domingo, 29 de mayo de 2011

El Espíritu de la alegría (VI de Pascua)

Con cierta frecuencia sale en los debates la siguiente pregunta: ¿qué aporta la Iglesia a la sociedad? La respuesta puede darse desde la educación, la cultura, la asistencia a los pobres... pero hay una respuesta que a veces se nos pasa por alto. La Iglesia sirve, entre otras cosas, para llenar de alegría nuestra sociedad. Este es justo el resumen que nos da el libro de los Hechos: por la actividad de Felipe, “la ciudad se llenó de alegría”. Y es verdad, una tarea típica de la Iglesia es sembrar un gran regalo de Dios: estar siempre alegres.

Muchas veces sentimos en la vida el inexplicable poder que tiene Dios para darnos alegrías. Por ejemplo, en las Primeras Comuniones que acabamos de celebrar. Pero también en nuestra fiestas populares, en las celebraciones populares, en nuestra vida interior... Por eso acudimos a El, porque la fe nos da cierto instinto para pedirle la alegría que tanto necesitamos. No hace mucho, un niño de la Comunión escribía en una petición: “Jesús, que papá y mamá estén siempre alegres” ¡Qué sabiduría! Sabía este niño pedir cosas realmente necesarias... ¡y además sabía a quién pedírselas!

Precisamente en Jesús, como nos recuerda san Pedro, vemos ese poder de Dios. Después de morir en la cruz, “padeciendo por hacer el bien”, por cierto, como tantos días nos pasa a nosotros, nos decía la segunda lectura que “fue devuelto a la vida”. ¿Por qué? Porque poseía el Espíritu Santo. Es el Espíritu lo que nos devuelve la vida una y otra vez. Es el Espíritu de Dios el que nos trae la vida: “Señor y dador de vida” le llamas en el Credo, y con la vida siempre está la alegría.

Por eso Jesús cuando nos promete hoy que no nos va a dejar desamparados ni abatidos nos habla de cómo nos enviará desde el Cielo el Espíritu Santo. Entonces notaremos la presencia y el Amor de Dios en nosotros. Nos dice Jesús: “vosotros estaréis conmigo, y yo con vosotros... mi Padre os amará y yo os amaré”. Este presencia y este amor del Cielo nos lo trae, como en un vuelo, el Espíritu Santo.

Si queremos estar alegres, entonces, tenemos que hacernos muy amigos del Espíritu Santo. Díselo muchas veces al día: “Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón y enciéndelo en tu amor”, como dice una oración tradicional. Le pedimos a la Virgen que tengamos siempre en el alma esta presencia viva del Espíritu Santo, “que está con nosotros”, como nos promete Jesús. El será quien dé sabor a nuestra vida y sostenga con su poder nuestras alegrías y nuestras esperanzas.