Estamos todavía con los ecos de la jornada del DOMUND que celebramos el domingo pasado. Seguro que estos días hemos tenido oportunidad de conocer algo más la gran labor de nuestros misioneros que están sembrando el Amor de Dios a lo largo y ancho del mundo. También está muy reciente el galardón concedido a Manos Unidas en Oviedo, y por si fuera poco acaba de salir en muchos medios de comunicación el último informe anual de Caritas. Seguimos viendo cómo esta organización de la Iglesia atiende cada vez a más personas, algo que por desgracia parece que irá a más en los próximos meses, pero a la vez llama mucho la atención ver que aumenta sin parar el número de voluntarios, de cristianos que sienten la llamada a hacer algo y que se unen, cada uno con su capacidad, a esta gran labor de la Iglesia. Qué sano orgullo podemos sentir todos, y qué evidente es la siembra de bien que la Iglesia está haciendo en tantas familias y en tantos pueblos.Las lecturas de hoy nos recuerdan otro gran bien que la fe cristiana ha hecho a este mundo, desde hace muchos siglos. Hoy se nos presenta de una manera muy nítida una aportación cristiana tan propia como la visión de un Dios lleno de amor y ternura por los suyos, especialmente por los que menos se la merecen. Nos dice el libro de la Sabiduría: “a todos perdonas porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”. Y en el salmo hemos escuchado: “el Señor es cariñoso con todas sus criaturas”. Y esto no porque nos lo imaginemos así, sino porque lo hemos visto hecho realidad en la vida de Jesús. Pocas escenas como el encuentro de Zaqueo con Jesús, que acabamos de escuchar, nos hablan tanto al corazón del amor compasivo de nuestro Dios.
En efecto, Zaqueo es el resumen de todo lo que Dios podría rechazar. Lo de menos, claro, es que “fuera bajo de estatura”. El problema es que era un publicano, es decir, un corrupto traidor a su pueblo, metido hasta el cuello en todo tipo de negocios turbios y apaños fraudulentos; si era rico suponemos que lo sería a base de la rapiña, la violencia, la prepotencia y la absoluta entrega a sus caprichos. ¿Qué haríamos nosotros con una persona así? Rechazarla, ignorarla, castigarla, desearle todo tipo de mal, muerte lenta incluida, despreciarla, criticarla…
Menos mal que Dios no es como nosotros, y responde a Zaqueo con una misericordia y una compasión tan enorme que le cambia el corazón, hasta el punto de que termina por decirle a Jesús: “La mitad de mis bienes se lo doy a los pobres”. En vez de fulminarle con un rayo en lo alto del árbol, le invita a descender de él para acoger el amor de Jesús en su propia casa. Menos mal, porque nosotros sí que somos como Zaqueo. También en nuestra vida hay una buena lista de pecados, pasados o presentes, y una gran riqueza de nosotros mismos, hasta el punto de que con demasiada frecuencia estamos dispuestos a cualquier cosa con tal de no despojarnos de nuestros planes… o de no pedir perdón.
Dios nos trata a nosotros con la misma compasión con la que trató a Zaqueo. Por eso descubrimos que nuestro Dios es un inmenso abismo de compasión para los necesitados y de misericordia para los pecadores. Por eso un cristiano cuando piensa en su Dios siempre piensa en alguien que le ama, que le comprende, que le espera, y que está dispuesto a colmar de bondad cualquier apertura que tengamos hacia El. Un cristiano, contemplando el desenlace del encuentro entre Zaqueo y Jesús, sabe que nada de lo que hagamos será capaz de hacer que El nos deje de amar y de esperar.
Aquí está la raíz verdadera de la labor de la Iglesia: cuando te has encontrado de verdad con una compasión y una misericordia tan enormes, no puedes menos que hacer tú lo mismo. Este inagotable amor compasivo de Dios es el motor de la inacabable labor asistencial de la Iglesia, y en él podrás encontrar fuerza para caminar con esperanza y para seguir sembrando lo que recibes de El.



