domingo, 19 de diciembre de 2010

Restaurar para estrenar (Domingo IV Adviento)

Alegría para la vista es en estos días levantar los ojos a la iglesia... y encontrarla rodeada de andamios. No es muy estético pero sí muy ilusionante. De paso, los andamios nos recuerdan que las cosas antiguas hay que restaurarlas y limpiarlas de vez en cuando, porque la tendencia a deshacerse o deteriorarse es inevitable. Todo necesita un repaso. Nuestra vivencia de la Navidad también.

Llevamos ya muchos años celebrando la Navidad, no tantos como los que tiene la iglesia, pero sí que llevamos ya unas cuantas celebraciones en nuestra biografía. Y quizás notamos que necesitamos unos buenos andamios, que nuestra Navidad es floja, o demasiado parecida a la de todo el mundo, tan vacía, o deteriorada por las ausencias y las nostalgias, o que se va deshaciendo entre las rutinas y las dificultades. Vamos a aprovechar esta última semana del Adviento para darle un buen repaso a nuestro corazón. Para saber hacerlo, nada mejor que un buen modelo, por ejemplo san José.

El santo patriarca no lo tuvo nada fácil para preparar la primera Navidad. Por eso su ejemplo, que acabamos de escuchar en el evangelio de san Mateo, puede ayudarnos hoy a preparar y restaurar la Navidad del 2010. Lo primero que aprendemos de él es a aceptar en todo la voluntad de Dios, aunque no siempre se entienda. Nos dice el evangelista que “José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. En una situación por cierto difícil de entender. Quizá marcada por la duda sobre lo que había pasado en María con el consiguiente deber de repudiarla, por ser justo. Quizá por el temor reverencial ante la incomprensible presencia de Dios en su Esposa, con la consiguiente necesidad de separarse de ella, por indigno. No lo sabemos, pero en medio de una tempestad emocional y biográfica de primera magnitud, acepta la situación y hace lo que Dios le pide. Primera idea para la Navidad: renueva tu abandono confiado en la voluntad de nuestro buen Padre Dios, aunque sus planes para estos días te sean a veces difíciles de entender. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? José no pregunta. Acepta y confía.

El fruto es que además, entiende. Porque san José recibe, en vista de su confianza en Dios, la explicación de lo que está pasando. El no es el padre de la criatura, pues ha sido engendrada por el poder del Espíritu Santo en el seno de María, como un nuevo comienzo de la humanidad. Pero sin ser el padre, tiene que acogerlo en su familia. El nuevo Adán es también, como nos decía san Pablo, “de la estirpe de David”. Como este rey inolvidable, el niño que va a nacer tendrá que luchar por defender a su pueblo. Por eso se llama Jesús, porque este niño viene a defendernos, “a salvar a su pueblo de los pecados”. El niño que nace esta semana no viene de visita, ni a quedarse de mudo telón de fondo de nuestros eventos navideños. Viene a por ti. Viene a salvarte, a darte lo que necesitas: la gracia, el perdón, la esperanza, la alegría, la fortaleza, la paciencia, la capacidad de amar de verdad, la luz para entender tu vida y la de los tuyos. Todo te lo dará en la medida de tu fe en El.

Y puede hacerlo porque es Dios. El profeta Isaías había anunciado a la casa de David que una virgen daría a luz a un hijo “y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”. No es un deseo, “que Dios esté contigo”, sino una realidad: “Dios está a tu lado”. Más aún, como nos prometió Jesús, está “contigo todos los días hasta el final del mundo”. San José descubre que el Salvador que él va a cuidar viene para quedarse. Viene para estar a tu lado siempre.

Navidad. Fiesta de la confianza ilimitada en Dios, de la esperanza en que El tiene poder para salvar nuestra vida, de asombro por la luminosa presencia de Dios en nuestra vida de cada día. Que san José nos ayude a recuperar estas vivencias en el alma, para estrenar de nuevo la Navidad, y llenarnos de alegría verdadera porque un año más María nos mira y nos regala a su Hijo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lávate en la fuente para recibir a Dios (Domingo II Adviento)

Más de uno va a aprovechar estos días de vacaciones y mal tiempo para preparar la instalación del belén en casa. Quizás se nos ocurre poner este año algo nuevo, porque en un belén cabe casi de todo, incluidos los coches, como aquellos niños que ponían en su belén tres 4x4 para que los Reyes Magos llegaran más rápido con los regalos… En cualquier caso, lo que nunca habremos visto en un belén es una figura de san Juan Bautista, adusto, austero, áspero, lleno de fuego y de fuerza moral, entregado por completo a proclamar la inminencia del juicio de Dios, para que conmovidos hagamos penitencia y nos preparemos a recibirle.

Con toda razón no está en los belenes, pues no es un personaje de Navidad, sino de Adviento. De hecho, detrás de la Virgen María, cuya Inmaculada Concepción vamos a celebrar en breve, es el personaje del Adviento. Y lo es porque su mensaje es muy claro: Dios viene, es adviento, pero no basta con que Dios venga. Hay que preparar su venida. O en otras palabras, la Navidad no viene, se prepara. Para que la Navidad sea verdadera no basta con que en el calendario ponga 25 de Diciembre; es necesario que en el corazón ponga “Jesús, te necesito y estoy dispuesto a cambiar por Ti”. Una Navidad sin preparar en una Navidad falsa, o al menos estéril. Por eso un Adviento sin el Bautista conduce a una Navidad sin Jesús, aunque todo a nuestro alrededor hable del Niño, de los peces en el río y de las figuritas del belén.

Es natural. De nada vale que tengas una fuente en casa si no tienes ni ganas ni capacidad de beber de ella… salvo para llenarla de peces de colores, que adornan pero no ayudan. Nos ha dicho san Pablo que “Dios es una fuente de consuelo y de paciencia”. Y esa fuente va a brotar en Navidad. Por eso san Juan Bautista realiza su tarea junto al río Jordán. Nos recuerda ese río de gracia que va a abrir Dios viniendo a nuestro mundo. Un río que se puede contemplar con verdadero deseo de cambiar y beber o simplemente por curiosidad. Una Navidad, entonces, vivida de corazón o de calendario.

En tiempos del Bautista había muchas personas que acudían con verdadero deseo de cambiar y de recibir algo nuevo de manos del Dios que se acercaba, pues “confesaban sus pecados y eran bautizados por Juan”, quedando así bien dispuestos a recibir a Jesucristo. Otras muchas, sin embargo, se acercaban por curiosidad, siguiendo la costumbre “de toda Judea y Jerusalén”. Igual que los curiosos que acuden a la plaza cuando hay un espectáculo, saduceos y fariseos se asomaban al Jordán para ver qué pasaba allí. Los saduceos no querían cambiar, claro. Eran la clase dominante de la política y la economía, y se llevaban demasiado bien con este mundo y sus corrupciones y luchas de poder como para esperar algo del otro mundo. Los fariseos tampoco tenían mucho interés por cambiar. Tenían ya su parcela religiosa completa, y la idea de poder tener una relación personal más profunda con Dios les desconcertaría. Ya tenían su vida religiosa apañada.

Ninguno de estos quería cambiar y acercarse a beber el agua nueva. Por eso el Bautista les dice que se quedarían como el árbol seco “ya toca el hacha la base del árbol, y todo árbol que no dé fruto será talado y echado al fuego”. ¿Y tú quieres cambiar? ¿Te vas a quedar anclado en tus intereses y egoísmos cotidianos? ¿Piensas que tu vida de fe no puede crecer ni recibir algo nuevo de parte de Dios? No seamos como los saduceos y fariseos, para no tener una Navidad seca que nos deje ese poso de amargura y nostalgia triste de la Navidad pagana, que huye a toda prisa de la figura del Bautista. Acércate al Dios que viene con un corazón humilde, purificado por la confesión y con un sincero deseo de cambiar y de mejorar tu vida por El.

