Por experiencia sabemos que estar alegres de vez en cuando está al alcance de cualquiera... pero estar siempre alegres es casi un milagro. Por no decir algo imposible. Entonces, ¿por qué san Pablo nos lo pone casi como un mandamiento prenavideño? “Estad siempre alegres”, les propone a los cristianos de Tesalónica. Como Dios no manda imposibles, nos damos cuenta de que esto, más que un mandato, es una “buena noticia”, como la que daba Isaías en la primera lectura: la buena noticia de que es posible conservar siempre la alegría en el corazón, pues esta propuesta viene directa del mismo Dios. El la hará posible.Y como es El quien hace posible la alegría, debemos escuchar con atención sus consejos, mejor dicho los que de su parte nos ofrece san Pablo. Es importante, porque por nosotros mismos no conseguiremos más que una alegría intermitente, demasiado interrumpida por los imprevistos y disgustos que nos acaba echando la vida de cada día. Gracias a Dios hay muchas cosas en nuestra vida que nos la hacen alegre y feliz en muchos ratos... añadamos los consejos que nos da san Pablo para que esos ratos se extiendan... hasta ser algo habitual en nosotros.
El primer consejo es que “nos guardemos de toda forma de maldad”. El malvado nunca está alegre. Podrá conseguir cierta felicidad, estar satisfecho o incluso creerse realizado. Pero el mal nunca deja una alegría verdadera en el corazón. Y no pienses que los malvados son los perversos habitantes del sector oscuro de las películas de acción. Porque los malvados somos cada uno de nosotros cuando hacemos el mal. Nos viene a recordar san Pablo que nos guardemos del pecado. Porque como él mismo nos dice en otro lugar, el salario del pecado es la muerte. La paga que nos deja en el alma es la tristeza. Por eso, lo primero para conseguir un corazón alegre es pedir cada día a Dios un corazón bueno, y si vemos que el mal tiene sus trincheras en el alma, acudir al sacramento de la confesión, en el que la Misericordia de Dios las dinamita y las rellena de alegría y paz.
Pero nos dice algo más: “dad gracias a Dios en toda ocasión”. La gratitud a Dios es la antesala de la alegría. Porque supone reconocer que todo nuestro bien viene de El, y por ello asegurar a nuestro corazón que nunca se verá privado completamente de lo que necesita. Que nunca tendrá que estar irremediablemente triste si es capaz de reconocer y agradecer los dones de Dios.
Podemos pensar en la gratitud que se trasluce en las palabras que Juan Bautista nos dice hoy. “No soy digno de desatar las correas de sus sandalias”. Siendo quien soy, viene alguien “detrás de mí”, siguiendo mis pasos. Alguien eternamente maravilloso “que existía antes que yo”, y que sólo viene para darme ese agua de pureza y alegría que anhela mi alma, “porque el bautizará con Espíritu Santo”. El Bautista sabe bien que él no es el Mesías, ni el Profeta ni Elías, que de sí mismo no puede esperar una salvación verdadera. Y se llena de gratitud al descubrir que el Salvador, acordándose de él en medio de su desierto.
Su gratitud le llena de alegría, y su alegría le mueve “a ser testigo de la luz”. Cuando has descubierto en la bondad y en la gratitud a Dios el manantial inagotable de alegría, es natural que quieras que los tuyos vengan a beber un poco de este manantial. En estos días es fácil felicitar la Navidad, hablar de Dios, enviar su alegría y su luz en felicitaciones navideñas, postales o cibernéticas.
¡Y es tan necesario! Nuestra gente necesita el testimonio de la Caridad, como se ve en tantas Cáritas parroquiales que no da a basto. Pero no es menos importante el testimonio de nuestra alegría y nuestra esperanza en estos momentos de incertidumbre y ansiedad por tantos problemas. Ojalá esta Navidad puedas ser misionero de la alegría, y dar así a manos llenas esta limosna de sonrisa y esperanza. Viene de Dios, y con El nunca se te arrebatará del todo.
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