domingo, 20 de octubre de 2013

Respira siempre y llegarás (Domingo XXIX C)

Foto: EVdHOY: "Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse". El desánimo es el enemigo de los grandes corredores. Todo se puede superar si a nuestro lado tenemos a Alguien que nos alienta y nos impulsa en las cuestas arriba que a veces podemos encontrar en la vida. Cada vez que vencemos el desánimo y nos acercamos a la oración volvemos a permitir que Jesús nos aliente y nos impulse, y así poder culminar con esperanza la carrera que tenemos a la vista.

Desesperada es poca palabra para definir la situación de aquella viuda. Una pobre mujer, sin recursos ni formación, sin abogado que la asista ni poderosas influencias para hacer valer su causa, ha de enfrentarse a un horrible juez. Es difícil describirlo con tintas más sombrías: “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”. Un impío y un inhumano, que además se negaba a hacer justicia por motivos seguramente poco honorables. Tanto que ni se nos cuenta por qué persistía en su negativa. Un árbitro nefasto para un equipo tan débil. Y sin embargo, el débil gana la partida. Gana su justicia a fuerza de insistir en su inocencia y en su verdad. Y por eso, esa mísera pobre desahuciada se convierte en modelo a seguir para nuestra oración: “es necesario orar siempre y sin desanimarnos”.

La Sagrada Escritura está cuajada de situaciones desesperadas que se comienzan a enderezar cuando se recurre con perseverancia a la oración, aunque humanamente parezca un disparate incluso pensar en la existencia de un amanecer para esas noches. Ora siempre y sin desanimarse Moisés, cuando lleva a los israelitas a una vitoria imposible agarrando con su mano no una espada sino el bastón maravilloso que Dios le había dado cuando le encargó sacar a su pueblo de Egipto.  Todo el día le llevó conseguir esta victoria de la oración perseverante, muchas veces tuvo que superar el agotamiento que le hacía bajar los brazos. Pero su oración finalmente consigue el objetivo de salvar a su pueblo. Por eso también san Pablo recomendaba a su discípulo Timoteo que "insistiera a tiempo y a destiempo", porque siempre es posible, si se persevera en la oración, sacar adelante las situaciones más enrevesadas en el momento menos pensado.

Así actúa el Señor. Ante las situaciones imposibles del Evangelio, lo primero, insiste en su oración. Cuando su amigo Lázaro lleva cuatro días enterrado, dejando a sus hermanas en un profunda decepción llena de tristeza, el Señor ora y da gracias a su Padre porque siempre le escucha. En el juicio ante el Sanedrín, que nos recuerda mucho a esta parábola de la viuda y el juez , por la desvalida inocencia del Acusado y la inicua corrupción de sus jueces, Jesús mismo calla y ora a su Padre. En las tres horas de agonía en la Cruz, cuando la desesperación se ha convertido en una palabra suave e incolora, ante la tragedia del Golgota, Jesús sigue orando a su Padre, pidiendo perdón, pidiendo un consuelo imposible, pidiendo ser acogido en las manos del Padre. Siempre orar. Siempre esperar. Siempre amanecer a la Resurrección que borra la tiniebla del Calvario.

Eso es lo nuestro. Pedir y perseverar en medio de todas las situaciones. Y aquéllo es lo de Dios: conceder la mañana de su venida, cuando El considere que el momento ha llegado. Por eso una importante preocupación que debemos tener es la de mantener vivo el espíritu de oración y petición. "Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?". Cuando Dios se acerque a nuestra vida con el amanecer en su mirada, ¿nos encontrará con esa fe que nos lleva a "clamar día y noche"? ¿O nos encontrará cansados y desanimados, como corredores de fondo que dejaron ya hace mucho tiempo de respirar?. En esta carrera de fondo que es nuestra vida nos interesa mucho no parar de respirar, e insistir más en la ventilación de nuestra sangre cuanto más se empinan las cuestas y se desgasta el pavimento bajo nuestros pies. El corredor del alma que no deja de ventilarse en la oración, llegará a la meta. Aunque a nuestras míseras fuerzas le parezcan una ilusión imposible. Correr y respirar, vivir y orar, receta segura para llenar de esperanza lo más desesperado.

domingo, 6 de octubre de 2013

Trabajar por lo imposible (Domingo XXVII C)

Mucha gente piensa resolver su vida con los concursos en los que, respondiendo a una importante pregunta, puedes ganar unos cuantos millones. Y la verdad es que una cosa muy parecida nos pasa en nuestra propia vida. A veces saber responder correctamente a grandes preguntas puede acarrear a nuestros días unos beneficios más importantes todavía que esos millones que tan bien nos vienen para llegar a fin de mes. Sin duda, una de esas grandes preguntas de oro es aquella tan simple de preguntar "¿quién soy yo?". Es realmente difícil hacerse esta pregunta con profundidad y no experimentar cierto vértigo ante su inmensidad, a la vez que algún estupor por no saber muy bien qué responder.

La única respuesta que parece clara es a veces la que ofrece el diablo: "el ombligo del Universo". Posiblemente cimentar nuestra vida en esta respuesta es un camino seguro a la esterilidad y a la enfadada tristeza que tanto domina en las víctimas del Enemigo. La respuesta de Jesús es más incómoda y nos parece menos clara, al menos por más provocativa: "Sois unos pobres inútiles siervos". Y sin embargo, es la real. El sentido de nuestra vida viene dado por nuestra entrega a ese trabajo duro, de siervos, para que el Dios nos ha puesto en este mundo. Hay que trabajar mucho, y como decía san Pablo en la segunda lectura, "tomando parte en los duros trabajos del Evangelio". Piensa en la cantidad de tareas y trabajos que tu fidelidad al Evangelio, al Señor Jesús, ha puesto en tu vida. En  la medida en que los afrontes con ánimo generoso y confiado, estarás viviendo cimentado en la respuesta adecuada: soy un siervo de Dios, y como tal trato de trabajar duro cada día en el puesto en que este Divino Jefe me ha situado, con toda la humildad y confianza de la que soy capaz.