María Inmaculada se pondrá a tu lado, para abrir tu corazón a la llamada del Bautista, su sobrino, y mover tu alma a un sincero deseo de conversión. Entonces tú mismo te convertirás en un río de gracia y de paz, que alivie la sed de Amor que sufren Dios y nuestro mundo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Acabar para empezar (Domingo I Adviento)


¡Feliz Año Nuevo! Hoy estrenamos año litúrgico, corona nueva, canciones nuevas, evangelio nuevo, el de San Mateo, que nos va a acompañar durante todo este año… Y sin embargo, cuando todo esto que vemos y hacemos nos está hablando de comienzo, lo que escuchamos en la Palabra de Dios nos habla de final: “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor”. Extraño contraste que nos recuerda que en la vida cristiana acabar y empezar son dos verbos que siempre se persiguen mutuamente. Cuando todo se acabe, al final de los días, algo nuevo, sólido como una montaña de Dios empezará, y cuando todo empieza, como hoy, levantamos la cabeza para vislumbrar el final que nos espera.

De esa unión de acabar y empezar habla Jesús cuando se refiere a la figura de Noé. Es terrible cómo nos narra el libro del Génesis la depravación y la ruina social y moral que imperaban en tiempos de este patriarca, cuando la maldad parecía dominar la tierra y la historia, hasta el punto de que su familia era la única justa. Por ello fue la única que escuchó los avisos de Dios para escapar del Diluvio que estaba a punto de venir. En efecto, como nos recuerda hoy Jesús, “cuando menos lo esperaban llegó el Diluvio y se los llevó a todos”. Toda la maldad acabó, por fin, pero al mismo tiempo algo nuevo comenzó. Cuando las aguas llegaron al máximo nivel, una paloma trajo la paz de Dios, el arca se posó sobre la tierra firme de una montaña y Dios pintó el arco iris para ellos como signo de que todo volvía a comenzar.

Esta misma historia sucederá al final de los días, con la venida de Jesús, quien “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Entonces será verdad para siempre el hermoso deseo que hemos escuchado en el salmo: “Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios”. Sólo entonces podremos disfrutar de todo lo que verdaderamente deseamos en una tierra renovada por la venida gloriosa de Cristo. Aquí ponemos toda nuestra esperanza: al final de todas las cosas, está Cristo, haciéndose presente para arrancar de raíz todo el mal de nuestra vida con su Misericordia y sembrar una nueva vida en nosotros arraigada en su Amor. Sólo la certeza de que Cristo estará al término de todos nuestros caminos nos permite vivir con esperanza, sólo esa certeza quedará en pie en medio de los diluvios, tormentas y chaparrones que derrumban una tras otras todas esas seguridades que nos hacían sentirnos falsamente protegidos.

Por eso la Iglesia nos propone en este comienzo del tiempo de Adviento pedir a Dios la virtud de la esperanza… ¡porque hay que pedirla! La esperanza cristiana no viene de tener un carácter optimista, ni de tener una cuenta de resultados en la vida más o menos saneada. Esta virtud preciosa es un regalo de Dios, que hay que pedir con insistencia. Iluminados por ella podremos caminar hacia nuestra meta como nos recomienda hoy san Pablo: “Dejémonos de las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”.

Estemos en vela y atentos, no sólo para descubrir los signos que Dios nos va dando en la vida, como se los envió a Noé, para afianzar nuestra esperanza. Estemos atentos, sobre todo, para acoger la fuerza renovadora de esas venidas de Jesús en cada uno de nuestros días. A El le encontraremos en su advenimiento glorioso, que estamos preparando en este tiempo del Adviento. Sabemos que también le encontramos en la comunión de cada domingo, y de un modo muy especial cada vez que aparece en nuestra vida con el disfraz de cualquier persona que nos necesite. Ahí es donde tenemos que estar en vela, pues viene así “a la hora que menos penséis”. Que en esos encuentros cotidianos tengamos la suerte de descubrirle, y que cada vez que le descubramos volvamos a pedirle que encienda esa gloriosa esperanza: cuando el mal termine le seguirá el comienzo de un bien mayor. María, estrella del Adviento, nos ayudará a guardar estas cosas en el corazón y a esperar con fortaleza la venida gloriosa del Amor.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Ecografía en positivo (Domingo XXXIII C)

Cuando los antiguos construían un templo lo hacían de tal modo que reflejase en su disposición y en su diseño la estructura del universo. Por eso no nos extraña que Jesús, en el evangelio de hoy, aproveche los comentarios sobre el Templo de Jerusalén para dar una profunda radiografía del mundo, casi una ecografía, y para predecir el alumbramiento de un mundo nuevo. Del Templo se destacan dos cosas: su belleza y su caducidad, pues en efecto el Templo de Jerusalén sería destruido pocos años después de que Jesús dijera estas palabras, hasta tal punto que hoy sólo queda de él un pequeño resto, venerado como el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén.

Lo mismo con el mundo nuestro, que está lleno de belleza, por ser criatura de Dios, y al mismo tiempo amenazado de ruina y destrucción, sujeto permanentemente a la terrible amenaza del Mal. Por un lado, procede de la misma constitución de la creación: terremotos, enfermedades… Pero de un modo más terrible procede de la maldad de los corazones humanos, de los que vienen las guerras, las divisiones, los enfrentamientos… Constantes que se daban en tiempos de Jesús, se dan hoy en nuestro mundo, y se seguirán dando hasta el final de los tiempos.

Esta ecografía del mundo que se nos presenta así de dramática puede resultar desalentadora, y sin embargo, el resultado acaba siendo positivo. El salmo nos decía que “Dios llegará para regir la tierra con justicia”, y el profeta Malaquías nos recuerda que llegará un día en el que “Dios tomará la maldad y la perversidad como paja para quemarla en el día de su venida”. Dios puede arreglar este mundo, limpiándolo del mal y devolviéndole la belleza que sembró en su interior en el momento de crearlo. Esta es la misión de Jesús, quien en su vida terrena sufre en primera personal el mal de este mundo, al tiempo que pasa entre nosotros sembrando bien, consuelo, amor y esperanza de belleza: “ni uno sólo de los cabellos de vuestra cabeza perecerá”.

Esta es por tanto la misión de la Iglesia, proseguir la tarea de Jesús, ayudar a Dios a seguir arreglando este mundo que vemos tan roto y dolorido. La Iglesia realiza su misión perseverando en medio de dificultades, incomprensiones y persecuciones, “trabajando día y noche” como hacía san Pablo. En esta misión cada uno de nosotros, por ser bautizados, tiene un sitio para colaborar. Todos tenemos que ayudar a Dios a arreglar este mundo, de modo que de ningún cristiano se podría decir “que vive sin trabajar, muy ocupado en no hacer nada”. La Iglesia nos ofrece un sitio a todos para colaborar, de modo institucional (siendo catequista, voluntario, miembro de algún grupo), económico (colaborando hoy especialmente con el sostenimiento de la Iglesia) y sobre todo personal, trabajando y viviendo de tal manera que en nuestra vida cotidiana seamos portadores del amor y del bien que proceden de Dios.

“La única manera que tiene el Mal para vencer es que los buenos no hagan nada”. Esta máxima nos recuerda que con nuestra tarea diaria, hecha con fe y amor a Cristo, iremos llenando este mundo de tonos positivos, e iremos ayudando a Dios, perteneciendo a la Iglesia, a arreglar su creación y a llenarla de belleza, de modo que el mundo entero se convierta en un templo hermoso para su Creador.

domingo, 31 de octubre de 2010

El motor de la Caridad (Domingo XXXI C)

Estamos todavía con los ecos de la jornada del DOMUND que celebramos el domingo pasado. Seguro que estos días hemos tenido oportunidad de conocer algo más la gran labor de nuestros misioneros que están sembrando el Amor de Dios a lo largo y ancho del mundo. También está muy reciente el galardón concedido a Manos Unidas en Oviedo, y por si fuera poco acaba de salir en muchos medios de comunicación el último informe anual de Caritas. Seguimos viendo cómo esta organización de la Iglesia atiende cada vez a más personas, algo que por desgracia parece que irá a más en los próximos meses, pero a la vez llama mucho la atención ver que aumenta sin parar el número de voluntarios, de cristianos que sienten la llamada a hacer algo y que se unen, cada uno con su capacidad, a esta gran labor de la Iglesia. Qué sano orgullo podemos sentir todos, y qué evidente es la siembra de bien que la Iglesia está haciendo en tantas familias y en tantos pueblos.

