No conocemos una romería que no acabe en una gran merienda o comida. Tras la visita a la Virgen o a san Antonio de Padua, siempre toca y es de rigor un festín que subraye la alegría de encontrarnos con Dios, a través de sus mediadores, y rodeados de las personas que queremos. Zapatilla y tortilla, parece ser un buen equipamiento para un camino cristiano. Por eso las dos historias de caminantes que escuchamos hoy en la lectura de las Escrituras terminan con un solemne banquete. El camino de Israel por el horrible desierto termina con la alegría de pisar Jericó, el final del triste maná y cosechar por primera vez frutos y espigas con los que hacer una gran comida. El amargo camino del hijo que malbarató la herencia de su Padre Bueno ("hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo"), termina con la alegría de un abrazo intensísimo, como sólo el amor sabe engendrar, el final del hambre y el remordimiento y recibir unos regalos y convites tan valiosos como inmerecidos. Toda historia creyente, en definitiva, es la historia de un caminante que sabe que se dirige hacia la meta de la fiesta y de la alegría.
Pero la parábola del Evangelio nos dibuja con fuerza un rasgo más. Ese caminante no es un mero peregrino, ni un turista, ni una persona en busca de su autorrealización. Es un hijo. Un hijo amado profundísimamente por un Padre que respeta su libertad y le deja marchar, que sufre sus excesos y aún así sigue confiando en él, y finalmente que sale corriendo a su encuentro en cuanto sabe que le necesita. Somos verdaderamente niños mimados de un Padre buenísimo que tanto nos respeta, nos compadece y nos auxilia. El camino, por tanto, es el recorrido hacia la poderosa sonrisa y el tierno poder de un Padre que todo lo da por sus hijos. Es el camino, siempre, a casa.
Y a la vez, somos hijos tremendamente indignos de un Padre tan grande. Deslumbrados por la dulce Misericordia de nuestro Padre Dios, no podemos menos que mirarnos, a su Luz, a nosotros mismos. Es sólo entonces cuando nos damos cuenta de nuestra infidelidad, de nuestra dureza de corazón, de nuestros obstinados deseos, de nuestra desconfianza pertinaz. El amor de un Padre, más que la acerada seriedad de un Juez, es lo que conmueve el corazón de un hijo, haciéndole decir, desde la profundidad del corazón, "Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, no soy digno de llamarme hijo tuyo". Qué profunda liberación y paz cuando esta oración brota así de nuestra alma.
Liberación porque somos indignos, sí, pero no condenados. El Padre ha dispuesto en su Providencia un valiosísimo precio por la liberación de sus hijos indignos: la Sangre de su Santísimo Hijo, eterno como El en la Divinidad. Nos recuerda san Pablo que "al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que recibamos la justificación de Dios". Imposible ser condenado si recorremos nuestro camino de vuelta al Padre amparados en la Sangre de Cristo, que más que la de Abel clama sin cesar por sus hermanos.
Y la paz, porque al acogernos a la Misericordia que Dios dibujó en la Cruz de su Hijo, encontramos la certeza de que siempre es posible volver a reemprender el camino. Si Jesús se acerca a los despreciablles publicanos y a los pecadores más míseros de su ambiente para ofrecerles la Misericordia de Dios "y ellos se acercaban a escucharle"... ¡cuánto más nos ofrecerá a nosotros una y otra vez camino para volver a acercarnos a El, aunque a nosotros nos parezcan de imposible trazar! Nunca estaremos tan mal como para que este Padre amantísimo no pueda salir a nuestro encuentro a poco que miremos hacia El. Nunca hundiremos tanto nuestra vida como para que sea imposible al amor de Cristo venir a por nosotros y volver a levantarnos hacia el camino de la paz.
Por eso hoy volvemos a levantar la cabeza hacia esa meta paterna que nos espera. Volvemos a confesar nuestra indignidad ante ella, y a la vez nos abandonamos a ese estandarte de Misericordia que es la Cruz para recuperar la salvación y la paz. Caminando en paz, podremos llegar por fin a esa fiesta que corona nuestro camino, y que nos llena cada día de esperanza.