Humildad por que no soy el ombligo, ni el centro, ni siquiera el cliente. Humildad que lleva a no exigir tanto a Dios, a no pedir tantas cuentas, a no pensar que El está para cumplir mis deseos e intenciones. Humildad del siervo que se sabe bien elegido y bien guiado por su Jefe, y que además será infinitamente recompensado tras los años de trabajo duro. Confianza porque este Jefe que nos ha contratado para esta vida no sólo encarga y pide trabajos que llenan de sentido nuestros días, sino que además los realiza a nuestro lado. "Toma parte en los duros trabajos del Evangelio", pero... "según la fuerza que Dios te dé". Menos mal.

Porque estos benditos trabajos con los que el Señor agota a la gente de su confianza no son duros. Además son frecuentemente imposibles. Menos mal que tenemos la fuerza de Dios. Menos mal que tenemos la fe. Como nos recordaba el profeta Habacuc, un hombre de desgracias y sufrimientos si cuento, el justo acaba "viviendo de su fe". No tengo fuerzas, ni muchas ganas, ni entiendo muy claramente por qué el Señor "me hace ver injusticias, guerras, violencias". Pero mi fe tira de mí. Es mi fuerza, y por eso el primer trabajo que tengo que hacer es conseguirla, como tiene que conseguir instrumentos potentes el médico que se pone a realizar una operación de riesgo.

"Auméntanos la fe". Primer trabajo del siervo de Dios. Viviendo de ella, amparándonos en ella, impulsándonos con ella, el justo podrá realizar esos enormes trabajos que Dios le ha encomendado como muestra señalada de confianza en él. Viviendo de ella podremos abordar con serenidad esos trabajos humanamente imposibles, como por ejemplo el de nuestra propia santificación. Esos trabajos tan inasequibles a nuestras fuerzas como conseguir que un árbol "se arranque de raíz y se plante en el mar". Esos trabajos para los cuales hemos sido creados y cuya ejecución fiel y esforzada constituye la respuesta al sentido de nuestra vida.

Nos queda un mes todavía de este año de la fe. Pidámosla en abundancia, para poder soñar con lo imposible realizado, y para poder dar a nuestro Divino Jefe el fruto de una vida cumplida y esforzada. En esta semana de la Virgen del Pilar, recordamos además cómo nuestra Madre es el cauce por el que llegó la fe a España, llenando a Santiago de ese nuevo ardor que impulsó su vida al trabajo imposible que Jesús le puso al enviarle a estos confines de la tierra. El corazón vuelve a orillas del Ebro, y le pide de nuevo a la Madre esa fe que tanto necesita, y que Ella le dará en abundancia para seguir trabajando en este bendito servicio de Dios.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Consejos para llegar a Puerto (Domingo XXVI C)


Por dos veces nos recuerda hoy el Señor la necesidad de escuchar a Moisés y a los Profetas.  Más que necesidad, el mandato: "tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen". Nos recuerda así el papel central que podemos dar a la Sagrada Escritura en nuestra vida, como la más grande y amplia fuente de consejos que nos puede ayudar a vivir de verdad. ¡Cúanto agradecemos esos santos consejos que las palabras de la Escritura Sagrada dejan en nuestro corazón! ¡Cuántas dudas resueltas, tristezas consoladas y caminos orientados nos deja este tesoro divino! Así, san Pablo nos dejaba hoy un consejo en la segunda lectura que aunque dirigido a su discípulo Timoteo nos conviene a todos nosotros: "Conquista la vida eterna". 

Toda nuestra vida es como u na gran campaña dirigida a conquistar este precioso botín. Todo en nuestra vida tendrá sentido si llegamos a desembocar en ese espacio de inmensidad eterna que san Pablo describe con palabras sublimes: eternidad, luz inaccesible, gloria, honor... Todo es poco para hablar de ese espacio que tendremos que conquistar como fruto maduro y sabroso de toda nuestra vida en la tierra. Buen consejo el de san Pablo para no perder este gran objetivo de toda una vida entre la maraña de pequeñas metas que requieren nuestro esfuerzo día tras día. Y gran consejo también el que da para conseguir esta corona de triunfo a toda una vida: "Guarda el Mandamiento sin mancha".

Este Mandamiento, como es claro, es el del Amor, a Dios y al prójimo. Porque en el fondo la eternidad no está en el lugar, ni en el espacio, ni en el tiempo, sino que toma su esencia del encuentro con una Persona. Ese ámbito de encuentro personal que Jesús define con la figura del "seno de Abraham", en donde el mísero Lázaro encuentra el reposo y el Amor que nunca recibió en su vida, y que nosotros identificamos fácilmente con el seno del Padre. La vida eterna es ese regresar para siempre y en plenitud al seno paterno del que recibimos nuestro primer ser, y por ello es un encuentro de amor. Y por ello, el único camino para conseguirla es el del amor, el de guardar el Mandamiento del Amor sin mancha.

Ese es el problema del rico ostentoso y comodón, en el que Jesús recoge la nítida condena con que amonestan los profetas del Antiguo Testamento a los ricos insensibles, insolidarios y violentamente injustos. Lo mismo que Amós, el Señor amonesta gravemente a los ricos y poderosos de este mundo que se rodean de bienes y placeres a costa del sufrimiento enorme de personas y familias, y dejando al margen todo movimiento del corazón hacia la compasión o la misericordia. Ese rico está manchado de egoísmo y de ausencia de compasión. Por ello no encuentra espacio en el límpido seno de Abraham, y por ello padece el infierno del egoísmo y la soledad eterna, alejado por el enorme abismo del egoísmo humano de la plenitud y del reposo dulce del Padre. No encuentra lugar alguno en la eternidad el que ha manchado su tiempo con el egoísmo y el olvido de las miserias de los prójimos, de los más cercanos.

