En la estela del sorteo de Navidad de ayer hemos visto cómo bailar y brindar es un evidente síntoma de alegría incontenible. Es fácil bailar cuando los problemas se han evaporado, de una manera o de otra, pero bailar en el corazón en medio de problemas sin cuento es algo que roza lo milagroso, como muchas veces habremos tenido ocasión de comprobar. Por eso tenemos que aprender de lo que sucede hoy en un hogar verdaderamente cargado de dificultades, y en el que sin embargo, el grito de júbilo y el baile incontenible marcan el tono de la casa. Ese hogar es la casa de Zacarías y su esposa Isabel.
Una casa llena de problemas, bastante más graves que el haberse quedado sin el gordo de Navidad. Una mujer mayor, en un pueblecito de la montaña, alejada de Jerusalén y de su familia, estéril... y que de repente, en estas condiciones y a su edad espera un hijo, a san Juan Bautista. Si un embarazo y un parto pueden presentarse llenos de dificultades, ¿cómo se vivirán por parte de una mujer ya anciana y que había borrado de su horizonte personal y familiar el tesoro de tener hijos? Y además, Zacarías, su esposo, mudo y sin poder articular palabra por su poca fe. Un hogar con serias dificultades e incertidumbres ante el futuro, muy parecido en esto a los hogares de nuestras familias.
Y sin embargo, en medio de estos problemas, hay una presencia que hace brotar la alegría y la danza. Al escuchar el saludo de la Virgen María, el Bautista, de seis mesecitos, se pone a bailar de alegría en el seno de Isabel, y ésta, inflamada por el Amor del Espíritu Santo, grita en alabanzas de júbilo y proclama la primera bienaventuranza del Evangelio, mucho antes que el Sermón de la Montaña: "Bienaventurada tú, que has creído". La simple presencia de María, que lleva en su seno al Salvador y que saluda con su incomparable ternura a santa Isabel, arrastra los problemas en una ola de incontenible vitalidad.
No se puede explicar, pero el que lo ha vivido sabe que es así. El encuentro con María, que trae en sus brazos a Jesús, es la puerta de la verdadera alegría y la paz segura. Por eso todo el tiempo de Adviento es en el fondo un camino en el que preparamos nuestro corazón para este encuentro, que lo hace bailar. Un camino de Adviento bien preparado termina en este encuentro de danza y felicidad. No nos queda mucho para prepararlo, por eso el profeta Miqueas nos invita ya directamente a mirar a Belén de Efrata, de donde saldrá "el Jefe que nos pastoreará y nos hará vivir tranquilos con paz". Mira ya a Belén, aunque no sea el de Efrata sino el que con tanto cariño has puesto ya en tu propia casa. Mira a la Virgen que te ofrece como regalo a su Hijo único, el Unigénito de Dios. Recuerda que ese Niño, como dice la carta a los Hebreos viene a ofrecer desde la cuna su pequeño cuerpo "como oblación como víctima para santificarnos de una vez para siempre".
El encuentro con María es el encuentro con Aquél que ha venido a darnos la paz y la alegría serena pagando el precio de su Sangre. Es por tanto el encuentro con el Amor más grande que jamás podremos encontrar en nuestra vida. Y el enamorado, baila, goza y se alegra. Nos ponemos junto a nuestro Belén, a la vera de la Virgen María, esperando que nuestra Madre buena nos conceda la alegría de percibir su presencia, de acoger a su Hijo amado en nuestros corazones, y de saborear en lo hondo del alma el Amor inmenso que le mueve a venir. Sólo con ese Amor la danza será más fuerte que la angustia, y entonces será de verdad Navidad.


