Alegría para la vista es en estos días levantar los ojos a la iglesia... y encontrarla rodeada de andamios. No es muy estético pero sí muy ilusionante. De paso, los andamios nos recuerdan que las cosas antiguas hay que restaurarlas y limpiarlas de vez en cuando, porque la tendencia a deshacerse o deteriorarse es inevitable. Todo necesita un repaso. Nuestra vivencia de la Navidad también.Llevamos ya muchos años celebrando la Navidad, no tantos como los que tiene la iglesia, pero sí que llevamos ya unas cuantas celebraciones en nuestra biografía. Y quizás notamos que necesitamos unos buenos andamios, que nuestra Navidad es floja, o demasiado parecida a la de todo el mundo, tan vacía, o deteriorada por las ausencias y las nostalgias, o que se va deshaciendo entre las rutinas y las dificultades. Vamos a aprovechar esta última semana del Adviento para darle un buen repaso a nuestro corazón. Para saber hacerlo, nada mejor que un buen modelo, por ejemplo san José.
El santo patriarca no lo tuvo nada fácil para preparar la primera Navidad. Por eso su ejemplo, que acabamos de escuchar en el evangelio de san Mateo, puede ayudarnos hoy a preparar y restaurar la Navidad del 2010. Lo primero que aprendemos de él es a aceptar en todo la voluntad de Dios, aunque no siempre se entienda. Nos dice el evangelista que “José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. En una situación por cierto difícil de entender. Quizá marcada por la duda sobre lo que había pasado en María con el consiguiente deber de repudiarla, por ser justo. Quizá por el temor reverencial ante la incomprensible presencia de Dios en su Esposa, con la consiguiente necesidad de separarse de ella, por indigno. No lo sabemos, pero en medio de una tempestad emocional y biográfica de primera magnitud, acepta la situación y hace lo que Dios le pide. Primera idea para la Navidad: renueva tu abandono confiado en la voluntad de nuestro buen Padre Dios, aunque sus planes para estos días te sean a veces difíciles de entender. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? José no pregunta. Acepta y confía.
El fruto es que además, entiende. Porque san José recibe, en vista de su confianza en Dios, la explicación de lo que está pasando. El no es el padre de la criatura, pues ha sido engendrada por el poder del Espíritu Santo en el seno de María, como un nuevo comienzo de la humanidad. Pero sin ser el padre, tiene que acogerlo en su familia. El nuevo Adán es también, como nos decía san Pablo, “de la estirpe de David”. Como este rey inolvidable, el niño que va a nacer tendrá que luchar por defender a su pueblo. Por eso se llama Jesús, porque este niño viene a defendernos, “a salvar a su pueblo de los pecados”. El niño que nace esta semana no viene de visita, ni a quedarse de mudo telón de fondo de nuestros eventos navideños. Viene a por ti. Viene a salvarte, a darte lo que necesitas: la gracia, el perdón, la esperanza, la alegría, la fortaleza, la paciencia, la capacidad de amar de verdad, la luz para entender tu vida y la de los tuyos. Todo te lo dará en la medida de tu fe en El.
Y puede hacerlo porque es Dios. El profeta Isaías había anunciado a la casa de David que una virgen daría a luz a un hijo “y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”. No es un deseo, “que Dios esté contigo”, sino una realidad: “Dios está a tu lado”. Más aún, como nos prometió Jesús, está “contigo todos los días hasta el final del mundo”. San José descubre que el Salvador que él va a cuidar viene para quedarse. Viene para estar a tu lado siempre.
Navidad. Fiesta de la confianza ilimitada en Dios, de la esperanza en que El tiene poder para salvar nuestra vida, de asombro por la luminosa presencia de Dios en nuestra vida de cada día. Que san José nos ayude a recuperar estas vivencias en el alma, para estrenar de nuevo la Navidad, y llenarnos de alegría verdadera porque un año más María nos mira y nos regala a su Hijo.












