Al escuchar estos relatos de milagros, donde Jesús nos enseña de modo “práctico” lo que es el Reino de Dios, podríamos tener una pequeña confusión, similar a la que tiene quien confunde un espejo con una pantalla de TV. Podemos ver estos relatos como una película fantástica, donde Jesús hace prodigios, los buenos se salvan, aunque traguen mucha agua, como Pedro, y al final aplaudimos y cambiamos de canal. Pues no. No es una pantalla. Este evangelio que acabamos de escuchar es un espejo, que refleja cómo es tu vida y cómo es Jesús.Pocas imágenes describen algunos momentos de nuestra vida tan bien como la barca de hoy, perdida en mitad del lago, de noche y en medio de un viento tormentoso. Una vida, en sentido literal, atormentada. Más de una vez nuestra vida se ha visto, quizás todavía la ves, reflejada así por las circunstancias que rodean tu familia, tu trabajo, tu salud, tus amores... y si te miras el alma, posiblemente te verás reflejado en los discípulos: tienes una fe enorme en Dios, que hace que te lances al lago a una sola indicación de Jesús... y al mismo tiempo dudas: “Señor, si eres tú...”. “Señor, ¿pero estás ahí?”. El claroscuro de la fe en tu corazón.
Menos mal que también tenemos el reflejo de Jesús. El Dios Todopoderoso, que camina con autoridad divina sobre las mismas aguas. El Señor, que domina en la creación, quien manda de verdad en el mundo, aunque a veces los que pretenden mandarnos no lo quieran ni ver. Y a la vez, el hombre, el Amigo, con un corazón humano como el tuyo, lleno de compasión, que deja su oración al Padre porque no resiste ver a los suyos vapuleados por el temporal. El Amigo al que puedes llamar y hacia quien puedes caminar. El poder de Dios y el Amor de un corazón humano en un solo nombre: Jesús. “Señor, sálvame”.
Cuando se unen esos dos reflejos, viene la paz y la serenidad. Elías, angustiado, encuentra a Dios y percibe la brisa serena. Pablo, con una gran pena y un dolor incesante en su corazón, ora al mismo tiempo alabando al Dios bendito por los siglos. La mano de Pedro agarra la que le tiende Jesús. Y llega la fe y la paz. Si nos hemos reconocido en este espejo, habremos descubierto algo esencial en la vida cristiana. Nunca podremos eliminar angustias y tormentas. Siempre tendremos la mano poderosa y llena de ternura de nuestro Jesús para atravesarlas con serenidad y confianza de llegar a la orilla.
El Papa ha convocado a miles y miles de jóvenes de todo el mundo con el siguiente lema: “Arraigados en Cristo”. Les va a proponer que anclen la raíz de su vida en la fe que tienen en Jesús. Arraigarse o agarrarse, es muy parecido. Vamos a intentar agarrarnos más al Señor. ¿Y dónde está su mano, para cogerla y no soltarla? La puedes sentir al comulgar, cuando Jesús une su Cuerpo al tuyo. La puedes invocar cuando rezas, aunque sólo sea diciendo esa oración encendida de Pedro: “Señor sálvame”. Y siempre, cerca de las manos de María. Invoca a nuestra Señora con fe en medio de la tormenta, que Ella sabrá cómo ponerte en manos de Jesús, y te ayudara a seguir caminando con la mirada puesta en el Amor del Hijo de Dios.