domingo, 23 de diciembre de 2012

Bailar al final del camino (Adviento IV)

En la estela del sorteo de Navidad de ayer hemos visto cómo bailar y brindar es un evidente síntoma de alegría incontenible. Es fácil bailar cuando los problemas se han evaporado, de una manera o de otra, pero bailar en el corazón en medio de problemas sin cuento es algo que roza lo milagroso, como muchas veces habremos tenido ocasión de comprobar. Por eso tenemos que aprender de lo que sucede hoy en un hogar verdaderamente cargado de dificultades, y en el que sin embargo, el grito de júbilo y el baile incontenible marcan el tono de la casa. Ese hogar es la casa de Zacarías y su esposa Isabel.

Una casa llena de problemas, bastante más graves que el haberse quedado sin el gordo de Navidad. Una mujer mayor, en un pueblecito de la montaña, alejada de Jerusalén y de su familia, estéril... y que de repente, en estas condiciones y a su edad espera un hijo, a san Juan Bautista. Si un embarazo y un parto pueden presentarse llenos de dificultades, ¿cómo se vivirán por parte de una mujer ya anciana y que había borrado de su horizonte personal y familiar el tesoro de tener hijos? Y además, Zacarías, su esposo, mudo y sin poder articular palabra por su poca fe. Un hogar con serias dificultades e incertidumbres ante el futuro, muy parecido en esto a los hogares de nuestras familias.

Y sin embargo, en medio de estos problemas, hay una presencia que hace brotar la alegría y la danza. Al escuchar el saludo de la Virgen María, el Bautista, de seis mesecitos, se pone a bailar de alegría en el seno de Isabel, y ésta, inflamada por el Amor del Espíritu Santo, grita en alabanzas de júbilo y  proclama la primera bienaventuranza del Evangelio, mucho antes que el Sermón de la Montaña: "Bienaventurada tú, que has creído". La simple presencia de María, que lleva en su seno al Salvador y que saluda con su incomparable ternura a santa Isabel, arrastra los problemas en una ola de incontenible vitalidad.

No se puede explicar, pero el que lo ha vivido sabe que es así. El encuentro con María, que trae en sus brazos a Jesús, es la puerta de la verdadera alegría y la paz segura. Por eso todo el tiempo de Adviento es en el fondo un camino en el que preparamos nuestro corazón para este encuentro, que lo hace bailar. Un camino de Adviento bien preparado termina en este encuentro de danza y felicidad. No nos queda mucho para prepararlo, por eso el profeta Miqueas nos invita ya directamente a mirar a Belén de Efrata, de donde saldrá "el Jefe que nos pastoreará y nos hará vivir tranquilos con paz". Mira ya a Belén, aunque no sea el de Efrata sino el que con tanto cariño has puesto ya en tu propia casa. Mira a la Virgen que te ofrece como regalo a su Hijo único, el Unigénito de Dios. Recuerda que ese Niño, como dice la carta a los Hebreos viene a ofrecer desde la cuna su pequeño cuerpo "como oblación como víctima para santificarnos de una vez para siempre". 

El encuentro con María es el encuentro con Aquél que ha venido a darnos la paz y la alegría serena pagando el precio de su Sangre. Es por tanto el encuentro con el Amor más grande que jamás podremos encontrar en nuestra vida. Y el enamorado, baila, goza y se alegra. Nos ponemos junto a nuestro Belén, a la vera de la Virgen María, esperando que nuestra Madre buena nos conceda la alegría de percibir su presencia, de acoger a su Hijo amado en nuestros corazones, y de saborear en lo hondo del alma el Amor inmenso que le mueve a venir. Sólo con ese Amor la danza será más fuerte que la angustia, y entonces será de verdad Navidad.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Regalos y tareas (Adviento III)


Siempre daremos gracias a Dios por haber inventado tantas formas de vivir la alegría. Nos llenan de alegría miles de cosas, materiales, emocionales, personales... pero posiblemente una de las formas más intensa de estar alegre es la presencia de una persona amada. De esta alegría, esta luz indefinible que causa en el corazón la presencia de una persona que nos trae un bien, es de la que nos hablan las lecturas de hoy, porque es la alegría propia de la navidad cristiana. De la Navidad.

