domingo, 22 de marzo de 2015

El Amor que de nuevo te atrae y te eleva (Domingo V de Cuaresma)



Menos mal que en los primeros domingos de la Cuaresma se nos avisaba sobre el trabajo que tenemos que hacer en estos días. Con razón se nos hablaba de desierto y de la empinada cuesta arriba del monte Tabor, porque así cuesta cumplir la tarea que el Señor y el Papa nos proponen para estos días: renovar y fortalecer cada uno de nuestros corazones. A estas alturas de la Cuaresma seguro que todos los que hayan emprendido esta importante tarea sentirá las agujetas y los tirones del que va al gimnasio, que no tiene nada que ver con el comodón de sillón espiritual que pasa por la Cuaresma como si fuera un tiempo más.

Ojalá sientas ese bendito cansancio de acercar tu corazón a un nuevo Amor de Dios, porque esa es precisamente la joya más hermosa del corazón: el puente de Amor que le une a su Creador y Salvador. Un puente que intentábamos revisar en los domingos anteriores, con las figuras de Noé y su Arcoiris, Abrahám y su confianza absoluta y Moisés y su enseñanza del camino de los mandamientos de Dios. Un puente que sin embargo se nos puede venir abajo, como se nos recordaba el domingo anterior con la destrucción del templo de Jerusalén que tanto trabajo había costado levantar. Y hoy, ahora que estás pensando en cómo te está yendo la Cuaresma, puedes experimentar la desolación que sintieron los judíos el domingo pasado: ¿tanto trabajo para nada? ¿tantas ilusiones de cambiar sin frutos?

Quizás notas ahí dentro que el puente se ha caído, por eso podemos preguntarnos, ¿será posible arreglarlo? ¿cómo se puede hacer? La primera pregunta te la responde Jeremías: después del invierno de la traición y la destrucción, el Creador ofrece una primavera de nueva alianza. La respuesta del Dios Misericordioso a la ruptura y a la ruina es que “haré una Alianza nueva; escribiré mi ley en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Igual que la primavera le gana siempre la partida al invierno, así el poder creador del Amor de Dios le gana siempre la partida a nuestra culpa y a nuestros rotos. Siempre es posible arreglar ese corazón, porque para Dios nada hay imposible, y El mismo es el primer interesado en ser “TU DIOS”, en ser tuyo, como tú eres suyo.

La segunda respuesta es una de las promesas más bonitas de Jesús: “cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. ¿Cómo es posible volver a elevar ese puente del alma? Acudiendo al amor de Jesús, elevado sobre la tierra en la Cruz, como se nos recordaba también el domingo pasado. Jesús sabe de angustias y caídas, pero sabe más todavía de Resurección y renovación. Hoy la carta a los Hebreos nos habla de la angustia horrible que vivió Jesús cuando todo se le caía encima, en esa escena terrible de Getsemaní por la que tantas veces nos toca pasar. “Cristo presentó a gritos y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte”. El conoce lo que es la ruina y la incapacidad de levantarse por uno mismo, por eso hoy puede ponerse a tu lado y enseñarte su Cruz, para que le entregues en ella tu ruina y tu incapacidad, y sientas de nuevo cómo la ternura del Amor de Jesús Crucificado te atrae y te levanta.

Siempre volvemos a lo mismo: para vencer en estas luchas y llegar al final de este camino tenemos que unirnos a Jesucristo. Es El quien lleva la batalla contra el egoísmo que te empuja a “amarte a ti mismo en este mundo” y así perder tu vida y tu alegría. Es El quien consuela tus angustias y levanta tus ruinas. Es El verdaderamente tu Salvador. Por eso aquellos gentiles del Evangelio de hoy querían ver a Jesús; de alguna manera se habían dado cuenta de que todos sus recursos y su sabiduría no les valían de mucho en los momentos ruinosos de la vida. Y Jesús se les presentó a través de dos apóstoles, ya que “Andrés y Felipe fueron a decirle a Jesús que unos griegos querían verle”.

