domingo, 10 de marzo de 2013

Llegaremos a la Fiesta (Cuaresma IV)


No conocemos una romería que no acabe en una gran merienda o comida. Tras la visita a la Virgen o a san Antonio de Padua, siempre toca y es de rigor un festín que subraye la alegría de encontrarnos con Dios, a través de sus mediadores, y rodeados de las personas que queremos. Zapatilla y tortilla, parece ser un buen equipamiento para un camino cristiano. Por eso las dos historias de caminantes que escuchamos hoy en la lectura de las Escrituras terminan con un solemne banquete. El camino de Israel por el horrible desierto termina con la alegría de pisar Jericó, el final del triste maná y cosechar por primera vez frutos y espigas con los que hacer una gran comida. El amargo camino del hijo que malbarató la herencia de su Padre Bueno ("hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo"), termina con la alegría de un abrazo intensísimo, como sólo el amor sabe engendrar, el final del hambre y el remordimiento y recibir unos regalos y convites tan valiosos como inmerecidos. Toda historia creyente, en definitiva, es la historia de un caminante que sabe que se dirige hacia la meta de la fiesta y de la alegría.

Pero la parábola del Evangelio nos dibuja con fuerza un rasgo más. Ese caminante no es un mero peregrino, ni un turista, ni una persona en busca de su autorrealización. Es un hijo. Un hijo amado profundísimamente por un Padre que respeta su libertad y le deja marchar, que sufre sus excesos y aún así sigue confiando en él, y finalmente que sale corriendo a su encuentro en cuanto sabe que le necesita. Somos verdaderamente niños mimados de un Padre buenísimo que tanto nos respeta, nos compadece y nos auxilia. El camino, por tanto, es el recorrido hacia la poderosa sonrisa y el tierno poder de un Padre que todo lo da por sus hijos. Es el camino, siempre, a casa.

Y a la vez, somos hijos tremendamente indignos de un Padre tan grande. Deslumbrados por la dulce Misericordia de nuestro Padre Dios, no podemos menos que mirarnos, a su Luz, a nosotros mismos. Es sólo entonces cuando nos damos cuenta de nuestra infidelidad, de nuestra dureza de corazón, de nuestros obstinados deseos, de nuestra desconfianza pertinaz. El amor de un Padre, más que la acerada seriedad de un Juez, es lo que conmueve el corazón de un hijo, haciéndole decir, desde la profundidad del corazón, "Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, no soy digno de llamarme hijo tuyo". Qué profunda liberación y paz cuando esta oración brota así de nuestra alma.

Liberación porque somos indignos, sí, pero no condenados. El Padre ha dispuesto en su Providencia un valiosísimo precio por la liberación de sus hijos indignos: la Sangre de su Santísimo Hijo, eterno como El en la Divinidad. Nos recuerda san Pablo que "al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que recibamos la justificación de Dios". Imposible ser condenado si recorremos nuestro camino de vuelta al Padre amparados en la Sangre de Cristo, que más que la de Abel clama sin cesar por  sus hermanos. 

Y la paz, porque al acogernos a la Misericordia que Dios dibujó en la Cruz de su Hijo, encontramos la certeza de que siempre es posible volver a reemprender el camino. Si Jesús se acerca a los despreciablles publicanos y a los pecadores más míseros de su ambiente para ofrecerles la Misericordia de Dios "y ellos se acercaban a escucharle"... ¡cuánto más nos ofrecerá a nosotros una y otra vez camino para volver a acercarnos a El, aunque a nosotros nos parezcan de imposible trazar! Nunca estaremos tan mal como para que este Padre amantísimo no pueda salir a nuestro encuentro a poco que miremos hacia El. Nunca hundiremos tanto nuestra vida como para que sea imposible al amor de Cristo venir a por nosotros y volver a levantarnos hacia el camino de la paz.

Por eso hoy volvemos a levantar la cabeza hacia esa meta paterna que nos espera. Volvemos a confesar nuestra indignidad ante ella, y a la vez nos abandonamos a ese estandarte de Misericordia que es la Cruz para recuperar la salvación y la paz. Caminando en paz, podremos llegar por fin a esa fiesta que corona nuestro camino, y que nos llena cada día de esperanza.

domingo, 3 de marzo de 2013

Siempre se puede recomenzar (Cuaresma III)

Nada que hacer con este árbol, parece decir el dueño de la viña al encargado de cuidarla. Años sin dar frutos, años desperdiciando oportunidades y echando en saco roto tantos cuidados. Nada que hacer con él, tirémosle. Este es muchas veces nuestro razonamiento. Lo que no da fruto ni sirve se tira. Si nuestra vida lleva meses o años parada o en declive..mejor tirarla y dimitir de ella en un desánimo sin fondo. Ante este panorama nos llena de alegría la respuesta del encargado: "Déjala un año más, que yo cuidaré de ella para que dé fruto". No es difícil descubrir en este encargado al Señor, siempre dispuesto a trabajar duro por nosotros para que nuestra vida, algo estéril e inclinada a desperdiciar los grandes regalos con que Dios la ha enriquecido, al final dé fruto. Ese es el gran milagro, soñar con que Jesús puede hacer de cada situación de final, una oportunidad increíblemente inesperada para un nuevo comienzo.

Esta milagrosa y paciente ternura de Jesús para con estos árboles que tiene, que somos nosotros, y que más que higueras cuajadas de frutos semejamos tantas veces secos alcornoques, nos está haciendo ver el Rostro verdadero de Dios, el definido en el salmo de hoy como "el Compasivo y Misericordioso".  Los israelitas, y muchos de nuestros contemporáneos, tenían incrustada en el corazón la idea infantil del Dios que da cosas buenas a los buenos y envía desgracias a los malos. Si aquellos galileos fueron ejecutados por Pilatos...serían pecadores y recibieron su merecido. Aquellos ciudadanos aplastados por el desplome de la torre de Siloé...de algo serían culpables para que Dios les castigara así. Así pensaban. Así pensamos. Pero no es así como piensa Jesús, el Verbo de Dios: "Os aseguro que no".

La misericordiosa ternura de Dios es incompatible con esa imagen. "Os aseguro que no" es así el Amor de Dios. Es verdad que permite que pasen en la vida tragedias difíciles de asumir, para buenos y para malos. Pero en ellas la fe nos permite sacar una enseñanza de Misericordia: "si no os convertís, todos igualmente pereceréis". La vida humana es frágil, sujeta a tragedias imprevistas y a calamidades inesperadas. Si no nos acercamos a la Misericordia de Dios con nuestra conversión diaria, nuestra vida perecerá víctima de su irremediable fragilidad.

La fragilidad de nuestra vida puede hacer que esta quede arrancada y talada de raíz. Sin embargo, la conversión a Dios nos abre el camino para liberarnos de esta maldición y reemprender el camino del sentido y del fruto. Moisés encontró a Dios en la zarza ardiente del monte Horeb, y escuchó al Dios Compasivo y Misericordioso "que conoce el sufrimiento de su pueblo y está dispuesto a socorrerlo con mano poderosa". Hoy nosotros tratamos de limpiar nuestros ojos para percibir ese Amor de Dios siempre renovador, y así poder empezar de nuevo nuestra lucha en este camino de Cuaresma. Veamos todo lo que nos pasa en la vida, los momentos buenos, los de parálisis e incertidumbre, los más desgraciados...como diversas ocasiones en las que podemos acudir a la Misericordia de Dios para encontrar refugio y nuevos impulsos para el crecimiento.