Las lecturas de hoy nos recuerdan otro gran bien que la fe cristiana ha hecho a este mundo, desde hace muchos siglos. Hoy se nos presenta de una manera muy nítida una aportación cristiana tan propia como la visión de un Dios lleno de amor y ternura por los suyos, especialmente por los que menos se la merecen. Nos dice el libro de la Sabiduría: “a todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”. Y en el salmo hemos escuchado: “el Señor es cariñoso con todas sus criaturas”. Y esto no porque nos lo imaginemos así, sino porque lo hemos visto hecho realidad en la vida de Jesús. Pocas escenas como el encuentro de Zaqueo con Jesús, que acabamos de escuchar, nos hablan tanto al corazón del amor compasivo de nuestro Dios.

En efecto, Zaqueo es el resumen de todo lo que Dios podría rechazar. Lo de menos, claro, es que “fuera bajo de estatura”. El problema es que era un publicano, es decir, un corrupto traidor a su pueblo, metido hasta el cuello en todo tipo de negocios turbios y apaños fraudulentos; si era rico suponemos que lo sería a base de la rapiña, la violencia, la prepotencia y la absoluta entrega a sus caprichos. ¿Qué haríamos nosotros con una persona así? Rechazarla, ignorarla, castigarla, desearle todo tipo de mal, muerte lenta incluida, despreciarla, criticarla…

Menos mal que Dios no es como nosotros, y responde a Zaqueo con una misericordia y una compasión tan enorme que le cambia el corazón, hasta el punto de que termina por decirle a Jesús: “La mitad de mis bienes se lo doy a los pobres”. En vez de fulminarle con un rayo en lo alto del árbol, le invita a descender de él para acoger el amor de Jesús en su propia casa. Menos mal, porque nosotros sí que somos como Zaqueo. También en nuestra vida hay una buena lista de pecados, pasados o presentes, y una gran riqueza de nosotros mismos, hasta el punto de que con demasiada frecuencia estamos dispuestos a cualquier cosa con tal de no despojarnos de nuestros planes… o de no pedir perdón.

Dios nos trata a nosotros con la misma compasión con la que trató a Zaqueo. Por eso descubrimos que nuestro Dios es un inmenso abismo de compasión para los necesitados y de misericordia para los pecadores. Por eso un cristiano cuando piensa en su Dios siempre piensa en alguien que le ama, que le comprende, que le espera, y que está dispuesto a colmar de bondad cualquier apertura que tengamos hacia El. Un cristiano, contemplando el desenlace del encuentro entre Zaqueo y Jesús, sabe que nada de lo que hagamos será capaz de hacer que El nos deje de amar y de esperar.

Aquí está la raíz verdadera de la labor de la Iglesia: cuando te has encontrado de verdad con una compasión y una misericordia tan enormes, no puedes menos que hacer tú lo mismo. Este inagotable amor compasivo de Dios es el motor de la inacabable labor asistencial de la Iglesia, y en él podrás encontrar fuerza para caminar con esperanza y para seguir sembrando lo que recibes de El.

domingo, 24 de octubre de 2010

Participa de la Misión (Domingo del DOMUND)

Certeza casi universal en todos los lugares y tiempos es saber que Dios existe y puede ayudarme. Buena muestra de ello nos dejan las lecturas de este domingo, por ejemplo la del Eclesiástico, en donde leemos que el que necesita a Dios “no ceja hasta que Dios le atiende y le hace justicia”. Toda con más claridad lo vemos en el publicano que hoy nos pone Jesús como ejemplo. En medio de su vida humillada es capaz de pedir ayuda en el Templo a Dios y así “bajó a su casa justificado”. Su encuentro con Dios le perdonó, le sanó y le llenó de gracia, que es lo que para nosotros significa ser justificado. En resumen, vemos en las palabras con las que Jesús cierra la parábola un resumen precioso de esa certeza: “el humillado será ensalzado”. Este lema del Nuevo Testamento se hace realidad en miles de personas, que cuando se hacen humildes, o muestran a Dios su humillación y opresión, son escuchadas y ensalzadas.

Por eso, en el fondo de toda religión está el deseo de encontrarse con el Amor de Dios para que nos justifique y nos ensalce. Es decir, para que cambie nuestra vida de raíz, como dice el Papa en su mensaje para el DOMUND, liberándonos de nuestros límites y abriendo nuestra vida a una nueva paz y fraternidad. Para los cristianos, este deseo se traduce en la necesidad de ver a Jesús, en quien encontramos el Amor de Dios.

Este es el lema del DOMUND para este año: queremos ver a Jesús. Para que él nos justifique y cambie nuestra vida. Pero habitualmente, a Jesús se le ve por medio de sus mensajeros. El Señor se vale de nosotros para hacerse ver en medio de nuestro mundo, y de una forma muy especial eso se cumple en los misioneros, cuya misión es hacer ver por toda la tierra el Amor de Dios en Jesús. Y eso, lo sabemos muy bien, lo hacen con su trabajo, en el que mucha gente es capaz de reconocer el trabajo de Dios. Los frutos de ese trabajo de Dios, como habíamos visto en el publicano de la parábola, es una mejora radical de la vida. Miles de personas, gracias a los misioneros, acceden a una verdadera promoción humana, miles de humillados por la violencia, el hambre, la injusticia o la ignorancia ven sus vidas ensalzadas como efecto de la presencia de Jesús en los misioneros. Y además de esta promoción humana, pueden satisfacer una necesidad aún más profunda que la del pan: la necesidad de ser amados, de poder creer en el Amor de Dios y de confiarse a El.

Esta historia se repite a lo largo de los siglos, gracias a tantos hermanos nuestros que con su generosidad siembran el mundo de la predicación del Amor de Dios. Ya lo veíamos en san Pablo, quien hoy dice: “el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegra la predicación, de modo que la oyeran todos los gentiles”. Lo vemos también hoy en las grandes organizaciones misioneras de la Iglesia, como Manos Unidas, que acaba de recibir como reconocimiento a su labor el premio Príncipe de Asturias. No lo vemos, sin embargo, en tantos misioneros anónimos que en todos los rincones de la tierra dedican su vida a hacer que Jesús sea visible en su tarea cotidiana, siendo así mensajeros del Dios que siempre nos puede ayudar. Con frecuencia con riesgo de su vida, pues como decíamos en el salmo “el Señor se enfrenta a los malhechores”, hay que enfrentarse a muchas estructuras de pecado para ensalzar y hacer justicia a los humillados… y muchas veces esto cuesta la vida, entregada así por Jesucristo y por el Evangelio.

