El Reino de Dios se extiende sin parar por el mundo, y como
el mayor signo de la llegada del Reino es la sanación de enfermos, más y más se
extiende el poder curador de Jesús. Después de varios domingos en los que se
nos está recordando el infinito interés que tiene Jesús por atender y acompañar
las dolencias y limitaciones de todos, llegamos hoy a una de sus máximas
manifestaciones, como si el Reino de Dios tocara una de las fronteras de su extensión.
Hoy Jesús sana a un leproso. No a un enfermo, sino a una persona borrada de la sociedad. Una
persona inexistente, despojada por la enfermedad de su dignidad, arrojada a los
rincones más sucios por una sociedad incapaz de hacerse cargo de esta
enfermedad maldita. Así lo leemos en la primera lectura: “El que haya sido
declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada
y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro;
vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. Ocupa el último rincón
del mundo, pero Jesús, que ha venido a por los últimos, se hace cargo de él.
Impresiona el poder divino de Cristo para cargar sobre sus
hombros la miseria más extrema de nuestra humanidad. Impresiona todavía más la
compasión con la que lo hace, pues Jesús, que tiene una larguísima lista de
enfermos que atender, pone el primero a quien era el último para todos. Lo pone
en primer lugar porque sólo de este leproso se dice explícitamente en el
Evangelio que Jesús se conmovió, se turbó en su corazón, se emocionó profunda e
intensamente por su dolor. Todos los enfermos arrancaron a Jesús la salud por
su fe. El último de ellos, se llevó además el primero de los movimientos de su
Corazón: la misericordiosa compasión por el más miserable.
Trazo profundo y cálido que nos abre el Corazón de Jesús
como espacio donde todas nuestras miserias y rincones oscuros y últimos
encuentran un hogar de compasión y sanación. Retrato maravilloso del Corazón
del Señor, que nos recuerda que en toda ocasión de nuestra vida, especialmente
las más humillantes y vergonzosas, podemos acudir a El llenos de confianza. Proclamación
evidente y cristalina de que en su Reino, los últimos son verdaderamente los
primeros.
Y como nos recordó Jesús al final de la parábola del Buen
Samaritano, tenemos ahora que ir y hacer nosotros lo mismo. Un cristiano, según
modela su pequeño corazón a imagen del Corazón de Cristo, va encontrando que
deja de tener leprosos en su corazón. Todos podemos tener una pequeña lista de
leprosos, de personas que para nosotros no existen, o que si tienen ser lo
tienen en los últimos rincones de nuestros afectos. Porque no nos quieren,
porque se nos han enfrentado, porque no nos interesan, porque su sufrimiento
nos parece demasiado lejano, porque nuestra indiferencia no deja que sus limitaciones
nos toquen el alma.
Es así como muchas veces podemos escandalizar con nuestra
falta de compasión y nuestra indiferencia, de modo que nuestra leprosería
interior parece recibir las palabras que san Pablo dirige hoy a los Corintios: “No
deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de
Dios”. Pero esta pequeña leprosería interior desaparece cuando el cristiano se
deja tocar por Cristo y va poniendo las fronteras de sus intereses allá donde
las pone Jesús: lo más lejos posible.
Cerca de este leproso audaz y creyente, nos acercamos hoy a
Nuestro Señor Jesucristo. Como él, le abrimos las inmundicias y abismos más tenebrosos
que podamos encontrar en nuestro corazón. Como él, escuchamos cómo desea
limpiarnos y cómo lo consigue hacer en profundidad. Cerca de Jesús, aprendemos
a no tener fronteras en nuestra compasión, y a hacer que nuestro corazón y la
oración que de él brota vaya con preferencia a por los últimos.


