
Desesperada es poca palabra para definir la situación de aquella viuda. Una pobre mujer, sin recursos ni formación, sin abogado que la asista ni poderosas influencias para hacer valer su causa, ha de enfrentarse a un horrible juez. Es difícil describirlo con tintas más sombrías: “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. Un impío y un inhumano, que además se negaba a hacer justicia por motivos seguramente poco honorables. Tanto que ni se nos cuenta por qué persistía en su negativa. Un árbitro nefasto para un equipo tan débil. Y sin embargo, el débil gana la partida. Gana su justicia a fuerza de insistir en su inocencia y en su verdad. Y por eso, esa mísera pobre desahuciada se convierte en modelo a seguir para nuestra oración: “es necesario orar siempre y sin desanimarnos”.
Así actúa el Señor. Ante las situaciones imposibles del Evangelio, lo primero, insiste en su oración. Cuando su amigo Lázaro lleva cuatro días enterrado, dejando a sus hermanas en un profunda decepción llena de tristeza, el Señor ora y da gracias a su Padre porque siempre le escucha. En el juicio ante el Sanedrín, que nos recuerda mucho a esta parábola de la viuda y el juez , por la desvalida inocencia del Acusado y la inicua corrupción de sus jueces, Jesús mismo calla y ora a su Padre. En las tres horas de agonía en la Cruz, cuando la desesperación se ha convertido en una palabra suave e incolora, ante la tragedia del Golgota, Jesús sigue orando a su Padre, pidiendo perdón, pidiendo un consuelo imposible, pidiendo ser acogido en las manos del Padre. Siempre orar. Siempre esperar. Siempre amanecer a la Resurrección que borra la tiniebla del Calvario.
Eso es lo nuestro. Pedir y perseverar en medio de todas las situaciones. Y aquéllo es lo de Dios: conceder la mañana de su venida, cuando El considere que el momento ha llegado. Por eso una importante preocupación que debemos tener es la de mantener vivo el espíritu de oración y petición. "Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". Cuando Dios se acerque a nuestra vida con el amanecer en su mirada, ¿nos encontrará con esa fe que nos lleva a "clamar día y noche"? ¿O nos encontrará cansados y desanimados, como corredores de fondo que dejaron ya hace mucho tiempo de respirar?. En esta carrera de fondo que es nuestra vida nos interesa mucho no parar de respirar, e insistir más en la ventilación de nuestra sangre cuanto más se empinan las cuestas y se desgasta el pavimento bajo nuestros pies. El corredor del alma que no deja de ventilarse en la oración, llegará a la meta. Aunque a nuestras míseras fuerzas le parezcan una ilusión imposible. Correr y respirar, vivir y orar, receta segura para llenar de esperanza lo más desesperado.
