domingo, 29 de septiembre de 2013

Consejos para llegar a Puerto (Domingo XXVI C)


Por dos veces nos recuerda hoy el Señor la necesidad de escuchar a Moisés y a los Profetas.  Más que necesidad, el mandato: "tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen". Nos recuerda así el papel central que podemos dar a la Sagrada Escritura en nuestra vida, como la más grande y amplia fuente de consejos que nos puede ayudar a vivir de verdad. ¡Cúanto agradecemos esos santos consejos que las palabras de la Escritura Sagrada dejan en nuestro corazón! ¡Cuántas dudas resueltas, tristezas consoladas y caminos orientados nos deja este tesoro divino! Así, san Pablo nos dejaba hoy un consejo en la segunda lectura que aunque dirigido a su discípulo Timoteo nos conviene a todos nosotros: "Conquista la vida eterna". 

Toda nuestra vida es como u na gran campaña dirigida a conquistar este precioso botín. Todo en nuestra vida tendrá sentido si llegamos a desembocar en ese espacio de inmensidad eterna que san Pablo describe con palabras sublimes: eternidad, luz inaccesible, gloria, honor... Todo es poco para hablar de ese espacio que tendremos que conquistar como fruto maduro y sabroso de toda nuestra vida en la tierra. Buen consejo el de san Pablo para no perder este gran objetivo de toda una vida entre la maraña de pequeñas metas que requieren nuestro esfuerzo día tras día. Y gran consejo también el que da para conseguir esta corona de triunfo a toda una vida: "Guarda el Mandamiento sin mancha".

Este Mandamiento, como es claro, es el del Amor, a Dios y al prójimo. Porque en el fondo la eternidad no está en el lugar, ni en el espacio, ni en el tiempo, sino que toma su esencia del encuentro con una Persona. Ese ámbito de encuentro personal que Jesús define con la figura del "seno de Abraham", en donde el mísero Lázaro encuentra el reposo y el Amor que nunca recibió en su vida, y que nosotros identificamos fácilmente con el seno del Padre. La vida eterna es ese regresar para siempre y en plenitud al seno paterno del que recibimos nuestro primer ser, y por ello es un encuentro de amor. Y por ello, el único camino para conseguirla es el del amor, el de guardar el Mandamiento del Amor sin mancha.

Ese es el problema del rico ostentoso y comodón, en el que Jesús recoge la nítida condena con que amonestan los profetas del Antiguo Testamento a los ricos insensibles, insolidarios y violentamente injustos. Lo mismo que Amós, el Señor amonesta gravemente a los ricos y poderosos de este mundo que se rodean de bienes y placeres a costa del sufrimiento enorme de personas y familias, y dejando al margen todo movimiento del corazón hacia la compasión o la misericordia. Ese rico está manchado de egoísmo y de ausencia de compasión. Por ello no encuentra espacio en el límpido seno de Abraham, y por ello padece el infierno del egoísmo y la soledad eterna, alejado por el enorme abismo del egoísmo humano de la plenitud y del reposo dulce del Padre. No encuentra lugar alguno en la eternidad el que ha manchado su tiempo con el egoísmo y el olvido de las miserias de los prójimos, de los más cercanos.

Estas palabras tan claras de Jesús nos aconsejan sobre el rumbo y el puerto que debemos grabar en el corazón para conseguir esa vida que tanto deseamos. El puerto es la eternidad, pero el rumbo pasa necesariamente por la compasión hacia las necesidades del prójimo. Tomemos nota de este consejo, cuyo cumplimiento es capaz de llenar de sentido y de esperanza cada una de nuestras jornadas. Y acudamos a la Virgen María, quien orientó toda su existencia según la escucha de la Palabra de Dios, y quien es invocada por nosotros como Madre de Misericordia. Ella nos traerá fácilmente los consejos divinos que nos orientan en la vida, y Ella encenderá en nuestro egoísta coranzoncillo grandes deseos de compasión, para que podamos verdaderamente navegar sin miedo y desembarcar en ese seno maravilloso que nos espera.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Invertir hoy para siempre (Domingo XXV T.O.)



