domingo, 23 de octubre de 2011

Centrados en amar (Domingo XXX A)

No nos extraña demasiado que los fariseos necesitaran profesionales para interpretar sus mandamientos, tal y como el experto en la Ley (de Moisés, claro) que hoy pregunta a Jesús. No debe de ser sencillo vivir pendiente de 365 prohibiciones y 248 preceptos, ni llevar una vida religiosa bien centrada cuando se ha complicado tanto. Tampoco nos extraña el contraste con la descripción de la vida religiosa en los cristianos de Tesalónica que san Pablo describe en la segunda lectura de hoy: “abandonasteis los ídolos para convertiros y servir al Dios verdadero”. Dos preceptos: abandonar el mal y entregarse a Dios, máxima sencillez de vida.

Se nota que el fariseo Saulo de Tarso aprendió profundamente la enseñanza del Maestro Jesús de Nazaret al convertirse en san Pablo. Porque es Jesús quien hoy nos enseña que el centro de nuestra vida religiosa está en algo tan sencillo como lo que aprendimos de pequeños en la catequesis: resumir toda una vida de fe en amar a Dios con todas las de nuestro corazón (las que cada uno tenga, por cierto) y amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos.

Es importante recordar que el verbo amar tiene la primacía en el mundo de nuestras relaciones con Dios. Muy por encima de verbos quizás más frecuentes, como pedir, temer, utilizar, serenarse, enrutinarse... Si Dios espera algo de nosotros es precisamente que le amemos, que volquemos en su Amor los mejores afectos que tengamos en el corazón, tal y como decíamos en el salmo: “Yo te amo Señor”. Vivir con Dios una ternura cordial como la que expresamos en el Gloria de la Misa: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos...”. Un amor que además rebase el afecto y se exprese en dos actitudes bien concretas: el servicio a Dios y la obediencia a su Palabra, que es el contexto en el que el pueblo de Israel vivía el mandato central del libro del Deuteronomio que hoy cita Jesús: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu vida, con todas tus fuerzas”.

En seguida nos damos cuenta, sin embargo, de la dificultad de servir y obedecer a Dios... ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo le podemos ver o escuchar? A veces se nos hace demasiado lejano como para que sea una presencia real en nuestras vidas. Por eso Jesús nos propone el segundo mandamiento como camino real para vivir el primero: amaremos a Dios si le servimos y obedecemos en el prójimo. Ya en la vida del pueblo de Israel se tenía la percepción de que Dios espera que no hagamos mal a los más cercanos a nosotros. Así el libro del Éxodo nos dice hoy que se debe evitar la opresión, el robo, la explotación, la usura, el trato abusivo, la prepotencia con los débiles. Es un buen comienzo, no hacer el mal al prójimo por amor a Dios.

Pero Jesús cuando habla del prójimo nos propone un paso más: no sólo evitar el mal, sino buscar el bien de los demás, como expresión de un amor verdadero. No tratar sólo de ayudar a los cercanos, sino tener un amor abierto a todo aquél que me necesite. Aunque no le conozca. Aunque sea un enemigo, como el Señor nos enseña en la parábola del Buen Samaritano. Un amor así es el que nos permite vivir un amor a Dios verdadero y bien centrado.

Es un camino difícil, aunque el contenido de la Ley de Jesús sea sencillo y comprensible para todos, sin necesidad de expertos. Y para seguir un sendero complicado es imprescindible seguir a buenos guías. Por eso dice san Pablo hoy que los cristianos de Tesalónica “habían seguido el ejemplo de Jesús y el suyo propio”. Esa es también la receta para nosotros: seguir el ejemplo de Jesús. En muchas ocasiones el Señor muestra en el Evangelio su amor a su Padre Dios. Pero en ninguna como en el huerto de los Olivos, cuando vive su amor en forma de obediencia suprema: “Padre no se haga lo que yo quiero, sino tu voluntad”. Muchas cosas buenas hizo Jesús por los suyos, pero ninguna como entregar su vida por entero en favor de sus enemigos, que eran los que movían los hilos de la Pasión y, en el fondo, todos nosotros en cuanto nos enfrentamos a El con nuestros pecados.

