lunes, 4 de abril de 2011

Cada vez más luz (IV de Cuaresma)

Alegría es lo que se va sintiendo en los ojos a medida que pasan las hojas del calendario y la primavera va tomando posesión del paisaje. De modo especial, qué alegría sentimos cuando las tardes son más luminosas y el resplandor del sol nos dura un poco más. ¡Cuánto necesitamos la luz! Por eso Jesús, en el Evangelio de hoy, se nos ofrece como aquél que es capaz de llenar nuestros ojos de luz, para que podamos ver las cosas como son en verdad y para que brille siempre en ellos la alegría de la esperanza.


Aquel hombre nunca había podido ver, pues nos dice san Juan que era ciego de nacimiento. Quizás nosotros no estamos tan mal, al menos podemos estar leyendo ahora este blog. Pero no por ello el ciego es un personaje extraño a nosotros. Si la samaritana nos reflejaba a la perfección, porque todos reconocemos fácilmente esa sed interior de más que llevamos, el ciego nos debería recordar que en muchas cosas importantes de nuestra vida nos falta visión. No siempre somos capaces de reconocer esta necesidad de luz interior, pero en cuanto la descubrimos nos volvemos agradecidos a Cristo para que ilumine nuestra alma igual que sacia nuestra sed.


Podemos considerar, por ejemplo, la poca agudeza visual que tenemos para ver a Jesús presente en nuestro día a día. Siempre está ahí. Lo sabemos y lo creemos, pero ¿lo vemos siempre? ¿Tenemos esa percepción clara de que Dios me acompaña todos los minutos de la vida? No olvidemos que venimos al mundo con un serio problema de ceguera de nacimiento, que es el pecado original. Aunque la misericordia de Dios nos lo borra en el bautismo, nos deja como una debilidad congénita en los ojos del corazón. Siempre, por tanto, tendremos que esperar que Jesús ponga su luz en nuestros ojos para poder descubrir su presencia serena junto a nosotros.


De igual manera podemos pensar hasta qué punto tenemos ojos perspicaces para conocer verdaderamente a las personas que viven con nosotros. Nos puede pasar que la rutina y el cansancio puedan ir tejiendo unas sutiles legañas que emborronen a las personas con las que compartimos cada día, de modo que acabamos pensando que son simplemente lo que señalan sus apariencias. Cuando lo importante es conocerlas mirando dentro de su corazón. Es lo que le pasa al profeta Samuel, cuando va a escoger al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé. El Señor tiene que recordarle que “los hombres miran las apariencias, pero Dios ve el corazón”. Entonces, ¿por qué no pedir a Jesús que nos ayude a ver a los nuestros como El los ve? Así no sólo podremos ayudarles mejor, sino que además los disfrutaríamos mucho más, al verlos con ojos limpios de rutinas y pasadas decepciones.


Tampoco nos vendría mal un poco de vista para nuestro futuro. De cara a él somos totalmente ciegos, y eso más de una vez nos produce inquietud y desesperanza, cuando no miedo y una parálisis que nos agarrota y nos quita la alegría. San Pablo nos recordaba hoy que somos “luz en el Señor”, porque la persona con fe sabe que Dios la va a mantener siempre en su luz, ahora y mañana. Si el futuro pertenece a Dios, podemos ver con total certeza la luz que vendrá mañana, y caminar hacia ella con los ojos abiertos, aunque nos cueste horas y horas de oscuridad.


Cuánto necesitamos la luz, es verdad, y de qué manera tan sencilla nos la da Jesucristo. El Maestro iluminó los ojos del ciego tocándole con un poco de barro y saliva, y luego conversó con El con una ternura que nos conmueve. Hoy Jesús te quiere tocar cada vez que te acercas a El en los sacramentos, especialmente en la Comunión, donde toma un poco de la más pobre materia de nuestro mundo y la convierte en su propio Cuerpo. Hoy Jesús te espera con ternura cada vez que decidas a hacer oración, y escuchar en tu interior la Palabra de Cristo, “Luz del mundo, para que no caminemos en tinieblas”. Aún queda Cuaresma.... aprovéchala para reconocer de corazón tu necesidad de luz, y para meterte con más deseo en los caminos de luz por los que Cristo te acerca a El: la comunión y la oración.

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