domingo, 20 de noviembre de 2011

Jesucristo, Rey del Universo

Gobernantes y reyes los hay de muchos tipos, faustos y nefastos, prósperos y ruinosos, magnánimos y tiranos... De todo hay, pero sin duda un modelo de buen gobernante lo tenemos en el Pastor. De los pastores nos dice hoy el profeta Ezequiel una serie de actitudes que seguramente todos querríamos para nuestros gobernantes: que tengan la iniciativa de de venir hacia nosotros y nuestras dificultades, que nos busquen una salida cuando andemos perdidos, que nos recojan cuando nuestra vida descarrile, que nos venden las heridas de la vida y que sanen de raíz nuestras enfermedades. Todo ello, dice el profeta, no sólo lo hace un pastor, lo hace Dios mismo con cada uno de nosotros.

Por eso Jesús, al presentarse hoy en el evangelio como el Rey, que tiene en sus manos el Universo y en su Corazón el juicio definitivo sobre el valor de nuestra vida, se compara con un Pastor. Si Jesús es Rey, lo es como un Pastor, más aún, como el Buen Pastor que ha dado su vida por los suyos. Nos recuerda san Pablo que Jesús es Rey porque, muriendo por nosotros, nos ha abierto las puertas del Reino eterno de Dios. Dice el Apóstol que “Cristo tiene que reinar hasta Dios ponga a sus enemigos debajo de sus pies”. Cristo, pues, es el Rey lleno de poder y misericordia, que arranca todo aquello que amenaza nuestra vida y lo pone bajo sus pies.

Si esto vale para todo lo que pone en peligro nuestra vida, vale aún más para nuestro gran enemigo, la mayor amenaza de nuestra vida, que no es otra que nuestra muerte. La muerte ha sido vencida en la resurrección de nuestro Rey, y de esa victoria podemos participar todas sus ovejas. ¿Cómo entrar en ese Reino de la vida y de la inmortalidad? ¿Cómo llenar nuestra vida tomando parte en “el Reino preparado para vosotros desde la Creación del mundo?. Sin duda, viviendo unidos a nuestro Rey. ¿Cómo puedo estar de verdad unido a Jesucristo? “Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Se nos pone bien fácil esta unión con Jesús. ¡Tenemos tantas oportunidades para estar con El sirviendo a los que nos necesitan! El catálogo de obras de misericordia que Jesús agradece en el evangelio como hechas a sí mismo, es nuestra guía de viaje para el Reino de los Cielos. Todos los días podemos vivir la misericorida y la compasión con los necesitados, conocidos o extraños. Todos los días podemos salir al encuentro de nuestro Reye en las mil formas humildes que escoge para presentarse en nuestra vida.

Descubrimos así en las obras de misericordia ese aceite que da luz a nuestras lámparas, ese talento que hemos de hacer rendir. Encontramos la unidad de los evangelios de estos últimos domingos, que nos vienen a decir que Jesús espera que aprovechemos nuestra vida para llenar este mundo de una luz muy especial, que brota del gran talento que a todos se nos ha dado: la increíble capacidad de realizar obras de misericordia de valor infinito.

¿Te has parado a pensar en el valor inmenso que tiene un pequeño gesto de amor? Es infinito, porque se lo hacemos al Dios infinito que se nos muestra en Jesús, y porque lo realizamos movidos por su infinito poder. A nosotros nos parecerá pequeño, sin valor y hasta rutinario. Nos parecerá a veces que no vale nada porque lo hacemos como sin querer, casi de forma automática... Pero ¡cuántos pequeños gestos de amor y servicio “automáticos” podemos realizar al cabo del día! Y por cada uno de ellos, vamos atesorando en el Cielo una inmensa riqueza.

Pues así podemos caminar los cristianos por la vida. Seguros y llenos de confianza, porque tenemos un Rey lleno de poder y de misericordia, que nos llena de sus ternuras de Pastor. Esperanzados porque vaya como vaya el mundo, lo que nos espera al final es la belleza infinita del Reino de Dios, que Jesús ya hace presente en medio de este mundo. Conscientes de tener en nuestros corazones el gran recurso para conseguir una vida valiosa, como es la capacidad de realizar obras de misericordia, movidos por Jesús y orientados a El.

“Tu misericordia y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Quedamos ahora meditando esta frase, que le decimos a Jesucristo, nuestro Rey, con el corazón puesto en el suyo. Bajo la mirada dulce de la Reina de los Cielos, María Santísima, que supo poner toda su vida al servicio del Reino de Dios y siembra cada día nuestro mundo de milagros de amor y misericordia.

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