San Pablo, el primer misionero, sigue los pasos de Jesús muy de cerca, y con él todos los que hoy están viviendo en la Iglesia la vocación misionera, que recordamos en este domingo del DOMUND. El misionero en el fondo es una persona que muestra su amor a Dios obedeciendo a una llamada muy difícil: abandonarlo todo para entregarse a unas personas que no conoce y con un futuro absolutamente imprevisto. Siguiendo la llamada amorosa de Dios dedican toda una vida a sembrar el Amor de Dios, dando lo mejor de sí mismos y haciendo el bien a todos los que pueden, no sólo a los indiferentes sino incluso a los enemigos. ¡Tantos misioneros han dado ya su vida como testimonio supremo del mandato del Amor que nos enseña hoy Jesús!

Jesús y todos los misioneros que desde san Pablo han seguido su estela son nuestros modelos, que nos pueden ayudar a aprender poco a poco este camino en nuestra vida cotidiana. Si comprendemos que cada gesto de amor con el prójimo es un paso adelante real en nuestro camino hacia Dios, experimentaremos cómo nuestra vida cristiana va encontrando poco a poco su verdadero centro. Unidos a María intentaremos vivir el doble precepto del amor como el centro de nuestra vida cristiana: nadie ama a Dios como Ella, con su Corazón Inmaculado, y nadie está tan atenta como ella a las necesidades del último de sus hijos.

domingo, 16 de octubre de 2011

Siempre a lo grande (Domingo XXIX A)

Llevaban mucho tiempo escondidos los fariseos, desde aquellos lejanos enfrentamientos con Jesús en Galilea. Pero hoy vuelven a aparecer, esta vez en las últimas controversias que sostiene el Señor en el templo de Jerusalén. Nosotros les conocemos por dos rasgos: su tendencia a tener muy controlada su precisa religiosidad y su visceral rechazo de la nueva religión que enseña el Señor. Por eso tratan de cazarle con una pregunta que pretende encerrar a Jesús en una trampa política: ¿cómo relacionarse con la autoridad legítima, con el César?

Pensamos que hoy cualquier cristiano sabría responder a esta cuestión. Sabemos desde siempre que el cristianismo ha vivido en una increíble diversidad de formas políticas en sus dos Milenios de historia. Es una muestra de libertad, flexibilidad y universalidad que distingue por cierto al cristianismo de otras religiones. Sabemos también que el cristiano, en la comunidad política, está llamado a esforzarse por el bien común de su país. El amor y espíritu de servicio a la patria que nos recomienda el catecismo, que quizás hemos renovado en esta Fiesta Nacional, es propio de la fe cristiana. Igual que lo es la obediencia a la autoridad, pues reconoce en ella una presencia de Dios. Así se lo decía el mismo Dios a Ciro, rey de Persia, en la primera lectura: “te concedí un título aunque no me conocías”. Por eso san Pablo en varias ocasiones nos recomienda la obediencia a la autoridad, la cooperación fiscal y económica, y el deber de rezar por los gobernantes. No lo hace en la carta que leemos hoy, la primera a los de Tesalónica, de carácter íntimo y personal, pero sí por ejemplo en el capítulo 13 de la carta a los romanos, que podríamos leer despacio. El límite a esta actitud, por supuesto, está en la conciencia, pues nos dice la Escritura que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ante leyes inmorales el cristiano sabe que tiene el derecho y el deber de objetar en conciencia e incluso desobedecer, aunque como nos cuenta el capítulo 13 del Apocalipsis, esto le acarree persecuciones y serios problemas.

Es un tema claro, y por tanto sería una pregunta bastante tonta... si no estuviese guiada por la maldad de los fariseos. Es evidente que ellos no tienen interés en la enseñanza del Maestro sobre la vida pública. Se ve en el tono con que preguntan, con doblez y fingimiento. Además, salta a la vista que ellos ya tenían la respuesta: en su mano estaba el denario preparado para pagar el impuesto. No nos extraña que ante este panorama Jesús derivara la pregunta hacia el corazón de los fariseos: demos al César lo suyo, pero ¿le damos a Dios lo suyo? Jesús conoce, nos dice san Mateo, el interior de los fariseos, y ve allí las componendas que hacen para excusar su falta de fe en Jesús, su falta de generosidad para entregarse a Dios como El les enseña. Jesús ve que ellos prefieren vivir una fe según les parece, y por eso les sitúa ante la gran pregunta: ¿le doy a Dios lo que me parece, con mi religiosidad hecha a mi medida, o le doy a Dios lo que se merece, lo suyo?