De vez en cuando tenemos que recordar que tenemos los dos pies colocados cada uno en un plano distinto. Con un pie vamos dando pasos en el tiempo, resolviendo nuestras tareas diarias y buscando aprovechar en cada jornada los bienes y recursos de los que disponemos. Con el otro, sin darnos cuenta, vamos caminando hacia las "moradas eternas", esas moradas de las que uno puede tomar posesión gracias a la Resurrección de Cristo que celebramos en cada Domingo. Nuestro tiempo desemboca en la eternidad. De lo que se trata es que en este recorrido nuestros pies vayan a la par, sin dislocaciones. Se trata de "hacernos amigos con nuestros bienes para que, cuando nos falten los bienes temporales, nos reciban en las moradas eternas". Ese es el intenso recuerdo que nos quiere dejar en el alma el Evangelio de hoy.

Por eso se nos llama la atención sobre la figura del administrador injusto. Un perfecto corrupto, como el Mateo que celebrábamos ayer, que pasa su vida resolviendo sus tareas diarias simplemente en su propio beneficio. Un perfecto especialista en la lógica del capitalismo salvaje que tanto denunció Juan Pablo II, y cuya dogma se resume en una frase: máximo rendimiento y beneficio para mis bienes a costa de quien sea y lo que sea. Pero así nos torcemos el pie. Cuando llega la eternidad, el momento de encontrarnos con ese "Señor muy rico" que es nuestro Padre Dios, recibimos una verdadera dislocación: "estás despedido". Así no se entra en las moradas eternas. No pintamos nada en ese espacio, que se rige por el dogma de la Cruz: "máximo rendimiento y beneficio para los demás aunque sea a mi propia costa". Se trata por tanto de administrar todo lo que Dios nos ha regalado en esta vida, nuestro tiempo, nuestros talentos y capacidades, nuestra formación, nuestros medios económicos y materiales buscando sacarles el máximo rendimiento posible. Pero no para nuestro derroche egoísta, sino para "hacer amigos", para beneficiar a los que nos necesitan. Por eso la gran pregunta que nos deja esta enseñanza es ¿a quién beneficia mi vida? Si la respuesta está poblada de muchos amigos, tu camino hacia las moradas eternas va a buen paso.

Y si no, rectifica. A veces el examen sincero de nuestra vida nos muestra un enorme derroche cuajado de egoísmo, como el del administrador corrupto. Cuánto tiempo perdido, cuántas decisiones egoístas, cuántas ocasiones que el río de la vida se llevó corriente abajo sin que pudiéramos sacar partido de ellas en favor de nadie. Cuántas razones para enderezar la vida y reprogramar nuestras inversiones de tiempo, ilusión y medios. Porque nuestra vida siempre se puede enderezar, aunque esté pringada de egoísmo hasta la médula. Hasta aquél administrador corrupto recibe una alabanza de parte de su Señor: al menos es astuto. Dios tiene una infinita capacidad para subrayar con luz nuestro perfil bueno, aunque a veces se queda en lo invisible. Dios siempre puede llamar a nuestro corazón con el sector bueno que aún late en él. Y así, consigue pescarlo y sacarlo a flote, como hizo con el mismo san Mateo, a quien Jesús llamó de corrupto a Apóstol.

Dios siempre nos mira bien, aunque nosotros usemos de nuestros medios egoístamente mal. Esa es nuestra esperanza. Y eso nos recuerda una segunda cosa en este domingo. Tenemos una responsabilidad personal e ineludible de cara a cómo invertimos nuestra vida en el camino hacia la eternidad. Pero también sabemos que en esa enorme responsabilidad entra la eterna mirada misericordiosa de Dios, que como nos recordaba san Pablo, "quiere que todos los hombres se salven". Nuestro Padre Dios mantiene siempre sobre nuestra vida la mirada de una Madre, que sabe llenar de amor sus pupilas aunque su hijo sea un desastre y no pare de darle disgustos egoístas. Es esa inquebrantable confianza maternal que Dios tiene en nosotros la que nos engancha a la esperanza una y otra vez, y la que ayuda a enderezar de nuevo nuestros pasos aunque las piedras del camino hayan herido y deformado nuestros pies.

