Llevaban mucho tiempo escondidos los fariseos, desde aquellos lejanos enfrentamientos con Jesús en Galilea. Pero hoy vuelven a aparecer, esta vez en las últimas controversias que sostiene el Señor en el templo de Jerusalén. Nosotros les conocemos por dos rasgos: su tendencia a tener muy controlada su precisa religiosidad y su visceral rechazo de la nueva religión que enseña el Señor. Por eso tratan de cazarle con una pregunta que pretende encerrar a Jesús en una trampa política: ¿cómo relacionarse con la autoridad legítima, con el César?Pensamos que hoy cualquier cristiano sabría responder a esta cuestión. Sabemos desde siempre que el cristianismo ha vivido en una increíble diversidad de formas políticas en sus dos Milenios de historia. Es una muestra de libertad, flexibilidad y universalidad que distingue por cierto al cristianismo de otras religiones. Sabemos también que el cristiano, en la comunidad política, está llamado a esforzarse por el bien común de su país. El amor y espíritu de servicio a la patria que nos recomienda el catecismo, que quizás hemos renovado en esta Fiesta Nacional, es propio de la fe cristiana. Igual que lo es la obediencia a la autoridad, pues reconoce en ella una presencia de Dios. Así se lo decía el mismo Dios a Ciro, rey de Persia, en la primera lectura: “te concedí un título aunque no me conocías”. Por eso san Pablo en varias ocasiones nos recomienda la obediencia a la autoridad, la cooperación fiscal y económica, y el deber de rezar por los gobernantes. No lo hace en la carta que leemos hoy, la primera a los de Tesalónica, de carácter íntimo y personal, pero sí por ejemplo en el capítulo 13 de la carta a los romanos, que podríamos leer despacio. El límite a esta actitud, por supuesto, está en la conciencia, pues nos dice la Escritura que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Ante leyes inmorales el cristiano sabe que tiene el derecho y el deber de objetar en conciencia e incluso desobedecer, aunque como nos cuenta el capítulo 13 del Apocalipsis, esto le acarree persecuciones y serios problemas.
Es un tema claro, y por tanto sería una pregunta bastante tonta... si no estuviese guiada por la maldad de los fariseos. Es evidente que ellos no tienen interés en la enseñanza del Maestro sobre la vida pública. Se ve en el tono con que preguntan, con doblez y fingimiento. Además, salta a la vista que ellos ya tenían la respuesta: en su mano estaba el denario preparado para pagar el impuesto. No nos extraña que ante este panorama Jesús derivara la pregunta hacia el corazón de los fariseos: demos al César lo suyo, pero ¿le damos a Dios lo suyo? Jesús conoce, nos dice san Mateo, el interior de los fariseos, y ve allí las componendas que hacen para excusar su falta de fe en Jesús, su falta de generosidad para entregarse a Dios como El les enseña. Jesús ve que ellos prefieren vivir una fe según les parece, y por eso les sitúa ante la gran pregunta: ¿le doy a Dios lo que me parece, con mi religiosidad hecha a mi medida, o le doy a Dios lo que se merece, lo suyo?
Ante esta decisiva pregunta nos sitúa también a nosotros. Podemos vernos como cristianos que nos resistimos a dar a Dios lo suyo, y como los fariseos, buscamos componendas y recortes para dar a Dios lo que a nosotros nos parece. Seríamos entonces los reyes del regate, más que Messi o CR9, si nos dedicamos a regatear y andarnos con reservas delante de Dios. Nos puede pasar cuando no dedicamos tiempo a la oración, o cuando buscamos vivir la misa buscando mínimos (voy cuando me parece, voy si dura poco, a ver si la de hoy me vale para mañana, llego tarde por sistema porque seguro que vale igual....). Quizás te puede pasar también a la hora de pensar tu compromiso con el bien común: ya hago bastante con lo mío...
En fin, si somos sinceros podríamos ver que vivir así, como pequeños fariseos, es resignarse a presentarle a Dios un corazón algo mísero... cuando El es infinitamente generoso con cada uno de sus hijos. La ilusión de vivir como un cristiano generoso se enciende en el corazón cuando descubrimos que nuestro Padre Dios nos lo ha dado todo, y por tanto, “lo que es de Dios” es... sencillamente toda nuestra vida. Por eso intentamos, en la medida de nuestras fuerzas, entregarnos a Dios sin límites, ser generosos con El a lo grande, que es la medida que El se merece.
¡Cómo cambia entonces nuestra religiosidad! Cuando ponemos el corazón en nuestros momentos de oración y en la celebración de la Misa, cuando vivimos nuestros deberes con El sin regateos ni excusas, cuando asumimos a lo grande, con esperanza llena de ilusión, nuestro compromiso cotidiano en la mejora de este mundo. ¡Qué alegría tendríamos cada noche si, después de esfuerzos, problemas, sufrimientos y consuelos, pudiéramos decir que al menos hemos vivido la jornada con generosidad y con el corazón puesto en Dios!
Es una meta preciosa la que nos propone Jesús: ofrecer, más bien devolver, a Dios toda nuestra vida. Y como todo lo valioso, costoso. Por eso nos pueden ayudar dos ejemplos muy cercanos. Uno es el de santa Teresa, quien empezó su “camino de perfección” cuando decidió, pasados sus cuarenta, entregarse a Dios del todo y absolutamente. Así pudo escribir: “vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”. No digamos la Virgen Santísima, que se define como la esclava del Señor y pone todo el valor de su vida en que se cumpla en ella la Palabra de Dios. Tomemos la luz de estos ejemplos para que nos ayuden a vivir la Palabra de Jesús, de modo que tengamos la alegría de vivir a lo grande delante de Dios y de hacer todo lo nuestro con el corazón puesto en su Amor.
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