Todas las lecturas nos anuncian con alegría la presencia nueva de “Dios en medio de nosotros”, como hace Sofonías, o nos recuerdan con san Pablo que “el Señor está cerca”, o nos tratan de hacer revivir “la expectación por la venida del Mesías” que ocurrió en tiempo de Juan Bautista. Alegría emocionada por la venida de Alquien a quien necesitamos mucho y con quien podremos vivir muy de cerca. Alguien, un Niño enviado por Dios, un Niño Dios, que nos llena de ilusión porque nos trae tres valiosísimos regalos.

Sofonías nos habla del primero, que es la “alegría de corazón”. Alegría causada no porque todo vaya bien, ni porque tenga toda la vida resuelta, ni siquiera porque estoy encontado conmigo mismo. Estas alegrías van y vienen, pero el profeta nos habla de la alegría de saber que Dios “se complace en ti, te ama, y se alegra contigo”. Alegría profunda que es como una centella de luz, un susurrar del Amor de Dios en el corazón, que te dice sin cesar estas hermosas palabras que nos trae el profeta.  San Pablo nos habla del segundo “la paz de Cristo”, esa profunda serenidad del corazón que nos hace ver las cosas en su justa medida. Ni lo bueno es tan bueno y permanente como parece ni lo malo es tan malo y omnipresente como se nos represente. “Pedid y dad gracias”. “Nada os preocupe”. Sólo un corazón en paz puede tener la fortuna de saborear estas frases. El tercero nos lo recuerda el Bautista, ya que el Bautismo que trae Jesús es un  verdadero baño de purificación. El regalo de ser purificado a fondo por el Amor, ese “Espíritu y Fuego” del que habla hoy Juan, que quema todo el lastre negativo de nuestra vida y hace relucir con  luz nueva las cosas buenas que tenemos.

¿No te gustaría recibir estos tres regalos de manos del niño esta Navidad? La alegría que nada te podrá quitar, la paz que serena tus ojos, la pureza interior que te permite brillar con luz nueva. No son caros, ni difíciles de conseguir, ni están sujetos a recortes ni a restricciones. Simplemente te pide san Juan Bautista, el mensajero del Niño que va a dártelos, que vivas tres cosas, tres tareas con las que puedas preparar el camino al Niño que trae presentes.

Al común de la gente le propone “repartir con el que no tiene”. A los injustos publicanos les manda “no exigir más de lo debido”. A los duros soldados les indica “no hacer violencia a nadie”. Tres tareas claras: más generosidad, más justicia, más buena cara y mansedumbre. Si queremos los regalos, que ciertamente necesitamos, emprendamos las tareas. Todos podemos repartir con más generosidad esos bienes con los que Dios te ha bendecido para que puedas ayudar a los que nada tienen. Todos podemos tratar a los nuestros con más justicia,  sin estar siempre poniéndonos como el centro de toda balanza. Todos podemos sembrar algo más de paz y mansedumbre en nuestra familia o en nuestros trabajos, de modo que la tentación de resolver los problemas con la prepotencia o la opresión encuentre menos lugar en nuestros ambientes.

