nosotros...y como nosotros. Con nuestra pobreza, nuestra oscuridad y nuestro frío, interior y exterior. Como los que vuelven a descubrir a María como la puerta de la esperanza y de la alegría. Acógete a Ella para que te enseñe a recibir a Jesús y llenarte un año más de su luz.

Y como postre navideño, que ya casi estamos, no te pierdas este video:
http://www.youtube.com/watch?v=zduwusyip8M&feature=player_embedded

FELIZ NAVIDAD... como los niños, porque de ellos es el Reino que no tendrá fin.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Misioneros de la Alegría (Adviento III)

Por experiencia sabemos que estar alegres de vez en cuando está al alcance de cualquiera... pero estar siempre alegres es casi un milagro. Por no decir algo imposible. Entonces, ¿por qué san Pablo nos lo pone casi como un mandamiento prenavideño? “Estad siempre alegres”, les propone a los cristianos de Tesalónica. Como Dios no manda imposibles, nos damos cuenta de que esto, más que un mandato, es una “buena noticia”, como la que daba Isaías en la primera lectura: la buena noticia de que es posible conservar siempre la alegría en el corazón, pues esta propuesta viene directa del mismo Dios. El la hará posible.

Y como es El quien hace posible la alegría, debemos escuchar con atención sus consejos, mejor dicho los que de su parte nos ofrece san Pablo. Es importante, porque por nosotros mismos no conseguiremos más que una alegría intermitente, demasiado interrumpida por los imprevistos y disgustos que nos acaba echando la vida de cada día. Gracias a Dios hay muchas cosas en nuestra vida que nos la hacen alegre y feliz en muchos ratos... añadamos los consejos que nos da san Pablo para que esos ratos se extiendan... hasta ser algo habitual en nosotros.

El primer consejo es que “nos guardemos de toda forma de maldad”. El malvado nunca está alegre. Podrá conseguir cierta felicidad, estar satisfecho o incluso creerse realizado. Pero el mal nunca deja una alegría verdadera en el corazón. Y no pienses que los malvados son los perversos habitantes del sector oscuro de las películas de acción. Porque los malvados somos cada uno de nosotros cuando hacemos el mal. Nos viene a recordar san Pablo que nos guardemos del pecado. Porque como él mismo nos dice en otro lugar, el salario del pecado es la muerte. La paga que nos deja en el alma es la tristeza. Por eso, lo primero para conseguir un corazón alegre es pedir cada día a Dios un corazón bueno, y si vemos que el mal tiene sus trincheras en el alma, acudir al sacramento de la confesión, en el que la Misericordia de Dios las dinamita y las rellena de alegría y paz.

Pero nos dice algo más: “dad gracias a Dios en toda ocasión”. La gratitud a Dios es la antesala de la alegría. Porque supone reconocer que todo nuestro bien viene de El, y por ello asegurar a nuestro corazón que nunca se verá privado completamente de lo que necesita. Que nunca tendrá que estar irremediablemente triste si es capaz de reconocer y agradecer los dones de Dios.

Podemos pensar en la gratitud que se trasluce en las palabras que Juan Bautista nos dice hoy. “No soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. Siendo quien soy, viene alguien “detrás de mí”, siguiendo mis pasos. Alguien eternamente maravilloso “que existía antes que yo”, y que sólo viene para darme ese agua de pureza y alegría que anhela mi alma, “porque el bautizará con Espíritu Santo”. El Bautista sabe bien que él no es el Mesías, ni el Profeta ni Elías, que de sí mismo no puede esperar una salvación verdadera. Y se llena de gratitud al descubrir que el Salvador, acordándose de él en medio de su desierto.

Su gratitud le llena de alegría, y su alegría le mueve “a ser testigo de la luz”. Cuando has descubierto en la bondad y en la gratitud a Dios el manantial inagotable de alegría, es natural que quieras que los tuyos vengan a beber un poco de este manantial. En estos días es fácil felicitar la Navidad, hablar de Dios, enviar su alegría y su luz en felicitaciones navideñas, postales o cibernéticas.