Jesús nos ha dejado en la Iglesia a los apóstoles, a los sacerdotes, para que a través de ellos, especialmente en los sacramentos y en la oración que hacen por nosotros, podamos llegar hacia El. La salvación de nuestra vida está en acercarnos a Cristo mientras recorremos este camino, y el mismo Jesús quiere acercarse a nosotros en las personas de los sacerdotes. Hoy celebramos el día del Seminario, que nos mueve a dar gracias a Dios por seguir llamando a hermanos nuestros, como hizo con Jeremías, Andrés o Felipe. Esos hermanos sacerdotes que nos acercan al Salvador y que nos acompañan en los desiertos y en las cuestas. Esos sacerdotes por los que debemos rezar mucho, y por cuyas vocaciones debemos pedir todos los días a Dios. Pedimos a Jesús que siga llamando a muchos hermanos nuestros a este ministerio, para que a través de ellos podamos acercarnos a su Amor y ser atraídos y levantados por él.

domingo, 8 de marzo de 2015

Fiarse de estos consejos (Domingo III de Cuaresma)



En caso de que tengamos alguna avería en la carretera nos viene de maravilla que al llamar a emergencias alguien nos responda. Qué alivio cuando el servicio de asistencia nos responde, nos asegura que se hace cargo de todo y además nos da consejos para ir aguantando mientras llega la solución. Para averías, el pueblo de Israel, a quien estamos acompañando en estos días de la Cuaresma. La opresión en Egipto, la huída apresurada el desierto, el agotamiento del camino... y en ese itinerario de averías, cuando llama a Dios, El responde, y lo hace con unas palabras maravillosas: “Yo soy tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud”. Qué maravilla, escuchar al Dios de la Alianza, que se hace cargo de toda tu vida, que ha querido definirse como “tu Dios”. Y por si fuera poco, como los buenos servicios de asistencia, te ofrece un buen puñado de consejos no solo para aguantar el tipo, sino para “que se prolonguen tus días en la tierra que tu Dios te va a dar”.

Hoy se nos recuerda que Dios tiene un buen puñado de enseñanzas que ofrecerte. Es hermoso recordar, como hacíamos el primer domingo, que el arco iris es permanente; que aunque es nuestra orilla diluvie en la orilla de Dios siempre sonríe el sol. Es hermoso recordar, en el modelo de Abraham del domingo pasado, cómo Dios nos ayuda a perseverar más allá de los límites comprensibles, cuando la subida al monte de la Transfiguración se hace demasiado pesada. Pero es hermoso también saber que El cuenta con que le escuchemos, que quiere tener ese trato de diálogo amoroso con cada uno de nosotros. Por eso intentamos hoy volver a escuchar esos grandes consejos que son los Diez Mandamientos. A ser posible, no como quien oye llover una retahíla de preceptos ya aprendidos de memoria, sino como quien sabe que si Dios nos habla es porque tenemos una apremiante necesidad de escuchar sus orientaciones. Necesitamos que con ellas se pueda arreglar nuestra averiada vida, que “se prolonguen nuestros días”, y se llenen de sentido y valor.

Por eso intentamos fiarnos de esos consejos, pero no sólo porque los necesitamos, sino porque también experimentamos que con nuestros propios consejos muchas veces el camino averiado se convierte incluso en vía muerta. El Evangelio nos recordaba que ninguno de nosotros puede considerarse de plena confianza, cuando dice que “Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos por dentro”. Dios sabe de primera mano la fragilidad de nuestro corazón y la facilidad con la que nos podemos formar juicios equivocados sobre las personas y sobre las acciones. Dios sabe también que la conciencia dejada a sí misma, o flotando en la deriva del relativismo y el sálvese quien pueda, termina por encallar en arrecifes peligrosos. Por eso nos propone esos consejos seguros, de los cuales podemos fiarnos para modelar con ellos nuestra vida.

Podemos fiarnos porque, en resumen, todos los preceptos de Dios se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Podemos fiarnos porque un amor como el de Jesucristo, que muere en la Cruz por amor al Padre Dios y por amor a cada uno de nosotros, es un amor digno de confianza. Nos dice hoy san Pablo “nosotros predicamos a Cristo crucificado”. Como si nos recordara que todos los consejos y normas de vida que se nos predican de parte de Dios tienen su modelo y su fuerza en la Cruz de Jesús, resumen perfecto de los preceptos de Dios. No siempre entendemos lo que Dios nos propone, no siempre nos parece razonable en este mundo tan poco razonable para las cosas de Dios, no son un conjunto de consejos fáciles para una vida sana y feliz... Pero desde luego son absolutamente fiables para enderezar todas las averías y desorientaciones de nuestra vida.

