domingo, 27 de noviembre de 2011

Despiertos y en pie (Adviento I)

¿Cómo definirías a un cristiano? Apunta la respuesta de san Pablo en las segunda lectura de hoy: “Vosotros sois los que esperáis con fuerte deseo la venida del Señor Jesucristo”? Este rasgo de la vida cristiana es el que volvemos a poner en primer plano un Adviento más. Para ser cristiano no sólo hay que tener fe, ni hacer buenas obras de caridad. También hace falta la dulce virtud de la esperanza. Es ella la que nos imprime en el corazón la certeza de que Jesús viene, como el “Señor de la casa”, es decir, de nuestra vida, “de modo repentino”, y siempre cuando más le necesitamos.

¿A qué viene? O en otras palabras, ¿para qué le esperas? Seguro que queremos que “restaure nuestra vida y nos salve”, con tantos rotos y sinremedios como podemos ir llevando encima. Seguro que deseamos con fuerza que lave nuestras culpas y purifique nuestra falta de inocencia, ya que, como constata hoy el profeta Isaías, “nuestras culpas nos arrebatan como el viento”. Viene pues a recomponer tu vida y a lavar tu corazón. Viene porque le necesitamos. Viene a nuestro encuentro para saciar estas profundas necesidades.

Y si viene, “que no os encuentre dormidos”, como aquél que perdió el último autobús por dejarse vencer en la parada por el sueño. Estemos bien despiertos, siguiendo el ejemplo del portero que nos sugiere Jesús en el Evangelio de hoy. En el fútbol o en las casas, un portero eficiente comienza por estar despierto. ¿Sólo con los ojos abiertos? No. Pendiente de quien le requiere, y atento a conseguir la fuerza y concentración que necesita para sacar adelante la tarea que le ha puesto el Señor de la casa.

El cristiano está despierto no sólo cuando tiene abierto el ojo de la fe, sino cuando se preocupa con diligencia de los demás y de sí mismo. Rezando sin dormirse por los que dependen de él, atento con un corazón sensible a las necesidades de los más pobres, previsor para pedir sin cesar al Padre las fuerzas que necesita cada día. Velemos por tanto, viviendo la oración por los demás y por nosotros mismos. Y si nos asaltan las peligrosas tentaciones de quedarnos dormidos con el volante de nuestra vida en las manos, si nos damos cuenta de que se nos olvida interceder por los demás, de que nuestro corazón se vuelca en sus propios problemas y depres, de que nos desanimamos porque no tenemos fuerza... ¡Arriba! A despertarse y a continuar.

Nuestra Madre, como cuando éramos pequeños, nos despierta cuando el sueño se nos ha hecho demasiado pesado. A su voz nos ponemos en pie y encontramos el desayuno preparado y la cartera lista para ir al colegio a seguir trabajando. En este primer día del Adviento puedes acudir a ella, para que despierte tu corazón, sacuda tu pereza y tu adormilamiemto espiritual con su ternura materna, y te lleve de la mano para seguir trabajando con esperanza. La esperanza del que sabe que su trabajo es una preparación para la venida del Señor de la casa, y que con su venida todo lo que hay en ella se arreglará. “Ven Señor, y no tardes”.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Jesucristo, Rey del Universo

Gobernantes y reyes los hay de muchos tipos, faustos y nefastos, prósperos y ruinosos, magnánimos y tiranos... De todo hay, pero sin duda un modelo de buen gobernante lo tenemos en el Pastor. De los pastores nos dice hoy el profeta Ezequiel una serie de actitudes que seguramente todos querríamos para nuestros gobernantes: que tengan la iniciativa de de venir hacia nosotros y nuestras dificultades, que nos busquen una salida cuando andemos perdidos, que nos recojan cuando nuestra vida descarrile, que nos venden las heridas de la vida y que sanen de raíz nuestras enfermedades. Todo ello, dice el profeta, no sólo lo hace un pastor, lo hace Dios mismo con cada uno de nosotros.

