domingo, 30 de enero de 2011

Sólo para pobres (Domingo IV T.O.)

Galilea era el lugar en donde Jesús comenzó a predicar y a enseñar sobre el Reino de Dios. Un lugar demasiado pequeño para un anuncio tan grande. Tan extenso es el contenido del Reino de los cielos que el Señor nos quiere transmitir que su primer anuncio ocupa tres capítulos en el evangelio de san Mateo, que estamos leyendo este año: del quinto al séptimo. Estos capítulos, que conocemos como el Sermón de la Montaña, son los que iremos escuchando cada domingo desde hoy hasta que empiece la Cuaresma.

Como el recorrido es largo, Jesús nos deja ya clara desde hoy la palabra clave para descifrar el Sermón de la Montaña: dichosos. ¿Qué significa esta palabra? Aunque en el lenguaje corriente suele preceder a algo desagradable, descubrimos en seguida que es una palabra que indica dicha, es decir, una felicidad especialmente grande. De hecho, si es la que promete Jesús a los que le escuchan, es infinita. Es la misma felicidad de Dios, la Bienaventuranza. Esa es la gran promesa y el gran efecto de la presencia del Reino de los Cielos entre nosotros. Por ello Jesús, a lo largo de todo el Sermón de la Montaña, se está presentando como maestro y guía del camino de la felicidad.

Por eso el evangelio de hoy siempre nos toca profundamente el corazón, porque ¿quién no quiere ser feliz? ¿Quién no quiere saborear todos los días de su vida con una felicidad que no se acaba, aún en medio de las dificultades y amarguras que ponen también su color necesario en nuestra vida? Ese deseo universal de felicidad, sabemos los cristianos, sólo se puede realizar de verdad en el seguimiento de Jesús, escuchando atentamente sus palabras de estos domingos para ajustar nuestra vida a ellas y así caminar hacia la dicha que nos ofrece.

Pero son palabras difíciles. Son enseñanzas que nos parecen imposibles. A lo largo del Sermón de la Montaña iremos escuchando recomendaciones que están en el lugar opuesto a nuestros deseos e instintos. Incluso las bienaventuranzas se nos muestran fácilmente como consejos hermosos pero inalcanzables, algo así como las estrellas de los cielos, que son para admirar pero no para pasear habitualmente entre ellas. Y así sería, si el Reino de los Cielos no hubiera venido a nosotros. San Pablo nos recuerda que Jesús es nuestra santificación, es decir, nuestra capacidad de ser santos, de vivir las bienaventuranzas de todo corazón. Lo que es imposible para nosotros, como lo es buscar la felicidad en el camino que nos enseña Jesús, es posible para Dios.

Tenemos que recordar que san Pablo anima a buscar esa santificación que obra Jesús en nosotros a unas personas que no eran especialmente buenísimas, desde luego ninguno de ellos era un astronauta de la santidad estelar. Todo lo contrario. “Fijaos en vuestra asamblea”. Gente poco lista, poco brillante, poco noble, más aún, necia, débil y despreciable. Gente frágil y necesitada, como los galileos que siguen a Jesús. Gente, en definitiva, real. Como tú y como yo. A esas personas de carne y hueso se dirige san Pablo, animándolas a recorrer el camino de la santificación que nos ofrece Jesús.

Entendemos que la primera bienaventuranza sea para los pobres de espíritu. Aquellos que reconocen que están hechos de carne débil y de espíritu frágil, aquellos que saben que no pueden ni rezar ni hacer nada bueno sin la ayuda de la gracia de Dios. Aquellos que todos los días extienden la mano hacia la bondad de Dios, pidiendo con humildad y confianza la ayuda que van a necesitar en la jornada para caminar con esperanza por el camino de la felicidad. Esos pobres de espíritu son los que tienen esperanza de ser verdaderamente felices en esta vida y por la eternidad. Ellos saben que la felicidad que desean está en la cercanía de Dios, y que a sus umbrales llegarán enseñados por el Maestro y fortalecidos por el Santificador. Bien cogidos de María, la primera que vivió la pobreza de espíritu, le pedimos a Dios que nunca desesperemos de ser felices, y de paso volvemos a poner la mano ante él para que nos la colme de su gracia.

domingo, 23 de enero de 2011

Supermercados en despoblados (Domingo III T.O.)

