No nos extraña demasiado que los fariseos necesitaran profesionales para interpretar sus mandamientos, tal y como el experto en la Ley (de Moisés, claro) que hoy pregunta a Jesús. No debe de ser sencillo vivir pendiente de 365 prohibiciones y 248 preceptos, ni llevar una vida religiosa bien centrada cuando se ha complicado tanto. Tampoco nos extraña el contraste con la descripción de la vida religiosa en los cristianos de Tesalónica que san Pablo describe en la segunda lectura de hoy: “abandonasteis los ídolos para convertiros y servir al Dios verdadero”. Dos preceptos: abandonar el mal y entregarse a Dios, máxima sencillez de vida.Se nota que el fariseo Saulo de Tarso aprendió profundamente la enseñanza del Maestro Jesús de Nazaret al convertirse en san Pablo. Porque es Jesús quien hoy nos enseña que el centro de nuestra vida religiosa está en algo tan sencillo como lo que aprendimos de pequeños en la catequesis: resumir toda una vida de fe en amar a Dios con todas las de nuestro corazón (las que cada uno tenga, por cierto) y amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos.
Es importante recordar que el verbo amar tiene la primacía en el mundo de nuestras relaciones con Dios. Muy por encima de verbos quizás más frecuentes, como pedir, temer, utilizar, serenarse, enrutinarse... Si Dios espera algo de nosotros es precisamente que le amemos, que volquemos en su Amor los mejores afectos que tengamos en el corazón, tal y como decíamos en el salmo: “Yo te amo Señor”. Vivir con Dios una ternura cordial como la que expresamos en el Gloria de la Misa: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos...”. Un amor que además rebase el afecto y se exprese en dos actitudes bien concretas: el servicio a Dios y la obediencia a su Palabra, que es el contexto en el que el pueblo de Israel vivía el mandato central del libro del Deuteronomio que hoy cita Jesús: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu vida, con todas tus fuerzas”.
En seguida nos damos cuenta, sin embargo, de la dificultad de servir y obedecer a Dios... ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo le podemos ver o escuchar? A veces se nos hace demasiado lejano como para que sea una presencia real en nuestras vidas. Por eso Jesús nos propone el segundo mandamiento como camino real para vivir el primero: amaremos a Dios si le servimos y obedecemos en el prójimo. Ya en la vida del pueblo de Israel se tenía la percepción de que Dios espera que no hagamos mal a los más cercanos a nosotros. Así el libro del Éxodo nos dice hoy que se debe evitar la opresión, el robo, la explotación, la usura, el trato abusivo, la prepotencia con los débiles. Es un buen comienzo, no hacer el mal al prójimo por amor a Dios.
Pero Jesús cuando habla del prójimo nos propone un paso más: no sólo evitar el mal, sino buscar el bien de los demás, como expresión de un amor verdadero. No tratar sólo de ayudar a los cercanos, sino tener un amor abierto a todo aquél que me necesite. Aunque no le conozca. Aunque sea un enemigo, como el Señor nos enseña en la parábola del Buen Samaritano. Un amor así es el que nos permite vivir un amor a Dios verdadero y bien centrado.
Es un camino difícil, aunque el contenido de la Ley de Jesús sea sencillo y comprensible para todos, sin necesidad de expertos. Y para seguir un sendero complicado es imprescindible seguir a buenos guías. Por eso dice san Pablo hoy que los cristianos de Tesalónica “habían seguido el ejemplo de Jesús y el suyo propio”. Esa es también la receta para nosotros: seguir el ejemplo de Jesús. En muchas ocasiones el Señor muestra en el Evangelio su amor a su Padre Dios. Pero en ninguna como en el huerto de los Olivos, cuando vive su amor en forma de obediencia suprema: “Padre no se haga lo que yo quiero, sino tu voluntad”. Muchas cosas buenas hizo Jesús por los suyos, pero ninguna como entregar su vida por entero en favor de sus enemigos, que eran los que movían los hilos de la Pasión y, en el fondo, todos nosotros en cuanto nos enfrentamos a El con nuestros pecados.
San Pablo, el primer misionero, sigue los pasos de Jesús muy de cerca, y con él todos los que hoy están viviendo en la Iglesia la vocación misionera, que recordamos en este domingo del DOMUND. El misionero en el fondo es una persona que muestra su amor a Dios obedeciendo a una llamada muy difícil: abandonarlo todo para entregarse a unas personas que no conoce y con un futuro absolutamente imprevisto. Siguiendo la llamada amorosa de Dios dedican toda una vida a sembrar el Amor de Dios, dando lo mejor de sí mismos y haciendo el bien a todos los que pueden, no sólo a los indiferentes sino incluso a los enemigos. ¡Tantos misioneros han dado ya su vida como testimonio supremo del mandato del Amor que nos enseña hoy Jesús!
Jesús y todos los misioneros que desde san Pablo han seguido su estela son nuestros modelos, que nos pueden ayudar a aprender poco a poco este camino en nuestra vida cotidiana. Si comprendemos que cada gesto de amor con el prójimo es un paso adelante real en nuestro camino hacia Dios, experimentaremos cómo nuestra vida cristiana va encontrando poco a poco su verdadero centro. Unidos a María intentaremos vivir el doble precepto del amor como el centro de nuestra vida cristiana: nadie ama a Dios como Ella, con su Corazón Inmaculado, y nadie está tan atenta como ella a las necesidades del último de sus hijos.