Estas palabras tan claras de Jesús nos aconsejan sobre el rumbo y el puerto que debemos grabar en el corazón para conseguir esa vida que tanto deseamos. El puerto es la eternidad, pero el rumbo pasa necesariamente por la compasión hacia las necesidades del prójimo. Tomemos nota de este consejo, cuyo cumplimiento es capaz de llenar de sentido y de esperanza cada una de nuestras jornadas. Y acudamos a la Virgen María, quien orientó toda su existencia según la escucha de la Palabra de Dios, y quien es invocada por nosotros como Madre de Misericordia. Ella nos traerá fácilmente los consejos divinos que nos orientan en la vida, y Ella encenderá en nuestro egoísta coranzoncillo grandes deseos de compasión, para que podamos verdaderamente navegar sin miedo y desembarcar en ese seno maravilloso que nos espera.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Invertir hoy para siempre (Domingo XXV T.O.)



De vez en cuando tenemos que recordar que tenemos los dos pies colocados cada uno en un plano distinto. Con un pie vamos dando pasos en el tiempo, resolviendo nuestras tareas diarias y buscando aprovechar en cada jornada los bienes y recursos de los que disponemos. Con el otro, sin darnos cuenta, vamos caminando hacia las "moradas eternas", esas moradas de las que uno puede tomar posesión gracias a la Resurrección de Cristo que celebramos en cada Domingo. Nuestro tiempo desemboca en la eternidad. De lo que se trata es que en este recorrido nuestros pies vayan a la par, sin dislocaciones. Se trata de "hacernos amigos con nuestros bienes para que, cuando nos falten los bienes temporales, nos reciban en las moradas eternas". Ese es el intenso recuerdo que nos quiere dejar en el alma el Evangelio de hoy.

Por eso se nos llama la atención sobre la figura del administrador injusto. Un perfecto corrupto, como el Mateo que celebrábamos ayer, que pasa su vida resolviendo sus tareas diarias simplemente en su propio beneficio. Un perfecto especialista en la lógica del capitalismo salvaje que tanto denunció Juan Pablo II, y cuya dogma se resume en una frase: máximo rendimiento y beneficio para mis bienes a costa de quien sea y lo que sea. Pero así nos torcemos el pie. Cuando llega la eternidad, el momento de encontrarnos con ese "Señor muy rico" que es nuestro Padre Dios, recibimos una verdadera dislocación: "estás despedido". Así no se entra en las moradas eternas. No pintamos nada en ese espacio, que se rige por el dogma de la Cruz: "máximo rendimiento y beneficio para los demás aunque sea a mi propia costa". Se trata por tanto de administrar todo lo que Dios nos ha regalado en esta vida, nuestro tiempo, nuestros talentos y capacidades, nuestra formación, nuestros medios económicos y materiales buscando sacarles el máximo rendimiento posible. Pero no para nuestro derroche egoísta, sino para "hacer amigos", para beneficiar a los que nos necesitan. Por eso la gran pregunta que nos deja esta enseñanza es ¿a quién beneficia mi vida? Si la respuesta está poblada de muchos amigos, tu camino hacia las moradas eternas va a buen paso.

Y si no, rectifica. A veces el examen sincero de nuestra vida nos muestra un enorme derroche cuajado de egoísmo, como el del administrador corrupto. Cuánto tiempo perdido, cuántas decisiones egoístas, cuántas ocasiones que el río de la vida se llevó corriente abajo sin que pudiéramos sacar partido de ellas en favor de nadie. Cuántas razones para enderezar la vida y reprogramar nuestras inversiones de tiempo, ilusión y medios. Porque nuestra vida siempre se puede enderezar, aunque esté pringada de egoísmo hasta la médula. Hasta aquél administrador corrupto recibe una alabanza de parte de su Señor: al menos es astuto. Dios tiene una infinita capacidad para subrayar con luz nuestro perfil bueno, aunque a veces se queda en lo invisible. Dios siempre puede llamar a nuestro corazón con el sector bueno que aún late en él. Y así, consigue pescarlo y sacarlo a flote, como hizo con el mismo san Mateo, a quien Jesús llamó de corrupto a Apóstol.

Dios siempre nos mira bien, aunque nosotros usemos de nuestros medios egoístamente mal. Esa es nuestra esperanza. Y eso nos recuerda una segunda cosa en este domingo. Tenemos una responsabilidad personal e ineludible de cara a cómo invertimos nuestra vida en el camino hacia la eternidad. Pero también sabemos que en esa enorme responsabilidad entra la eterna mirada misericordiosa de Dios, que como nos recordaba san Pablo, "quiere que todos los hombres se salven". Nuestro Padre Dios mantiene siempre sobre nuestra vida la mirada de una Madre, que sabe llenar de amor sus pupilas aunque su hijo sea un desastre y no pare de darle disgustos egoístas. Es esa inquebrantable confianza maternal que Dios tiene en nosotros la que nos engancha a la esperanza una y otra vez, y la que ayuda a enderezar de nuevo nuestros pasos aunque las piedras del camino hayan herido y deformado nuestros pies.

