domingo, 20 de marzo de 2011

El Transfigurador (II de Cuaresma)

Cada año tenemos una cita en el monte Tabor. Se trata de subir allí con Jesús en el segundo domingo de Cuaresma, junto a Pedro, Santiago y Juan. Un escenario familiar, que visitamos anualmente, y en el que de nuevo escuchamos la exclamación maravillada de Pedro: “Señor, qué bien se está aquí”. Es el grito del que ha descubierto el premio. El premio de acercarse a Jesús, de crecer con él hacia lo alto y de descubrirle como fuente inagotable de luz y alegría. En la cima de la montaña, Jesús se muestra como Dios, y se deja ver como el Salvador: ¡qué bien se está con El!

Por eso Pedro no sólo observa, también recibe algo grande. La voz del Cielo, “Este es mi Hijo amado”, le recuerda que todos hemos recibido el poder increíble de ser hijos de Dios. Las palabras de Jesús, llenas de ternura, le vuelven a prometer una seguridad inquebrantable para toda la vida: “no tengáis miedo”. Una de las frases favoritas de Jesús, que una y otra vez tendremos que saborear en el alma. Pedro acogerá estos regalos, que darán todo su fruto a partir de Pentecostés, cuando el mismo Pedro será transfigurado por el Espíritu Santo. Jesús se transfigura en el Tabor para recordarnos que en El nosotros seremos transfigurados. Es, también, nuestro Transfigurador.

“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos”. Pedro recibe, aquí, la misión que va a llenar toda su vida: contar a todo el mundo que Jesús Resucitado es esa fuente de Luz y de Alegría que buscan todos los corazones. Cumpliendo esta misión, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”, como recuerda hoy san Pablo, el apóstol se convertirá, como Abraham, en una “bendición para todos los pueblos de la tierra”.

Y para todos los tiempos. Por que esta tarea que recibe Pedro, realizada “según la fuerza de Dios”, y con la certeza de que no ha sido elegido “por nuestros méritos, sino porque así lo dispuso la gracia de Dios”, esta tarea de sembrar la bendición de Jesús, de ser “transfiguradores” de muchas personas, continúa hoy. Y continúa en las personas de los sacerdotes, que realizan hoy la tarea de los apóstoles. En el Día del Seminario recordamos que todavía hoy muchos escuchan la voz de Jesucristo para seguirle en la vida sacerdotal. Son personas que han vivido la experiencia de Pedro en el Tabor, y que al descubrir a Jesús como la fuente verdadera de Luz y Alegría, han puesto su vida a su disposición, sabiendo que así encuentran la Verdad y la Felicidad.

Su presencia en medio de nosotros es tan necesaria que el mismo Jesús nos pidió explícitamente que rezáramos siempre por las vocaciones. Recemos, hoy especialmente, para que Dios siga enviando obreros a su mies, sacerdotes que transfiguren este mundo tan atormentado en el mundo que Dios quiere renovar estableciendo su Reino. Necesitamos esos apóstoles que transfiguren los corazones mediante la celebración de los sacramentos. Necesitamos esos obreros del Amor de Dios para llevar esperanza y alegría a los enfermos y necesitados, a todos aquellos que por un lado o por otro están buscando el Amor de Dios.

Vamos a pedírselo hoy al Señor con especial intensidad. Al tiempo que, claro está, rezamos por los apóstoles y los obreros que ya están en activo. El sacerdote reza por nosotros, es una de sus grandes tareas, pero también necesita, y mucho, que recen por él. No podríamos llamar a la vocación sacerdotal “oficio de riesgo”, pero sí es verdad que encuentra muchas dificultades. Los ataques del enemigo exterior, en forma de persecuciones, profanaciones o burlas existen. También existen los del enemigo interior, los pecados de los sacerdotes que tanto daño hacen a la Iglesia. Son como nosotros, y por eso necesitan nuestra oración. Y la esperan.

Vamos a pedirle a la Virgen María que nunca nos falten los apóstoles que Jesús nos quiere enviar. Que con la intercesión de san José sigamos recibiendo vocaciones sacerdotales, que con su entrega y su alegría nos sigan recordando que este mundo tiene arreglo. Para que con su tarea este mundo se transfigure y muchos corazones puedan decir, cerca de Cristo, ¡qué bien se está aquí!

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