Celebramos hoy el final de las fiestas de Pascua, estos días benditos en los que hemos podido saborear el Amor del Corazón Resucitado de Jesús hacia cada una de nuestras vidas. Hoy el Señor se acerca personalmente a cada uno de nosotros y nos enseña las llagas gloriosas de sus manos y de su Corazón, de las que mana abundante su Amor. Hoy Jesús nos entrega su Amor totalmente, en la persona del Espíritu Santo, el amor eterno (el único Amor verdadero) que une en los Cielos al Padre y al Hijo. Y ese Amor infinito, que resume en su persona todos los regalos y dones de Dios, lo alberga Jesús en el único lugar de la Creación que puede contenerlo: nuestros corazones. Hoy se posa sobra nuestros corazones el fuego del Amor Divino, como se posó sobre los apóstoles en forma de lenguas llameantes. Es por tanto la fiesta del Amor, el regalo de las alianzas y las arras que el Resucitado ofrece a todos los que creen en El.
Por eso pedimos al Espíritu Santo que obre en nuestros corazones las dos operaciones más propias del Amor. La primera unir, como se unen dos esposos con las arras y alianzas. Nos unimos a Jesús con el lazo divino del Espíritu Santo, para que El pueda compartir con nosotros, como en un matrimonio, cada uno de los minutos de nuestra vida. Y la segunda es transformar. Sólo el Amor verdadero tiene la fuerza de mover nuestros corazones hacia fuera, rompiendo los miedos y egoísmos que nos impiden hacer crecer el corazón. Como estaban encerrados los apóstoles por miedo, demasiadas veces encontramos el corazón cautivo del miedo y la dureza. Y el toque enamorado del Espíritu Santo, sin embargo, lo libera y lo transforma en una imagen del Corazón divino.
En este año de la fe tenemos que recordar que esta unión y esta transformación en Cristo que posibilita la fe en el resucitado sólo es posible si nos dejamos llevar por el Espíritu Santo. Dice hoy san Pablo: "nadie puede confesar que Jesús es el Señor si no es por la acción del Espíritu Santo". Hoy pedimos ese don activo del Espíritu, que nos hace ver que nuestra fe no es cuestión de planes y propósitos, sino de acoger con sencillez el soplo del Espíritu y dejarse llevar por El.
Todo esto es muy personal, pero no nos hace olvidar que el don del Espíritu es profundamente comunitario. El mismo Espíritu une a todos los que creen en Jesús en un único barco, que es la hermosa nave de la Iglesia. Nuestra unión y transformación en Cristo se realiza perfectamente en el seno de esta comunidad de hermanos, que reciben una misma vida y comparten el calor de un idéntico Amor. Recibir el Espíritu Santo en Mayo, además, nos recuerda lo profundamente unidos que estamos en la fe, pues compartimos hasta una misma Madre. María, que recibe el Espíritu la primera en la Anunciación, lo reparte primera en la Visitación a Isabel y lo acoge siendo el corazón de los Apóstoles en Pentecostés.
Unidos a María renovamos nuestra misión apostólica en medio de nuestra sociedad. A todos nos ha dicho el Resucitado "como el Padre me ha enviado, así os envío yo". Unidos a El, transformados en El y enviados por El. Una cadena que el Espíritu Santo, que nos viene por medio de la Virgen María, convertirá en algo vivo dentro de nosotros. Y que llenará nuestra vida de sentido y felicidad. Culminamos esta Fiesta del Amor Divino dando gracias en el corazón a Dios por sus dones, y pidiendo cada día a Nuestra Señora ser dignos de tanta bendición.