Ante esta decisiva pregunta nos sitúa también a nosotros. Podemos vernos como cristianos que nos resistimos a dar a Dios lo suyo, y como los fariseos, buscamos componendas y recortes para dar a Dios lo que a nosotros nos parece. Seríamos entonces los reyes del regate, más que Messi o CR9, si nos dedicamos a regatear y andarnos con reservas delante de Dios. Nos puede pasar cuando no dedicamos tiempo a la oración, o cuando buscamos vivir la misa buscando mínimos (voy cuando me parece, voy si dura poco, a ver si la de hoy me vale para mañana, llego tarde por sistema porque seguro que vale igual....). Quizás te puede pasar también a la hora de pensar tu compromiso con el bien común: ya hago bastante con lo mío...

En fin, si somos sinceros podríamos ver que vivir así, como pequeños fariseos, es resignarse a presentarle a Dios un corazón algo mísero... cuando El es infinitamente generoso con cada uno de sus hijos. La ilusión de vivir como un cristiano generoso se enciende en el corazón cuando descubrimos que nuestro Padre Dios nos lo ha dado todo, y por tanto, “lo que es de Dios” es... sencillamente toda nuestra vida. Por eso intentamos, en la medida de nuestras fuerzas, entregarnos a Dios sin límites, ser generosos con El a lo grande, que es la medida que El se merece.

¡Cómo cambia entonces nuestra religiosidad! Cuando ponemos el corazón en nuestros momentos de oración y en la celebración de la Misa, cuando vivimos nuestros deberes con El sin regateos ni excusas, cuando asumimos a lo grande, con esperanza llena de ilusión, nuestro compromiso cotidiano en la mejora de este mundo. ¡Qué alegría tendríamos cada noche si, después de esfuerzos, problemas, sufrimientos y consuelos, pudiéramos decir que al menos hemos vivido la jornada con generosidad y con el corazón puesto en Dios!

Es una meta preciosa la que nos propone Jesús: ofrecer, más bien devolver, a Dios toda nuestra vida. Y como todo lo valioso, costoso. Por eso nos pueden ayudar dos ejemplos muy cercanos. Uno es el de santa Teresa, quien empezó su “camino de perfección” cuando decidió, pasados sus cuarenta, entregarse a Dios del todo y absolutamente. Así pudo escribir: “vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”. No digamos la Virgen Santísima, que se define como la esclava del Señor y pone todo el valor de su vida en que se cumpla en ella la Palabra de Dios. Tomemos la luz de estos ejemplos para que nos ayuden a vivir la Palabra de Jesús, de modo que tengamos la alegría de vivir a lo grande delante de Dios y de hacer todo lo nuestro con el corazón puesto en su Amor.

domingo, 2 de octubre de 2011

Llenos de frutos para Dios (Domingo XXVII A)

Hablar de viñas en otoño supone enseguida pensar en la vendimia y la recogida de la uva. Quizás por eso la imagen de la viña, que Jesús viene usando en estos últimos domingos como ejemplo del lugar donde Dios nos encarga trabajar a cada uno de nosotros, aparece hoy como un lugar en el que uno va a recoger frutos. Con la parábola que acabamos de escuchar, Jesús nos quiere hacer reflexionar sobre quién es la persona que va a recoger esos frutos, y por otro lado sobre quién es la viña que tiene que darlos.

Si hemos estado atentos habremos descubierto ya que el recolector es el mismo Dios. El ha plantado la viña y El espera sus frutos. Jesús, que conoce los secretos del Padre, describe cómo la viña ha sido plantada por El de una manera maravillosamente buena, porque Dios lo hace todo bien. Todo en ella está bien preparado. Dispone de todo lo necesario para lo que se espera de ella. Además, Dios espera sus frutos con una paciencia inagotable, dando oportunidades sin cuento hasta que los frutos se recogen. Jesús nos recuerda que Dios hace todo lo suyo maravillosamente bien, con un esmero infinito, como un albañil que no sólo nos hace una buena obra en casa sino que además nos lo deja todo limpio y más arreglado que como estaba.

Por otro lado, si hemos escuchado bien al profeta Isaías, entenderemos que esa “viña del Señor es la casa de Israel”, como hemos repetido en el salmo. Es decir, la viña plantada por Dios es su pueblo elegido, al que hoy llamamos Iglesia. Cada uno de los cristianos es parte de esa viña, y por eso tu propia vida puedes verla como una viña, plantada en este mundo por el mismo Dios y objeto de su Amor y su esmero. Tu vida es de Dios, y tu vida será por tanto feliz y llena de sentido cuando Dios pueda recoger los frutos que espera de ti.