Responsabilidad personal en nuestra vida y confianza absoluta en el Dios que siempre la puede salvar, un binomio difícil de mantener en equilibrio, pero que la fe hace aparecer con claridad. Suma exigencia con nosotros mismos, sin dejar que ni un minuto, ni un talento, ni un euro se pierdan en inversiones que conducen a nuestro propio egoísmo. Así la inversión quedará depositada en las moradas eternas. Y al mismo tiempo, Suma confianza en que Dios nos seguirá prometiendo la eternidad aunque nuestras inversiones se pierdan en el derroche y los agujeros de nuestros bolsillos, siempre y cuando sepamos acogernos a su Misericordia. Un equilibrio que los niños recogen naturalmente de sus madres, y que nosotros aprenderemos mirando a la Virgen, que nos anima cada día a entregarlo todo con exigencia por Dios y por sus amigos y al mismo tiempo nos acompaña con su dulce mirada para que reposemos confiadamente en el camino. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Sanados por un abrazo (Domingo XXIV T.O.)


Meter la pata es algo que con frecuencia se nos da espléndidamente bien. Y además, nos suele pasar con las personas que más bienes y bendiciones han derramado en nuestra vida. Quizás por eso nos sentimos en el fondo del corazón tan identificados con los tres grandes lienzos de patas bien metidas que nos muestran las lecturas de este Domingo. El pueblo de Israel paga con la apostasía al Dios que le ha mimado como a su hijo predilecto sacándole del infierno egipcio y arropándole en su larga travesía por el desierto. David comete delante de Dios un terrible adulterio después de haber sido conducido por la Providencia a la seguridad y la cumbre del trono de Israel. Saulo, formado en las excelencia más acabada de la religión de Israel, termina definiéndose como "blasfemo, perseguidor y violento". Somos ciertamente capaces de lo peor, hasta un extremo difícil de imaginar.

Pero esto no es cuestión de fe, sino de evidencia. Lo que es verdaderamente cuestión de fe es confiar incansablemente en la capacidad que tiene Dios de enderezar y sanar una y otra y otra y otra y otra vez nuestros patinazos, resbalones en el aire y meteduras en el hoyo. Es increíble cómo puede hacerlo. Pero lo hace. Si crees en El. El Pueblo de Israel al final llegó a la tierra prometida. El rey David terminó sus días en la paz de Jerusalén, tras 40 años de glorioso reinado. Saulo llenó el mundo del amor de Cristo firmando sus cartas como san Pablo. Tú también, aunque metas la pata, tienes arreglo, como ellos lo tuvieron. Si tienes fe.

Porque sólo al fe es capaz de conducirnos al acto interior por el que abrimos la puerta a Dios, que como un fisioterapeuta comienza entonces a recuperar las piernas rotas de nuestro corazón. Israel, David y Saulo, se arrepintieron. Y David con el precioso salmo 50, el Miserere, que hemos tenido hoy como salmo responsorial. Un corazón arrepentido es un corazón que tiene arreglo. Así nos lo enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo, que es como la culminación del hundimiento y de la salvación. Y es en esta parábola como vemos el modo en el cual Dios nos hace llegar su sanación: con un abrazo. El abrazo del Padre Misericordioso al hijo que vuelve destrozado pero arrepentido.

Cuando el arrepentimiento que germina de nuestra fe toca la inmensa compasión de Dios se produce ese abrazo. Se recibe la sanación. Se perdona el pasado y se abre en horizonte inabarcable el futuro. En ese abrazo se corrige lo torcido, se purifica lo contaminado, y se hunde toda culpa en ese abismo imposible de sondear que es el de la Misericordia de nuestro Dios. Ese abrazo, hecho de arrepentimiento humano y compasión divina, es el poder más grande que se pone a nuestro alcance para enderezar nuestra vida una y otra, y otra, y otra vez.

Somos capaces de lo peor, pero Dios es capaz de lo imposible. Confiemos siempre en el poder de su bondad, pongamos nuestro corazón al alcance de su abrazo, y sintamos que todo nuestro interior vuelve a funcionar. Nunca hay nada perdido. Nunca nada se pone lo suficientemente lejos de este Padre buenísimo, que te busca con el ansia del pastor a su oveja, de la mujer a su moneda, del Padre a su hijo perdido que vuelve, con la cara sucia de dudas, pecados y tropezones, pero con el corazón encendido en fe y arrepentimiento.

Qué hermoso es caminar por la vida con esta red bajo tu cuerda floja. María te ayudará a grabar en tu corazón esta confianza, porque Ella es la Madre de Misericordia, la mano tierna que nos sana las heridas y nos pone en el camino de ese abrazo que todo lo eleva.

domingo, 19 de mayo de 2013

La fiesta del Amor (Pentecostés C)

Celebramos hoy el final de las fiestas de Pascua, estos días benditos en los que hemos podido saborear el Amor del Corazón Resucitado de Jesús hacia cada una de nuestras vidas. Hoy el Señor se acerca personalmente a cada uno de nosotros y nos enseña las llagas gloriosas de sus manos y de su Corazón, de las que mana abundante su Amor. Hoy Jesús nos entrega su Amor totalmente, en la persona del Espíritu Santo, el amor eterno (el único Amor verdadero) que une en los Cielos al Padre y al Hijo. Y ese Amor infinito, que resume en su persona todos los regalos y dones de Dios, lo alberga Jesús en el único lugar de la Creación que puede contenerlo: nuestros corazones. Hoy se posa sobra nuestros corazones el fuego del Amor Divino, como se posó sobre los apóstoles en forma de lenguas llameantes. Es por tanto la fiesta del Amor, el regalo de las alianzas y las arras que el Resucitado ofrece a todos los que creen en El.

Por eso pedimos al Espíritu Santo que obre en nuestros corazones las dos operaciones más propias del Amor. La primera unir, como se unen dos esposos con las arras y alianzas. Nos unimos a Jesús con el lazo divino del Espíritu Santo, para que El pueda compartir con nosotros, como en un matrimonio, cada uno de los minutos de nuestra vida. Y la segunda es transformar. Sólo el Amor verdadero tiene la fuerza de mover nuestros corazones hacia fuera, rompiendo los miedos y egoísmos que nos impiden hacer crecer el corazón. Como estaban encerrados los apóstoles por miedo, demasiadas veces encontramos el corazón cautivo del miedo y la dureza. Y el toque enamorado del Espíritu Santo, sin embargo, lo libera y lo transforma en una imagen del Corazón divino.