Podríamos intentar verlo también en nuestra vida cotidiana, pues a todos alcanza la llamada a vivir la vocación misionera. También es bueno que hoy renovemos nuestro deseo de ver a Jesús, y de hacerlo visible en nuestra vida. Qué alegría nos llevaríamos si cuando nos vieran la gente pudiera decir que se nota que leemos la vida de Jesucristo. Y decimos en la vida cotidiana porque es allí donde nos espera la misión a nosotros. Con nuestras acciones, nuestros sacrificios y nuestra oración de cada día, tenemos un papel importantísimo que cumplir en esta tarea universal que tiene la Iglesia por delante. Que hoy todos nos sintamos llamados a vivir este ideal, y que con ilusión pidamos a María, Reina de las Misiones, que nos ayude a participar más en él.

sábado, 16 de octubre de 2010

Inasequible al desaliento (Domingo XXIX C)

Visitar el desierto es una atracción turística de primer interés: dunas, oasis, palmeras, pirámides, cocodrilos… Pero se convierte en una experiencia desagradable si en vez de turista vas como fugitivo. Así va el pueblo de Israel en la primera lectura, perseguido por los ejércitos del faraón, despojado de bienes y seguridad y ahora, como colmo de males, atacado por los terribles amalecitas. En esta situación desesperada toman una decisión sorprendente: se dividen en dos. Moisés sube con dos ayudantes a un alto para rezar a Dios sin descanso, levantando las manos, mientras Josué con el grueso de los israelitas se enfrenta al agresor. Parece una pérdida de recursos, dedicar gente a algo tan poco práctico como rezar en ese momento. Y sin embargo el resultado es mejor que el esperado: “Moisés sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol y Josué derrotó a Amalec”. Esta escena del libro del Éxodo ilustra un principio esencial para el creyente que está en situación difícil. Un principio que casi tiene forma matemática: oración + acción = solución. O como dice nuestro refranero de forma más castiza: “a Dios rogando y con el mazo dando”.

El que reza, como dice el Papa, nunca pierde el tiempo. Esta ecuación del creyente nos recuerda que tenemos en la oración un recurso de enorme poder, que sería absurdo mutilar, pensando que no sirve en este mundo o que nos quita demasiado tiempo. El creyente sabe sumar muy bien los recursos que nos proporciona el mundo con la oración, para sacar adelante todo tipo de situaciones difíciles. Lo que hemos visto estos días en Chile nos lo pone bien claro delante de los ojos. Decía uno de los que han participado en el rescate de los mineros que han sido capaces de hacerlo “gracias a la perseverancia y a la oración”. Y ese uno no era el obispo ni el párroco del lugar: es el ingeniero responsable de la perforadora que ha obrado este rescate maravilloso. Todos podemos tener una experiencia similar del poder de la oración, aunque a veces los impíos, que así se llaman según el diccionario los que viven faltos de religión, los que como el juez injusto “no temen a Dios ni les importan los hombres”, pregunten una y otra vez ¿para qué te sirve rezar? ¿Por qué perder tiempo cuando hay tanto que hacer? Cuando dejamos espacio a la oración nuestro tiempo y nuestra capacidad se multiplican.

La Escritura nos recuerda hoy que Dios está siempre pendiente de nuestra oración, como decía el salmo: “el Señor guarda tus entradas y salidas ahora y por siempre”. Por eso san Pablo enseña a su discípulo Timoteo que debe apoyarse en su Palabra “a tiempo y a destiempo”, en todo momento, igual que el Señor recomienda a sus elegidos que “clamen día y noche”. Así, Jesús no sólo nos recuerda, como Moisés, el poder de la oración y de la fe, sino que nos enseña dos características esenciales: es necesario que sea perseverante y, como dicen de los equipos de fútbol, inasequible al desaliento. En definitiva, podemos aprender hoy que una oración llena de confiada perseverancia obtiene que al final “Dios haga justicia sin tardar”.

Cuando rezamos Dios nos hace justicia, es decir, nos concede lo justo, lo conveniente, lo mejor según la Sabiduría de Dios… que no tiene por qué coincidir, y de hecho con frecuencia no lo hace, con nuestros deseos o con la solución que nosotros esperábamos. Dios nunca dejará de darnos lo justo si lo pedimos con una oración llena de fe, y además nos ayudará a agradecérselo siempre, aunque a veces nos cueste entender sus soluciones. El no fallará. Pero nuestra fe, posiblemente sí. Por eso el evangelio de hoy nos deja su última pregunta como un eco: cuando Jesús se acerque de nuevo a tu vida, para darte la solución a esa situación que te está preocupando tanto… “¿encontrará fe en tu tierra?”.

Viviendo cerca de la Virgen María podrás responder que sí, o que al menos harás todo lo posible por conservar tu fe. La Iglesia venera a la Madre de Dios como modelo de omnipotencia suplicante: su oración delante de su Hijo lo obtiene todo. Ella nos ayudará a rezar con su confianza y su perseverancia.

domingo, 10 de octubre de 2010

Milagros, ¿para qué? (Domingo XXVIII C)

¡Cómo nos impactaban el domingo pasado esos preciosos testimonios de confianza en Dios! Es verdad, esa confianza es la que nos da el poder de ver milagros. Es lo que descubrimos de nuevo hoy en los diez leprosos. Con qué enorme confianza gritan a toda voz ¡Señor, ten piedad! Quién pudiera vivir así el comienzo de la misa, ¿verdad? Con el corazón en la garganta, gritando con fe.

Y sin embargo, nos damos cuenta en seguida de que no lo han hecho bien. Piden el milagro con fe, es verdad, pero ¿para qué lo piden? Porque a la hora de pedir un milagro nos puede pasar lo mismo que cuando pensamos algún arreglo en casa. Hay gente que se conforma con remiendos, a veces de mucha calidad, para luego seguir igual. Y otros, prefieren una paciente restauración, que acabe por reformar la casa a mejor. Aplica esto a las goteras y comprobarás la diferencia de resultados. Y lo mismo con la petición de milagros. Los nueve leprosos sólo buscan curarse, remendar su salud, para luego seguir igual… hasta que, de una cosa o de otra, une se muere y acaban los remiendos.

Menos mal que el leproso samaritano encuentra algo más en el milagro. Es capaz de reconocer que ha recibido un gran regalo, y algo se le reforma, se le mueve en la vida. Ese leproso es capaz de darse media vuelta, de convertirse, y acercarse a Jesús. Es lo mismo que hace Naamán, el general sirio, en la primera lectura: “ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”. El milagro produce en ellos no sólo el remiendo de un roto en su vida, sino un profundo movimiento interior que le mueve a glorificar a Dios, y adorarle en Jesucristo. Y por eso el leproso samaritano puede escuchar: “levántate, vete, tu fe te ha salvado”. Ha conseguido una nueva intimidad con Dios, que le traerá la salvación para siempre, en esta vida y más allá de la muerte. Esa reforma definitiva y para siempre era lo que san Pablo deseaba para los suyos: “lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna”.

Aprendamos del “buen leproso samaritano” a pedir milagros con fe, no sólo para que “el de arriba nos solucione un problema”, sino con deseo sincero de acercarnos más a Dios. Sería una pena pensar que el milagro que le pido a Dios es sólo la prestación de un servicio de emergencia, y olvidar que ha de ser una llamada a una relación más auténtica con Dios. Podrías preguntarte, en este sentido, cómo estarías con Dios si El te lo concediera.

Para responder, piensa lo que has hecho con los milagros que ya has recibido de Dios. Porque van muchos, seguro. ¿Cuántos detalles, favores, milagros y aún milagrazos has recibido ya de la bondad de Dios? Te sorprenderías si alguna vez se te ocurre apuntarlos todos en un papel. Si encuentras más de uno, pregúntate, antes de pedir otro, cómo te ha servido para acercarte más a El. Si te has contentado con un agradecimiento material: una vela, una promesa, un grito de alegría… y luego todo ha seguido igual en tu vida. O si te han ayudado a tener con Dios una relación más personal y auténtica.

Todavía tienes muchos más milagros que ver. Algunos grandes, para añadirlos a tu hoja personal, y otros tan pequeños y cotidianos como ver cada mañana que podemos pasar las hojas del calendario. ¡Qué maravilla! Si cada uno de ellos moviera tu corazón a la gratitud y a la adoración, al amor personal a Jesús, sin reducir tu experiencia al “suma y sigue” de los nueve leprosos ingratos.

