Galilea era el lugar en donde Jesús comenzó a predicar y a enseñar sobre el Reino de Dios. Un lugar demasiado pequeño para un anuncio tan grande. Tan extenso es el contenido del Reino de los cielos que el Señor nos quiere transmitir que su primer anuncio ocupa tres capítulos en el evangelio de san Mateo, que estamos leyendo este año: del quinto al séptimo. Estos capítulos, que conocemos como el Sermón de la Montaña, son los que iremos escuchando cada domingo desde hoy hasta que empiece la Cuaresma.Como el recorrido es largo, Jesús nos deja ya clara desde hoy la palabra clave para descifrar el Sermón de la Montaña: dichosos. ¿Qué significa esta palabra? Aunque en el lenguaje corriente suele preceder a algo desagradable, descubrimos en seguida que es una palabra que indica dicha, es decir, una felicidad especialmente grande. De hecho, si es la que promete Jesús a los que le escuchan, es infinita. Es la misma felicidad de Dios, la Bienaventuranza. Esa es la gran promesa y el gran efecto de la presencia del Reino de los Cielos entre nosotros. Por ello Jesús, a lo largo de todo el Sermón de la Montaña, se está presentando como maestro y guía del camino de la felicidad.
Por eso el evangelio de hoy siempre nos toca profundamente el corazón, porque ¿quién no quiere ser feliz? ¿Quién no quiere saborear todos los días de su vida con una felicidad que no se acaba, aún en medio de las dificultades y amarguras que ponen también su color necesario en nuestra vida? Ese deseo universal de felicidad, sabemos los cristianos, sólo se puede realizar de verdad en el seguimiento de Jesús, escuchando atentamente sus palabras de estos domingos para ajustar nuestra vida a ellas y así caminar hacia la dicha que nos ofrece.
Pero son palabras difíciles. Son enseñanzas que nos parecen imposibles. A lo largo del Sermón de la Montaña iremos escuchando recomendaciones que están en el lugar opuesto a nuestros deseos e instintos. Incluso las bienaventuranzas se nos muestran fácilmente como consejos hermosos pero inalcanzables, algo así como las estrellas de los cielos, que son para admirar pero no para pasear habitualmente entre ellas. Y así sería, si el Reino de los Cielos no hubiera venido a nosotros. San Pablo nos recuerda que Jesús es nuestra santificación, es decir, nuestra capacidad de ser santos, de vivir las bienaventuranzas de todo corazón. Lo que es imposible para nosotros, como lo es buscar la felicidad en el camino que nos enseña Jesús, es posible para Dios.
Tenemos que recordar que san Pablo anima a buscar esa santificación que obra Jesús en nosotros a unas personas que no eran especialmente buenísimas, desde luego ninguno de ellos era un astronauta de la santidad estelar. Todo lo contrario. “Fijaos en vuestra asamblea”. Gente poco lista, poco brillante, poco noble, más aún, necia, débil y despreciable. Gente frágil y necesitada, como los galileos que siguen a Jesús. Gente, en definitiva, real. Como tú y como yo. A esas personas de carne y hueso se dirige san Pablo, animándolas a recorrer el camino de la santificación que nos ofrece Jesús.
Entendemos que la primera bienaventuranza sea para los pobres de espíritu. Aquellos que reconocen que están hechos de carne débil y de espíritu frágil, aquellos que saben que no pueden ni rezar ni hacer nada bueno sin la ayuda de la gracia de Dios. Aquellos que todos los días extienden la mano hacia la bondad de Dios, pidiendo con humildad y confianza la ayuda que van a necesitar en la jornada para caminar con esperanza por el camino de la felicidad. Esos pobres de espíritu son los que tienen esperanza de ser verdaderamente felices en esta vida y por la eternidad. Ellos saben que la felicidad que desean está en la cercanía de Dios, y que a sus umbrales llegarán enseñados por el Maestro y fortalecidos por el Santificador. Bien cogidos de María, la primera que vivió la pobreza de espíritu, le pedimos a Dios que nunca desesperemos de ser felices, y de paso volvemos a poner la mano ante él para que nos la colme de su gracia.