Agradecemos hoy a Dios su cercanía a nuestro ajetreado viaje, la prontitud con la que responde a todas nuestras necesidades, y la bondad que muestra regalándonos esos consejos para poder llevar una vida verdaderamente sana y “prolongada”. Acojamos esos consejos de corazón y, si un Amor así merece tu confianza, escúchale con atención y reverencia, y pídele que tu vida refleje perfectamente esos consejos, porque así toda tu vida hablará amor.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sostener el puente (Domingo II de Cuaresma)



El pasado domingo la Liturgia nos recordaba la primera alianza de Dios con nosotros, realizada en la persona de Noé después del diluvio. Tras la tormenta, Dios dibujaba en el cielo un arco iris, significando así que el puente que une el amor del Dios del Cielo hacia sus criaturas en la tierra no se rompería nunca. Empezábamos pues la Cuaresma con un mensaje de esperanza, y la seguimos con una llamada de advertencia.

Es muy hermoso tener siempre un puente de colores entre Dios y la propia vida, pero hoy se nos advierte que los sufrimientos y pruebas de la vida pueden deteriorar y hacer temblar el puente que en sentido inverso une nuestra vida con Dios. En Aragón no se habla hoy de otra cosa que de la crecida del Ebro, que mañana seguramente llegará a Zaragoza...menos mal que allí está la Virgen del Pilar para detener las aguas caudalosas!. Pero otros pueblos no tienen tan buena defensora. Aguas arriba la crecida del Ebro se ha llevado diques y carreteras. Como en nuestra misma vida: hasta el puente más recio se puede venir abajo cuando crecen las dificultades y las pruebas que nos parecen imposibles de superar.

Sólo la confianza en Dios puede hacer que los puentes, aún temblando, no se vengan al cauce del río. Hoy Abraham recibe una prueba terrible en su experiencia con Dios: “Ofréceme al hijo que amas en sacrificio”. De nuevo, nuestro modelo de fe es probado allí donde más le duele. Como tantas veces nosotros. Una petición terrible, que sin embargo no se queda en el mero contenido (en aquella época, hace 4000 años, era relativamente normal ofrecer grandes ofrendas a los terribles dioses paganos sacrificando a los hijos) sino que encierra un mensaje: el sacrificio y la prueba, aceptados en fidelidad a Dios, llevan siempre a la vida y a la bendición.

Abraham no deja que se caiga el puente de su alianza de fe. La guarda hasta el final, y a cambio Dios no sólo le releva de ofrecer el horrible sacrificio sino que además le regala un Carnero para que lo ofrezca en su lugar. Demasiado parecido al Cordero que el Padre Dios ofreció por nuestra salvación como para no pensar en Él. Lo recuerda hoy san Pablo: “El Padre Dios entregó a su Hijo en la Cruz  por nosotros”. Dios saca vida del sacrificio de su Hijo para concedérsela a los que guardan la alianza de la fe.

Abraham, además, no se va de vacío. Su fidelidad en la prueba oscura le trae una inmensa bendición, de modo parecido a como el sacrificio de Cristo trae vida y bendición para toda la humanidad. Nos dice también san Pablo: “Cristo murió, resucitó, y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros”.

Tomemos nota de esta advertencia: hay que prepararse para poder mantener la alianza de fidelidad con Dios cuando todo en nuestra vida de fe se tambalee. Hay que guardar en el corazón estos dos ejemplos: primero el de Abraham, sobre todo el de Jesucristo. Vale la pena perseverar en el esfuerzo fiel cuando se está cierto del premio de gloria.

Para subrayar esta certeza se nos presenta hoy el evangelio de la Transfiguración. Pedro, Santiago y Juan, tranquilos pescadores de la orilla del mar, tienen que atreverse a subir el empinadísimo monte Tabor porque Jesús les lleva allí. Sólo El sabe por qué. Podemos imaginar su subida, cansados, quejándose, renegando que qué estaban haciendo allí, deshaciéndose los pies con las pendientes pedregosas... Y sin embargo todo valió la pena al llegar: “Maestro, qué bien se está aquí”. Después del sacrificio, vida siempre y bendición.

Pasemos por estos ejemplos nuestras vivencias de prueba y sufrimientos en el claroscuro de la fe, y sintamos siempre cerca la mano fuerte y consoladora de Jesucristo con nosotros. Los tres apóstoles más de una vez serían ayudados por un empujoncito del Señor en la subida. Pidamos a Jesús que sea su Mano la que nos impulse, la que nos guíe, la que nos abra un nuevo escenario de esperanza y la que mantenga nuestra mano firme en todos esos sufridos pulsos con lo que la vida dura pretende tumbar la fidelidad de nuestro amor a Dios.