domingo, 22 de marzo de 2015

El Amor que de nuevo te atrae y te eleva (Domingo V de Cuaresma)



Menos mal que en los primeros domingos de la Cuaresma se nos avisaba sobre el trabajo que tenemos que hacer en estos días. Con razón se nos hablaba de desierto y de la empinada cuesta arriba del monte Tabor, porque así cuesta cumplir la tarea que el Señor y el Papa nos proponen para estos días: renovar y fortalecer cada uno de nuestros corazones. A estas alturas de la Cuaresma seguro que todos los que hayan emprendido esta importante tarea sentirá las agujetas y los tirones del que va al gimnasio, que no tiene nada que ver con el comodón de sillón espiritual que pasa por la Cuaresma como si fuera un tiempo más.

Ojalá sientas ese bendito cansancio de acercar tu corazón a un nuevo Amor de Dios, porque esa es precisamente la joya más hermosa del corazón: el puente de Amor que le une a su Creador y Salvador. Un puente que intentábamos revisar en los domingos anteriores, con las figuras de Noé y su Arcoiris, Abrahám y su confianza absoluta y Moisés y su enseñanza del camino de los mandamientos de Dios. Un puente que sin embargo se nos puede venir abajo, como se nos recordaba el domingo anterior con la destrucción del templo de Jerusalén que tanto trabajo había costado levantar. Y hoy, ahora que estás pensando en cómo te está yendo la Cuaresma, puedes experimentar la desolación que sintieron los judíos el domingo pasado: ¿tanto trabajo para nada? ¿tantas ilusiones de cambiar sin frutos?

Quizás notas ahí dentro que el puente se ha caído, por eso podemos preguntarnos, ¿será posible arreglarlo? ¿cómo se puede hacer? La primera pregunta te la responde Jeremías: después del invierno de la traición y la destrucción, el Creador ofrece una primavera de nueva alianza. La respuesta del Dios Misericordioso a la ruptura y a la ruina es que “haré una Alianza nueva; escribiré mi ley en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Igual que la primavera le gana siempre la partida al invierno, así el poder creador del Amor de Dios le gana siempre la partida a nuestra culpa y a nuestros rotos. Siempre es posible arreglar ese corazón, porque para Dios nada hay imposible, y El mismo es el primer interesado en ser “TU DIOS”, en ser tuyo, como tú eres suyo.

La segunda respuesta es una de las promesas más bonitas de Jesús: “cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. ¿Cómo es posible volver a elevar ese puente del alma? Acudiendo al amor de Jesús, elevado sobre la tierra en la Cruz, como se nos recordaba también el domingo pasado. Jesús sabe de angustias y caídas, pero sabe más todavía de Resurección y renovación. Hoy la carta a los Hebreos nos habla de la angustia horrible que vivió Jesús cuando todo se le caía encima, en esa escena terrible de Getsemaní por la que tantas veces nos toca pasar. “Cristo presentó a gritos y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte”. El conoce lo que es la ruina y la incapacidad de levantarse por uno mismo, por eso hoy puede ponerse a tu lado y enseñarte su Cruz, para que le entregues en ella tu ruina y tu incapacidad, y sientas de nuevo cómo la ternura del Amor de Jesús Crucificado te atrae y te levanta.

Siempre volvemos a lo mismo: para vencer en estas luchas y llegar al final de este camino tenemos que unirnos a Jesucristo. Es El quien lleva la batalla contra el egoísmo que te empuja a “amarte a ti mismo en este mundo” y así perder tu vida y tu alegría. Es El quien consuela tus angustias y levanta tus ruinas. Es El verdaderamente tu Salvador. Por eso aquellos gentiles del Evangelio de hoy querían ver a Jesús; de alguna manera se habían dado cuenta de que todos sus recursos y su sabiduría no les valían de mucho en los momentos ruinosos de la vida. Y Jesús se les presentó a través de dos apóstoles, ya que “Andrés y Felipe fueron a decirle a Jesús que unos griegos querían verle”.