Nos llamaría mucho la atención que un club de primera categoría como el Real Madrid decidiera montar una gran Ciudad Deportiva en un pueblo de la sierra perdida castellana llamado Villacenteno de los Alcañices, a 80 Km de la autovía más próxima y con 37 habitantes ya jubilados y una vieja fuente en la plaza. No digamos si una gran cadena de almacenes se lanza a fundar un gran centro comercial en Valdetapias de la Mancha, pueblo conocido por su ganadería caprina y las fiestas de septiembre. Serían ambas cosas como montar supermercados en despoblados. De igual manera nos extraña, si leemos con atención el evangelio de este domingo, que Jesús decida comenzar su gran empresa de salvar a la humanidad en una región como Galilea. Vaya sitio. Desde los tiempos de Isaías se consideraba a esta región como “un país humillado, tierra de paganos, donde el pueblo caminaba en tinieblas y en tierra de sombras”. Una región que había sufrido mucho, que estaba olvidada de los grandes centros de poder y donde, además, la gente no era precisamente piadosa.

Una vez más vemos, por tanto, que Jesús escoge como primicias de su labor a los más humildes, los más pobres, los que están más humillados y olvidados en nuestro mundo. A ellos el profeta Isaías les había prometido “una gran luz”, de modo que se pudieran llenar de “alegría, gozo y frutos”. Jesús comienza en Galilea, por tanto, no sólo porque fuera su lugar de residencia durante largos años, sino, como nos dice san Mateo, “para que se cumpliera lo prometido por Isaías” en favor de los más necesitados.

Es una constante en las acciones divinas comenzar cuando nuestra necesidad pasa por niveles difícilmente soportables. Pasó en Egipto, cuando sacó a Israel, pasó en Galilea, cuando Jesús empezó a derramar la luz de su doctrina y su poder misericordioso en aquella región que parecía olvidada de la mano de Dios (quizá para recordarnos, precisamente, que no hay nada ni mucho menos nadie olvidados de la mano de Dios). Habrá pasado muchas veces en tu vida. Cuando la oscuridad, la sombra de muerte y el alejamiento de Dios parecían ganar la partida a tu felicidad, acudiste a Jesús Misericordioso y una “gran luz” llenó tu alma y te animó a empezar de nuevo. Jesús “curó tus enfermedades y dolencias”.

Ese es el trabajo que sigue realizando hoy el Salvador, en la inmensa Galilea de nuestra sociedad. Y para ese trabajo, el Señor necesita nuestra ayuda. Aunque nos parezca increíble. Antes de empezar su tarea, Jesús escoge un conjunto de discípulos, a los que preparará para que prosigan su misión. Un conjunto, sin duda, digno del Solarejo de Porres F.C. hoy en la 6ª división: un conjunto de pescadores, llenos de fallos (a todos les vamos a ver pegarse resbalones a lo largo del Evangelio), con no mucha formación, pero con un corazón lleno del deseo de seguirle.

Eso es lo que en este domingo te puede estar pidiendo el Señor. Que le ayudes más. Que le sigas más. En un mundo donde vemos que tanta gente se va al agua, al mar de la tristeza, de la soledad, de las dificultades económicas o laborales, de las rupturas familiares, de la falta de fe y de esperanza... Cuando vemos tanta gente que se nos cae al agua, tenemos que recordar que el Señor nos sigue pidiendo que seamos “pescadores de hombres”. Más de uno puede estar esperando a que puedas decirle estas palabras del salmo: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

Es verdad que la tarea es enorme, que hoy Galilea es el mundo entero y que a la vista de tantos naufragios uno, si mira con un corazón generoso y se olvida de sus problemas, puede sentirse como el capitán del Titanic. Titánica es la misión que tenemos hoy, pero es Jesús el que nos ayuda. Y María la capitana, la estrella del mar que guía nuestra vida para sigamos a Jesús como El quiere ser seguido: pescando náufragos y llevándoles la “gran luz” del amor de Jesús.