Pide por tanto milagros, y los verás si tienes fe. Pero no olvides que El te los da para que le busques y le ames más. Pide el milagro, y pide también la fe y el amor que necesitas para que tu vida cambie al recibirlo. Cuando Jesús escuchó a su Madre, la Virgen, en Caná, hizo su primer milagro. Pero san Juan nos recuerda al narrarlo en su evangelio que con la conversión del agua en vino no sólo fue posible poner un buen remiendo y seguir la fiesta: además de eso, sus discípulos creyeron más en El. María te ayudará a pedir con fe los milagros que Dios te quiera dar, y sobre todo te inspirará cómo agradecérselos cambiando tu vida para acercarte a su Amor.

domingo, 3 de octubre de 2010

Confianza, y de raíz (Domingo XXVII C)

Mirar al más allá viene siendo la consigna de Jesús en los últimos domingos, cuando nos hablaba de las "moradas eternas", o de ese dulce lugar "del consuelo, de la luz y de la paz", significado en la imagen del "seno de Abraham". Pero nuestra fe no es sólo para el más allá. A Jesús le interesa guiarnos también en el "más acá", en nuestra vida de cada día, y por eso también en nuestra vida cotidiana la fe nos puede iluminar con sus consejos. Por ejemplo, el que le da san Pablo hoy a su discípulo Timoteo: "vive con fe y amor en Cristo Jesús". Llenar todo tu día de fe y de amor.

Vivir con esta fe es una experiencia que podríamos describir de muchas maneras, pero las palabras del Evangelio de hoy nos invitan a quedarnos sólo con una de ellas: la fe como confianza ilimitada en Jesucristo. Bien sabemos que "la fe mueve montañas",o , como dice san Lucas hoy, con la fe "haríamos que una morera se arrancara de raíz". Las raíces de la morera son recias y destructivas, levantan suelos y bloquean cañerías. Por eso nos recuerdan a nuestra vida diaria, amenazada por las raíces malas e imprevisibles de las dificultades, problemas, dolores, limitaciones... que también levantan nuestras seguridades y bloquean nuestras capacidades. Sólo con una gran confianza en Jesús podremos arrancarlas. Por eso san Mateo añade aquí estas palabras de Jesús: "si tuvierais fe, nada os sería imposible".

Vivir con fe incluye por tanto confiar en Dios para lograr lo imposible. Así lo veía el profeta Habacuc, quien en medio de una sucesión de calamidades, entre la invasión asiria y la amenaza de la pronta desolación babilonia contra Israel, se queja con amargura de la violencia, los agobios, la ruina...Y recibe de Dios estas palabras: "confía y espera, porque la salvación llegará sin tardar". Esta receta no sólo valía hace XXVII siglos, también ahora vemos que hay personas que viven gracias a esa confianza. Emociona el testimonio de Mario Nicolás Gómez de Heredia, 63 años, 4 hijos, minero atrapado desde el 17 de agosto en la mina san José de Chile con 32 compañeros. En la carta a su familia dice: "Gracias a Dios, espero salir pronto. Paciencia y fe. Dios es grande, y la ayuda de mi Dios nos va a lograr salir con vida de esta mina, aunque tengamos que esperar meses". No parece que esta declaración salga mucho en los medios, quizás no interesa demasiado a algunos... pero seguro que a nosotros sí nos interesa. Seguro que en la situación que tenemos cada uno en casa nos vendría más que bien vivir con esta fe.

¿Vives con una fe así? Quizás ves que tu fe todavía es demasiado pequeña, que no te da fuerzas para arrancar las malas raíces que invaden tu vida con la energía de los profetas. Por eso los apóstoles de Jesús te recuerdan el gran remedio: pedirla. La fe crece cuando se pide, cuando, como hemos leído en el salmo, "escuchamos la voz del Señor y no endurecemos el corazón". La fe crece cuando se pide con humildad y con un corazón dispuesto a escuchar a Dios. Precisamente la causa de nuestra poca de puede estar en que nos cuesta ponernos así delante de Dios. Jesús pone el ejemplo del siervo que intercambia los papeles con su Amo para enseñarnos lo que nunca deberíamos hacer. Nunca podemos olvidar que delante de Dios somos "siervos pequeños, míseros e inútiles". ¿Qué te debe Dios para que le exijas tanto? ¿Cómo podríamos imponerle al Señor lo que tiene que hacer o cómo debe servirnos? Nos conviene aceptarnos como siervos humildes delante de Dios, confiar en El y esperar con paciencia a que El nos diga cuándo podremos "comer y beber", recibiendo sus bienes.

Por eso vivir de fe es vivir como un niño pequeño delante de Jesucristo, sin pretender atarle las manos con nuestras exigencias e imposiciones, sino poniendo nuestra mano ante El y diciéndole, "Señor, auméntanos la fe". Así, nada nos será imposible. Hace poco celebramos a santa Teresa del Niño Jesús, quien nos dice: "de Dios se recibe tanto como se espera". Pídele a Dios tener esa confianza, poder decirle siempre "Jesús, confío en ti" y vive tu experiencia de fe cerca de la Virgen María, más en este mes del Rosario y del Pilar. Siendo la humilde sierva del Señor y confiando en El sin miedo, ha sido capaz de vencer al Mal con fortaleza y ser coronada como Reina y Señora.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Dos ideas para conseguir casa: imitar a Lázaro y escarmentar en Epulón (Domingo XXVI C)

En las revistas inmobiliarias se suele añadir una buena foto del piso al anuncio del inmueble que se quiere vender. Y hoy Jesús, tras anunciarnos el domingo pasado esas moradas eternas, en las que tendremos que entrar a base de hacer amigos con nuestros medios, nos presenta una espléndida foto de esas moradas. En el momento central de la parábola de Lázaro y el rico epulón, se nos revela que el pobre, tras recibir en vida males encuentra aquí consuelo, y con él la luz y la paz, pues ya antes nos había dicho san Pablo que Dios habita en una luz inaccesible. En ese espacio de consuelo y de luz, es donde se realiza la verdadera justicia, y en donde cada uno recibe de verdad la recompensa a su vida. Es nuestra verdadera casa, el seno de Abraham, la morada materna y paterna en donde encontramos la plenitud.

Esta fotografía, del cielo, definido con los rasgos del consuelo, de la luz, de la paz y de la justicia, nos llena de esperanza, y renuevan en el corazón el deseo de poder alcanzar allí la culminación y la plenitud de sentido de toda nuestra vida. Pero con la esperanza de llegar, el Señor nos deja hoy también la advertencia de un peligro: antes de entrar, tendremos que pasar un juicio, que separa a aquéllos que entran en el seno de Abraham de aquellos que simplemente son enterrados. En efecto, la morada eterna que Dios nos concede gratuitamente, por su Misericordia, no la alcanzaremos gratis, es decir, sin poner nada de nuestra parte. San Pablo le recomendaba a Timoteo conquistar la vida eterna a la que fue llamado. Dios nos llama al Cielo sin que lo merezcamos, pero espera de nosotros que nos esforcemos por conquistar las moradas eternas. Lázaro fue capaz por su perseverancia y paciencia en medio de los sufrimientos. Por otra parte, aunque Jesús tiene grandes amigos entre los ricos, como Nicodemo o José de Arimatea, no cesa de recordarnos que Dios está más cerca de los pobres, para hacer justicia a los oprimidos y dar pan a los hambrientos.

El rico epulón quedó para siempre en ese descampado solitario y a la intemperie que es el infierno no por sus riquezas, sino por dos grandes defectos que nosotros intentaremos evitar. El primero es la dureza de corazón, incapaz de conmoverse por las necesidades que tenía en el portal de su casa. El profeta Amós, hace 2700 años, ya denunciaba la condena de aquéllos, que no se duelen del desastre de José. Cerrar el corazón a la compasión y la misericordia ante las desgracias que más cerca o más lejos nos rodean, es camino fácil para perder la compasión y la misericordia de Dios. El segundo es su dureza de oído, pues tenía a Moisés y los Profetas para escucharlos y no quiso encontrar en ellos un camino de salvación y Misericordia cuando todavía tenía tiempo.