Jesús nos ha dejado en la Iglesia a los apóstoles, a los sacerdotes, para que a través de ellos, especialmente en los sacramentos y en la oración que hacen por nosotros, podamos llegar hacia El. La salvación de nuestra vida está en acercarnos a Cristo mientras recorremos este camino, y el mismo Jesús quiere acercarse a nosotros en las personas de los sacerdotes. Hoy celebramos el día del Seminario, que nos mueve a dar gracias a Dios por seguir llamando a hermanos nuestros, como hizo con Jeremías, Andrés o Felipe. Esos hermanos sacerdotes que nos acercan al Salvador y que nos acompañan en los desiertos y en las cuestas. Esos sacerdotes por los que debemos rezar mucho, y por cuyas vocaciones debemos pedir todos los días a Dios. Pedimos a Jesús que siga llamando a muchos hermanos nuestros a este ministerio, para que a través de ellos podamos acercarnos a su Amor y ser atraídos y levantados por él.

domingo, 8 de marzo de 2015

Fiarse de estos consejos (Domingo III de Cuaresma)



En caso de que tengamos alguna avería en la carretera nos viene de maravilla que al llamar a emergencias alguien nos responda. Qué alivio cuando el servicio de asistencia nos responde, nos asegura que se hace cargo de todo y además nos da consejos para ir aguantando mientras llega la solución. Para averías, el pueblo de Israel, a quien estamos acompañando en estos días de la Cuaresma. La opresión en Egipto, la huída apresurada el desierto, el agotamiento del camino... y en ese itinerario de averías, cuando llama a Dios, El responde, y lo hace con unas palabras maravillosas: “Yo soy tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud”. Qué maravilla, escuchar al Dios de la Alianza, que se hace cargo de toda tu vida, que ha querido definirse como “tu Dios”. Y por si fuera poco, como los buenos servicios de asistencia, te ofrece un buen puñado de consejos no solo para aguantar el tipo, sino para “que se prolonguen tus días en la tierra que tu Dios te va a dar”.

Hoy se nos recuerda que Dios tiene un buen puñado de enseñanzas que ofrecerte. Es hermoso recordar, como hacíamos el primer domingo, que el arco iris es permanente; que aunque es nuestra orilla diluvie en la orilla de Dios siempre sonríe el sol. Es hermoso recordar, en el modelo de Abraham del domingo pasado, cómo Dios nos ayuda a perseverar más allá de los límites comprensibles, cuando la subida al monte de la Transfiguración se hace demasiado pesada. Pero es hermoso también saber que El cuenta con que le escuchemos, que quiere tener ese trato de diálogo amoroso con cada uno de nosotros. Por eso intentamos hoy volver a escuchar esos grandes consejos que son los Diez Mandamientos. A ser posible, no como quien oye llover una retahíla de preceptos ya aprendidos de memoria, sino como quien sabe que si Dios nos habla es porque tenemos una apremiante necesidad de escuchar sus orientaciones. Necesitamos que con ellas se pueda arreglar nuestra averiada vida, que “se prolonguen nuestros días”, y se llenen de sentido y valor.

Por eso intentamos fiarnos de esos consejos, pero no sólo porque los necesitamos, sino porque también experimentamos que con nuestros propios consejos muchas veces el camino averiado se convierte incluso en vía muerta. El Evangelio nos recordaba que ninguno de nosotros puede considerarse de plena confianza, cuando dice que “Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos por dentro”. Dios sabe de primera mano la fragilidad de nuestro corazón y la facilidad con la que nos podemos formar juicios equivocados sobre las personas y sobre las acciones. Dios sabe también que la conciencia dejada a sí misma, o flotando en la deriva del relativismo y el sálvese quien pueda, termina por encallar en arrecifes peligrosos. Por eso nos propone esos consejos seguros, de los cuales podemos fiarnos para modelar con ellos nuestra vida.

Podemos fiarnos porque, en resumen, todos los preceptos de Dios se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Podemos fiarnos porque un amor como el de Jesucristo, que muere en la Cruz por amor al Padre Dios y por amor a cada uno de nosotros, es un amor digno de confianza. Nos dice hoy san Pablo “nosotros predicamos a Cristo crucificado”. Como si nos recordara que todos los consejos y normas de vida que se nos predican de parte de Dios tienen su modelo y su fuerza en la Cruz de Jesús, resumen perfecto de los preceptos de Dios. No siempre entendemos lo que Dios nos propone, no siempre nos parece razonable en este mundo tan poco razonable para las cosas de Dios, no son un conjunto de consejos fáciles para una vida sana y feliz... Pero desde luego son absolutamente fiables para enderezar todas las averías y desorientaciones de nuestra vida.

