domingo, 31 de julio de 2011

Dadles vosotros de comer (Domingo XVIII A)

Todos necesitamos aprender a conducir nuestra vida según el Reino de Dios. Y para aprender a conducir necesitamos el teórico y el práctico. Por eso Jesús, después de explicarnos con las parábolas la teoría esencial del Reino de Dios, pasa a la práctica con los milagros. San Pablo nos ha dicho que el Amor de Dios lo vemos manifestado en Jesucristo. Por eso en los milagros de Nuestro Señor vemos reflejado en la práctica y de verdad el Amor de Dios.

¿Nunca te has preguntado que en dónde se mete este Amor de Dios cuando hay tanto sufrimiento? A muchas personas les cuesta verlo, quizá a ti también, cuando ves a tu alrededor tanto sufrimiento en tu vida, en tu familia o en el planeta que habitamos. Jesús se encuentra hoy precisamente con una enorme multitud de sufrimientos: personas que pasan hambre y enfermedad. Pero llama la atención que no dedique ni un minuto a hacerse preguntas como las nuestras.

Jesús sabe que el origen de este sufrimiento no está en Dios. Al menos en el Dios en el que creemos los cristianos. El salmo nos recordaba lo inmensa que es la Providencia de Dios, que da a cada uno lo que necesita y a su tiempo. Jesús sabe también el papel que tiene la injusticia, la corrupción y la arbitrariedad de los que detentan el poder y la fuerza, de esas personas que creyéndose Dios llenan este mundo de sufrimientos. El mismo acababa de sufrirlo en su corazón, cuando Herodes mandó asesinar a Juan Bautista, según se nos recordaba en el Evangelio de hoy.

Jesús sabe todo esto, pero no pierde tiempo en explicarlo. Su compasión, que es reflejo de la compasión de nuestro Dios ante nuestros sufrimientos, le lleva a actuar. A hacer algo. Mientras los apóstoles echan balones fuera, quitándose de encima el problema ajeno, Jesús carga con el problema y, más aún, les encara con su responsabilidad: son ellos los que tienen que remediar el sufrimiento de la multitud.

Cuando nosotros, ante el sufrimiento que no nos toca de cerca, miramos para otro lado, esperando que los problemas del mundo los resuelva Dios, el G8, Obama o Jimi Hendrix, según los gustos, Jesús nos vuelve a recordar estas palabras: “Dadles vosotros de comer”. Dios ha prometido un mundo mejor, pero no lo hará sin la colaboración de cada uno de nosotros. Por eso, podríamos intentar cambiar la pregunta del “¿por qué?” al “¿qué puedo hacer?” “¿cómo puedo ayudar a Dios, aunque sea con mi poquita cosa, a que este mundo sea mejor?” Porque nuestras poquitas cosas, unidas a la fe y al poder de Dios, pueden hacer muchísimo. De cinco panes y dos peces, casi nada, el poder del Amor de Jesús sacó alimento para todos.

Así lo hace la Iglesia cuando trabaja duro, con poquísimos medios y muchas veces con persecuciones, para paliar crisis como la que vemos hoy en Somalia. O en las casas más pobres de nuestros pueblos. La fe de los cristianos y la ayuda de la Providencia remueven auténticas montañas de sufrimientos. Y no sólo materiales. Se nos ha recordado que no sólo de pan vive el hombre. La Madre Teresa de Calcuta reconocía las tremendas pobrezas espirituales y morales de estas sociedades nuestras en las que sobra tanto pan.

Pienso esto al recordar a tantas personas como están colaborando con Dios y con la Iglesia en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud. Todos sabemos que muchos adolescentes y jóvenes viven metidos en unos ambientes de pobreza espiritual que los convierten en esclavos del consumo y de la violencia. A ellos viene a ver Benedicto XVI. Una enorme multitud de jóvenes, necesitados de esperanza, de verdad, de amor y de compartir valores grandes, esperan que el Papa les alimente con el Amor de Cristo. Por eso esperamos tantos frutos de esta jornada, y por ello al ver a tantas personas que se preparan con ilusión para colaborar y participar, se sienten de nuevo las palabras de Jesús: “Dadles vosotros de comer”.

Hoy puede ser un buen día para que encuentres un modo de conducir tu vida que realmente ayude a Dios a paliar tanto sufrimiento. Pídele que te dé un corazón sincero y compasivo. Sincero para reconocer que no estás haciendo todo lo que puedes, que quizá con egoísmo te estás reservando algún pan o algún pez. Compasivo para que ante el sufrimiento sientas la necesidad de ponerte a colaborar con Dios en la medida que puedas. Que en nuestra vida esté más Jesús, para que con nuestra ayuda Dios pueda cumplir las promesas de salvación que tiene para todos nosotros.

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