El Niño trae la alegría de una presencia llena de tres regalos valiosos y necesarios. Dale gracias porque un año más se acuerda de tu vacío y tu necesidad, para llenarla con sus dones en su ya próxima venida. Y pide a su Madre que en la tarea de allanar el corazón cuentes con su ayuda. Que María, protagonista ya del Adviento, ponga en tu alma esa generosidad, esa justicia y esa mansedumbre con los que Ella acogió la venida de su Hijo. Ella te colmará de estas virtudes, y tú tendrás tus regalos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Amanece en el desierto (Adviento II)


Están locos estos cristianos. El mundo civilizado se lanza un año más a poblar balcones, postales y escaparates con la sonrosada y placentera figura del rollizo Santa Claus, y ellos de repente nos plantan a un sieso. Un tipo extraño, con luengas barbas de indigesto profeta y con una pelambrera de camello por toda vestimenta. Un señor fuera de lugar que comienza a despertar a las arenas de un solitario desierto hablando de la próxima venida de un primo suyo llamado Jesús. Un vociferante altavoz que no nos recuerda la última oferta que podemos adquirir para nuestras compras navideñas tan típicas de estos entrañables días, sino que proclama la cercanía de algo tan galácticamente abstruso como es la salvación de Dios, así, con todas sus letras. El mundo cuelga santaclauses y en todas las iglesias del mundo se muestra hoy la figura de un personaje que ciertamente no es Papa Noel.

Pues es verdad, santa locura. O más bien, serena cordura que mantiene el alma en estos días previos a la Navidad alejada de la locura de folleto y escaparate que amenaza descargar próximamente. Serenidad que la voz de san Juan  Bautista hace amanecer en nuestra alma, porque, como decía el profeta Baruc en la primera lectura, podemos "mirar a oriente", mirar el amanecer dulce y radiante del Amor, cuyo despuntar nada tiene que ver con las atronadoras luces que nos atosigan por doquier. El mundo, podíamos pensar, se asoma a la locura navideña, y los que oyen la voz del Bautista, sienten que deben serenar sus corazones para que el amanecer que se acerca les encuentre preparados. Comprendemos que haya personas encantadas con perder noches y noches en torno a artificiales luces fosforescentes, pero no podemos menos que afirmar que nuestros ojos han sido creados para contemplar el amanecer del sol a cielo abierto.

Frente a las luces de artificio de la Navidad de Papa Noel, el amanecer radiante de la Natividad de gloria anunciada por san Juan Bautista. Parece un tópico, pero como el cristiano vive en el mundo, sin ser de él (o al menos intentándolo), conviene que la Iglesia nos recuerde todos los años que lo nuestro no es sumergirnos  en el consumo de luces, sino desear ardientemente el despertar de la Luz. El que ha probado alguna vez la intensidad y la profunda alegría que deja el toque del Amor de Dios en el alma, termina por afirmar que todo puede faltar en la Navidad menos esa centella de Amor. Podemos pasar dificultades económicas, laborales, familiares, de salud... Podemos pasar una terrible crisis que hace que Papa Noel esté a punto de pedir la jubilación anticipada por falta de portes, después de años y años ampliando renos y trineos. Podemos experimentar con desaliento que nuestra vida sigue igual de mediocre y gris que la Navidad pasada. Pero si hemos sentido alguna vez el amanecer radiante de la Navidad, terminaremos por afirmar que en el fondo siempre tenemos lo más importante.

Siempre nos quedará Belén. Pase lo que pase. Estemos como estemos. Vaya como vaya este loco mundo en el que los cristianos intentan vivir su fe de la manera más auténtica posible. Siempre nos quedará la venida del Niño como luz humildísima. Siempre podremos escuchar al Bautista recordándonos que, aunque todo falte, Dios siempre crea el amanecer. Por eso dejamos a un lado las prisas de agendas y tickets de compras, y tratamos de limpiar nuestros ojos para que vean esta dulce y suavísima luz. Buscamos unos ojos que, como pedía san Pablo desde el Corazón de Jesús para los filipenses, tengan "sensibilidad" para seguir el rastro de esa luz sin dejarse deslumbrar por tantas luces. Buscamos trabajar nuestra alma, para que "los  valles se eleven y los montes desciendan". Para que nuestros desánimos sean vencidos por la esperanza y nuestro altanero orgullo sea cautivado por la humildad.

