domingo, 2 de octubre de 2011

Llenos de frutos para Dios (Domingo XXVII A)

Hablar de viñas en otoño supone enseguida pensar en la vendimia y la recogida de la uva. Quizás por eso la imagen de la viña, que Jesús viene usando en estos últimos domingos como ejemplo del lugar donde Dios nos encarga trabajar a cada uno de nosotros, aparece hoy como un lugar en el que uno va a recoger frutos. Con la parábola que acabamos de escuchar, Jesús nos quiere hacer reflexionar sobre quién es la persona que va a recoger esos frutos, y por otro lado sobre quién es la viña que tiene que darlos.

Si hemos estado atentos habremos descubierto ya que el recolector es el mismo Dios. El ha plantado la viña y El espera sus frutos. Jesús, que conoce los secretos del Padre, describe cómo la viña ha sido plantada por El de una manera maravillosamente buena, porque Dios lo hace todo bien. Todo en ella está bien preparado. Dispone de todo lo necesario para lo que se espera de ella. Además, Dios espera sus frutos con una paciencia inagotable, dando oportunidades sin cuento hasta que los frutos se recogen. Jesús nos recuerda que Dios hace todo lo suyo maravillosamente bien, con un esmero infinito, como un albañil que no sólo nos hace una buena obra en casa sino que además nos lo deja todo limpio y más arreglado que como estaba.

Por otro lado, si hemos escuchado bien al profeta Isaías, entenderemos que esa “viña del Señor es la casa de Israel”, como hemos repetido en el salmo. Es decir, la viña plantada por Dios es su pueblo elegido, al que hoy llamamos Iglesia. Cada uno de los cristianos es parte de esa viña, y por eso tu propia vida puedes verla como una viña, plantada en este mundo por el mismo Dios y objeto de su Amor y su esmero. Tu vida es de Dios, y tu vida será por tanto feliz y llena de sentido cuando Dios pueda recoger los frutos que espera de ti.

¿Cuáles son esos frutos? Nos puede ayudar lo que hoy nos dice san Pablo, una verdadera viña de primera categoría. En la carta a los filipenses nos habla hoy de muchos frutos que podríamos dar con nuestra vida diaria: buscar lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable, lo laudable, la virtud el mérito... Pero hay dos frutos que san Pablo destaca de una manera muy especial, como si nos quisiera indicar que son la mejor variedad de uva que a Dios le encantaría encontrar en nosotros.

San Pablo nos ha dicho que “en toda ocasión oremos con acción de gracias”. Comprendemos que si Dios lo hace todo bien, todo el bien de nuestra vida procede de El. La gratitud es la respuesta que nuestro Padre Dios espera de sus hijos, y eso significa que la palabra que más le gusta encontrar en nuestro corazón es la palabra gracias. Como decimos en la misa, “darte gracias siempre y en todo lugar”. Es natural dar gracias a Dios con motivo de las buenas ocasiones, cuando nos toca la lotería o nos sale un buen resultado médico... pero san Pablo dice “en toda ocasión”. Eso lo debería hacer cualquiera. Lo que es sobrenatural es seguir dando gracias en las malas ocasiones, cuando hemos perdido dinero o trabajo, o cuando nos dan una mala noticia en el hospital... No dar gracias por ellas quizás, pero sí dar gracias a Dios porque sigue estando junto a nosotros para darle sentido a estas ocasiones y encajarlas en el sentido de nuestra vida.

La gratitud es un fruto excelente que nuestra alma puede ofrecer a nuestro Padre Dios. Y aún hay otro, según la lectura de san Pablo que tenemos hoy. Nos dice en su carta que “nada nos preocupe”. Parece una expresión poco realista, de hecho es imposible que esto ocurra en nuestra vida natural. Tantas cosas nos preocupan, tantas necesidades nos agobian, en la salud, en el trabajo, en la familia, en nuestra manera de ser... ¿Cómo es posible no preocuparse por nada? Es posible sólo si lo sobrenatural es nuestra vida. Si pensamos que Dios, que ha plantado en nosotros la vida sobrenatural, es el que se encarga de darnos todo lo que de verdad necesitamos encontraremos un sólido motivo para cambiar la preocupación por la confianza. Dios nos ha plantado “con una cerca, un lagar y una casa para el guardia”, por lo que parece que el interés que se toma por nuestra protección puede ayudarnos a disipar las nieblas de la angustia y de la preocupación en muchos momentos de nuestra vida.

Al igual que con la gratitud, la confianza se vivirá en todo momento si Dios nos la concede. Confiar en los momentos buenos lo debería hacer cualquiera. Seguir confiando cuando sólo nos rodean un montón de callejones sin salida sólo puede hacerse gracias a un regalo especial de Dios. Así lo hizo la Virgen al pie de la Cruz, cuando al ver morir a su Hijo no volvió a su casa derrotada, sino que permaneció en Jerusalén con la confianza de que Dios abriría un camino nuevo en medio de ese espantoso callejón. Lo que a Dios le agrada la confianza que tenemos en El, por otro lado, lo pueden intuir las madres, que sienten con amargo dolor cualquier muestra de desconfianza por parte de sus hijos.

Jesús fue a buscar estos frutos de gratitud y confianza al pueblo elegido de Dios, representado en sus líderes: los Sumos Sacerdotes y los Ancianos. Sabemos que cosechó todo lo contrario, desprecio y violencia: “lo agarraron, lo echaron fuera de la ciudad y lo matamos”. También hoy Dios encuentra desprecio, rechazo y violencia visceral cuando se presenta en la vida de algunas personas. Quizás nosotros no seamos de este tipo, pero es posible que sí estemos en la categoría de las plantas que ya no crecen.

Las palabras de hoy nos pueden mover a pedirle a Dios que seamos capaces, con su ayuda, de darle muchos frutos en cada jornada. ¡Qué bonita sería tu vida, aunque nada cambie por fuera, si pudieras darle a tu Padre Dios muchos frutos, muchas alegrías cada día! Cada vez que expresas en tu corazón el agradecimiento y la confianza que tienes en El, consigues esa cosecha preciosa que alegra el Cielo y que llena tu vida de esperanza y sentido. Que el Espíritu Santo te conceda una buena vendimia, y que permaneciendo cerca de la Virgen María puedas vivir como ella, como una vid llena de fruto para Dios: “Señor, ven a visitar tu viña, que brille tu rostro y nos salve”.

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