domingo, 10 de abril de 2011

Aire para vivir (V de Cuaresma)

En estos días de calor anticipado se agradece especialmente el aire fresco, en el que reconocemos en seguida algo que nos alivia y nos recuerda la idea de la vida. Aire y vida. Vivir y respirar. Son más que una asociación de palabras. Son el ansia más profunda y el instinto más arraigado de todo ese complejo de necesidades que define nuestra naturaleza humana. Por eso hoy se nos presentan en la Escritura que acabamos de escuchar ambas palabras: la vida como promesa, el aire como regalo. Jesús, que en los domingos anteriores nos promete colmar nuestros deseos más profundos, de agua y de luz, hoy se compromete con cada uno de nosotros, que creemos en él, a colmar el deseo de vivir: “el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.


Piensa despacio lo que significan estas palabras para tu vida de creyente. Y a la vez, admírate del regalo que Jesús nos ofrece para conseguir esa vida. Un regalo que es mucho más que el aire que nos vivifica y nos hace vivir “a pleno pulmón”. Es el soplo de Dios, el Espíritu Santo, el regalo de Jesús que es a la vez agua, luz y aire inagotable. Nos decía Ezequiel en la primera lectura “os infundiré mi Espíritu y viviréis”. Y recordaba san Pablo, en armonía con el profeta, “Dios vivificará vuestro cuerpos mortales con el Espíritu que habita en vosotros”. Vida y aire, Dios y Espíritu.


En el centro de ambas palabras, Jesús. A El tenemos que acudir para recibir esa fuerza vital que tanto necesitamos en esta vida de cada día, que nos va gastando poco a poco. “Es que no me da la vida para...” Por eso necesitamos una y otra vez renovar y ensanchar nuestra vida en Jesús. Hoy lo vemos de una manera radical en Lázaro, el mejor amigo –que conozcamos- de nuestro Señor. A él ya no le daba la vida para más, ciertamente. Pero el Señor se la renovó de raíz, hasta el punto de salir de la tumba, como un pequeño boceto de la Resurrección de Jesucristo.


Y a mí, ¿no me podría pasar hoy lo mismo que a Lázaro? Seguramente sí. Jesús devolvió a Lázaro la plenitud de la vida porque le amaba: “Jesús amaba a Marta, María y su hermano Lázaro... ¡Cómo le amaba!” Lo mismo que a ti, porque también a ti te ha dicho el Señor: “vosotros sois mis amigos”. Volvemos a descubrir de nuevo el amor personal, inmenso, que nos tiene Jesús a cada uno de nosotros, preparándonos para contemplarlo en su expresión definitiva: la Semana Santa. Cado paso de la Pasión, cada instante de una procesión, te están diciendo lo mismo: “no hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos”. Por ti. Para que siempre encuentres nuevas fuerzas para seguir viviendo con esperanza y alegría.


¿Y cómo podría yo acercarme más a Jesús para recibir ese Amor suyo que da la vida? Intentemos imitarle. Hoy Jesús habla especialmente para dar una enseñanza inolvidable “a los que le rodean”. Sabe que lo que va a hacer con su amigo es un bien para éste, y a la vez un signo admirable para que aprendamos. ¿Cómo hace el Señor este signo? Con cuatro palabras: “Padre, te doy gracias”. ¿En qué podemos aprender e imitar para estar más cerca de él? En la gratitud permanente de cara a Dios. Dar gracias a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida, en la alegría de Caná y en el duelo doloroso ante el sepulcro de su mejor amigo. Dar gracias, como decimos en la Misa, “siempre y en todo lugar”. El agradecido, recibe más, se asimila más a Jesús y por tanto experimenta más intensamente la fuerza y la vida que El da.