Preparamos en estos días nuestros ojos para ver este amanecer que nos promete san Juan Bautista. Serenamos el alma, con el paciente trabajo de elevar y de rebajar, como un buen alfarero. Y aunque todo el mundo corra ansioso, o preocupado, o alocado, detrás de un trineo artificial... los locos cristianos intentarán no apartar los ojos del sendero por el que se acerca el amanecer por medio del desierto en su camino hacia Belén.

domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Preparado para ver? (Adviento I)

"A ti Señor levanto mi alma", hemos orado hoy en el salmo responsorial de la misa. Una oración que nos sirve especialmente bien para llenar nuestra vida interior en este comienzo del Adviento. Ante el Dios que desciende desde la eternidad y la gloria a la temporalidad y al sufrimiento, no cabe otra actitud que elevar el alma para salir a su encuentro. Y el alma, lo sabemos bien, muchas veces es más difícil de levantar que el propio cuerpo, pues sólo puede elevarse sobre sí misma a base de una virtud que hoy es un verdadero artículo de lujo: la esperanza.

Solamente el alma que tiene la luz de la esperanza en su interior es capaz de levantarse, de "alzar la cabeza", como nos pide el Señor en el evangelio de hoy, porque sabe que en todo momento "se acerca vuestra liberación". Solamente Dios nos puede regalar esa esperanza, que no tiembla aunque en nuestra vida "haya angustia de las gentes, miedo y la ansiedad". En medio de las tormentas más terribles el alma que espera en Dios puede confiar, en medio del miedo y el malestar, en la venida de Jesús a su vida, "lleno de poder y gloria". Y puede confiar porque Dios es el único poder en el mundo que cumple siempre sus promesas, como nos recordaba en la primera lectura el profeta Jeremías. Tarde o temprano, o mejor dicho, en el tiempo previsto oportunamente por Dios en su providencia, amanecerá en nuestras vidas la vela de la salvación. Miles de años tuvo que esperar la humanidad hasta que esta luz despuntara en Belén, en el momento oportuno. Nosotros esperamos ahora que esta Navidad vuelva a venir a nuestras casas.

Por eso recordamos la próxima venida del Salvador encendiendo la primera vela de la corona de Adviento, como viendo desde la oscuridad a lo lejos la luz que poco a poco viene a llenarnos de su resplandor. La luz llegará seguro, nos dice la esperanza cristiana. Pero la fe nos dice otra cosa: ¿estás preparado para recibirla? La luz nunca fallará, pero la claridad de nuestro corazón posiblemente sí. San Pablo les dice hoy a los de Tesalónica que pidan fuerzas para que  cuando venga la luz de Jesucristo "os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre". Cuando venga con todo su poder la luz de Dios en nuestra vida, ¿se encontrará un corazón preparado para verla? ¿Podremos presentar a Dios un corazón con grandes deseos de santidad? ¿Estaremos dispuestos a realizar en nuestra vida lo que la luz nos pide?

Por eso el tiempo de Adviento es a la vez tiempo de esperanza y tiempo de purificación. Esperanza en la venida del Dios que siempre cumple Purificación de las tinieblas de nuestras angustias, vicios y preocupaciones, que nos impiden ver con la sencilla claridad de los niños la omnipresencia de Dios en nuestra vida. Tomamos nota entonces de la advertencia de Jesús: "Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida". Intentemos despejar nuestra mente con la oración y la confianza en Dios, para que libre de sus velos pueda estar bien preparada para recibir esa luz hermosa y salvadora que desde hoy no puede más que crecer. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

"Tú lo dices, soy Rey".