Si tú también sientes a veces que tu corazón está demasiado cerrado a la compasión, al tenerlo tan metido en tus intereses y problemas... Si tú también cierras tu oído a la Palabra de Dios, que llega a ti por la Sagrada Escritura, la Iglesia, la oración, la voz de alguien que puede ayudarte a vivir más cerca de Dios… Reacciona. Esfuérzate por guardar los mandamientos sin mancha ni reproche, como le insistía san Pablo a Timoteo.

Es posible que a veces parezca demasiada la desproporción entre nuestra capacidad y el premio tan grande que Dios nos quiere dar. Quizás te encuentras demasiado duro de alma, y no sabes si serás capaz de superar el juicio que separa el seno de Abraham de la desolación eterna. No debemos tener miedo, pues la Misericordia de Dios está siempre de nuestra parte, y si de verdad queremos, al final Dios se encargará de que podamos. Lo decíamos en la oración de comienzo de la Misa: Dios muestra su poder en el perdón y la Misericordia.

Qué paz nos da esta promesa, qué esperanza enciende en el alma esta fotografía de nuestra casa definitiva, y qué grandes deseos de abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y al dolor del prójimo le pediremos hoy al Espíritu Santo, para caminar con perseverancia hasta la meta en medio de todos los obstáculos que vengan. María nos acompañará en este camino, como la estrella en medio de la noche.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Dedícate a hacer amigos (Domingo XXV C)

Sorpresa, inquietud y confusión. Tres experiencias que solemos tener cuando escuchamos la parábola del administrados injusto que Jesús nos plantea hoy. Sorpresa por ver en la predicación del Señor algo muy propio de nuestros periódicos y telediarios, los casos de corrupción, estafas, engaños, y todo el cortejo de la hipertrofia de la avaricia. Inquietud por la aparente alabanza del mal proceder. ¿Pero es que se puede felicitar al administrador por su astuta injusticia? Y finalmente confusión por la avalancha de recomendaciones y enseñanzas de Jesús tras la parábola, coronadas por una conclusión bien clara: no podéis servir a Dios y al dinero.

Si esto lo tenemos claro, hemos aprendido una gran lección, y si además somos capaces de llevarlo a la práctica estaremos sin duda más cerca de la santidad y de la serenidad. Sin embargo, puede ser bueno llevarse un par de enseñanzas de esta parábola tan curiosa, además de por supuesto reafirmar nuestro deseo, deseo al menos, de servir con más dedicación a Dios y a sus proyectos que a los intereses y planes de nuestro egoísmo. Dos enseñanzas que se refieren al administrador: su error y su solución.

Este hombre tan sagaz vivía con un error de fondo tremendo: pensaba que los bienes que manejaba eran de su propiedad y para su interés, de modo que podía manejarlos a su antojo sin ocurrírsele jamás que alguien podría pedirle cuentas de su gestión. Es el mismo error del hijo pródigo del domingo pasado, pensar que podía disponer de la herencia de su padre a pleno antojo, sin consecuencias, sin tener que referir sus planes a nadie por encima de él. Y es el error de cada de nosotros cuando pasamos los días como si nuestra vida fuese algo nuestro, un talonario de vales o de cheques que nos hemos encontrado y que podemos ir gastando a nuestro aire, sin que nadie nos tenga que preguntar nada… hasta que el taco se acaba. Quizás olvidamos a veces que nuestra vida es un gran capital que Dios ha puesto en nuestras manos, y que algún día también se nos dirá a nosotros: Entrégame el balance de tu gestión. Sería un gran error meternos en esta perspectiva de la vida, y una gran ganancia aprovechar esta parábola para orientar correctamente el sentido y el valor de nuestra vida.

La solución para enmendar el error también nos interesa. No en su materialidad, claro, el engaño y la estafa, sino en las dos características de la respuesta del administrador: la rapidez y la astucia. Cuando se da cuenta de que está a punto de perderlo todo, toma decisiones con rapidez y con sagacidad, pensando detenidamente cómo mejorar la situación. Dos virtudes que también nos vienen muy bien cuando queremos hacer crecer el rendimiento de la vida de cara a Dios. Sentarnos a pensar, a examinar y a buscar caminos de crecimiento, y hacerlo con interés y diligencia. Mañana ya es tardísimo. Hoy podemos tomar decisiones de mayor entrega a Dios y a su Reino.

Así es como el valor de nuestra vida crece. Y una manera eficiente de conseguirlo es servir a Dios a través de sus amigos. El administrador busca con sus manejos conseguir amigos para encontrar quien le reciba en casa. A nosotros se nos invita a utilizar nuestros pobres medios, nuestro dinero injusto, para hacer amigos que nos reciban en las moradas eternas. Pocas veces le sacamos tanto rendimiento a nuestra vida, y garantía de futuro, que cuando la dedicamos a hacernos amigos de este tipo, amigos de Dios.

¿Y quiénes son estos amigos? Bien sabemos que los más pobres y necesitados, aquéllos que son protegidos por Dios Misericordioso, quien, como nos recordaba Amós, dedica estas palabras a los que atacan a los amigos de Dios: Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones. Dios toma muy en cuenta lo que hacemos con sus amigos más desfavorecidos, y tampoco olvidará jamás lo que hagamos por servirle en todo aquél que nos necesita en cualquier momento y por cualquier motivo. Estos son los amigos que tenemos que buscar.

Llenar por tanto nuestras manos de obras de misericordia. Camino seguro para enriquecer nuestra vida y darle alegrías a Dios. Y aunque hablemos de obras, no olvidemos que, como nos recuerda san Pablo, lo primero de todo es hacer oraciones y plegarias. Cuando no sabemos, o no podemos, o no encontramos vía alguna para servir y cuidar a quien nos necesita, siempre podemos rezar. Y de hecho, es la obra de misericordia más poderosa que podemos hacer, de tal manera que debe preceder a cualquier otra acción. Y además, ¡qué bien podemos hacer a tanta gente cuando les decimos que vamos a rezar por ellos! ¡Cuántos nuevos horizontes se pueden abrir en la oración!

Pongamos un renovado interés en servir con más compasión y misericordia a esos especiales amigos de Dios que tenemos a nuestro alrededor, con nuestros medios, nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra comprensión… y siempre envolviéndolos en nuestra oración. Es lo mismo que nos ha enseñado la Virgen, Madre de Misericordia. Ella nos dará nuevas ideas para enriquecer con estos amigos nuestra vida ante Dios, y además nos dará gracia para hacerlas realidad.

lunes, 26 de julio de 2010

Con Santiago ¡podemos!

Cómo se nota el Año Santo, dicen algunos, porque desde Sudáfrica a París estamos que lo ganamos todo. Sea por esto o por otras cosas, está claro que en este año estamos hablando más que nunca del Apóstol, del Camino de Santiago, de la espiritualidad jacobea… Miles de cosas podríamos decir hoy del Apóstol Santiago, patrón de España, pero las lecturas de hoy nos invitan a fijarnos en una sola, que quizás es la que mejor define la figura de este pescador galileo: Santiago es, fundamentalmente, un discípulo de Cristo. Y precisamente hoy le vemos recibiendo una de las grandes lecciones de su vida.

Gracias a la audacia de su madre, mujer impetuosa que nos da ejemplo de cómo una madre puede pedir a Jesús el Cielo para sus hijos, Santiago aprende que el mayor deseo que se puede tener es el de adquirir el increíble poder de servir. Lo aprende bien porque es buen alumno, de corazón audaz y generoso, intrépido y magnánimo a la hora de aceptar las consecuencias de seguir al Maestro: ¿Podéis beber mi cáliz?... ¡Podemos!

Es casi como un grito de guerra, que bien podíamos adoptar en nuestra patria mirándolo impreso en tantas banderas como poblaron los balcones de España a mediados de este mes. Precisamente en muchas de ellas estaba escrito este ¡podemos!. Y de nuestra patria tenemos que hablar hoy también, pues España celebra a su patrón. Y hablamos porque es un deber del cristiano amar a su nación, como dice el Catecismo, en colaboración leal, amor y servicio.

