domingo, 26 de septiembre de 2010

Dos ideas para conseguir casa: imitar a Lázaro y escarmentar en Epulón (Domingo XXVI C)

En las revistas inmobiliarias se suele añadir una buena foto del piso al anuncio del inmueble que se quiere vender. Y hoy Jesús, tras anunciarnos el domingo pasado esas moradas eternas, en las que tendremos que entrar a base de hacer amigos con nuestros medios, nos presenta una espléndida foto de esas moradas. En el momento central de la parábola de Lázaro y el rico epulón, se nos revela que el pobre, tras recibir en vida males encuentra aquí consuelo, y con él la luz y la paz, pues ya antes nos había dicho san Pablo que Dios habita en una luz inaccesible. En ese espacio de consuelo y de luz, es donde se realiza la verdadera justicia, y en donde cada uno recibe de verdad la recompensa a su vida. Es nuestra verdadera casa, el seno de Abraham, la morada materna y paterna en donde encontramos la plenitud.

Esta fotografía, del cielo, definido con los rasgos del consuelo, de la luz, de la paz y de la justicia, nos llena de esperanza, y renuevan en el corazón el deseo de poder alcanzar allí la culminación y la plenitud de sentido de toda nuestra vida. Pero con la esperanza de llegar, el Señor nos deja hoy también la advertencia de un peligro: antes de entrar, tendremos que pasar un juicio, que separa a aquéllos que entran en el seno de Abraham de aquellos que simplemente son enterrados. En efecto, la morada eterna que Dios nos concede gratuitamente, por su Misericordia, no la alcanzaremos gratis, es decir, sin poner nada de nuestra parte. San Pablo le recomendaba a Timoteo conquistar la vida eterna a la que fue llamado. Dios nos llama al Cielo sin que lo merezcamos, pero espera de nosotros que nos esforcemos por conquistar las moradas eternas. Lázaro fue capaz por su perseverancia y paciencia en medio de los sufrimientos. Por otra parte, aunque Jesús tiene grandes amigos entre los ricos, como Nicodemo o José de Arimatea, no cesa de recordarnos que Dios está más cerca de los pobres, para hacer justicia a los oprimidos y dar pan a los hambrientos.

El rico epulón quedó para siempre en ese descampado solitario y a la intemperie que es el infierno no por sus riquezas, sino por dos grandes defectos que nosotros intentaremos evitar. El primero es la dureza de corazón, incapaz de conmoverse por las necesidades que tenía en el portal de su casa. El profeta Amós, hace 2700 años, ya denunciaba la condena de aquéllos, que no se duelen del desastre de José. Cerrar el corazón a la compasión y la misericordia ante las desgracias que más cerca o más lejos nos rodean, es camino fácil para perder la compasión y la misericordia de Dios. El segundo es su dureza de oído, pues tenía a Moisés y los Profetas para escucharlos y no quiso encontrar en ellos un camino de salvación y Misericordia cuando todavía tenía tiempo.

Si tú también sientes a veces que tu corazón está demasiado cerrado a la compasión, al tenerlo tan metido en tus intereses y problemas... Si tú también cierras tu oído a la Palabra de Dios, que llega a ti por la Sagrada Escritura, la Iglesia, la oración, la voz de alguien que puede ayudarte a vivir más cerca de Dios… Reacciona. Esfuérzate por guardar los mandamientos sin mancha ni reproche, como le insistía san Pablo a Timoteo.

Es posible que a veces parezca demasiada la desproporción entre nuestra capacidad y el premio tan grande que Dios nos quiere dar. Quizás te encuentras demasiado duro de alma, y no sabes si serás capaz de superar el juicio que separa el seno de Abraham de la desolación eterna. No debemos tener miedo, pues la Misericordia de Dios está siempre de nuestra parte, y si de verdad queremos, al final Dios se encargará de que podamos. Lo decíamos en la oración de comienzo de la Misa: Dios muestra su poder en el perdón y la Misericordia.

Qué paz nos da esta promesa, qué esperanza enciende en el alma esta fotografía de nuestra casa definitiva, y qué grandes deseos de abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y al dolor del prójimo le pediremos hoy al Espíritu Santo, para caminar con perseverancia hasta la meta en medio de todos los obstáculos que vengan. María nos acompañará en este camino, como la estrella en medio de la noche.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Dedícate a hacer amigos (Domingo XXV C)

Sorpresa, inquietud y confusión. Tres experiencias que solemos tener cuando escuchamos la parábola del administrados injusto que Jesús nos plantea hoy. Sorpresa por ver en la predicación del Señor algo muy propio de nuestros periódicos y telediarios, los casos de corrupción, estafas, engaños, y todo el cortejo de la hipertrofia de la avaricia. Inquietud por la aparente alabanza del mal proceder. ¿Pero es que se puede felicitar al administrador por su astuta injusticia? Y finalmente confusión por la avalancha de recomendaciones y enseñanzas de Jesús tras la parábola, coronadas por una conclusión bien clara: no podéis servir a Dios y al dinero.