En este año de la fe tenemos que recordar que esta unión y esta transformación en Cristo que posibilita la fe en el resucitado sólo es posible si nos dejamos llevar por el Espíritu Santo. Dice hoy san Pablo:  "nadie puede confesar que Jesús es el Señor si no es por la acción del Espíritu Santo". Hoy pedimos ese don activo del Espíritu, que nos hace ver que nuestra fe no es cuestión de planes y propósitos, sino de acoger con sencillez el soplo del Espíritu y dejarse llevar por El.

Todo esto es muy personal, pero no nos hace olvidar que el don del Espíritu es profundamente comunitario. El mismo Espíritu une a todos los que creen en Jesús en un único barco, que es la hermosa nave de la Iglesia. Nuestra unión y transformación en Cristo se realiza perfectamente en el seno de esta comunidad de hermanos, que reciben una misma vida y comparten el calor de un idéntico Amor. Recibir el Espíritu Santo en Mayo, además, nos recuerda lo profundamente unidos que estamos en la fe, pues compartimos hasta una misma Madre. María, que recibe el Espíritu la primera en la Anunciación, lo reparte primera en la Visitación a Isabel y lo acoge siendo el corazón de los Apóstoles en Pentecostés.

Unidos a María renovamos nuestra misión apostólica en medio de nuestra sociedad. A todos nos ha dicho el Resucitado "como el Padre me ha enviado, así os envío yo". Unidos a El, transformados en El y enviados por El. Una cadena que el Espíritu Santo, que nos viene por medio de la Virgen María, convertirá en algo vivo dentro de nosotros. Y que llenará nuestra vida de sentido y felicidad. Culminamos esta Fiesta del Amor Divino dando gracias en el corazón a Dios por sus dones, y pidiendo cada día a Nuestra Señora ser dignos de tanta bendición.

domingo, 10 de marzo de 2013

Llegaremos a la Fiesta (Cuaresma IV)


No conocemos una romería que no acabe en una gran merienda o comida. Tras la visita a la Virgen o a san Antonio de Padua, siempre toca y es de rigor un festín que subraye la alegría de encontrarnos con Dios, a través de sus mediadores, y rodeados de las personas que queremos. Zapatilla y tortilla, parece ser un buen equipamiento para un camino cristiano. Por eso las dos historias de caminantes que escuchamos hoy en la lectura de las Escrituras terminan con un solemne banquete. El camino de Israel por el horrible desierto termina con la alegría de pisar Jericó, el final del triste maná y cosechar por primera vez frutos y espigas con los que hacer una gran comida. El amargo camino del hijo que malbarató la herencia de su Padre Bueno ("hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo"), termina con la alegría de un abrazo intensísimo, como sólo el amor sabe engendrar, el final del hambre y el remordimiento y recibir unos regalos y convites tan valiosos como inmerecidos. Toda historia creyente, en definitiva, es la historia de un caminante que sabe que se dirige hacia la meta de la fiesta y de la alegría.

Pero la parábola del Evangelio nos dibuja con fuerza un rasgo más. Ese caminante no es un mero peregrino, ni un turista, ni una persona en busca de su autorrealización. Es un hijo. Un hijo amado profundísimamente por un Padre que respeta su libertad y le deja marchar, que sufre sus excesos y aún así sigue confiando en él, y finalmente que sale corriendo a su encuentro en cuanto sabe que le necesita. Somos verdaderamente niños mimados de un Padre buenísimo que tanto nos respeta, nos compadece y nos auxilia. El camino, por tanto, es el recorrido hacia la poderosa sonrisa y el tierno poder de un Padre que todo lo da por sus hijos. Es el camino, siempre, a casa.

Y a la vez, somos hijos tremendamente indignos de un Padre tan grande. Deslumbrados por la dulce Misericordia de nuestro Padre Dios, no podemos menos que mirarnos, a su Luz, a nosotros mismos. Es sólo entonces cuando nos damos cuenta de nuestra infidelidad, de nuestra dureza de corazón, de nuestros obstinados deseos, de nuestra desconfianza pertinaz. El amor de un Padre, más que la acerada seriedad de un Juez, es lo que conmueve el corazón de un hijo, haciéndole decir, desde la profundidad del corazón, "Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, no soy digno de llamarme hijo tuyo". Qué profunda liberación y paz cuando esta oración brota así de nuestra alma.

Liberación porque somos indignos, sí, pero no condenados. El Padre ha dispuesto en su Providencia un valiosísimo precio por la liberación de sus hijos indignos: la Sangre de su Santísimo Hijo, eterno como El en la Divinidad. Nos recuerda san Pablo que "al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que recibamos la justificación de Dios". Imposible ser condenado si recorremos nuestro camino de vuelta al Padre amparados en la Sangre de Cristo, que más que la de Abel clama sin cesar por  sus hermanos. 

Y la paz, porque al acogernos a la Misericordia que Dios dibujó en la Cruz de su Hijo, encontramos la certeza de que siempre es posible volver a reemprender el camino. Si Jesús se acerca a los despreciablles publicanos y a los pecadores más míseros de su ambiente para ofrecerles la Misericordia de Dios "y ellos se acercaban a escucharle"... ¡cuánto más nos ofrecerá a nosotros una y otra vez camino para volver a acercarnos a El, aunque a nosotros nos parezcan de imposible trazar! Nunca estaremos tan mal como para que este Padre amantísimo no pueda salir a nuestro encuentro a poco que miremos hacia El. Nunca hundiremos tanto nuestra vida como para que sea imposible al amor de Cristo venir a por nosotros y volver a levantarnos hacia el camino de la paz.