Agradecemos hoy a Dios su cercanía a nuestro ajetreado viaje, la prontitud con la que responde a todas nuestras necesidades, y la bondad que muestra regalándonos esos consejos para poder llevar una vida verdaderamente sana y “prolongada”. Acojamos esos consejos de corazón y, si un Amor así merece tu confianza, escúchale con atención y reverencia, y pídele que tu vida refleje perfectamente esos consejos, porque así toda tu vida hablará amor.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sostener el puente (Domingo II de Cuaresma)



El pasado domingo la Liturgia nos recordaba la primera alianza de Dios con nosotros, realizada en la persona de Noé después del diluvio. Tras la tormenta, Dios dibujaba en el cielo un arco iris, significando así que el puente que une el amor del Dios del Cielo hacia sus criaturas en la tierra no se rompería nunca. Empezábamos pues la Cuaresma con un mensaje de esperanza, y la seguimos con una llamada de advertencia.

Es muy hermoso tener siempre un puente de colores entre Dios y la propia vida, pero hoy se nos advierte que los sufrimientos y pruebas de la vida pueden deteriorar y hacer temblar el puente que en sentido inverso une nuestra vida con Dios. En Aragón no se habla hoy de otra cosa que de la crecida del Ebro, que mañana seguramente llegará a Zaragoza...menos mal que allí está la Virgen del Pilar para detener las aguas caudalosas!. Pero otros pueblos no tienen tan buena defensora. Aguas arriba la crecida del Ebro se ha llevado diques y carreteras. Como en nuestra misma vida: hasta el puente más recio se puede venir abajo cuando crecen las dificultades y las pruebas que nos parecen imposibles de superar.

Sólo la confianza en Dios puede hacer que los puentes, aún temblando, no se vengan al cauce del río. Hoy Abraham recibe una prueba terrible en su experiencia con Dios: “Ofréceme al hijo que amas en sacrificio”. De nuevo, nuestro modelo de fe es probado allí donde más le duele. Como tantas veces nosotros. Una petición terrible, que sin embargo no se queda en el mero contenido (en aquella época, hace 4000 años, era relativamente normal ofrecer grandes ofrendas a los terribles dioses paganos sacrificando a los hijos) sino que encierra un mensaje: el sacrificio y la prueba, aceptados en fidelidad a Dios, llevan siempre a la vida y a la bendición.

Abraham no deja que se caiga el puente de su alianza de fe. La guarda hasta el final, y a cambio Dios no sólo le releva de ofrecer el horrible sacrificio sino que además le regala un Carnero para que lo ofrezca en su lugar. Demasiado parecido al Cordero que el Padre Dios ofreció por nuestra salvación como para no pensar en Él. Lo recuerda hoy san Pablo: “El Padre Dios entregó a su Hijo en la Cruz  por nosotros”. Dios saca vida del sacrificio de su Hijo para concedérsela a los que guardan la alianza de la fe.

Abraham, además, no se va de vacío. Su fidelidad en la prueba oscura le trae una inmensa bendición, de modo parecido a como el sacrificio de Cristo trae vida y bendición para toda la humanidad. Nos dice también san Pablo: “Cristo murió, resucitó, y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros”.

Tomemos nota de esta advertencia: hay que prepararse para poder mantener la alianza de fidelidad con Dios cuando todo en nuestra vida de fe se tambalee. Hay que guardar en el corazón estos dos ejemplos: primero el de Abraham, sobre todo el de Jesucristo. Vale la pena perseverar en el esfuerzo fiel cuando se está cierto del premio de gloria.

Para subrayar esta certeza se nos presenta hoy el evangelio de la Transfiguración. Pedro, Santiago y Juan, tranquilos pescadores de la orilla del mar, tienen que atreverse a subir el empinadísimo monte Tabor porque Jesús les lleva allí. Sólo El sabe por qué. Podemos imaginar su subida, cansados, quejándose, renegando que qué estaban haciendo allí, deshaciéndose los pies con las pendientes pedregosas... Y sin embargo todo valió la pena al llegar: “Maestro, qué bien se está aquí”. Después del sacrificio, vida siempre y bendición.

Pasemos por estos ejemplos nuestras vivencias de prueba y sufrimientos en el claroscuro de la fe, y sintamos siempre cerca la mano fuerte y consoladora de Jesucristo con nosotros. Los tres apóstoles más de una vez serían ayudados por un empujoncito del Señor en la subida. Pidamos a Jesús que sea su Mano la que nos impulse, la que nos guíe, la que nos abra un nuevo escenario de esperanza y la que mantenga nuestra mano firme en todos esos sufridos pulsos con lo que la vida dura pretende tumbar la fidelidad de nuestro amor a Dios.

domingo, 15 de febrero de 2015

A por los últimos (Domingo VI T.O.)