Si esto lo tenemos claro, hemos aprendido una gran lección, y si además somos capaces de llevarlo a la práctica estaremos sin duda más cerca de la santidad y de la serenidad. Sin embargo, puede ser bueno llevarse un par de enseñanzas de esta parábola tan curiosa, además de por supuesto reafirmar nuestro deseo, deseo al menos, de servir con más dedicación a Dios y a sus proyectos que a los intereses y planes de nuestro egoísmo. Dos enseñanzas que se refieren al administrador: su error y su solución.

Este hombre tan sagaz vivía con un error de fondo tremendo: pensaba que los bienes que manejaba eran de su propiedad y para su interés, de modo que podía manejarlos a su antojo sin ocurrírsele jamás que alguien podría pedirle cuentas de su gestión. Es el mismo error del hijo pródigo del domingo pasado, pensar que podía disponer de la herencia de su padre a pleno antojo, sin consecuencias, sin tener que referir sus planes a nadie por encima de él. Y es el error de cada de nosotros cuando pasamos los días como si nuestra vida fuese algo nuestro, un talonario de vales o de cheques que nos hemos encontrado y que podemos ir gastando a nuestro aire, sin que nadie nos tenga que preguntar nada… hasta que el taco se acaba. Quizás olvidamos a veces que nuestra vida es un gran capital que Dios ha puesto en nuestras manos, y que algún día también se nos dirá a nosotros: Entrégame el balance de tu gestión. Sería un gran error meternos en esta perspectiva de la vida, y una gran ganancia aprovechar esta parábola para orientar correctamente el sentido y el valor de nuestra vida.

La solución para enmendar el error también nos interesa. No en su materialidad, claro, el engaño y la estafa, sino en las dos características de la respuesta del administrador: la rapidez y la astucia. Cuando se da cuenta de que está a punto de perderlo todo, toma decisiones con rapidez y con sagacidad, pensando detenidamente cómo mejorar la situación. Dos virtudes que también nos vienen muy bien cuando queremos hacer crecer el rendimiento de la vida de cara a Dios. Sentarnos a pensar, a examinar y a buscar caminos de crecimiento, y hacerlo con interés y diligencia. Mañana ya es tardísimo. Hoy podemos tomar decisiones de mayor entrega a Dios y a su Reino.

Así es como el valor de nuestra vida crece. Y una manera eficiente de conseguirlo es servir a Dios a través de sus amigos. El administrador busca con sus manejos conseguir amigos para encontrar quien le reciba en casa. A nosotros se nos invita a utilizar nuestros pobres medios, nuestro dinero injusto, para hacer amigos que nos reciban en las moradas eternas. Pocas veces le sacamos tanto rendimiento a nuestra vida, y garantía de futuro, que cuando la dedicamos a hacernos amigos de este tipo, amigos de Dios.

¿Y quiénes son estos amigos? Bien sabemos que los más pobres y necesitados, aquéllos que son protegidos por Dios Misericordioso, quien, como nos recordaba Amós, dedica estas palabras a los que atacan a los amigos de Dios: Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones. Dios toma muy en cuenta lo que hacemos con sus amigos más desfavorecidos, y tampoco olvidará jamás lo que hagamos por servirle en todo aquél que nos necesita en cualquier momento y por cualquier motivo. Estos son los amigos que tenemos que buscar.

Llenar por tanto nuestras manos de obras de misericordia. Camino seguro para enriquecer nuestra vida y darle alegrías a Dios. Y aunque hablemos de obras, no olvidemos que, como nos recuerda san Pablo, lo primero de todo es hacer oraciones y plegarias. Cuando no sabemos, o no podemos, o no encontramos vía alguna para servir y cuidar a quien nos necesita, siempre podemos rezar. Y de hecho, es la obra de misericordia más poderosa que podemos hacer, de tal manera que debe preceder a cualquier otra acción. Y además, ¡qué bien podemos hacer a tanta gente cuando les decimos que vamos a rezar por ellos! ¡Cuántos nuevos horizontes se pueden abrir en la oración!

Pongamos un renovado interés en servir con más compasión y misericordia a esos especiales amigos de Dios que tenemos a nuestro alrededor, con nuestros medios, nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra comprensión… y siempre envolviéndolos en nuestra oración. Es lo mismo que nos ha enseñado la Virgen, Madre de Misericordia. Ella nos dará nuevas ideas para enriquecer con estos amigos nuestra vida ante Dios, y además nos dará gracia para hacerlas realidad.