Por dos veces nos recuerda hoy el Señor la necesidad de escuchar a Moisés y a los Profetas. Más que necesidad, el mandato: "tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen". Nos recuerda así el papel central que podemos dar a la Sagrada Escritura en nuestra vida, como la más grande y amplia fuente de consejos que nos puede ayudar a vivir de verdad. ¡Cúanto agradecemos esos santos consejos que las palabras de la Escritura Sagrada dejan en nuestro corazón! ¡Cuántas dudas resueltas, tristezas consoladas y caminos orientados nos deja este tesoro divino! Así, san Pablo nos dejaba hoy un consejo en la segunda lectura que aunque dirigido a su discípulo Timoteo nos conviene a todos nosotros: "Conquista la vida eterna".
Toda nuestra vida es como u na gran campaña dirigida a conquistar este precioso botín. Todo en nuestra vida tendrá sentido si llegamos a desembocar en ese espacio de inmensidad eterna que san Pablo describe con palabras sublimes: eternidad, luz inaccesible, gloria, honor... Todo es poco para hablar de ese espacio que tendremos que conquistar como fruto maduro y sabroso de toda nuestra vida en la tierra. Buen consejo el de san Pablo para no perder este gran objetivo de toda una vida entre la maraña de pequeñas metas que requieren nuestro esfuerzo día tras día. Y gran consejo también el que da para conseguir esta corona de triunfo a toda una vida: "Guarda el Mandamiento sin mancha".
Este Mandamiento, como es claro, es el del Amor, a Dios y al prójimo. Porque en el fondo la eternidad no está en el lugar, ni en el espacio, ni en el tiempo, sino que toma su esencia del encuentro con una Persona. Ese ámbito de encuentro personal que Jesús define con la figura del "seno de Abraham", en donde el mísero Lázaro encuentra el reposo y el Amor que nunca recibió en su vida, y que nosotros identificamos fácilmente con el seno del Padre. La vida eterna es ese regresar para siempre y en plenitud al seno paterno del que recibimos nuestro primer ser, y por ello es un encuentro de amor. Y por ello, el único camino para conseguirla es el del amor, el de guardar el Mandamiento del Amor sin mancha.
Ese es el problema del rico ostentoso y comodón, en el que Jesús recoge la nítida condena con que amonestan los profetas del Antiguo Testamento a los ricos insensibles, insolidarios y violentamente injustos. Lo mismo que Amós, el Señor amonesta gravemente a los ricos y poderosos de este mundo que se rodean de bienes y placeres a costa del sufrimiento enorme de personas y familias, y dejando al margen todo movimiento del corazón hacia la compasión o la misericordia. Ese rico está manchado de egoísmo y de ausencia de compasión. Por ello no encuentra espacio en el límpido seno de Abraham, y por ello padece el infierno del egoísmo y la soledad eterna, alejado por el enorme abismo del egoísmo humano de la plenitud y del reposo dulce del Padre. No encuentra lugar alguno en la eternidad el que ha manchado su tiempo con el egoísmo y el olvido de las miserias de los prójimos, de los más cercanos.
Estas palabras tan claras de Jesús nos aconsejan sobre el rumbo y el puerto que debemos grabar en el corazón para conseguir esa vida que tanto deseamos. El puerto es la eternidad, pero el rumbo pasa necesariamente por la compasión hacia las necesidades del prójimo. Tomemos nota de este consejo, cuyo cumplimiento es capaz de llenar de sentido y de esperanza cada una de nuestras jornadas. Y acudamos a la Virgen María, quien orientó toda su existencia según la escucha de la Palabra de Dios, y quien es invocada por nosotros como Madre de Misericordia. Ella nos traerá fácilmente los consejos divinos que nos orientan en la vida, y Ella encenderá en nuestro egoísta coranzoncillo grandes deseos de compasión, para que podamos verdaderamente navegar sin miedo y desembarcar en ese seno maravilloso que nos espera.