Por eso hoy volvemos a levantar la cabeza hacia esa meta paterna que nos espera. Volvemos a confesar nuestra indignidad ante ella, y a la vez nos abandonamos a ese estandarte de Misericordia que es la Cruz para recuperar la salvación y la paz. Caminando en paz, podremos llegar por fin a esa fiesta que corona nuestro camino, y que nos llena cada día de esperanza.

domingo, 3 de marzo de 2013

Siempre se puede recomenzar (Cuaresma III)

Nada que hacer con este árbol, parece decir el dueño de la viña al encargado de cuidarla. Años sin dar frutos, años desperdiciando oportunidades y echando en saco roto tantos cuidados. Nada que hacer con él, tirémosle. Este es muchas veces nuestro razonamiento. Lo que no da fruto ni sirve se tira. Si nuestra vida lleva meses o años parada o en declive..mejor tirarla y dimitir de ella en un desánimo sin fondo. Ante este panorama nos llena de alegría la respuesta del encargado: "Déjala un año más, que yo cuidaré de ella para que dé fruto". No es difícil descubrir en este encargado al Señor, siempre dispuesto a trabajar duro por nosotros para que nuestra vida, algo estéril e inclinada a desperdiciar los grandes regalos con que Dios la ha enriquecido, al final dé fruto. Ese es el gran milagro, soñar con que Jesús puede hacer de cada situación de final, una oportunidad increíblemente inesperada para un nuevo comienzo.

Esta milagrosa y paciente ternura de Jesús para con estos árboles que tiene, que somos nosotros, y que más que higueras cuajadas de frutos semejamos tantas veces secos alcornoques, nos está haciendo ver el Rostro verdadero de Dios, el definido en el salmo de hoy como "el Compasivo y Misericordioso".  Los israelitas, y muchos de nuestros contemporáneos, tenían incrustada en el corazón la idea infantil del Dios que da cosas buenas a los buenos y envía desgracias a los malos. Si aquellos galileos fueron ejecutados por Pilatos...serían pecadores y recibieron su merecido. Aquellos ciudadanos aplastados por el desplome de la torre de Siloé...de algo serían culpables para que Dios les castigara así. Así pensaban. Así pensamos. Pero no es así como piensa Jesús, el Verbo de Dios: "Os aseguro que no".

La misericordiosa ternura de Dios es incompatible con esa imagen. "Os aseguro que no" es así el Amor de Dios. Es verdad que permite que pasen en la vida tragedias difíciles de asumir, para buenos y para malos. Pero en ellas la fe nos permite sacar una enseñanza de Misericordia: "si no os convertís, todos igualmente pereceréis". La vida humana es frágil, sujeta a tragedias imprevistas y a calamidades inesperadas. Si no nos acercamos a la Misericordia de Dios con nuestra conversión diaria, nuestra vida perecerá víctima de su irremediable fragilidad.

La fragilidad de nuestra vida puede hacer que esta quede arrancada y talada de raíz. Sin embargo, la conversión a Dios nos abre el camino para liberarnos de esta maldición y reemprender el camino del sentido y del fruto. Moisés encontró a Dios en la zarza ardiente del monte Horeb, y escuchó al Dios Compasivo y Misericordioso "que conoce el sufrimiento de su pueblo y está dispuesto a socorrerlo con mano poderosa". Hoy nosotros tratamos de limpiar nuestros ojos para percibir ese Amor de Dios siempre renovador, y así poder empezar de nuevo nuestra lucha en este camino de Cuaresma. Veamos todo lo que nos pasa en la vida, los momentos buenos, los de parálisis e incertidumbre, los más desgraciados...como diversas ocasiones en las que podemos acudir a la Misericordia de Dios para encontrar refugio y nuevos impulsos para el crecimiento.

domingo, 24 de febrero de 2013

Siempre se puede subir (Cuaresma II)

Cada vez más personas comprueban con pena que es más interesante dedicarse a los documentales de la tele que a ver los Telediarios. Al menos, dicen, son entretenidos, no te amargan las ganas de vivir y puedes dar a Dios gloria por lo bien que ha hecho este mundo que a nosotros tanto nos gusta estropear. Y es que ante el panorama que nos presenta tantas veces la realidad informativa, llena de sujetos poco recomendables en juzgados, tribunas, platós y entrevistas, más de uno acaba de exhalar el último aliento que le queda y empieza a sentir el desánimo de pensar que esto ya no tiene arreglo. Cuesta mucho echar cuentas con la fragilidad que nos rodea, como humanos, y cuyos efectos más negativos estamos viendo en la sociedad, en la Iglesia misma y en nuestra propia alma. Ante tanta miseria, caídas y fragilidades, ¿tendrá sentido seguir soñando en subir y tocar el Cielo? ¿O nos pasamos definitivamente a los documentales de los leones marinos en las frías aguas del Antártico?

Parece que las lecturas de hoy nos hacen caer en la cuenta de que la fragilidad de las personas humanas, aunque sea irremediable, no es obstáculo para que Dios saque adelante sus planes. Frágil es Abram, quien en el momento supremo de la Alianza es vencido por un pesado sueño y un inquietante terror profundo y oscuro. Frágil es la comunidad de Filipos, la amada corona de san Pablo, que pese a llevar una vida modélica alberga en su interior individuos que con "enemigos de la Cruz de Cristo...solo aspiran a placeres terrenos". Frágil es san Pedro, quien en plena irradiación de la bellísima Gloria de Jesucristo en las alturas de la montaña cae rendido por la fatiga...o habla "sin saber lo que decía". Estos son los mimbres que tuvo, ha tenido, y tendrá Dios para salvar a este afligido mundo.