Por eso Jesús, al presentarse hoy en el evangelio como el Rey, que tiene en sus manos el Universo y en su Corazón el juicio definitivo sobre el valor de nuestra vida, se compara con un Pastor. Si Jesús es Rey, lo es como un Pastor, más aún, como el Buen Pastor que ha dado su vida por los suyos. Nos recuerda san Pablo que Jesús es Rey porque, muriendo por nosotros, nos ha abierto las puertas del Reino eterno de Dios. Dice el Apóstol que “Cristo tiene que reinar hasta Dios ponga a sus enemigos debajo de sus pies”. Cristo, pues, es el Rey lleno de poder y misericordia, que arranca todo aquello que amenaza nuestra vida y lo pone bajo sus pies.

Si esto vale para todo lo que pone en peligro nuestra vida, vale aún más para nuestro gran enemigo, la mayor amenaza de nuestra vida, que no es otra que nuestra muerte. La muerte ha sido vencida en la resurrección de nuestro Rey, y de esa victoria podemos participar todas sus ovejas. ¿Cómo entrar en ese Reino de la vida y de la inmortalidad? ¿Cómo llenar nuestra vida tomando parte en “el Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo?. Sin duda, viviendo unidos a nuestro Rey. ¿Cómo puedo estar de verdad unido a Jesucristo? “Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Se nos pone bien fácil esta unión con Jesús. ¡Tenemos tantas oportunidades para estar con El sirviendo a los que nos necesitan! El catálogo de obras de misericordia que Jesús agradece en el evangelio como hechas a sí mismo, es nuestra guía de viaje para el Reino de los Cielos. Todos los días podemos vivir la misericorida y la compasión con los necesitados, conocidos o extraños. Todos los días podemos salir al encuentro de nuestro Reye en las mil formas humildes que escoge para presentarse en nuestra vida.

Descubrimos así en las obras de misericordia ese aceite que da luz a nuestras lámparas, ese talento que hemos de hacer rendir. Encontramos la unidad de los evangelios de estos últimos domingos, que nos vienen a decir que Jesús espera que aprovechemos nuestra vida para llenar este mundo de una luz muy especial, que brota del gran talento que a todos se nos ha dado: la increíble capacidad de realizar obras de misericordia de valor infinito.

¿Te has parado a pensar en el valor inmenso que tiene un pequeño gesto de amor? Es infinito, porque se lo hacemos al Dios infinito que se nos muestra en Jesús, y porque lo realizamos movidos por su infinito poder. A nosotros nos parecerá pequeño, sin valor y hasta rutinario. Nos parecerá a veces que no vale nada porque lo hacemos como sin querer, casi de forma automática... Pero ¡cuántos pequeños gestos de amor y servicio “automáticos” podemos realizar al cabo del día! Y por cada uno de ellos, vamos atesorando en el Cielo una inmensa riqueza.

Pues así podemos caminar los cristianos por la vida. Seguros y llenos de confianza, porque tenemos un Rey lleno de poder y de misericordia, que nos llena de sus ternuras de Pastor. Esperanzados porque vaya como vaya el mundo, lo que nos espera al final es la belleza infinita del Reino de Dios, que Jesús ya hace presente en medio de este mundo. Conscientes de tener en nuestros corazones el gran recurso para conseguir una vida valiosa, como es la capacidad de realizar obras de misericordia, movidos por Jesús y orientados a El.

“Tu misericordia y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Quedamos ahora meditando esta frase, que le decimos a Jesucristo, nuestro Rey, con el corazón puesto en el suyo. Bajo la mirada dulce de la Reina de los Cielos, María Santísima, que supo poner toda su vida al servicio del Reino de Dios y siembra cada día nuestro mundo de milagros de amor y misericordia.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Aceite sabio (Domingo XXXII A)

Terminada la primera semana del mes de Noviembre muchos de nosotros seguro que hemos pensado en el final de la vida. El recuerdo de los difuntos del pasado miércoles y la tristeza del otoño con mal tiempo parecen inclinar nuestro pensamiento hacia la ausencia de las personas que queremos y también hacia el misterio que supone la brevedad de nuestra vida. Quizás por eso resulta esclarecedor el rayo de luz con el que san Pablo define hoy la muerte del cristiano, en la carta que escribe a los fieles de Tesalónica. ¿Qué es el muerte para un cristiano?, nos preguntamos. “Estaremos siempre con el Señor”, nos responde san Pablo. Pasar a una profundísima y eterna unión “con” el Señor y, “con” El, a la vez “con” todas las personas que en El están viviendo.

