Jesús nos hablaba en el último domingo sobre nuestro papel en el Reino de Dios, y lo comparaba con el trabajo en una viña, muy bien pagado por cierto. Hoy, ya en Jerusalén, y en el marco de un enfrentamiento con las autoridades, Sumos Sacerdotes y Ancianos, vuelve a hablar de la viña, pero también nos recuerda que el Reino de Dios es un camino, que está recorrido por un pelotón algo peculiar, pues, ¿quién va el primero en él?La respuesta del Señor nos sigue generando estupor si nos tomamos en serio sus palabras. Resulta que a primera vista este camino del Reino de los Cielos no se adelanta a base de categorías sociales, sino que los que llevan los primeros puestos parecen ser los que viven en la corrupción y el vicio, los publicanos, como san Mateo, y las prostitutas, como fueron algunas de las mujeres que acompañaban a Jesús. En seguida entendemos, sin embargo, que Jesús no se refiere a etiquetas sociales, sino que cuando habla de estas clases, poderosos unos y pecadores los otros, mira sobre todo cómo cada una de ellas actuó ante la presencia del Reino de Dios anunciado por Juan Bautista.
Los poderosos, por un lado, rechazaron al Bautista y es más, perseguirán a Jesús hasta darle muerte, como el Señor anunciará el domingo que viene con la parábola de los viñadores homicidas. En contraste, los pecadores aceptaron la misericordia del Reino de Dios y cambiaron sus malas obras, cumpliéndose así las palabras de Ezequiel: Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, él mismo salva la vida.
En resumen, unos aparentan mucho y no obedecen nada, mientras que otros fallan mucho pero acaban obedeciendo a Dios. Esto es lo que nos manifiesta Jesús en la parábola de los dos hijos, sencilla y contundente, que nos enseña hoy que para establecer la clasificación en esta carrera hacia el Reino, Dios no mira lo que hablamos o lo que decimos ser, sino cómo le obedecemos. Por eso san Pablo nos pone el ejemplo de Jesús, que no se limitó a decirnos cosas bonitas, y a hablar de los misterios del cielo, sino que convirtió en obras su predicación, actuando como un hombre y obedeciendo a Dios hasta la muerte de cruz. Los santos lo entendieron muy bien, por eso san Antonio, como está recogido en nuestra ermita, decía “callen las palabras y hablen las obras”.
Estamos hablando, en el fondo de la virtud de la lealtad, es decir, la que nos mueve a hacer lo que decimos y creemos. A todos nos gusta que los demás sean leales con nosotros, que no nos atiendan con palabras bonitas sino con buenas obras, como nos pasa cuando vamos al médico, recibimos a un comercial o incluso se ficha a un futbolista. Mejor goles que declaraciones en la prensa, dicen. Y a todos nos duelen también las deslealtades, las buenas palabras que esconden malas obras, cuando las vemos en políticos o más aún en vecinos, familiares y amigos.
Por eso entendemos que Dios espera que seamos leales con El en todo, tanto en nuestra vida de fe como en nuestra vida moral. San Pablo, hablando de la fe, nos decía que todos confesemos que Jesús es el Señor. Y de palabra lo hacemos, al menos cada domingo en el Credo... sin embargo cuántas veces nos dejamos llevar por la desconfianza, el miedo o la inquietud, olvidando que el Señor cuida de nuestra vida. No digamos esa extraña mutación del cristianismo que se llama “no practicante”, según la cual uno puede proclamar con abundancia de palabras que cree en Dios y en la Virgen... pero a la hora de poner en práctica lo que Jesús nos pide, como es participar en la misa del Domingo, hace como el segundo hijo de la parábola y se queda en sus cosas.
Una lealtad similar nos pide Dios en nuestra vida moral. Todos hemos visto lo que sufre el Papa por los escándalos de cristianos que de palabra se llaman sacerdotes, y lo son, y sin embargo en sus obras protagonizaron sucesos vergonzosos. Es un caso extremo, pero nos recuerda que en nuestra vida moral tenemos que hilar muy fino, para cuidar la armonía entre nuestras palabras y nuestras obras. Por ejemplo, san Pablo nos dice hoy que evitemos la ostentación. Seguramente ninguna de las personas que estamos aquí nos reconoceríamos como ostentosas, más bien diríamos que somos gente sencilla y normal. Pero nuestras obras muestran cómo tantas veces buscamos que se note lo que somos, lo que tenemos, los méritos y cualidades de nuestra familia... podemos ser quizá no llamativamente ostentosos, pero sí más presumidos de lo que pensamos.
Por tanto, para caminar por este camino del Reino de Dios vamos a ver cada uno cómo anda de lealtad y rectitud hacia Dios. Hagamos una revisión de cómo va la sintonía entre lo que hacemos y sentimos y las convicciones de nuestra fe. Y si vemos que desafina un poco, que no somos tan coherentes como nos gustaría, y que quizá estamos más cerca del segundo hijo de la parábola que del primero, no desesperemos. Hay arreglo. Siempre podemos recordar que la Misericordia de Dios es eterna, y además Todopoderosa. En ella está la fuerza increíble que nos impulsa a convertirnos y a caminar hacia Dios con más agilidad.
Vamos a fiarnos de esta Misericordia, con la esperanza de que algún día Jesús nos premie con la alabanza que un día dedicó a su Madre: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra. Este es el paso que querremos llevar para acercarnos al pelotón de cabeza en el camino del Reino de los Cielos. Se lo pedimos a Dios en nuestra oración personal, quizá con estas palabras del salmo de hoy: Dios mío, hazme caminar humilde y con rectitud.