domingo, 20 de octubre de 2013

Respira siempre y llegarás (Domingo XXIX C)

Foto: EVdHOY: "Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse". El desánimo es el enemigo de los grandes corredores. Todo se puede superar si a nuestro lado tenemos a Alguien que nos alienta y nos impulsa en las cuestas arriba que a veces podemos encontrar en la vida. Cada vez que vencemos el desánimo y nos acercamos a la oración volvemos a permitir que Jesús nos aliente y nos impulse, y así poder culminar con esperanza la carrera que tenemos a la vista.

Desesperada es poca palabra para definir la situación de aquella viuda. Una pobre mujer, sin recursos ni formación, sin abogado que la asista ni poderosas influencias para hacer valer su causa, ha de enfrentarse a un horrible juez. Es difícil describirlo con tintas más sombrías: “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. Un impío y un inhumano, que además se negaba a hacer justicia por motivos seguramente poco honorables. Tanto que ni se nos cuenta por qué persistía en su negativa. Un árbitro nefasto para un equipo tan débil. Y sin embargo, el débil gana la partida. Gana su justicia a fuerza de insistir en su inocencia y en su verdad. Y por eso, esa mísera pobre desahuciada se convierte en modelo a seguir para nuestra oración: “es necesario orar siempre y sin desanimarnos”.

La Sagrada Escritura está cuajada de situaciones desesperadas que se comienzan a enderezar cuando se recurre con perseverancia a la oración, aunque humanamente parezca un disparate incluso pensar en la existencia de un amanecer para esas noches. Ora siempre y sin desanimarse Moisés, cuando lleva a los israelitas a una vitoria imposible agarrando con su mano no una espada sino el bastón maravilloso que Dios le había dado cuando le encargó sacar a su pueblo de Egipto.  Todo el día le llevó conseguir esta victoria de la oración perseverante, muchas veces tuvo que superar el agotamiento que le hacía bajar los brazos. Pero su oración finalmente consigue el objetivo de salvar a su pueblo. Por eso también san Pablo recomendaba a su discípulo Timoteo que "insistiera a tiempo y a destiempo", porque siempre es posible, si se persevera en la oración, sacar adelante las situaciones más enrevesadas en el momento menos pensado.

Así actúa el Señor. Ante las situaciones imposibles del Evangelio, lo primero, insiste en su oración. Cuando su amigo Lázaro lleva cuatro días enterrado, dejando a sus hermanas en un profunda decepción llena de tristeza, el Señor ora y da gracias a su Padre porque siempre le escucha. En el juicio ante el Sanedrín, que nos recuerda mucho a esta parábola de la viuda y el juez , por la desvalida inocencia del Acusado y la inicua corrupción de sus jueces, Jesús mismo calla y ora a su Padre. En las tres horas de agonía en la Cruz, cuando la desesperación se ha convertido en una palabra suave e incolora, ante la tragedia del Golgota, Jesús sigue orando a su Padre, pidiendo perdón, pidiendo un consuelo imposible, pidiendo ser acogido en las manos del Padre. Siempre orar. Siempre esperar. Siempre amanecer a la Resurrección que borra la tiniebla del Calvario.

Eso es lo nuestro. Pedir y perseverar en medio de todas las situaciones. Y aquéllo es lo de Dios: conceder la mañana de su venida, cuando El considere que el momento ha llegado. Por eso una importante preocupación que debemos tener es la de mantener vivo el espíritu de oración y petición. "Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". Cuando Dios se acerque a nuestra vida con el amanecer en su mirada, ¿nos encontrará con esa fe que nos lleva a "clamar día y noche"? ¿O nos encontrará cansados y desanimados, como corredores de fondo que dejaron ya hace mucho tiempo de respirar?. En esta carrera de fondo que es nuestra vida nos interesa mucho no parar de respirar, e insistir más en la ventilación de nuestra sangre cuanto más se empinan las cuestas y se desgasta el pavimento bajo nuestros pies. El corredor del alma que no deja de ventilarse en la oración, llegará a la meta. Aunque a nuestras míseras fuerzas le parezcan una ilusión imposible. Correr y respirar, vivir y orar, receta segura para llenar de esperanza lo más desesperado.

domingo, 6 de octubre de 2013

Trabajar por lo imposible (Domingo XXVII C)

Mucha gente piensa resolver su vida con los concursos en los que, respondiendo a una importante pregunta, puedes ganar unos cuantos millones. Y la verdad es que una cosa muy parecida nos pasa en nuestra propia vida. A veces saber responder correctamente a grandes preguntas puede acarrear a nuestros días unos beneficios más importantes todavía que esos millones que tan bien nos vienen para llegar a fin de mes. Sin duda, una de esas grandes preguntas de oro es aquella tan simple de preguntar "¿quién soy yo?". Es realmente difícil hacerse esta pregunta con profundidad y no experimentar cierto vértigo ante su inmensidad, a la vez que algún estupor por no saber muy bien qué responder.