Por eso Jesús vuelve a recordarnos hoy que nos espera un banquete lleno de luces y fiesta en el Reino de los Cielos, un inmenso convite de bodas en el que El mismo es el Novio y el protagonista absoluto. El ha triunfado sobre la muerte y ha preparado esta fiesta sin final para todos nosotros. Cada uno de los bautizados, en efecto, está invitado a esta interminable sección final de nuestra vida. De ahí que las diez doncellas de la parábola de hoy, invitadas a la boda y expectantes por entrar en ella, nos representen a todos nosotros.

Ella tienen lámparas, que son las que deberán encender si quieren ser reconocidas por el Anfitrión y acceder al salón del convite. También a nosotros se nos ha dado una lámpara que puede encenderse en luces del Cielo. Se nos dio en el Bautismo, cuando nuestro corazón quedó transformado en una lámpara lista para acoger la luz del Espíritu Santo. Pero también nosotros podemos ser “necios” y olvidarnos de que no basta tener una invitación para poder entrar, como no basta tener una lámpara para irradiar luz. Hace falta estar preparados para el banquete, como hace falta tener aceite para que la lámpara se encienda.

De nuevo, junto con la alegría de la invitación a las bodas, Jesús nos recuerda la seriedad con la que debemos examinar nuestra vida. Porque muchos son llamados y pocos los elegidos. Todos tenemos lámparas, todos podemos dormirnos en el camino de nuestra vida... pero ¿todos tenemos aceite suficiente para encender la lámpara cuando Dios nos despierte?

Enseguida intentamos aprender de las doncellas sensatas, y buscamos la sabiduría que necesitamos para poder encontrar el aceite que nos hace falta. ¿Dónde comprarlo, antes de que sea tarde? La primera lectura nos da ayuda a descubrir que el aceite puede ser la Sabiduría de Dios, que “resplandece con una luz inmarcesible”. Para un cristiano, esta Sabiduría no es otra que la enseñanza de Jesucristo, que hace pocos domingos se nos resumía en el doble precepto del amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Si llevamos en el corazón esta enseñanza de Cristo, podremos dormir tranquilos, porque llevamos aceite del bueno en nuestra lámpara. Un aceite claro donde Jesús se puede reflejar, y reconocerse. Si vivimos según las enseñanzas del Maestro, Jesús se reconocerá en nuestra vida, y por tanto no tendremos que escuchar las palabras de las doncellas necias. Cuando Jesús dice “no os conozco” es como si les dijera algo terrible: no me reconozco en vosotras, que no habéis tenido cuidado de dar luz y calor. Intentemos que nuestra vida esté llena de la luz del amor y del servicio, que será la mejor muestra de que llevamos ese buen aceite en nuestro corazón.

Y si éste nos falta, vamos a pedirlo. A veces nos sentimos reflejados en las palabras del salmo de hoy: “mi alma tiene sed del Dios vivo”. Muchas veces sentimos la sequedad interior que nos impide querer y servir a los nuestros como quisiéramos. Palpamos la oscuridad de nuestros defectos, nuestro cansancio, la desesperación ante un esfuerzo interminable. Es como si la lámpara se rompiera y el aceite se derramara. Es el momento de acudir a la gran organizadora del banquete, la Madre del Novio, la Virgen María. A ella le pedimos que nunca se nos agote el amor que el Espíritu Santo pone en nosotros, y que guarde nuestros pasos hacia ese banquete maravilloso que su Hijo nos ha prometido.

Si conseguimos entrar en él, toda nuestra vida tendrá sentido y valor. Si nos despistamos y nos perdemos buscando llenar nuestro corazón con otros líquidos, puede que se haga demasiado tarde y que se nos cierre la puerta. Entonces nada de lo que hayamos hecho en la vida nos habrá sido la utilidad. Vamos a caminar con decisión hasta este banquete del Cielo, y vamos a saborear cada día la alegría intensa de saber que estamos creados para vivir para siempre con el Señor, y encontrar en Él una felicidad y una unión con todos que no termina jamás.