domingo, 27 de febrero de 2011

Abrigados y queridos (Domingo VIII T.O.)

Hoy nos toca pasar de los apuntes a las imágenes. Durante estos domingos Jesús nos ha ido enseñando muchas cosas para que las apuntemos en el centro de nuestra alma. Hoy, sin embargo, más que a apuntar nos invita a mirar. Mejor, a contemplar: “Miras los pájaros del cielo, mirad los lirios del campo”. Mirad en definitiva todo la hermosura que Dios nuestro Padre ha puesto como escenario de nuestra vida. Contemplad la creación, y ojala así sintamos la admiración que un corazón bien dispuesto siente ante las obras de Dios.

Dios lo hace todo bien. Si ha creado pájaros, bien se encargará de alimentarlos. Si ha creado lirios, bien se encargará de vestirlos. Con estas imágenes Jesús nos recuerda que todo lo creado muestra en su belleza y armonía la sabiduría del Dios creador, que desde siempre ha impresionado a la humanidad desde que ésta aprendió no sólo a ver lo que le rodea sino a contemplarlo e interpretarlo. Pero estamos en el sermón de la montaña, ese gran programa de vida para todo aquél que quiera vivir como un hijo de Dios. Por eso Jesús no sólo nos habla del Creador, sino que lleva nuestra mirada hacia el Padre. Si las criaturas gozan del cuidado y la protección del Creador, ¿cuánto más los hijos podrán disfrutar los cuidados y detalles de su Padre Dios?

Aquí descubrimos que uno de los frutos más hermosos que nos puede dejar la fe en Jesús es la serenidad. Una serenidad que se apoya en la confianza que tenemos en nuestro Padre Dios, quien es para nosotros más amante y más tierno que la mejor de las madres, como nos dice Isaías en la primera lectura, y se encarga de velar por nuestros problemas y necesidades como el mejor de los padres. En unas manos como las suyas podemos vivir seguros y serenos, hasta el punto de poder vivir lo que decíamos en el salmo: “descansa sólo en Dios, alma mía”.

Y es verdad que sólo en este descanso podremos vivir teniendo a raya el agobio que genera en nosotros el cansancio y la acumulación de problemas que son propias de nuestra vida. Por eso el que tiene fe puede ilusionarse con adquirir el gran lujo de vivir con menos agobios: “no os agobiéis, pues bien sabe vuestro Padre que de todo eso tenéis necesidad”. ¡Qué maravilla, comprobar en la vida diaria que a medida que nuestra fe va creciendo el agobio y el miedo van encontrando cada vez menos espacios para tender esos tentáculos que nos paralizan y estropean nuestras mejores energías!

Las palabras de Jesús nos mueven hoy, por tanto, a dejarnos querer por Dios, algo que a veces nos cuesta demasiado: bien porque nos vemos indignos, bien porque los agobios nos nublan la vista y nos impiden sentir el calor del Padre, bien porque olvidamos su presencia y acudimos rápidamente a “otros señores”, como el dinero, en los que podemos poner nuestra confianza… Déjate querer y cuidar por Dios, “no juzgues antes de tiempo”, como decía san Pablo, tus problemas y necesidades, como si sólo tú tuvieras que juzgarlos y resolverlos. Prueba a dejar tus cuidados y agobios en manos del Padre, y pronto verás que su amor por ti es real y poderoso.

Desde lo alto el campanario del pueblo se ve a todo el mundo muy muy pequeño, como canicas rodando por la plaza. Así de pequeños, como bebés, nos mira siempre nuestro Padre Dios desde la altísima inmensidad del Cielo. Y los bebes confían, descansan, y sueñas tranquilos en brazos de su madre, aunque a veces ella los lleve por caminos embarrados o aceras intransitables. Demos gracias a nuestro Maestro, que hoy nos ayuda a experimentarnos niños mimados y protegidos en el amor providente del Padre., aunque seamos viejos viejísimos. Volemos por tanto por la vida con la alegría de los pájaros, y sintámonos bien arropados, como los lirios, por los abrigos tejidos por Dios para abrigarnos y llenar nuestra vida de serena belleza.

domingo, 20 de febrero de 2011

La fórmula de la felicidad (Domingo VII T.O.)