Hay veces en que la Verdad habla por nuestra boca sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Así le ocurrió a Poncio Pilato en aquel primer Viernes Santo, cuando sin saberlo coronó Rey a Jesucristo con todo el protocolo establecido. Le ofreció un duro suplicio para ganar el trono, le impuso una corona, le vistió con una túnica de púrpura, le mostró públicamente como el Rey de todo el pueblo y le sentó solemnemente en el trono de la Cruz. Poncio Pilato, sin saberlo, estaba cumpliendo los designios del Padre, que quiso constituir a su Hijo como Rey del Universo por procedimientos muy alejados de aquellos que son propios de la constitución de los poderes de este mundo.

"Mi reino no es de este mundo", le dice Jesús a Pilatos. Claramente se había visto. Los poderes del mundo se establecen y se sostienen demasiadas veces a base de la violencia, la mentira, el interés propio y la coacción. El poder de Dios establece el reinado de Cristo sobre la mansedumbre, la Verdad, la generosidad del propio sacrificio y la libertad. A nuestra mente, parece una manera absurda de coronarse Rey...pero a la Verdad, demostrada por el paso del tiempo, le parece ser la manera adecuada: ¿dónde está el Imperio de Roma? ¿Dónde está el Reino de Dios?

Compara, y piensa en qué tipo de reino quieres desarrollar tu vida como ciudadano. Ser ciudadano del cielo, como dice san Pablo, es vivir según los principios del Reino que Cristo expresa en su comparecencia hoy ante Pilatos. Si piensas que vale la pena vivir en este Reino, pídele ayuda, para ser capaz de conseguirlo, porque Jesús es Rey que gobierna y ayuda, que impera y que protege, que legisla y ampara. Acógete al poder salvador del humilde Reino de Dios, acercándote a nuestro Rey coronado de espinas y crucificado, y vive ya en tu vida diaria el extraordinario poder que Jesús Resucitado otorga a los que confían en El. Señor, ¡venga a nosotros tu Reino!.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El Cielo se desploma en Amor

Estaban realmente locos aquellos romanos que asediaban sin cesar esa aldea habitada por unos irreductibles galos cuyo único temor era que el Cielo cayese sobre sus cabezas. Es ciertamente desagradable salir a pasear por las calles de tu aldea global y que empiecen a caer sobre tu cabeza porciones celestes y lluvia de asteroides, por lo que comprendemos razonablemente el miedo de aquellos bigotudos galos. En una línea parecida, la Sagrada Escritura usa imágenes de grandes caos celestes para describir lo peor que pueda pasar: "el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán.." como dice Jesús en el Evangelio de hoy.

Sin embargo, la reacción propuesta por Jesús ante esos acontecimientos no es el terror ni el pánico. Porque sólo entonces, cuando el caos y el desastre parecen irreversibles tragedias de alcance cósmico, sólo en el momento donde ninguna solución parece posible puede aparecer en plenitud la salvación de Dios: "Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria". Lo que sucede al corazón con fe cuando ve que el cielo de la vida está para desplomarse sobre su cabeza es, paradójicamente, una reacción de esperanza: ahora Dios no tiene más remedio que actuar, porque sólo El puede arreglar esto, y porque sólo El puede asegurar que nunca dejará desprotegidos a los suyos. Por eso, igual que la crisis que rpecipita el final de la historia es tan sólo el preludio a la gloriosa manifestación de Jesús Salvador, las crisis que hacen tambalear el firmamento de mi vida son ocasión para invocar al Salvador y poner en sus manos mi camino y mi futuro. Es esa manía irreductible de la Sagrada Escritura, que, como decía también el libro de Daniel, ve que aunque "serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora", sin embargo lo que promete no es la aniquilación, sino que "los sabios brillarán como el fulgor del firmamento".