Es la despedida de la Cuaresma. En la Pascua entraremos en la fiesta de la Vida. Pero para recibirla, el camino es que te acerques más a Jesús. Que pongas su amor como la primera fuerza de tu vida, y que recorras con su presencia el difícil camino de la confianza absoluta y agradecida en Dios, Padre y fuente de toda vida. Es difícil, pero es lo que Jesús nos ha enseñado para conseguir el premio de la resurrección y la vida. Miremos a la Virgen María, que junto a la Cruz de su Hijo persevera en acción de gracias a Dios, y espera que después del sufrimiento y la muerte la vida que viene de Dios se derramará en torrentes de agua inagotables y vivificadores.

lunes, 4 de abril de 2011

Cada vez más luz (IV de Cuaresma)

Alegría es lo que se va sintiendo en los ojos a medida que pasan las hojas del calendario y la primavera va tomando posesión del paisaje. De modo especial, qué alegría sentimos cuando las tardes son más luminosas y el resplandor del sol nos dura un poco más. ¡Cuánto necesitamos la luz! Por eso Jesús, en el Evangelio de hoy, se nos ofrece como aquél que es capaz de llenar nuestros ojos de luz, para que podamos ver las cosas como son en verdad y para que brille siempre en ellos la alegría de la esperanza.


Aquel hombre nunca había podido ver, pues nos dice san Juan que era ciego de nacimiento. Quizás nosotros no estamos tan mal, al menos podemos estar leyendo ahora este blog. Pero no por ello el ciego es un personaje extraño a nosotros. Si la samaritana nos reflejaba a la perfección, porque todos reconocemos fácilmente esa sed interior de más que llevamos, el ciego nos debería recordar que en muchas cosas importantes de nuestra vida nos falta visión. No siempre somos capaces de reconocer esta necesidad de luz interior, pero en cuanto la descubrimos nos volvemos agradecidos a Cristo para que ilumine nuestra alma igual que sacia nuestra sed.


Podemos considerar, por ejemplo, la poca agudeza visual que tenemos para ver a Jesús presente en nuestro día a día. Siempre está ahí. Lo sabemos y lo creemos, pero ¿lo vemos siempre? ¿Tenemos esa percepción clara de que Dios me acompaña todos los minutos de la vida? No olvidemos que venimos al mundo con un serio problema de ceguera de nacimiento, que es el pecado original. Aunque la misericordia de Dios nos lo borra en el bautismo, nos deja como una debilidad congénita en los ojos del corazón. Siempre, por tanto, tendremos que esperar que Jesús ponga su luz en nuestros ojos para poder descubrir su presencia serena junto a nosotros.


De igual manera podemos pensar hasta qué punto tenemos ojos perspicaces para conocer verdaderamente a las personas que viven con nosotros. Nos puede pasar que la rutina y el cansancio puedan ir tejiendo unas sutiles legañas que emborronen a las personas con las que compartimos cada día, de modo que acabamos pensando que son simplemente lo que señalan sus apariencias. Cuando lo importante es conocerlas mirando dentro de su corazón. Es lo que le pasa al profeta Samuel, cuando va a escoger al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé. El Señor tiene que recordarle que “los hombres miran las apariencias, pero Dios ve el corazón”. Entonces, ¿por qué no pedir a Jesús que nos ayude a ver a los nuestros como El los ve? Así no sólo podremos ayudarles mejor, sino que además los disfrutaríamos mucho más, al verlos con ojos limpios de rutinas y pasadas decepciones.


Tampoco nos vendría mal un poco de vista para nuestro futuro. De cara a él somos totalmente ciegos, y eso más de una vez nos produce inquietud y desesperanza, cuando no miedo y una parálisis que nos agarrota y nos quita la alegría. San Pablo nos recordaba hoy que somos “luz en el Señor”, porque la persona con fe sabe que Dios la va a mantener siempre en su luz, ahora y mañana. Si el futuro pertenece a Dios, podemos ver con total certeza la luz que vendrá mañana, y caminar hacia ella con los ojos abiertos, aunque nos cueste horas y horas de oscuridad.


Cuánto necesitamos la luz, es verdad, y de qué manera tan sencilla nos la da Jesucristo. El Maestro iluminó los ojos del ciego tocándole con un poco de barro y saliva, y luego conversó con El con una ternura que nos conmueve. Hoy Jesús te quiere tocar cada vez que te acercas a El en los sacramentos, especialmente en la Comunión, donde toma un poco de la más pobre materia de nuestro mundo y la convierte en su propio Cuerpo. Hoy Jesús te espera con ternura cada vez que decidas a hacer oración, y escuchar en tu interior la Palabra de Cristo, “Luz del mundo, para que no caminemos en tinieblas”. Aún queda Cuaresma.... aprovéchala para reconocer de corazón tu necesidad de luz, y para meterte con más deseo en los caminos de luz por los que Cristo te acerca a El: la comunión y la oración.