La única respuesta que parece clara es a veces la que ofrece el diablo: "el ombligo del Universo". Posiblemente cimentar nuestra vida en esta respuesta es un camino seguro a la esterilidad y a la enfadada tristeza que tanto domina en las víctimas del Enemigo. La respuesta de Jesús es más incómoda y nos parece menos clara, al menos por más provocativa: "Sois unos pobres inútiles siervos". Y sin embargo, es la real. El sentido de nuestra vida viene dado por nuestra entrega a ese trabajo duro, de siervos, para que el Dios nos ha puesto en este mundo. Hay que trabajar mucho, y como decía san Pablo en la segunda lectura, "tomando parte en los duros trabajos del Evangelio". Piensa en la cantidad de tareas y trabajos que tu fidelidad al Evangelio, al Señor Jesús, ha puesto en tu vida. En  la medida en que los afrontes con ánimo generoso y confiado, estarás viviendo cimentado en la respuesta adecuada: soy un siervo de Dios, y como tal trato de trabajar duro cada día en el puesto en que este Divino Jefe me ha situado, con toda la humildad y confianza de la que soy capaz.

Humildad por que no soy el ombligo, ni el centro, ni siquiera el cliente. Humildad que lleva a no exigir tanto a Dios, a no pedir tantas cuentas, a no pensar que El está para cumplir mis deseos e intenciones. Humildad del siervo que se sabe bien elegido y bien guiado por su Jefe, y que además será infinitamente recompensado tras los años de trabajo duro. Confianza porque este Jefe que nos ha contratado para esta vida no sólo encarga y pide trabajos que llenan de sentido nuestros días, sino que además los realiza a nuestro lado. "Toma parte en los duros trabajos del Evangelio", pero... "según la fuerza que Dios te dé". Menos mal.

Porque estos benditos trabajos con los que el Señor agota a la gente de su confianza no son duros. Además son frecuentemente imposibles. Menos mal que tenemos la fuerza de Dios. Menos mal que tenemos la fe. Como nos recordaba el profeta Habacuc, un hombre de desgracias y sufrimientos si cuento, el justo acaba "viviendo de su fe". No tengo fuerzas, ni muchas ganas, ni entiendo muy claramente por qué el Señor "me hace ver injusticias, guerras, violencias". Pero mi fe tira de mí. Es mi fuerza, y por eso el primer trabajo que tengo que hacer es conseguirla, como tiene que conseguir instrumentos potentes el médico que se pone a realizar una operación de riesgo.

"Auméntanos la fe". Primer trabajo del siervo de Dios. Viviendo de ella, amparándonos en ella, impulsándonos con ella, el justo podrá realizar esos enormes trabajos que Dios le ha encomendado como muestra señalada de confianza en él. Viviendo de ella podremos abordar con serenidad esos trabajos humanamente imposibles, como por ejemplo el de nuestra propia santificación. Esos trabajos tan inasequibles a nuestras fuerzas como conseguir que un árbol "se arranque de raíz y se plante en el mar". Esos trabajos para los cuales hemos sido creados y cuya ejecución fiel y esforzada constituye la respuesta al sentido de nuestra vida.

Nos queda un mes todavía de este año de la fe. Pidámosla en abundancia, para poder soñar con lo imposible realizado, y para poder dar a nuestro Divino Jefe el fruto de una vida cumplida y esforzada. En esta semana de la Virgen del Pilar, recordamos además cómo nuestra Madre es el cauce por el que llegó la fe a España, llenando a Santiago de ese nuevo ardor que impulsó su vida al trabajo imposible que Jesús le puso al enviarle a estos confines de la tierra. El corazón vuelve a orillas del Ebro, y le pide de nuevo a la Madre esa fe que tanto necesita, y que Ella le dará en abundancia para seguir trabajando en este bendito servicio de Dios.