Mimbres frágiles, pero útiles para el plan salvador del Todopoderoso. Abram, recuperado, recibe la promesa divina de heredar una tierra inmensa y riquísima. Los filipenses son de nuevo exhortados "a transformar su condición humilde en una gloriosa, según la energía que posee Cristo". Y Pedro, con Santiago y Juan, entran finalmente en la nube de la Divinidad y escuchan en el corazón las palabras arcanas del Padre: "Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle". Una y otra vez se nos enseña que es imposible para los hombres salvar su propia vida, pero que Dios todo lo puede. Con mimbres deshilachados, hace cestos de exposición. Y así a nuestra fragilidad siempre le queda la esperanza de ser socorrida por la "energía de Cristo".

Nunca se agota ese recurso energético. Y en él está la verdadera energía renovable para nuestra vida , para nuestra Iglesia y para nuestro mundo. Por eso nunca nos desanimamos, por más desalentadoras que sean las noticias que se nos ofrecen en estos días. Ante las desagradables noticias sobre la sociedad o la Iglesia, ante las propias constataciones de nuestra pobreza moral o existencial, siempre es posible una transfiguración. Siempre es posible "un cambio de rostro" en la realidad que vemos, porque siempre es posible para Dios actuar y cambiarnos la cara a nuestro mundo.

Y lo hará si se lo pedimos. Jesús llena su Rostro Amabilísimo de luz cuando se pone en oración, en lo alto de las montañas, junto a Moisés y Elías. También nosotros tenemos a mano ese recurso maravilloso de la oración silenciosa, de la lectura de la Sagrada Escritura  para encontrarnos con nuestro Padre Dios y pedirle una vez más que ayude a sus hijos. La solución de las fragilidades y miserias está siempre más cerca de la oración que de los lamentos y desánimos. Volvamos a retomar la esperanza de poder subir de nuevo, y llenemos nuestra oración de súplicas a nuestro Padre Dios para que esta sociedad, nuestra vida, la Iglesia, se transfiguren, y este mundo sufriente, por el poder de Dios, cambie su rostro en aquella hermosura que su Creador deseó para El.

domingo, 17 de febrero de 2013

Tiempo de taller (Cuaresma I)

Tenemos ya sabido que el tiempo de Cuaresma es un intenso periodo de taller. Queremos disponer lo mejor posible nuestra vida espiritual para recibir lo mejor posible la Luz del Resucitado en las fiestas de Pascua. Y dados los rotos que llevamos encima, las "tribulaciones" de las que habla el salmo responsorial, el paso por el taller es para cada uno de nosotros más que recomendables. Tiempo de taller, de revisar nuestros rotos...y de tratar de facilitar a Dios el camino para la reparación necesaria.

Es fácil ver la cantidad de tribulaciones que azotan el mundo, también lo es comprobar las tribulaciones que golpean nuestras familias en estos tiempos de crisis económica, social y moral. Pero el Evangelio de las tentaciones de hoy nos recuerda que todo arreglo ha de empezar por nuestras tribulaciones interiores. Está calro que Jesús sufre exteriormente, las penalidades del desierto y el hambre nos lo confirman. Pero el gran combate que desempeña Jesús tiene lugar en su Sagrado Corazón, que es donde recibe, como punzantes dardos de tribulación, las tentaciones, pruebas o embestidas, del diablo. 

Son tres, pero son todas. El evangelio nos dice que "se completaron todas las tentaciones", como si nos quisiera recordar que en la lucha de Jesús contra el diablo están completamente resumidas todas nuestras tentaciones. Todos los rotos interiores que deberíamos enderezar en esta Cuaresma con la gracia de Dios. Basta ver despacio las tentaciones de Jesús para darnos cuenta de que se parecen mucho, sorprendentemente a las nuestras.

La primera consiste en renegar de las piedras para convertirlas en pan. Si las piedras son un símbolo casi perfecto de los problemas, reconocemos enseguida la facilidad que tenemos para renegar de ellos y soñar en una vida feliz, donde todo sean panes. Demasiadas veces nos resistimos a aceptar los problemas que se clavan en nuestros pies como piedras en el zapato. Demasiadas pensamos que sólo una vida en zapatillas, cómoda feliz y sin problemas, es una vida que merece la pena. Pero "no sólo de pan vive el hombre". También hay que aprender a vivir, aceptándolo, el momento de la dificultad, poniendo nuestra confianza no en nuestro deseo de comodidad, sino "en toda Palabra que salga de la boca de Dios". Haya panes o lluevan piedras.

La segunda, ese ascenso al monte de las maravillas del mundo, nos recuerda el deseo que tenemos a veces de crecer en la vida a base de nuestra codicia. "Todo el mundo se me ha dado", le insinúa el diablo a Jesús, y es eso verdad en la terrible medida en que este mundo se rige por la codicia, el orgullo y la mentira, los tres principios por los que el diablo desarrolla su presencia poderosa en nuestro mundo. Subir a base de estos principios es una tentación demasiado poderosa a veces...corresponde muy bien con el deseo de mandar y casi de ser adorados que sentimos muy dentro cuando pensamos en cuál es nuestro puesto en el mundo. Si todo el mundo hiciera mi voluntad...Si tuviera todo lo que desea mi corazón...Si yo fuera el centro de todas las decisiones...¿sería más feliz? Quizás no. "Sólo al Señor adorarás". Sólo arrodillándose delante del Dios de la Generosidad, la Misericordia y la Verdad, se puede ascender verdaderamente en la vida.