PD- Para evitar susceptibilidades los nombres de los pueblos son imaginarios.

lunes, 17 de enero de 2011

Un Cordero muy caro que se nos da gratis (Domingo II T.O.)

Perder el habla es algo que solemos experimentar cuando nos ocurre un suceso especialmente impactante. Tras el momento de estupor silencioso, sin embargo, suele brotar el río de palabras que intentan comunicar a los demás el impacto que nos dejó en el alma lo que hemos vivido. Es como esas grandes victorias, épicas, de nuestro equipo favorito, que nos dejan boquiabiertos ante la tele y luego en el bar o en el ascensor del trabajo nos mueven a hablar y comentar sin parar. Es también lo que vivió san Juan Bautista en el momento en que su primo, Jesús de Nazaret, acudió al Jordán a ser bautizado. El domingo pasado veíamos a san Juan mudo, ante el sonido inefable de la voz del Padre: “Éste es mi Hijo amado”. Hoy le escuchamos hablar ampliamente, “dando su testimonio” sobre lo que fue para él ese momento en el que se abrieron para todos las aguas salvadoras del Bautismo.

Muchas cosas que nos comenta san Juan las conocemos ya del domingo anterior: cómo bajó el Espíritu Santo, cómo se manifestó en forma de paloma, cómo se escuchó la voz que manifestaba a Jesús como el Hijo de Dios... Una cosa nueva, sin embargo, nos ofrece hoy: la definición de Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Esta impresión que san Juan se llevó en el día del bautismo de Jesús tiene una importancia tan grande que constituye hoy la parte final de la liturgia de la misa, en la que invocamos a Jesús con las mismas palabras. Por eso nos conviene comprender a fondo que significa esta expresión, “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, si queremos conocer con más profundidad quién es la persona a cuyo bautismo se refiere hoy el Evangelio.

Sabemos que san Juan pertenece al pueblo judío, es más, el Bautista es la figura más grande de la Antigua Alianza. Por eso podemos buscar en este entorno el significado del cordero. Para nosotros, un cordero suele hacer referencia a algo muy suave, incluso suavizante, o a una densa realidad de la gastronomía segoviana. Está claro que un judío no pensaba en esas cosas. Para él, un cordero era el sacrificio que se le ofrecía a Dios en la fiesta de la Pascua. Era la ofrenda para pedir a Dios la liberación, recordando la sangre de los corderos de Egipto. Por eso san Juan nos recuerda que Jesús, cuyo bautismo acaba de presenciar, es quien viene a derramar su sangre, a entregar su vida, para liberarnos. El precio de nuestro rescate, de nuestra redención, es este Cordero que acude al Jordán, y el opresor de quien nos quiere liberar, en primer lugar, es el pecado.

El pecado del mundo no es ninguna broma, aunque a veces tendamos a tratar el pecado con mucha ligereza. No lo es por sus efectos, devastadores, como vemos en la destrucción que dejan tras de sí pecados como la injusticia, la violencia, el orgullo, la lujuria, la mentira, la corrupción, el robo, o el enjambre de pecados que envenena nuestra vida y la vida de nuestro mundo. No lo es, sobre todo, por el precio que supone para Dios. Si el Cordero que se sacrifica para arrancar los pecados es el propio Hijo de Dios, y no un ángel, o un gran hombre, o un animal selecto, nos damos cuenta de que el problema que supone el pecado para nosotros y para Dios es bien gordo. Cuando vemos los andamios de la iglesia, tan grandes y complejos, nos damos cuenta de que la obra que hay detrás es gorda, pues para cambiar un canalón pondríamos un andamio bien distinto.

Contemplar a este Cordero nos ayudará a tomarnos más en serio nuestra lucha contra los pecados que cometemos. Sin quitarles importancia, pues sabemos lo graves que son si les dejamos estar. Pero tampoco sin caer en el desánimo o la desesperación por ellos, pues Jesús resucitado sigue siendo el Cordero que nos quita los pecados y nos ayuda a no dejarnos derrotar por ellos. Cuando comprendamos esto en profundidad, acabaremos perdiendo el habla cada vez que en misa escuchamos “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para después soltar nuestra lengua para darle gracias, y decirle, como escuchábamos en el salmo, “aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”