Hoy tendríamos que llevar ese ¡podemos! al hermoso deber de amar y servir a nuestra nación española. No con un patriotismo externo, decorativo, del egoísta que sólo mira a su patria en la medida en que ésta puede servirle, ese egoísta que vive lo que denuncia el Señor: sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Todos llevamos latente esa soberbia de ser un pequeño jefe, o un mini tirano, de modo que todos me sirvan a mí.

El verdadero patriotismo, como nos recuerda la Iglesia, pasa por el espíritu de servicio, por preguntarme ¿qué puedo hacer yo por mi patria? ¿Te lo preguntas? Pues aquí pueden ir dos respuestas: hacer lo mejor posible mi trabajo de cada día y cuidar de los míos con espíritu de servicio. Cuando trabajamos, en la tarea que cada uno tenga, y cuidamos de mantener unida y en pie nuestra familia, con espíritu de hacer algo bueno, y bien acabado, por los demás, estamos sirviendo a nuestra patria de una manera efectiva y cotidiana. Me lo decía un peón a la una de la tarde mientras despanzurraba adoquines bajo un sol de justicia: "ya lo ve padre, aquí estamos, ¡levantando España!" Qué gran país, si todos los que dicen amarle trabajaran así…

Y lo que pedimos para nosotros lo suplicamos con todas nuestras fuerzas para nuestros gobernantes. Hemos escuchado en el salmo que Dios rige el mundo con justicia y rectitud. Y lo mismo deberían hacer los poderes públicos, de los que nos dice el catecismo que deben ejercer la autoridad siempre como servicio, respetando los derechos y buscando el bien común antes que el propio. La autoridad debería seguir el ejemplo de la autoridad apostólica, que a su vez aprende del Maestro que no ha venido a ser servido, sino a dar su vida en rescate por todos.

El Todopoderoso nos sirve en todo, gran lección que hoy nos recuerda Santiago, nuestro Maestro en la fe. El también llevó a su vida las palabras de san Pablo: todo lo hacemos por vosotros… la muerte actúa en nosotros y la vida en vosotros. Aprendamos del patrón de España a servir así a nuestra patria, en nuestro trabajo y en nuestra vida familiar… aunque a veces esto nos traiga problemas. No siempre se premia el trabajo bien hecho, ni triunfa el que vive honradamente, ni al que se empeña en servir se le agradecen sus desvelos. A veces incluso se le persigue y desprecia.

En esos momentos miramos a Santiago y a su ejemplo de valor y magnanimidad. Dice hoy el libro de los Hechos que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres… y en respuesta a esto decidieron acabar con ellos y pasaron a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Pues ánimo. Nuestro santo patrón, fracasó aparentemente en su misión pastoral en España, de la que solo sacó, nos dice la tradición, siete discípulos después de muchos esfuerzos. Perdió la vida el primero por ser fiel a su Maestro… y sin embargo, aquí estamos hoy nosotros. Mereció la pena ser fiel en la dificultad, la incomprensión y el poco fruto de los esfuerzos.

¡Podemos! servir hoy nosotros a España, sembrando con fidelidad y esperanza el espíritu de servicio que Santiago aprendió aquel día de Nuestro Señor y que nos transmitió a nosotros a precio de su vida. Que siga viva esta herencia apostólica, y que sepamos seguir sembrándola, contando siempre, como pudo hacerlo Santiago a orillas del Ebro, con el apoyo y el consuelo de la Virgen María.

domingo, 25 de julio de 2010

Acoger a Jesús en nuestra casa (Domingo XVI C)

¡Qué diferencia con los anteriores domingos! Hoy ya no vemos a Jesús enviando a sus discípulos a evangelizar a las multitudes, ni enseñando su doctrina a los maestros en la solemnidad del Templo de Jerusalén. Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Estamos en la sencillez de la vida doméstica de una humilde familia de Betania, en el camino de Jerusalén a Jericó. Una familia especialmente querida para Jesús, la de Marta, María, y Lázaro, que es para el Señor como un oasis de descanso y familiaridad en el áspero desierto de su misión redentora. Marta tiene la fortuna de acoger a Jesús en su casa, atendiéndole con mucho servicio, aunque evidentemente dejándose superar por el trajín. Su hermana María, suponemos que no menos trabajadora que ella, tiene sin embargo la sabiduría de parar a tomarse un respiro sentándose a los pies de Jesús para escucharle.

Buen programa, vivir así con Jesús en nuestra casa, trabajando duro y orando con deseo, para que el Señor se sienta acogido en nuestra casa. ¿Acogerle para qué? Para que así Jesús te acoja a ti, como pasa en el caso de Zaqueo, el corrupto de Jericó que acogió a Jesús en su casa y como premio escuchó estas palabras: hoy ha llegado la salvación a esta casa. Tener a Jesús en casa es llenarla de salvación, y por eso se dice que María ha escogido la mejor parte. Necesitamos muchas cosas en nuestra casa, y la decoramos con ilusión y con el afán de que no falte de nada… pero todo faltaría si faltase Jesús. ¡Qué necesaria es esa presencia especial de Dios en casa!

¿Y cómo la vamos a conseguir? ¿Vamos a ser menos afortunados que aquella familia de Betania, que fue bendecida con esa presencia de Jesús? Hay una manera, gracias a Dios, de recibir a Jesús especialmente intensa, como son los sacramentos. Cuando un niño bautizado entra en casa, y no digamos cuando volvemos a casa después de comulgar cada domingo (pues el cristiano “se lleva a su Dios puesto”), se da una presencia grande de la gracia en ese hogar. Además, hay un sacramento especialmente previsto por Dios para bendecir los hogares. Cuando una pareja recibe el sacramento del Matrimonio lo hace porque tiene claro que no es lo mismo tener tu hogar fundado en un papel del registro, que se lo lleva el viento, que en la bendición sacramental de Dios, que se compromete a bendecir el hogar de los esposos para siempre. No es lo mismo, aunque se llamen igual. En cada hogar cristiano está viva esa presencia permanente y benévola de la gracia de Dios en el amor de los esposos, con independencia de cómo se viva éste.

Gran camino, por tanto, para acoger a Jesús en casa. Pero también tenemos otro más cotidiano y habitual. Cuando Jesús dice, en el evangelio de san Mateo, fui forastero y me acogisteis, lo que hicisteis con ellos conmigo lo hicisteis, nos está indicando que podemos acoger a Jesús en casa cada vez que acogemos al que nos necesita. Así lo sentían los benedictinos, maestros de hospitalidad en el Camino de Santiago, para los cuales hay que acoger al huésped como al mismo Cristo.

Por eso hoy también podemos revisar si estamos dispuestos a practicar la hospitalidad siguiendo el ejemplo de los grandes creyentes. Tenemos hoy la imagen de Abraham, de quien nos dice el Génesis que entró corriendo en su tienda, escogió un ternero hermoso y se lo sirvió a aquellos tres huéspedes en los que reconoció la presencia de Dios. Acoger al que nos necesita con detalles de cariño, con diligencia y poniendo lo mejor que tenemos a su disposición. Así han vivido siempre la hospitalidad las familias cristianas, y así deberíamos seguir, aunque estemos en una sociedad que tiende a convertir las casas en bunkers cerrados, donde la abundancia de recursos y ocio nos pueden llevar a desentendernos de las necesidades de los demás.

Acojamos por tanto con un corazón abierto y confiado a todos, como nos recuerda san Pablo: amonestamos a todos, enseñamos a todos. Eso será para nuestra casa acoger la bendición de Jesús. Sara recibió en premio a su hospitalidad a Isaac, el hijo de la promesa. Nosotros, a alguien mucho mayor: al Hijo de María, a Jesucristo, que desea estar en nuestra casa para bendecirla y acogernos en la suya.

sábado, 24 de julio de 2010

El mandamiento del Amor (Domingo XV C)

Hoy no hay más remedio que hablar de la final del Mundial de fútbol, no vamos a ser una excepción entre todas las parroquias de España…. Están pasando muchas cosas curiosas e inolvidables en torno a este finalón, pero una de las más pintorescas es ver que el tipo que en estos días se ha puesto de moda es nada menos que un pulpo, el famoso Paul, que parece predecir lo que va a pasar e indica por tanto lo que uno tendrá que hacer.