¡Y es tan necesario! Nuestra gente necesita el testimonio de la Caridad, como se ve en tantas Cáritas parroquiales que no da a basto. Pero no es menos importante el testimonio de nuestra alegría y nuestra esperanza en estos momentos de incertidumbre y ansiedad por tantos problemas. Ojalá esta Navidad puedas ser misionero de la alegría, y dar así a manos llenas esta limosna de sonrisa y esperanza. Viene de Dios, y con El nunca se te arrebatará del todo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Camino limpio (Adviento II)

En las lecturas de hoy se nos habla de “alzar la voz”, de “gritar en el desierto”. En seguida nos damos cuenta de que, como en un concierto, lo que se nos grita es que guardemos silencio, porque va a comenzar una gran interpretación. Silencio, “porque llega nuestro Dios, y trae con él su recompensa y su salario”, grita el profeta Isaías. Silencio, porque “detrás de mí viene Alguien más fuerte que yo”. Silencio, para escuchar con atención la voz que susurra melodías de paz y esperanza. ¿Cómo pretender escuchar una pieza delicada en medio de ruidos y prisas atronadoras? Por eso, haciendo silencio en el alma, “preparamos el camino del Señor”, y nos disponemos a recibir lo que nos recordaba el salmo, “su misericordia y su salvación”.

Es la tarea propia del Bautista recordarnos esto, que Dios viene, y lo hace para salvar nuestras vidas, como decía san Pedro en la segunda lectura, pues “en su gran paciencia quiere que todos se conviertan y se salven”, y al salvarlas las llena de bendiciones y regalos. Es un recuerdo que nos da consuelo y esperanza, pero la segunda parte del recuerdo toca más a nuestra responsabilidad: Dios no podrá entrar en nosotros si no le dejamos un camino limpio. Es tan respetuoso con nosotros que nunca entrará si no le abrimos la puerta... aunque tantas veces El se las ingenia para saludarnos por la ventana. Así, preparar el camino y abrir la puerta es limpiar el corazón, para que en El pueda Nuestro Señor pasear y dejar su recompensa.

Se desconsolaba un niño que se había portado fenomenal durante todo el año porque los Reyes Magos no le habían traído nada. Y pensaba que siendo él bueno, la culpa era de los Magos, que o se habían olvidado de su petición o habían pasado de largo ante su puerta. Nunca habría imaginado que lo pasó aquella noche es que los Reyes estuvieron horas y horas intentando atravesar un jardín lleno de obstáculos y maleza, sorteando cristales tirados por los suelos y sacando sus camellos de charcos llenos de pirañas malintencionadas. Por más que su madre le recordaba al niño que limpiara y recogiera el jardín para que los Magos pudieran pasar, se despistó y se pasó la víspera de Reyes en ensueños de si le traerían esto o lo otro, sin preocuparse de limpiar el camino que tendrían que recorrer hasta la casa.

Hoy Juan Bautista es como la madre que te advierte que limpies tu jardín. No te quejes luego de que no has recibido tanto de Dios como esperabas. La fe nos dice que El no puede fallar, pues es Todopoderoso y lleno de Misericordia para nuestras necesidades. La experiencia, por otro lado, nos demuestra que cuando hemos hecho lo que estaba de nuestra parte, Dios nunca nos ha fallado. Si vivimos en gracia, recibimos los sacramentos, controlamos las pirañas de nuestros vicios y tenemos la maleza de nuestros miedos y desconfianzas bien cortadas, Dios entra. Y entra con sus dones.

María Inmaculada es la Madre buena que encontró el jardín de su vida limpio y lleno de pureza delante de Dios, un jardín donde la melodía de Dios encontraba un silencio perfecto para resonar. Por eso el Todopoderoso pudo hacer en ella maravillas. Esta Novena de la Inmaculada ella se pone a nuestro lado, para recordarnos los prodigios que Jesús puede hacer cuando encuentra un corazón limpio, y ayudarnos a tener el alma arreglada cuando la vida nos la revuelva. Junto a ella, el silencio y el esfuerzo interior harán para Dios un camino bien preparado.