Muchas personas, quizás tú, tienen el gran sueño de edificarse una casa a medida. Pensamos el diseño, la distribución de habitaciones, las ventanas, la calidad de los materiales, el estilo... Pero también tenemos que contar con algo que no se ve, pero que es esencial para que la casa se tenga en pie: los cimientos. La casa más hermosa del mundo y más resultona del barrio se viene abajo como no tenga los cimientos bien asentados. De algo así nos habla hoy Jesús en este evangelio que clausura de forma majestuosa el Sermón de la Montaña. Nos habla de cimientos y de valoraciones, pero no de casas materiales, sino de esa casa simbólica, que vamos edificando a lo largo del tiempo, que no es otra que nuestra vida misma.Y es verdad. Nuestra vida es mucho más frágil y vulnerable de lo que a nosotros nos gustaría. Nunca sabemos hasta qué punto estamos a salvo de ríos, lluvias o temporales que puedan precipitarse sobre ella. Por eso hoy Jesús nos señala esta gran verdad, y además nos mueve a buscar en la “roca” que es la voluntad de Dios el cimiento sólido para que la casa de nuestra vida lo aguante todo: “sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor”. Nuestra vida es fuerte y valerosa sólo cuando la vivimos con la sabiduría de apoyarnos en el Señor. O como dice Jesús, de escuchar sus palabras y de ponerlas por obra.
El sabio que sabe edificar su casa, por tanto, es el que mete en su vida la voluntad y el querer de Dios. Este es el cimiento y el material que nuestro Maestro nos ha enseñado en estos domingos, en los que hemos asistido a la clase del Sermón de la Montaña. Pero también es el criterio que nuestro juez, que es Jesús, va a utilizar “en aquel día” para valorar nuestra vida. Cuando “en aquel día” nos presentemos ante el juicio de Dios recibiremos el verdadero valor de esta casa que vamos viviendo. Y entonces descubriremos que todo lo que hicimos sin tener en cuenta a Dios fue arena, que no ha dejado nada sólido ni duradero. Descubriremos que tantas cosas en las que nos atareamos, aun siendo buenas, como “predicar y hacer milagros”, no serán reconocidas por Jesús si no las hicimos cumpliendo la voluntad de Dios. Porque pensemos cuántas veces nos afanamos en miles de asuntos y descuidamos nuestros los deberes que ha puesto en nuestra vida la voluntad de Dios. Esas cosas también se descubrirán como arena, aunque a nosotros nos pareciera que teníamos el tiempo muy bien aprovechado.
Sólo nos aprovecha para el tiempo y la eternidad cumplir el deber que el querer de Dios ha pensado en nuestra vida. Cumplirlo con confianza en Dios y amor a los demás, tal y como hemos aprendido en estos domingos, y sabiendo que en todo momento contamos con la ayuda de nuestra roca, que es Dios mismo, para apoyarnos y seguir adelante. Incluso cuando todo nos sale al revés o nos vemos asediados por fracasos y limitaciones, si hemos buscado en conciencia el querer de Dios en cada momento de la vida y nos hemos dedicado a ello de corazón, nuestro Padre no dejará de sacar fruto y solidez incluso de nuestras ruinas.
Menos mal que tenemos por delante un largo tiempo de examen, que son los 40 días de la Cuaresma, para revisar cómo va nuestra casa, para ver si estamos utilizando nuestra vida para hacer lo que Dios espera de nosotros o la estamos derrochando en mil tareas que a la larga no dejarán más huella que el cansancio y el agobio. Aprovechemos por tanto la Cuaresma para ir adelantando ese juicio que Dios hará, y hagámoslo con responsabilidad, pero también con serenidad. No olvidemos nunca que el tribunal que va a examinar nuestra casa es “de la familia”. El presidente es nuestro Padre Dios, el juez es Jesús, nuestro Salvador, el abogado es el Espíritu Santo, paráclito... y la que nos lleva a la sala es nuestra Madre, María Santísima. Vamos a apoyarnos en ellos, para que nuestra casa sea sólida y podamos pasar por esta vida dejando una valiosa luz en el tiempo y para la eternidad.
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