¿Cuáles son esos frutos? Nos puede ayudar lo que hoy nos dice san Pablo, una verdadera viña de primera categoría. En la carta a los filipenses nos habla hoy de muchos frutos que podríamos dar con nuestra vida diaria: buscar lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable, lo laudable, la virtud el mérito... Pero hay dos frutos que san Pablo destaca de una manera muy especial, como si nos quisiera indicar que son la mejor variedad de uva que a Dios le encantaría encontrar en nosotros.

San Pablo nos ha dicho que “en toda ocasión oremos con acción de gracias”. Comprendemos que si Dios lo hace todo bien, todo el bien de nuestra vida procede de El. La gratitud es la respuesta que nuestro Padre Dios espera de sus hijos, y eso significa que la palabra que más le gusta encontrar en nuestro corazón es la palabra gracias. Como decimos en la misa, “darte gracias siempre y en todo lugar”. Es natural dar gracias a Dios con motivo de las buenas ocasiones, cuando nos toca la lotería o nos sale un buen resultado médico... pero san Pablo dice “en toda ocasión”. Eso lo debería hacer cualquiera. Lo que es sobrenatural es seguir dando gracias en las malas ocasiones, cuando hemos perdido dinero o trabajo, o cuando nos dan una mala noticia en el hospital... No dar gracias por ellas quizás, pero sí dar gracias a Dios porque sigue estando junto a nosotros para darle sentido a estas ocasiones y encajarlas en el sentido de nuestra vida.

La gratitud es un fruto excelente que nuestra alma puede ofrecer a nuestro Padre Dios. Y aún hay otro, según la lectura de san Pablo que tenemos hoy. Nos dice en su carta que “nada nos preocupe”. Parece una expresión poco realista, de hecho es imposible que esto ocurra en nuestra vida natural. Tantas cosas nos preocupan, tantas necesidades nos agobian, en la salud, en el trabajo, en la familia, en nuestra manera de ser... ¿Cómo es posible no preocuparse por nada? Es posible sólo si lo sobrenatural es nuestra vida. Si pensamos que Dios, que ha plantado en nosotros la vida sobrenatural, es el que se encarga de darnos todo lo que de verdad necesitamos encontraremos un sólido motivo para cambiar la preocupación por la confianza. Dios nos ha plantado “con una cerca, un lagar y una casa para el guardia”, por lo que parece que el interés que se toma por nuestra protección puede ayudarnos a disipar las nieblas de la angustia y de la preocupación en muchos momentos de nuestra vida.

Al igual que con la gratitud, la confianza se vivirá en todo momento si Dios nos la concede. Confiar en los momentos buenos lo debería hacer cualquiera. Seguir confiando cuando sólo nos rodean un montón de callejones sin salida sólo puede hacerse gracias a un regalo especial de Dios. Así lo hizo la Virgen al pie de la Cruz, cuando al ver morir a su Hijo no volvió a su casa derrotada, sino que permaneció en Jerusalén con la confianza de que Dios abriría un camino nuevo en medio de ese espantoso callejón. Lo que a Dios le agrada la confianza que tenemos en El, por otro lado, lo pueden intuir las madres, que sienten con amargo dolor cualquier muestra de desconfianza por parte de sus hijos.

Jesús fue a buscar estos frutos de gratitud y confianza al pueblo elegido de Dios, representado en sus líderes: los Sumos Sacerdotes y los Ancianos. Sabemos que cosechó todo lo contrario, desprecio y violencia: “lo agarraron, lo echaron fuera de la ciudad y lo matamos”. También hoy Dios encuentra desprecio, rechazo y violencia visceral cuando se presenta en la vida de algunas personas. Quizás nosotros no seamos de este tipo, pero es posible que sí estemos en la categoría de las plantas que ya no crecen.

Las palabras de hoy nos pueden mover a pedirle a Dios que seamos capaces, con su ayuda, de darle muchos frutos en cada jornada. ¡Qué bonita sería tu vida, aunque nada cambie por fuera, si pudieras darle a tu Padre Dios muchos frutos, muchas alegrías cada día! Cada vez que expresas en tu corazón el agradecimiento y la confianza que tienes en El, consigues esa cosecha preciosa que alegra el Cielo y que llena tu vida de esperanza y sentido. Que el Espíritu Santo te conceda una buena vendimia, y que permaneciendo cerca de la Virgen María puedas vivir como ella, como una vid llena de fruto para Dios: “Señor, ven a visitar tu viña, que brille tu rostro y nos salve”.