El Reino de Dios se extiende sin parar por el mundo, y como el mayor signo de la llegada del Reino es la sanación de enfermos, más y más se extiende el poder curador de Jesús. Después de varios domingos en los que se nos está recordando el infinito interés que tiene Jesús por atender y acompañar las dolencias y limitaciones de todos, llegamos hoy a una de sus máximas manifestaciones, como si el Reino de Dios tocara una de las fronteras de su extensión. Hoy Jesús sana a un leproso. No a un enfermo, sino a una persona borrada de la sociedad. Una persona inexistente, despojada por la enfermedad de su dignidad, arrojada a los rincones más sucios por una sociedad incapaz de hacerse cargo de esta enfermedad maldita. Así lo leemos en la primera lectura: “El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. Ocupa el último rincón del mundo, pero Jesús, que ha venido a por los últimos, se hace cargo de él.



Impresiona el poder divino de Cristo para cargar sobre sus hombros la miseria más extrema de nuestra humanidad. Impresiona todavía más la compasión con la que lo hace, pues Jesús, que tiene una larguísima lista de enfermos que atender, pone el primero a quien era el último para todos. Lo pone en primer lugar porque sólo de este leproso se dice explícitamente en el Evangelio que Jesús se conmovió, se turbó en su corazón, se emocionó profunda e intensamente por su dolor. Todos los enfermos arrancaron a Jesús la salud por su fe. El último de ellos, se llevó además el primero de los movimientos de su Corazón: la misericordiosa compasión por el más miserable.



Trazo profundo y cálido que nos abre el Corazón de Jesús como espacio donde todas nuestras miserias y rincones oscuros y últimos encuentran un hogar de compasión y sanación. Retrato maravilloso del Corazón del Señor, que nos recuerda que en toda ocasión de nuestra vida, especialmente las más humillantes y vergonzosas, podemos acudir a El llenos de confianza. Proclamación evidente y cristalina de que en su Reino, los últimos son verdaderamente los primeros.



Y como nos recordó Jesús al final de la parábola del Buen Samaritano, tenemos ahora que ir y hacer nosotros lo mismo. Un cristiano, según modela su pequeño corazón a imagen del Corazón de Cristo, va encontrando que deja de tener leprosos en su corazón. Todos podemos tener una pequeña lista de leprosos, de personas que para nosotros no existen, o que si tienen ser lo tienen en los últimos rincones de nuestros afectos. Porque no nos quieren, porque se nos han enfrentado, porque no nos interesan, porque su sufrimiento nos parece demasiado lejano, porque nuestra indiferencia no deja que sus limitaciones nos toquen el alma.



Es así como muchas veces podemos escandalizar con nuestra falta de compasión y nuestra indiferencia, de modo que nuestra leprosería interior parece recibir las palabras que san Pablo dirige hoy a los Corintios: “No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios”. Pero esta pequeña leprosería interior desaparece cuando el cristiano se deja tocar por Cristo y va poniendo las fronteras de sus intereses allá donde las pone Jesús: lo más lejos posible.



Cerca de este leproso audaz y creyente, nos acercamos hoy a Nuestro Señor Jesucristo. Como él, le abrimos las inmundicias y abismos más tenebrosos que podamos encontrar en nuestro corazón. Como él, escuchamos cómo desea limpiarnos y cómo lo consigue hacer en profundidad. Cerca de Jesús, aprendemos a no tener fronteras en nuestra compasión, y a hacer que nuestro corazón y la oración que de él brota vaya con preferencia a por los últimos.







domingo, 8 de febrero de 2015

El Reino de Dios, Salud de los Enfermos (Domingo V del T.O.)



Aunque el santo Job suele pasar por un acabado modelo de la virtud de la paciencia, en el fondo la lectura de su largo libro en la Sagrada Escritura nos deja una realidad bien distinta: Job es en verdad un modelo acabado del sufrimiento que la enfermedad, las calamidades y la desesperación pueden generar en la vida de una persona. Hoy leemos unas expresiones que así nos lo recuerdan: “Me asignan noches de fatiga. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha”. Son palabras que quizás alguna vez incluso han llegado a reflejar el estado de nuestro corazón en momentos especialmente duros de nuestro camino. Con ello se nos recuerda la atención y la compasión con la que nuestro Dios escucha el clamor de sus hijos enfermos. Todo un libro de la Sagrada Escritura está dedicado a ello, y todo el Infinito Corazón de nuestro Padre de Dios se vuelca hacia nosotros cuando en esta vida nos golpea el sufrimiento, la calamidad o la desesperación.