Por tanto, el temblor del cielo es fuente de esperanza, más que de temor: ahora sí que viene el Salvador. Y si se hace presente, nos recuerda Jesús, no es tan sólo para coser sietes o zurcir los descosidos de este mundo sufriente y en permanente dificultad. Viene a reparar, es cierto, pero sobre todo viene por Amor. Ese Amor que busca estar habitualmente en los brazos del Amado, y que hace que Jesús, en su venida reparadora, envíe a sus ángeles "para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos". La venida de Jesús busca por encima de todo el encuentro con los suyos, con todos nosotros. Por eso es una venida de Amor, cuyo fruto maduro es la Iglesia, esa inmensa reunión de creyentes en torno al Amado, que camina por este mundo doliente en la esperanza de un futuro mejor que sólo Jesús puede abrir.

¿Y cuándo será ese momento? En su grado definitivo no lo sabemos, pues aunque cientos de adivinos y quinielistas aventuren fechas del fin de mundo con una pródiga abundancia de hipótesis, tenemos que reconocer que sólo el Padre, el Creador de este mundo, es el que sabe su fecha de su caducidad. Y si "ni los ángeles del cielo ni el Hijo" saben cuál es esa fecha, difícilmente daremos crédito a profetas de probabilidades. Sin embargo, en el grado del día a día, sí podemos afirmar que el momento de la venida de Jesús a nuestra vida va directamente unido a nuestras dificultades y nuestras cruces. Cuanto más nos hacen temblar, más se acerca a nosotros ese Amor celeste que viene desde las nubes para derramar la lluvia reparadora de su gracia y su consuelo. Abramos el corazón para acogerlo, porque en el fondo ese Amor que se reveló en la Cruz es lo único que el Cielo puede arrojar sobre nuestras cabezas y enviar a nuestros corazones.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La última respuesta de Cristo

El Cielo es durante estos primeros días de noviembre un objeto frecuente de contemplación. Allí descubrimos a esa enorme multitud de intercesores y modelos que son los santos, y, entre ellos, disfrutando eternamente del Amor de Dios, muchos de nuestros difuntos, que han estrenado ya su morada celeste. Pero en el corazón del Cielo hay una figura que hoy nos presenta con trazos fuertes la segunda lectura de hoy: "allí está Cristo, que vive para siempre para interceder en nuestro favor". El centro del Cielo es el Corazón de Cristo Sacerdote, que eternamente recoge nuestra vida y la presenta al Padre Celestial intercediendo por ella. El Amor de Cristo no conoce descanso, día y noche vela por nosotros, perdona nuestros pecados, escucha nuestros lamentos, consuela nuestros corazones y llena nuestra alma de fuerzas renovadas. Es un Amor que despierta en nosotros, como no puede ser menos, un amor que poco a poco va creciendo hacia Él, como el árbol con el que Jesús compara al Reino de los Cielos. Un amor cuya semilla es la gratitud por lo que Cristo hace sin descanso por nosotros, cuyo tronco es nuestro esfuerzo diario por corresponderle y cuyas ramas son las obras de amor que nosotros hacemos como buenamente podemos, intentando esparcir las semillas del amor de Jesús a nuestro alrededor.

Por eso entendemos que la última respuesta de Cristo en su enseñanza es el precepto del amor. "Nadie se atrevió a hacerle más preguntas", porque se había respondido a lo esencial. Lo que Dios espera de nuestra vida de fe, el precepto primero de todos, es responder a ese Amor de Jesús con todas nuestras fuerzas. Las que tengamos en cada momento. Las que la gracia de Dios nos ayude a tener. El corazón de nuestra fe, como el del cielo, es el amor que somos capaces de vivir con Jesucristo. Un amor hecho de agradecimiento por todo lo que hace por nosotros, como lo vivió Israel con Dios al ser arrancado de la esclavitud miserable de Egipto. Cuando Israel se vuelve maravillado al Dios del Sinaí para agradecerle la liberación, se encuentra con estas palabras: "Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo el corazón". La mirada agradecida a Jesús despierta en nosotros, naturalmente, el amor a nuestro Salvador, a Aquél que "puede salvar definitivamente".