La tercera sugestión del diablo pretende que el Hijo desconfíe de su Padre. Pedirle pruebas, ponerle en compromisos, exigirle explicaciones...tentarle. La estéril tentación de la desconfianza en Dios y en sus planes amorosos, que tantas veces deja sin fruto nuestra vida de fe. Ante estas íntimas rebeliones del corazón, cuando no entendemos los planes de Dios, ni podemos confiar en unos planes como los suyos, que tantas veces son incomprensibles, recordamos de nuevo la Palabra de Jesús: "No tentarás al Señor tu Dios".  No amargues tu fe con la desconfianza en Dios que sólo saber ser contigo un Padre buenísimo.

Podemos examinar si estas tres tentaciones, en las que se resumen buena parte de nuestras tribulaciones interiores, nos dan luz para descubrir nuestros rotos interiores. Especialmente esas grietas que sin darnos cuenta pueden ir fisurando nuestra relación con Dios. Un buen examen de comienzo de Cuaresma nos ayudará a descubrirlas. Y una sincera oración ante Jesús nos ayudará a resolverlas como El, a base de oración y confianza en nuestro Padre Dios. Tenemos mucho tiempo de taller. Aprovechemos para arreglar los rotos, aprender a conocernos más y, con la ayuda de la Gracia, seguir disponiendo nuestra alma para una relación más sana y confiada con Dios, comienzo necesario para arreglarnos a nosotros mismos, y ayudar a nuestro Padre a sanar las tribulaciones de este mundo.

domingo, 20 de enero de 2013

¿Has visto tus regalos? (Domingo IIC)

Pocas cosas hay en el mundo tan injustamente repartidas como la riqueza material. ¿No nos llena de escándalo y de cierta impaciencia las noticias de corrupciones y enriquecimientos ilegales? ¿No nos aprieta el corazón ver a tantas personas tirando sus riquezas al viento mientras las colas de Caritas alcanzan niveles nunca vistos?. Está claro que a los humanos, en general, no se nos da muy bien repartir las cosas con justicia. Afortunadamente, no todo lo repartimos nosotros, pues hay cosas cuyo origen y distribución se nos escapan, como son las riquezas interiores y espirituales. Como nos recuerda san Pablo, todas ellas vienen del Espíritu Santo, que, ese sí, reparte a cada uno lo suyo, con divina e infalible justicia.

Todos hemos recibido, por tanto, los regalos adecuados de ese gran repartidor de dones que es el Espíritu Santo. Porque, en el fondo, si algo hemos visto en Navidad, es que nuestro Dios es el Dios Regalo. El mismo se nos entrega a nosotros, con las increíbles riquezas de su Amor infinito, envuelto en el hermoso papel de la Humanidad Santa de Jesús. Nuestro intercambio navideño de regalos viene a ser un pálido reflejo de ese Regalo Infinito que es la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros. Nosotros, pobres de solemnidad, somos enriquecidos con ese traje de gala, esa diadema real, ese manto de triunfo con el que Isaías animaba a la decaída comunidad israelita. Israel es como una chica pobre, que sin embargo ha tenido la incomprensible fortuna de enamorar a un riquísimo Novio, que es capaz de enriquecerla para poder desposarse con ella. En el fondo, todos los regalos que recibimos de Dios son regalos de bodas. Todos ellos nos los distribuye el Espíritu Santo para que nuestra pobre vida, como de mísera chiquilla de serial romántico, pueda desposarse dignamente con el Amor Divino.

Regalos se nos dan, Dios no sabe hacer otra cosa. Adecuados a nuestras necesidades de modo perfecto, pues los distribuye la eterna Sabiduría del Espíritu Santo. Entonces, ¿por qué nos parece que andamos tan pobres por la vida? Posiblemente podamos concluir que la única explicación coherente con nuestra fe cristiana es que no sabemos verlo. Dios no puede fallar en sus dones, nuestra vista, lo hace con mucha más frecuencia de la que nos haría felices. Basta fijarse en el inmenso regalo de bodas que Jesús dejó en Caná de Galilea, cuya historia bien conocemos. La inmensa mayoría de invitados ni se enteró del prodigio que Jesús había regalado a toda aquella asamblea festiva. Es de esperar que a esas alturas de la fiesta, conociendo nuestras bodas, no estarían en condiciones de fijarse en cosas de cierta delicadeza. El mayordomo, que sí que constató la aparición de un vino extraordinario, no sabía sin embargo de dónde venía. Estaba en condiciones de apreciar tan delicado regalo, pero no de ver de quién venía. Sólo los discípulos, que estaban con María invitados a la boda, supieron ver el regalo en toda su magnitud. No sólo era un prodigio. Era un don de Dios, con el que Jesús manifestaba su gloria para solicitar su fe.

Piensa si eres capaz de ver así todos los regalos que Dios pone diariamente en tu vida. Sería triste que las prisas, las preocupaciones o tus propios esquemas cuadriculados no te pusieran en condiciones de percibirlos, como la masa de los invitados a la boda de Caná. Sería también muy pobre que al ver las riquezas que tienes, materiales, interiores o biográficas, las constataras sin referirlas a su verdadero origen, como hizo el mayordomo. ¿No pensamos a veces que su origen es la casualidad, o el estar en racha, o el tener suerte o...? Pidamos a María los ojos del verdadero discípulo, siempre atento a descubrir nuevos regalos de Dios en su vida y a saberlos interpretar. Acudamos hoy a Nuestra Señora, Maestra de la fe y Mediadora infalible entre nuestra profunda miseria ("no tienen vino", podría decir tantas veces de nuestros pobres corazones) y la abismal Misericordia de Jesucristo ("haced lo que El os diga", nos repite tantas veces, porque lo que El nos pide hacer es, en definitiva confiar en su Misericordia). Acudamos a la Virgen que puede perfeccionar nuestros ojos para  que no dejen escapar ni uno sólo de los regalos de bodas que Dios nos ofrece a diario. Y le damos gracias, porque cerca de Ella, el regalo llega "antes de la hora prevista", como sucedió en Caná. Un regalo verdaderamente express.