domingo, 6 de noviembre de 2011

Aceite sabio (Domingo XXXII A)

Terminada la primera semana del mes de Noviembre muchos de nosotros seguro que hemos pensado en el final de la vida. El recuerdo de los difuntos del pasado miércoles y la tristeza del otoño con mal tiempo parecen inclinar nuestro pensamiento hacia la ausencia de las personas que queremos y también hacia el misterio que supone la brevedad de nuestra vida. Quizás por eso resulta esclarecedor el rayo de luz con el que san Pablo define hoy la muerte del cristiano, en la carta que escribe a los fieles de Tesalónica. ¿Qué es el muerte para un cristiano?, nos preguntamos. “Estaremos siempre con el Señor”, nos responde san Pablo. Pasar a una profundísima y eterna unión “con” el Señor y, “con” El, a la vez “con” todas las personas que en El están viviendo.

Por eso Jesús vuelve a recordarnos hoy que nos espera un banquete lleno de luces y fiesta en el Reino de los Cielos, un inmenso convite de bodas en el que El mismo es el Novio y el protagonista absoluto. El ha triunfado sobre la muerte y ha preparado esta fiesta sin final para todos nosotros. Cada uno de los bautizados, en efecto, está invitado a esta interminable sección final de nuestra vida. De ahí que las diez doncellas de la parábola de hoy, invitadas a la boda y expectantes por entrar en ella, nos representen a todos nosotros.

Ella tienen lámparas, que son las que deberán encender si quieren ser reconocidas por el Anfitrión y acceder al salón del convite. También a nosotros se nos ha dado una lámpara que puede encenderse en luces del Cielo. Se nos dio en el Bautismo, cuando nuestro corazón quedó transformado en una lámpara lista para acoger la luz del Espíritu Santo. Pero también nosotros podemos ser “necios” y olvidarnos de que no basta tener una invitación para poder entrar, como no basta tener una lámpara para irradiar luz. Hace falta estar preparados para el banquete, como hace falta tener aceite para que la lámpara se encienda.

De nuevo, junto con la alegría de la invitación a las bodas, Jesús nos recuerda la seriedad con la que debemos examinar nuestra vida. Porque muchos son llamados y pocos los elegidos. Todos tenemos lámparas, todos podemos dormirnos en el camino de nuestra vida... pero ¿todos tenemos aceite suficiente para encender la lámpara cuando Dios nos despierte?

Enseguida intentamos aprender de las doncellas sensatas, y buscamos la sabiduría que necesitamos para poder encontrar el aceite que nos hace falta. ¿Dónde comprarlo, antes de que sea tarde? La primera lectura nos da ayuda a descubrir que el aceite puede ser la Sabiduría de Dios, que “resplandece con una luz inmarcesible”. Para un cristiano, esta Sabiduría no es otra que la enseñanza de Jesucristo, que hace pocos domingos se nos resumía en el doble precepto del amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Si llevamos en el corazón esta enseñanza de Cristo, podremos dormir tranquilos, porque llevamos aceite del bueno en nuestra lámpara. Un aceite claro donde Jesús se puede reflejar, y reconocerse. Si vivimos según las enseñanzas del Maestro, Jesús se reconocerá en nuestra vida, y por tanto no tendremos que escuchar las palabras de las doncellas necias. Cuando Jesús dice “no os conozco” es como si les dijera algo terrible: no me reconozco en vosotras, que no habéis tenido cuidado de dar luz y calor. Intentemos que nuestra vida esté llena de la luz del amor y del servicio, que será la mejor muestra de que llevamos ese buen aceite en nuestro corazón.

Y si éste nos falta, vamos a pedirlo. A veces nos sentimos reflejados en las palabras del salmo de hoy: “mi alma tiene sed del Dios vivo”. Muchas veces sentimos la sequedad interior que nos impide querer y servir a los nuestros como quisiéramos. Palpamos la oscuridad de nuestros defectos, nuestro cansancio, la desesperación ante un esfuerzo interminable. Es como si la lámpara se rompiera y el aceite se derramara. Es el momento de acudir a la gran organizadora del banquete, la Madre del Novio, la Virgen María. A ella le pedimos que nunca se nos agote el amor que el Espíritu Santo pone en nosotros, y que guarde nuestros pasos hacia ese banquete maravilloso que su Hijo nos ha prometido.

Si conseguimos entrar en él, toda nuestra vida tendrá sentido y valor. Si nos despistamos y nos perdemos buscando llenar nuestro corazón con otros líquidos, puede que se haga demasiado tarde y que se nos cierre la puerta. Entonces nada de lo que hayamos hecho en la vida nos habrá sido la utilidad. Vamos a caminar con decisión hasta este banquete del Cielo, y vamos a saborear cada día la alegría intensa de saber que estamos creados para vivir para siempre con el Señor, y encontrar en Él una felicidad y una unión con todos que no termina jamás.

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