Responsabilidad personal en nuestra vida y confianza absoluta en el Dios que siempre la puede salvar, un binomio difícil de mantener en equilibrio, pero que la fe hace aparecer con claridad. Suma exigencia con nosotros mismos, sin dejar que ni un minuto, ni un talento, ni un euro se pierdan en inversiones que conducen a nuestro propio egoísmo. Así la inversión quedará depositada en las moradas eternas. Y al mismo tiempo, Suma confianza en que Dios nos seguirá prometiendo la eternidad aunque nuestras inversiones se pierdan en el derroche y los agujeros de nuestros bolsillos, siempre y cuando sepamos acogernos a su Misericordia. Un equilibrio que los niños recogen naturalmente de sus madres, y que nosotros aprenderemos mirando a la Virgen, que nos anima cada día a entregarlo todo con exigencia por Dios y por sus amigos y al mismo tiempo nos acompaña con su dulce mirada para que reposemos confiadamente en el camino. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Sanados por un abrazo (Domingo XXIV T.O.)


Meter la pata es algo que con frecuencia se nos da espléndidamente bien. Y además, nos suele pasar con las personas que más bienes y bendiciones han derramado en nuestra vida. Quizás por eso nos sentimos en el fondo del corazón tan identificados con los tres grandes lienzos de patas bien metidas que nos muestran las lecturas de este Domingo. El pueblo de Israel paga con la apostasía al Dios que le ha mimado como a su hijo predilecto sacándole del infierno egipcio y arropándole en su larga travesía por el desierto. David comete delante de Dios un terrible adulterio después de haber sido conducido por la Providencia a la seguridad y la cumbre del trono de Israel. Saulo, formado en las excelencia más acabada de la religión de Israel, termina definiéndose como "blasfemo, perseguidor y violento". Somos ciertamente capaces de lo peor, hasta un extremo difícil de imaginar.

Pero esto no es cuestión de fe, sino de evidencia. Lo que es verdaderamente cuestión de fe es confiar incansablemente en la capacidad que tiene Dios de enderezar y sanar una y otra y otra y otra y otra vez nuestros patinazos, resbalones en el aire y meteduras en el hoyo. Es increíble cómo puede hacerlo. Pero lo hace. Si crees en El. El Pueblo de Israel al final llegó a la tierra prometida. El rey David terminó sus días en la paz de Jerusalén, tras 40 años de glorioso reinado. Saulo llenó el mundo del amor de Cristo firmando sus cartas como san Pablo. Tú también, aunque metas la pata, tienes arreglo, como ellos lo tuvieron. Si tienes fe.

Porque sólo al fe es capaz de conducirnos al acto interior por el que abrimos la puerta a Dios, que como un fisioterapeuta comienza entonces a recuperar las piernas rotas de nuestro corazón. Israel, David y Saulo, se arrepintieron. Y David con el precioso salmo 50, el Miserere, que hemos tenido hoy como salmo responsorial. Un corazón arrepentido es un corazón que tiene arreglo. Así nos lo enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo, que es como la culminación del hundimiento y de la salvación. Y es en esta parábola como vemos el modo en el cual Dios nos hace llegar su sanación: con un abrazo. El abrazo del Padre Misericordioso al hijo que vuelve destrozado pero arrepentido.

Cuando el arrepentimiento que germina de nuestra fe toca la inmensa compasión de Dios se produce ese abrazo. Se recibe la sanación. Se perdona el pasado y se abre en horizonte inabarcable el futuro. En ese abrazo se corrige lo torcido, se purifica lo contaminado, y se hunde toda culpa en ese abismo imposible de sondear que es el de la Misericordia de nuestro Dios. Ese abrazo, hecho de arrepentimiento humano y compasión divina, es el poder más grande que se pone a nuestro alcance para enderezar nuestra vida una y otra, y otra, y otra vez.

Somos capaces de lo peor, pero Dios es capaz de lo imposible. Confiemos siempre en el poder de su bondad, pongamos nuestro corazón al alcance de su abrazo, y sintamos que todo nuestro interior vuelve a funcionar. Nunca hay nada perdido. Nunca nada se pone lo suficientemente lejos de este Padre buenísimo, que te busca con el ansia del pastor a su oveja, de la mujer a su moneda, del Padre a su hijo perdido que vuelve, con la cara sucia de dudas, pecados y tropezones, pero con el corazón encendido en fe y arrepentimiento.

Qué hermoso es caminar por la vida con esta red bajo tu cuerda floja. María te ayudará a grabar en tu corazón esta confianza, porque Ella es la Madre de Misericordia, la mano tierna que nos sana las heridas y nos pone en el camino de ese abrazo que todo lo eleva.