San Pablo en la segunda lectura nos decía que se había hecho débil con los débiles para salvarlos fuera como fuera. Es un reflejo de lo que Dios hace con sus hijos. No sólo se vuelca hacia su debilidad, sino que se hace débil como ellos, para salvarlos a partir del sufrimiento compartido. El Hijo de Dios no sólo se vuelca con nuestra debilidad, sino que la comparte, hasta el extremo de Getsemaní y del Calvario. Es la reacción de Dios, reflejada en la Santa Humanidad del Salvador, ante el clamor de sus hijos sufrientes: acudir a sufrir a nuestro lado y de nuestro lado.

Precisamente el Reino de Dios, que Jesús proclama en los primeros capítulos del Evangelio de Marcos en estos domingos, consiste en esa presencia de Dios a nuestro lado y de nuestro lado, “porque el Reino de Dios está entre vosotros”. Porque está a nuestro lado, nos ofrece siempre la compañía, la misma que una madre generosa ofrece a su hijo enfermo de gripe (como vemos que pasa en estos congelados días de febrero) junto a su cama. Porque está de nuestro lado, nos presta siempre su fortaleza y su ánimo para que podamos luchar contra el dolor y el abatimiento.

Allá donde está un hijo de Dios que sufre, está esa presencia palpitante y acogedora de su Padre Dios, a su lado y de su lado. Por eso Jesús, al proclamar la venida del Reino de Dios, dedica la mayor parte de su ministerio a atender a los que sufren: “Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”. No sólo a sus íntimos, a los Apóstoles recién llamados por El y sus familias, no sólo a los habitantes de Cafarnaúm que le escuchaban con tanto entusiasmo. El celo de Jesús por los dolientes se extiende a toda Galilea, y podemos comprender fácilmente que quiere expandirse por el mundo entero, y por cada uno de nuestros hogares: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. Allá donde está un cristiano que sufre, está esa presencia palpitante y acogedora de Jesucristo, a su lado y de su lado.

Vamos a pedir para nuestros enfermos que sepan acoger esta presencia viva del Reino de Dios que Jesucristo les ofrece. A veces nos limitamos a presentar nuestros lamentos, como Job. A veces pensamos que Dios se desentiende de nuestros dolores y sufrimientos, como si estuviera desbordado por la cantidad de problemas que conlleva el gobierno del Universo. A veces pensamos que le resulta indiferente y a veces hasta llegamos a pensar que El está detrás de ellos. Como si Dios estuviera contra nosotros, podemos pensar que las enfermedades y calamidades que nos trae la vida son órdenes directas de la Voluntad Divina, como castigo, como escarmiento, como capricho, como crueldad... Jesús nos recuerda con el Evangelio de hoy la relación que Dios tiene con nuestro sufrir: nunca contra nosotros, siempre por nosotros y con nosotros.

Vamos a pedir para todos ellos que puedan acoger con serenidad la compañía del Padre Dios en el sufrimiento, que sepan recibir la fuerza del Crucificado para seguir luchando, y que puedan ser iluminados por el Espíritu Santo para que sepan dar un sentido y un valor a las situaciones de sufrimiento y limitación. Y si es Voluntad de Dios, pediremos finalmente que reciban la sanación. Vamos a pedirlo especialmente a través de la Virgen, a quien recordaremos esta semana en la advocación preciosa de Nuestra Señora de Lourdes. Millones de personas han pasado por el hogar que la Madre abrió en Lourdes a todos los enfermos de cuerpo y alma. Algunos han sanado, pero todos han vuelto con el calor y la fortaleza que Dios regala allí a través de Nuestra Señora. Que a través de Ella podamos experimentar, como decíamos en el salmo, que “el Señor sana los corazones destrozados”. Porque sanar el corazón acogiendo la presencia del Reino de Dios con todo lo que nos trae, es el primer paso para conseguir la sanación integral de la persona y para convertir el sufrimiento y el dolor en un camino para acercarse al Reino que Dios concede de modo especial a sus hijos enfermos.

domingo, 1 de febrero de 2015

La Palabra que nos arregla (Domingo IV T.O.)


