¿Cómo definirías a un cristiano? Apunta la respuesta de san Pablo en las segunda lectura de hoy: “Vosotros sois los que esperáis con fuerte deseo la venida del Señor Jesucristo”? Este rasgo de la vida cristiana es el que volvemos a poner en primer plano un Adviento más. Para ser cristiano no sólo hay que tener fe, ni hacer buenas obras de caridad. También hace falta la dulce virtud de la esperanza. Es ella la que nos imprime en el corazón la certeza de que Jesús viene, como el “Señor de la casa”, es decir, de nuestra vida, “de modo repentino”, y siempre cuando más le necesitamos.¿A qué viene? O en otras palabras, ¿para qué le esperas? Seguro que queremos que “restaure nuestra vida y nos salve”, con tantos rotos y sinremedios como podemos ir llevando encima. Seguro que deseamos con fuerza que lave nuestras culpas y purifique nuestra falta de inocencia, ya que, como constata hoy el profeta Isaías, “nuestras culpas nos arrebatan como el viento”. Viene pues a recomponer tu vida y a lavar tu corazón. Viene porque le necesitamos. Viene a nuestro encuentro para saciar estas profundas necesidades.
Y si viene, “que no os encuentre dormidos”, como aquél que perdió el último autobús por dejarse vencer en la parada por el sueño. Estemos bien despiertos, siguiendo el ejemplo del portero que nos sugiere Jesús en el Evangelio de hoy. En el fútbol o en las casas, un portero eficiente comienza por estar despierto. ¿Sólo con los ojos abiertos? No. Pendiente de quien le requiere, y atento a conseguir la fuerza y concentración que necesita para sacar adelante la tarea que le ha puesto el Señor de la casa.
El cristiano está despierto no sólo cuando tiene abierto el ojo de la fe, sino cuando se preocupa con diligencia de los demás y de sí mismo. Rezando sin dormirse por los que dependen de él, atento con un corazón sensible a las necesidades de los más pobres, previsor para pedir sin cesar al Padre las fuerzas que necesita cada día. Velemos por tanto, viviendo la oración por los demás y por nosotros mismos. Y si nos asaltan las peligrosas tentaciones de quedarnos dormidos con el volante de nuestra vida en las manos, si nos damos cuenta de que se nos olvida interceder por los demás, de que nuestro corazón se vuelca en sus propios problemas y depres, de que nos desanimamos porque no tenemos fuerza... ¡Arriba! A despertarse y a continuar.
Nuestra Madre, como cuando éramos pequeños, nos despierta cuando el sueño se nos ha hecho demasiado pesado. A su voz nos ponemos en pie y encontramos el desayuno preparado y la cartera lista para ir al colegio a seguir trabajando. En este primer día del Adviento puedes acudir a ella, para que despierte tu corazón, sacuda tu pereza y tu adormilamiemto espiritual con su ternura materna, y te lleve de la mano para seguir trabajando con esperanza. La esperanza del que sabe que su trabajo es una preparación para la venida del Señor de la casa, y que con su venida todo lo que hay en ella se arreglará. “Ven Señor, y no tardes”.