La última respuesta es siempre la más importante, por eso las palabras de Nuestro Señor nos ponen frente al asunto más importante que tenemos que revisar en este año de la fe. ¿Vivo una fe que reconoce a Cristo como mi Salvador? ¿Saber que mi vida está salvada día a día por El me lleva a sentirme agradecido? ¿Expreso ese sentimiento en un verdadero amor a Jesús? Podemos preguntarnos también, al llegar a esta cuestión, cómo somos capaces de vivir ese verdadero amor con Jesús. El salmo, afortunadamente, nos da unas palabras para empezar a vivirlo: "Yo te amo Señor, tú eres mi fortaleza".  Para vivir el amor podemos empezar a traducir los sentimientos en palabras, en jaculatorias, decirle muchas veces al Señor que le queremos. Y de las palabras, el amor nos llevará a las acciones. Expresar nuestro amor a Jesús en el amor a los más próximos, a nuestros familiares, amigos y compañeros. Y dejar que el amor poco a poco se extienda hasta un verdadero interés por las necesidades del mundo entero, hasta dejarnos afectar por la necesidad de los "prójimos" más lejanos.

Intentemos contemplar ese Amor celeste y eterno de Jesús. Pidamos al Espíritu Santo que sepamos descubrir ese amor y agradecerlo profundamente. Y transformemos la gratitud en un amor sincero, hecho de palabras internas y gestos exteriores, para responder a lo que hemos recibido de Jesús. Anotemos con tinta de oro esta última respuesta del  Maestro en nuestros apuntes para la vida. Y sigamos soñando, en medio de nuestros suspensos y aprobadillos, con lograr algún día el Sobresaliente del Cielo. El Amor todo lo puede...

domingo, 28 de octubre de 2012

¡Señor, que vea!


No se nos va a olvidar la enseñanza del domingo pasado. El episodio de los dos hermanos Zebedeos con Jesús nos recordaba que nuestra fe empieza siempre por pedir un espíritu de sacrificio y de servicio en favor de los que tenemos más cerca. Pero esta enseñanza no nos debe hacer olvidar que la fe también nos lleva a pedir la solución de nuestras propias miserias. Nunca debemos ser tan generosos con los demás que nos olvidemos de presentar ante Dios nuestras tribulaciones y sufrimientos. Precisamente porque en ellos es cuando estamos más cerca de Dios.

Nuestro Dios está cerca de los atribulados, o, como dice el profeta Jeremías, los que encabezan el grupo de los salvados por Dios son "cojos, ciegos y embarazadas". Personas que están pasando por momentos difíciles o delicados. Cuando estamos en esos momentos es cuando tenemos más derecho a presentarnos delante de Dios. Quizás a veces pensamos al revés: nuestras obras buenas nos dan derecho a pedir a Dios una contraprestación y nuestros sufrimientos son castigos a nuestras maldades. Nada más lejos de las lecturas de la Palabra de Dios que tenemos hoy en la Misa.

Dios se acerca a nuestra miseria como un el hierro a un imán. Aunque a veces pensemos que no tenemos espacio en los oídos de su Corazón. Jesús oía perfectamente al ciego que, lleno de miseria, le gritaba desde su parálisis y su pobreza. Le hace esperar, quizás para que acoja mejor preparado el inmenso regalo que va a recibir. Y en cuanto Jesús le hace sentir su presencia, el ciego, lleno de confianza, salta hacia El y entabla un maravilloso diálogo que todos habremos tenido con Dios alguna vez en nuestra vida: "¿Qué quieres que haga contigo? Maestro, que pueda ver". Bartimeo confía en que su miseria tiene un espacio en el Corazón de Jesús, y porque confía, obtiene la luz.