Esta semana salía a la luz la curiosa noticia de que una emisora de radio había difundido uno de los secretos mejor guardados durante el siglo XX. Parece que por fin algo tan complicado y cotidiano como la fórmula de la Coca Cola ha salido a la luz. Otra fórmula bien complicada de encontrar es, sin duda, la de la felicidad. Los cristianos, de todas maneras, no tenemos la dificultad en el contenido de la fórmula. Jesús lleva ya varios domingos enseñándonos despacio su fórmula para alcanzar la bienaventuranza, la felicidad verdadera. La conocemos por tanto, pues la explica con una claridad que casi hace daño, como vemos en el evangelio de hoy. Ciertamente los cristianos sabemos el contenido de la fórmula de la felicidad. De hecho, la dificultad que tenemos no es en conocerla sino en aceptarla y asumirla como un camino real para nosotros. Cuando escuchamos las meridianas palabras de este evangelio algo en nuestro interior salta de inquietud preocupada: esto no es posible, humanamente es una necedad, esto nunca será para mí...

Y es cierto. Es una necedad. Por eso san Pablo nos dice hoy que “nos hagamos necios para llegar a ser sabios”. Eso que nos parece una colección de fórmulas entre lo necio y lo inasumible, resulta ser en verdad la fórmula sabia para vivir feliz. Y lo es porque en el fondo Jesús nos está indicando hoy una infalible vacuna para prevenirnos de los dos virus que amenazan nuestra felicidad: el egoísmo y el odio. Sabemos que una persona dominada por ellos se incapacita para vivir feliz, aunque no le falte de nada ni fracase ninguno de sus planes. Y por otro lado sabemos que estos dos virus se extienden hoy por nuestro ambiente, por nuestras relaciones y por nuestro mundo a una velocidad que a veces hasta asusta.

Por eso tenemos que aplicarnos pronto el tratamiento, especialmente cuando vemos los primeros síntomas en nuestro corazón. Lo primero, contra el egoísmo, aprender a dar siempre de más y con mejor cara. Contra esa racanería que encierra nuestros bienes y talentos en las mazmorras de nuestro egoísmo, luchar por saber dar a mano abierta y sonrisa tendida, aunque eso que nos piden nos haya caído como una losa inesperada. Si además avinagramos la losa y la llevamos “arrastraos”, en el fondo peor para nosotros. Y quizás, cuando vayamos diluyendo el egoísmo que amordaza nuestro corazón, podremos aplicar el tratamiento de choque contra el odio.

El primer paso, como recuerda Jesús, es el que se dijo en la Antigua Alianza. “Ojo por ojo y diente por diente”. No está mal, y de hecho en más de una ocasión no responder sacando tres ojos cuando nos han sacado uno puede ser un acto heroico. Responder con equilibrio a una agresión, superando la tendencia que llevamos dentro y que nos mueve a responder como un muelle a presión, es un primer paso. Y valioso muchas veces. Pero Jesús sabe que podemos dar más. Por eso nos provoca con sus palabras, como buen Maestro, a vivir de una manera ilimitada las dos virtudes que describen su Corazón: la mansedumbre y la humildad.

Mansedumbre para que los embates de la marea del odio encuentren en nuestra mejilla un dique imposible de rebasar. Humildad para saber humillarnos cuando nos pongan un pleito, o nos atasquemos en una discusión. Saber humillarse –cómo duele- para en los juicios dar la capa, la túnica, la razón y hasta el reconocimiento de que el otro es mejor. Esta es la única manera conocida de detener eficazmente la epidemia de egoísmo y de odio que tantos insensatos difunden y que tan infeliz puede hacer nuestra vida si no nos esforzamos de verdad en poner la vacuna. Duele hacerlo, duele también comprobar que aún no somos capaces, pero tenemos un calmante: mirar a Dios. Miramos a la pasión de Cristo y descubrimos que El hizo carne estas palabras de sabiduría. Miramos la increíble misericordia de nuestro Padre Dios y aprendemos que la felicidad infinita de Dios se expresa en una inagotable capacidad de comprender, perdonar, y volver a entregarse al que le ofende y lo desprecia. También a ti y a mí, que tanto le hemos fallado. Sabemos pues una buena fórmula. Que poco a poco la hagamos vida con la gracia de Dios.

domingo, 6 de febrero de 2011

Una mecha muy pobre para una luz tan Grande (Domingo V T.O.)