En el fondo, el interés por el cefalópodo este demuestra muy bien ese necesidad que tenemos todos de que alguien nos anuncie lo que está por venir, porque eso nos solucionará la gran pregunta de cada día: ¿Qué tengo que hacer hoy para sortear con éxito lo que sé que va a venir? Una pregunta similar lehace hoy a Jesús un maestro de la ley, y la respuesta que él mismo se da es una suerte para nosotros, porque nos recuerda que a nosotros ya nos han dicho lo que tenemos que hacer: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.

Bien nos sabemos esto, es menos exótico que el pulpo y muy cercano a nuestra mente desde que nos enseñaron de pequeños que los mandamientos se resumen en dos. Por eso nos recuerda el libro del Deuteronomio que el Mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca… Pero con frecuencia está más cerca de la boca que del corazón. Muchas veces sentimos que no nos da para amar tanto, porque, como músculo que es, se apaga si no se usa.

Por eso hoy Jesús nos propone un entrenamiento para el corazón. Igual que hacen los entrenadores haciendo ver a su vestuario los videos de las mejores jugadas, hoy Jesús nos pone ese video grandioso de la parábola del Buen Samaritano, verdadero demo de lo que es el Amor de Dios que estamos llamados a actuar en el corazón. En el centro de esta parábola se dice que el samaritano bajó hacia el pobre peregrino apaleado y se conmovió a misericordia. Esto nos recuerda a lo que escuchábamos el domingo pasado, cómo Dios se acerca en su Reino para reformarnos y sanarnos, por lo que descubrimos que el samaritano es un símbolo de Dios, ese Padre bueno a quien podemos siempre pedir lo que decía el salmo: por tu gran compasión, vuélvete hacia mi.

Cuando nos reconocemos como peregrinos apaleados, podemos comenzar a vivir la parábola en nuestra propia carne. Podemos empezar a pedir al amor divino que en medio de los golpes no nos falte nunca el vino y el aceite, que según el prefacio de hoy simbolizan la esperanza y el consuelo. Podemos confiar en que Cristo ha derramado el vino precioso de la sangre de su Corazón por nosotros, como nos decía san Pablo para hacer la paz, para reconciliarnos con Dios y acercarnos a su esperanza y su consuelo.

Sólo en la medida en que nuestro corazón se aproxime a esta experiencia podrá ser él mismo un buen samaritano, y cumplir con los demás el vete y haz tú lo mismo. Sólo el que se ha entrenado en recibir el amor compasivo y misericordioso de Dios, tendrá fuerza y ternura para repartirlo entre aquellos que se lo pidan.

Esto es lo que tenemos que hacer: recibir primero el amor inmenso del Dios misericordioso y después repartirlo, contando en esta tarea con la ayuda imprescindible del Corazón compasivo de María. Fortalecer nuestro corazón en el entrenamiento íntimo con Dios y después ponerlo a trabajar sin descanso a favor de los demás. Vamos a por ello y, con independencia de que Paul acierte o no, esperemos que sí, busquemos nosotros ganar el campeonato en ese intenso deporte sobrenatural que consiste en ser Amado para amar.

La misión de los 72 discípulos (Domingo XIV C)

Quizás alguna vez nos hacemos, o nos hacen, la siguiente pregunta: ¿para qué sirve la Iglesia? Y una respuesta atinada podría ser: para lo mismo que una empresa de obras y reformas. Al menos, a la luz de lo que escuchamos hoy en el Evangelio, en el que Jesús encarga una labor no sólo a los apóstoles sino a los 72 discípulos, que nos representan a todos nosotros. Por eso podemos preguntarnos hoy: ¿para qué quiere Jesús que sirvan los 72 discípulos? Está claro que para que anuncien que está cerca de vosotros el Reino de Dios. Dios se acerca, pero… volviendo a la pregunta, ¿para qué? Escuchamos al salmo decir venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas a favor de los hombres. Luego las obras de Dios, aunque son temibles, no son las de un coco, sino que trabajan siempre para nosotros, a nuestro favor, para reformarnos. Vemos esto bien demostrado en las lecturas de hoy:

* El profeta Isaías dice a un pueblo israelita arruinado, tras el destierro de Babilonia, que la mano del Señor, sus obras, se manifestará de la siguiente manera: yo haré derivar hacia Jerusalén como un río la paz, y seréis consolados. Es decir, el luto y la miseria de Israel serán reformados por Dios en alegría y prosperidad.

* San Pablo predica la norma de Cristo, una manera de vivir cuyo fruto es que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma. El que vive como san Pablo enseña, recibe la paz y la misericordia, hasta el punto de reformarse por completo en una nueva criatura.

Los 72 reciben como misión acercar a los suyos ese plan de reformas de Dios para esa humanidad en ruinas, un plan que busca la paz, la salvación, y la alegría. Por eso:
* Reciben como primera tarea: cuando entréis en una casa, decid primero paz a esta casa.
* Después, el bien de los demás: curad a los enfermos que haya.
* Y además, despertarán en otros la necesidad de que Dios nos reforme: decid, está cerca el Reino de Dios.

A la vista queda que la tarea fundamental de la Iglesia (de todos, representados en los 72) está en traer a este mundo las reformas que Dios quiere hacer en él: paz, salvación y alegría. Por eso, rechazar esta misión de la iglesia aboca a la ruina, que es por cierto el objetivo de Satanás (a quien hoy Jesús llama Enemigo). Por eso indica el gesto de sacudirse el polvo de los pies, como una severa advertencia de que se está rechazando la posibilidad de escapar del derrumbe y el desierto. Es por tanto una tarea crucial para todos, de ahí que aunque se rechace, seamos exhortados a insistir: de todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios.

Ya sabemos entonces para qué le servimos los cristianos, la iglesia, a este mundo, y por eso somos conscientes de la responsabilidad de responder de esta misión ante el mundo. Sabiendo que es una tarea:

* Difícil: Hay que hacerlo con mansedumbre de corderos (que tantas veces son despellejados por los lobos en la familia o en el trabajo por ser cristianos), en pobreza de medios (aunque todos hablen de los millones de la iglesia), en minoría y, por si fuera poco, a cuestas con nuestros propios defectos y faltas de fe, esperanza y caridad, con nuestras pocas provisiones de paz y de alegría.

* Posible: San Pablo tuvo muchos contratiempo, pero se sabe investido con las señales de Cristo, por eso afirma que nadie le molestará para realizar su misión. Seguro que recordaba con frecuencia lo que nos dice hoy Jesús: os de dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones… y todo el poder del enemigo

Vamos a apoyarnos en este gran poder que nos da Jesús para volver a asumir la misión personal que tenemos, el deber, por cristianos, de reformar nuestro ambiente sembrando paz y alegría. Tenemos entre nosotros grandes ejemplos. Así, los 7% de cristianos de Sri Lanka, que han traído solidaridad y reconciliación a una isla devastada por el tsunami y ensangrentada por la guerra entre cingalíes y tamiles. Todo el mundo tiene claro allí, sea budista o hinduista, lo que puede esperar de los cristianos y para lo que sirven. También sabía todo el mundo lo que podía esperar de san Antonio de Padua, un santo muy querido a quien acabamos de celebrar. Lo primero que hacía al llegar a un pueblo, además de predicar, era reconciliar a las familias enemistadas y curar a los enfermos más pobres.

Un cristiano así, que hace en su vida diaria la misión que recibieron los 72 discípulos, anunciando la cercanía del Dios que reforma, es el que sirve a este mundo para algo: con su oración y con sus pequeños esfuerzos diarios. Poneos en camino, y que Jesús bendiga cada día la misión que tengas que hacer, contando con la ayuda de María y el ejemplo y el apoyo de toda la Iglesia.