domingo, 20 de febrero de 2011

La fórmula de la felicidad (Domingo VII T.O.)

Esta semana salía a la luz la curiosa noticia de que una emisora de radio había difundido uno de los secretos mejor guardados durante el siglo XX. Parece que por fin algo tan complicado y cotidiano como la fórmula de la Coca Cola ha salido a la luz. Otra fórmula bien complicada de encontrar es, sin duda, la de la felicidad. Los cristianos, de todas maneras, no tenemos la dificultad en el contenido de la fórmula. Jesús lleva ya varios domingos enseñándonos despacio su fórmula para alcanzar la bienaventuranza, la felicidad verdadera. La conocemos por tanto, pues la explica con una claridad que casi hace daño, como vemos en el evangelio de hoy. Ciertamente los cristianos sabemos el contenido de la fórmula de la felicidad. De hecho, la dificultad que tenemos no es en conocerla sino en aceptarla y asumirla como un camino real para nosotros. Cuando escuchamos las meridianas palabras de este evangelio algo en nuestro interior salta de inquietud preocupada: esto no es posible, humanamente es una necedad, esto nunca será para mí...

Y es cierto. Es una necedad. Por eso san Pablo nos dice hoy que “nos hagamos necios para llegar a ser sabios”. Eso que nos parece una colección de fórmulas entre lo necio y lo inasumible, resulta ser en verdad la fórmula sabia para vivir feliz. Y lo es porque en el fondo Jesús nos está indicando hoy una infalible vacuna para prevenirnos de los dos virus que amenazan nuestra felicidad: el egoísmo y el odio. Sabemos que una persona dominada por ellos se incapacita para vivir feliz, aunque no le falte de nada ni fracase ninguno de sus planes. Y por otro lado sabemos que estos dos virus se extienden hoy por nuestro ambiente, por nuestras relaciones y por nuestro mundo a una velocidad que a veces hasta asusta.

Por eso tenemos que aplicarnos pronto el tratamiento, especialmente cuando vemos los primeros síntomas en nuestro corazón. Lo primero, contra el egoísmo, aprender a dar siempre de más y con mejor cara. Contra esa racanería que encierra nuestros bienes y talentos en las mazmorras de nuestro egoísmo, luchar por saber dar a mano abierta y sonrisa tendida, aunque eso que nos piden nos haya caído como una losa inesperada. Si además avinagramos la losa y la llevamos “arrastraos”, en el fondo peor para nosotros. Y quizás, cuando vayamos diluyendo el egoísmo que amordaza nuestro corazón, podremos aplicar el tratamiento de choque contra el odio.

El primer paso, como recuerda Jesús, es el que se dijo en la Antigua Alianza. “Ojo por ojo y diente por diente”. No está mal, y de hecho en más de una ocasión no responder sacando tres ojos cuando nos han sacado uno puede ser un acto heroico. Responder con equilibrio a una agresión, superando la tendencia que llevamos dentro y que nos mueve a responder como un muelle a presión, es un primer paso. Y valioso muchas veces. Pero Jesús sabe que podemos dar más. Por eso nos provoca con sus palabras, como buen Maestro, a vivir de una manera ilimitada las dos virtudes que describen su Corazón: la mansedumbre y la humildad.

Mansedumbre para que los embates de la marea del odio encuentren en nuestra mejilla un dique imposible de rebasar. Humildad para saber humillarnos cuando nos pongan un pleito, o nos atasquemos en una discusión. Saber humillarse –cómo duele- para en los juicios dar la capa, la túnica, la razón y hasta el reconocimiento de que el otro es mejor. Esta es la única manera conocida de detener eficazmente la epidemia de egoísmo y de odio que tantos insensatos difunden y que tan infeliz puede hacer nuestra vida si no nos esforzamos de verdad en poner la vacuna. Duele hacerlo, duele también comprobar que aún no somos capaces, pero tenemos un calmante: mirar a Dios. Miramos a la pasión de Cristo y descubrimos que El hizo carne estas palabras de sabiduría. Miramos la increíble misericordia de nuestro Padre Dios y aprendemos que la felicidad infinita de Dios se expresa en una inagotable capacidad de comprender, perdonar, y volver a entregarse al que le ofende y lo desprecia. También a ti y a mí, que tanto le hemos fallado. Sabemos pues una buena fórmula. Que poco a poco la hagamos vida con la gracia de Dios.

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