Un buen maestro no se olvida. Alguien que con palabras sencillas te ha ayudado a comprender cosas complicadas es uno de los grandes tesoros que nos podemos encontrar en nuestra vida. Todos tenemos en la memoria el nombre de algún profesor que se esforzaba en enseñarnos cosas casi incomprensibles con ejemplos e ilustraciones al alcance de todos. Así habla Jesús, que no sólo es un buen maestro, sino que de hecho es el Divino Maestro, Dios que ha venido entre nosotros para enseñarnos la asignatura más importante de la vida: ser feliz amando a Dios y a los hermanos.

Esta enseñanza, desde luego, está dada para que llegue al mayor número de personas, de hecho el auditorio que busca el Señor es la humanidad entera, toda ella necesitada de esa felicidad única que El ofrece y enseña a alcanzar. Por eso habla para todos, y por eso define el perfil de sus alumnos con dos palabras familiares y domésticas: sal y luz. Para que todos entendamos lo que El espera de nosotros: una profunda vida interior, modelada con las bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado, y a la vez una intensa actividad hacia fuera, como el derramarse de la sal o el amanecer de la luz.

Y es que el cristianismo nunca ha sido una religión de invernadero, un conjunto de ideas o creencias para vivir en la intimidad de mí mismo y allí buscar una felicidad a medida o al menos una tranquilidad que me resguarde de las tormentas de la vida y de los problemas ajenos. Más bien el cristiano es un árbol de altura, como esos recios y achaparrados arbolillos que coronan las montañas esculpidos y trabajados por los vientos, expuesto a la vista de todos los que pasan. Somos “una ciudad puesta en lo alto de un monte”, y por eso nuestra vida interior está irremisiblemente llamada a hacerse transparente, como una luz, de cara al exterior.

Esa luz que transparenta nuestra vida de fe es, como nos recuerda hoy el Divino Maestro en el pasaje del Sermón de la Montaña que acabamos de escuchar, la que se desprende de nuestras buenas obras. La estela luminosa que un cristiano está llamado a dibujar en su caminar por la vida está hecha de pequeños puntos de luz, que son las obras que realizamos impulsados por el Amor que Dios siembra en nosotros. Por eso esas “buenas obras” son más grandes que nosotros mismos, pues en ellas reverbera el Amor infinito de Dios, como un destello de la gloria de Dios, de modo que Jesús nos dice que el brillo de nuestras obras es “para que los hombres den gloria a vuestro Padre, que está en el Cielo”. La gloria invisible y arrebatadora del Dios Amor se deja vislumbrar en cada pequeña obra de amor, de gloria, que hace un cristiano.

Es una inmensa posibilidad, ser como candelas que reciben en su pobre mecha la luz inefable de Dios. Y es también, cuidado, una gran responsabilidad. Es absurdo ver una “lámpara para ser puesta bajo un celemín”, bien tapada y oculta. Más lo es un cristiano, lámpara encendida por Dios en medio del mundo, que se oculte o que “encierre en su propia carne”, como nos decía Isaías, la luz que Dios le ha dado. El juicio que recibe de Dios es similar al de la sal que pierde el sabor que da sentido a su presencia en el mundo: “no sirve más que para ser arrojada fuera y que la pise la gente”. ¿De qué le sirvo a este mundo, a la gente, si no hago brillar la luz que Dios espera de mí?

Palabras de examen, sin duda, las que nos pone el Maestro antes de seguir adelante con el Sermón de la Montaña. Pero nunca palabras que nos muevan a desesperar, pensando que Dios espera de nosotros grandes obras de caridad para las que nos vemos hoy imposibilitados. Por eso nos dice que además de luz somos sal, condimento que se emplea en pequeñas cantidades. Así, será en nuestra pequeña cantidad de obras cotidianas donde buscaremos esparcir esa luz de Dios, buscando poco a poco poner más amor en las cosas pequeñas que hacemos todos los días, de modo que poco a poco vaya amaneciendo en nuestra vida la luz de la gloria de Dios.