Recientemente un gran megamillonario afirmaba que había hecho su inmensa fortuna a base de no confiar absolutamente en nadie. "Bueno, un poco en mi madre", decía. Si a veces nos pasa algo parecido, es decir, si pensamos que la mejor manera de remediar nuestra pobreza es no confiar en nadie, no perder tiempo contándole mis problemas a Dios, desconfiar de la oración y de los sacramentos, emprender yo mismo el camino de mi solución... Si a veces sentimos esto, puede que la historia de Bartimeo nos abra los ojos. Confiar en un Dios que abre espacio en su Corazón a mis problemas es el primer paso para salir de ellos. Primero, viéndolos con una nueva luz. Segundo, sacando fuerzas poco a poco para afrontarlos. Por último, "seguir a Jesús por el camino" como el ciego, para que poco a poco el Señor vaya llenando mi miseria de sentido y de fortaleza.

El Señor está cerca de los atribulados. Y hoy espera que le pidas por ti mismo con confianza y espíritu de fe. Lleno de luz, y caminando a su lado, serás capaz de hacer grandes cosas por ti, y por todos los que te rodean.

domingo, 21 de octubre de 2012

Una fe que funcione

Sin duda que aquellos dos hermanos, los hijos de Zebedeo, Santiago el Mayor y Juan Evangelista, tenían muchísima fe en Jesús. Podían vivir en profundidad lo que dice hoy la carta a los Hebreos: Mantengamos firme la confesión de nuestra fe. Confiesan su absoluta confianza en Jesús con una audacia increíble, que ya nos gustaría tener a nosotros en nuestra relación con el Señor. Pero aunque tienen mucha confianza, tienen poca caridad, y por eso tienen una fe grande pero defectuosa. Piden llenos de confianza, pero lo que piden es tan sólo para su propio interés. Por eso su fe no funciona. Y el Señor tiene que enseñarles una vez más, como a ti y a mí tantas veces, lo que hace que una fe funcione de verdad.

No basta la confianza. La fe que funciona es la que desea beber el cáliz que Yo voy a beber y ser bautizada en el bautismo con que me voy a bautizar. Es la fe que llega a ser capaz de compartir el sufrimiento y el dolor, el cáliz de Getsemaní y el bautismo de sangre de la Cruz. La fe se hace verdadera en la experiencia del sufrimiento. Es propio de la fe pedir a Dios que nos llene de gloria y de bienestar. El es el primero que lo quiere hacer. Pero es digno de una fe madura pedir fortaleza en la oscuridad y el sufrimiento. Acompañando a Jesús Crucificado, quien, como decía Isaías, fue quebrantado con el sufrimiento y llevó la luz a su descendencia. El papa canoniza hoy a Anna Schafer, ejemplo increíble de identidad con Jesús en el sufrimiento y la enfermedad, como para recordarnos esta nota esencial de la fe.

Por si fuera poco, Jesús propone a Santiago y Juan un camino más. Deben pedir fortaleza en el sufrimiento, pero deben buscar también el camino del servicio. Creer en Jesús es en el fondo dar nuestra confianza a Aquel que siendo Dios, no ha venido a ser servido sino a servir y dar la vida en rescate por muchos. La fe nos lleva, si funciona de verdad, a pedir fuerzas para seguir acompañando al Señor en el servicio a los que más cerca tenemos. También hoy es canoniza en Roma Carmen Sallés, fundadora de las Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza, quien dedicó toda su vida a servir a las mujeres que en su época no tenían acceso alguno a una educación profesional.

Grandes ejemplos de fortaleza en el sufrimiento y de perseverancia en el servicio. Grandes ejemplos de una fe que funciona de verdad. Grandes ejemplos que hoy vemos en los misioneros, quienes llevan por toda la tierra este divino deseo de compartir los sufrimientos de los pueblos y de servirles con la entera entrega de su vida para que en ellos prospere la fe, la esperanza, la caridad y el progreso material y humano. Grandes ejemplos que hoy nos mueven un poco más a mirar a Nuestro Señor y pedirle una fe que funciones. No sólo para conseguir lo que deseamos, sino especialmente para saber sufrir y poder servir.