Todavía hoy nos impactan las escenas evangélicas protagonizadas por los endemoniados. Más allá de la parafernalia de grandes efectos dramáticos, nos suelen impresionar porque nos muestran casos extremos de hasta qué punto puede quedar destruido un corazón humano. Vemos hoy a una persona llena de orgullo, desprecio, violencia y agresión a sí mismo. Casos terribles que si muchas veces pueden explicarse desde la psicología o la psiquiatría, no por ello dejan de traslucir un inquietante trasfondo sobrenatural. Más allá de trastornos clínicos, la mirada de la fe descubre como factor sobrenatural de estos sucesos la acción del diablo. Y no sólo en casos individuales, sino en tantos fenómenos como en la sociedad actual podemos sufrir esta extensión del orgullo, del desprecio, de la violencia, de la inmolación de la propia vida para destruir vidas ajenas.

Estos casos extraordinarios, a la vez, nos llaman la atención sobre nuestra propia vida ordinaria. También nosotros, a pequeña escala, nos percibimos a veces aguijoneados por el orgullo, desprecio, violencia...e incluso un excesivo menosprecio de nosotros mismos. Especialmente dolorosa es esta situación cuando experimentamos sus efectos destructores en donde más nos duele, que habitualmente es en nuestra familia. San Pablo presentaba hoy en la segunda lectura el precioso ideal del matrimonio cristiano: “El marido contenta a su mujer y la mujer busca contentar a su marido”. Fórmula preciosa que respira igualdad y deseo de servicio y cuidado mutuo. Pero en el día a día... ¡cuántas veces los rotos del corazón nos impiden vivir así! Buen mes, este de san Valentín, para repasar los rotos del corazón, el cual, aunque no llegue a la destrucción que vemos en los endemoniados, si que presenta al menos las mismas grietas demasiadas veces.

Si vemos así nuestro corazón, tenemos también la buena noticia de hoy: el demonio es vencido absolutamente por la autoridad de Jesucristo. Hoy el Señor sorprende a todo el mundo con su poder sanador, hasta tal punto que todos reconocen que están en presencia de algo nuevo, de un Maestro que no sólo enseña doctrinas o diagnostica problemas, sino de un profeta cuya palabra está llena del poder infinito del Dios Creador. Jesús es el profeta verdadero y definitivo, que anunció Moisés en la primera lectura de hoy, porque su Palabra tiene tal energía que “hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

Así, el corazón duro, inmundo, e incluso destruido por la corrosión del demonio, recibe hoy la esperanza de curarse con la Palabra de Dios. “Escuchad hoy su Voz para que no se endurezca vuestro corazón”, hemos respondido hoy en el salmo. Jesús no sólo es el Pescador divino que nos arranca del mar tempestuoso con el poder de su Mano; también es el Profeta definitivo, que nos sana el corazón con el poder de su Palabra.

Ya sabemos donde buscar la sanación cuando el corazón se empiece a mostrar “endemoniado”, especialmente cuando notamos que se nos “endemonia” la vida del hogar. Escuchar juntos la Palabra de Jesús. No la encontraremos de forma extraordinaria, como la encontró el pueblo de Israel cuando muerto de miedo creyó morir al escuchar la voz de Dios entre los relámpagos del Sinaí. A Jesús podemos escucharle de forma ordinaria y sencilla, leyendo el Evangelio, haciendo oración, descubriendo sus señales en los pequeños milagros de cada día. ¡Qué bendición para una familia cuando unidos ponen todos sus corazones a la escucha de la palabra de Jesús!. ¡Qué inagotable ocasión de sanación y renovación para una familia y un corazón!

Hagamos ese propósito de escuchar con más atención y frecuencia la Palabra de Cristo. Unidos a María, quien conservaba en su Corazón todas las palabras de su Hijo, recibamos con un oído atento y creyente esta Palabra bendita, que nos protegerá de las maldiciones y heridas con las que el diablo pretende proseguir su labor entre nosotros.

martes, 20 de enero de 2015

Seguir su Mirada (Domingo II del Tiempo Ordinario)

"Jesús se quedó mirando a Pedro y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas". La mirada sincera de una persona nos permite descubrir muchas cosas de su carácter, y del cariño que nos tiene. Podemos imaginar cómo la mirada de Jesús desveló a Pedro los infinitos tesoros que tenía en su Corazón para él. En ese encuentro de miradas Jesús se presentó con toda su atracción, y Pedro encontró la verdadera identidad de su vida: ser "Cefas", ser Roca de unidad para toda la Iglesia. Buscamos cada día en la oración esa mirada de Jesús que nos hace descubrir quién es El, y también encontrar quiénes somos cada uno de nosotros.