lunes, 26 de julio de 2010

Con Santiago ¡podemos!

Cómo se nota el Año Santo, dicen algunos, porque desde Sudáfrica a París estamos que lo ganamos todo. Sea por esto o por otras cosas, está claro que en este año estamos hablando más que nunca del Apóstol, del Camino de Santiago, de la espiritualidad jacobea… Miles de cosas podríamos decir hoy del Apóstol Santiago, patrón de España, pero las lecturas de hoy nos invitan a fijarnos en una sola, que quizás es la que mejor define la figura de este pescador galileo: Santiago es, fundamentalmente, un discípulo de Cristo. Y precisamente hoy le vemos recibiendo una de las grandes lecciones de su vida.

Gracias a la audacia de su madre, mujer impetuosa que nos da ejemplo de cómo una madre puede pedir a Jesús el Cielo para sus hijos, Santiago aprende que el mayor deseo que se puede tener es el de adquirir el increíble poder de servir. Lo aprende bien porque es buen alumno, de corazón audaz y generoso, intrépido y magnánimo a la hora de aceptar las consecuencias de seguir al Maestro: ¿Podéis beber mi cáliz?... ¡Podemos!

Es casi como un grito de guerra, que bien podíamos adoptar en nuestra patria mirándolo impreso en tantas banderas como poblaron los balcones de España a mediados de este mes. Precisamente en muchas de ellas estaba escrito este ¡podemos!. Y de nuestra patria tenemos que hablar hoy también, pues España celebra a su patrón. Y hablamos porque es un deber del cristiano amar a su nación, como dice el Catecismo, en colaboración leal, amor y servicio.

Hoy tendríamos que llevar ese ¡podemos! al hermoso deber de amar y servir a nuestra nación española. No con un patriotismo externo, decorativo, del egoísta que sólo mira a su patria en la medida en que ésta puede servirle, ese egoísta que vive lo que denuncia el Señor: sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Todos llevamos latente esa soberbia de ser un pequeño jefe, o un mini tirano, de modo que todos me sirvan a mí.

El verdadero patriotismo, como nos recuerda la Iglesia, pasa por el espíritu de servicio, por preguntarme ¿qué puedo hacer yo por mi patria? ¿Te lo preguntas? Pues aquí pueden ir dos respuestas: hacer lo mejor posible mi trabajo de cada día y cuidar de los míos con espíritu de servicio. Cuando trabajamos, en la tarea que cada uno tenga, y cuidamos de mantener unida y en pie nuestra familia, con espíritu de hacer algo bueno, y bien acabado, por los demás, estamos sirviendo a nuestra patria de una manera efectiva y cotidiana. Me lo decía un peón a la una de la tarde mientras despanzurraba adoquines bajo un sol de justicia: "ya lo ve padre, aquí estamos, ¡levantando España!" Qué gran país, si todos los que dicen amarle trabajaran así…

Y lo que pedimos para nosotros lo suplicamos con todas nuestras fuerzas para nuestros gobernantes. Hemos escuchado en el salmo que Dios rige el mundo con justicia y rectitud. Y lo mismo deberían hacer los poderes públicos, de los que nos dice el catecismo que deben ejercer la autoridad siempre como servicio, respetando los derechos y buscando el bien común antes que el propio. La autoridad debería seguir el ejemplo de la autoridad apostólica, que a su vez aprende del Maestro que no ha venido a ser servido, sino a dar su vida en rescate por todos.

El Todopoderoso nos sirve en todo, gran lección que hoy nos recuerda Santiago, nuestro Maestro en la fe. El también llevó a su vida las palabras de san Pablo: todo lo hacemos por vosotros… la muerte actúa en nosotros y la vida en vosotros. Aprendamos del patrón de España a servir así a nuestra patria, en nuestro trabajo y en nuestra vida familiar… aunque a veces esto nos traiga problemas. No siempre se premia el trabajo bien hecho, ni triunfa el que vive honradamente, ni al que se empeña en servir se le agradecen sus desvelos. A veces incluso se le persigue y desprecia.

En esos momentos miramos a Santiago y a su ejemplo de valor y magnanimidad. Dice hoy el libro de los Hechos que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres… y en respuesta a esto decidieron acabar con ellos y pasaron a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Pues ánimo. Nuestro santo patrón, fracasó aparentemente en su misión pastoral en España, de la que solo sacó, nos dice la tradición, siete discípulos después de muchos esfuerzos. Perdió la vida el primero por ser fiel a su Maestro… y sin embargo, aquí estamos hoy nosotros. Mereció la pena ser fiel en la dificultad, la incomprensión y el poco fruto de los esfuerzos.

¡Podemos! servir hoy nosotros a España, sembrando con fidelidad y esperanza el espíritu de servicio que Santiago aprendió aquel día de Nuestro Señor y que nos transmitió a nosotros a precio de su vida. Que siga viva esta herencia apostólica, y que sepamos seguir sembrándola, contando siempre, como pudo hacerlo Santiago a orillas del Ebro, con el apoyo y el consuelo de la Virgen María.

domingo, 25 de julio de 2010

Acoger a Jesús en nuestra casa (Domingo XVI C)

¡Qué diferencia con los anteriores domingos! Hoy ya no vemos a Jesús enviando a sus discípulos a evangelizar a las multitudes, ni enseñando su doctrina a los maestros en la solemnidad del Templo de Jerusalén. Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Estamos en la sencillez de la vida doméstica de una humilde familia de Betania, en el camino de Jerusalén a Jericó. Una familia especialmente querida para Jesús, la de Marta, María, y Lázaro, que es para el Señor como un oasis de descanso y familiaridad en el áspero desierto de su misión redentora. Marta tiene la fortuna de acoger a Jesús en su casa, atendiéndole con mucho servicio, aunque evidentemente dejándose superar por el trajín. Su hermana María, suponemos que no menos trabajadora que ella, tiene sin embargo la sabiduría de parar a tomarse un respiro sentándose a los pies de Jesús para escucharle.

Buen programa, vivir así con Jesús en nuestra casa, trabajando duro y orando con deseo, para que el Señor se sienta acogido en nuestra casa. ¿Acogerle para qué? Para que así Jesús te acoja a ti, como pasa en el caso de Zaqueo, el corrupto de Jericó que acogió a Jesús en su casa y como premio escuchó estas palabras: hoy ha llegado la salvación a esta casa. Tener a Jesús en casa es llenarla de salvación, y por eso se dice que María ha escogido la mejor parte. Necesitamos muchas cosas en nuestra casa, y la decoramos con ilusión y con el afán de que no falte de nada… pero todo faltaría si faltase Jesús. ¡Qué necesaria es esa presencia especial de Dios en casa!

¿Y cómo la vamos a conseguir? ¿Vamos a ser menos afortunados que aquella familia de Betania, que fue bendecida con esa presencia de Jesús? Hay una manera, gracias a Dios, de recibir a Jesús especialmente intensa, como son los sacramentos. Cuando un niño bautizado entra en casa, y no digamos cuando volvemos a casa después de comulgar cada domingo (pues el cristiano “se lleva a su Dios puesto”), se da una presencia grande de la gracia en ese hogar. Además, hay un sacramento especialmente previsto por Dios para bendecir los hogares. Cuando una pareja recibe el sacramento del Matrimonio lo hace porque tiene claro que no es lo mismo tener tu hogar fundado en un papel del registro, que se lo lleva el viento, que en la bendición sacramental de Dios, que se compromete a bendecir el hogar de los esposos para siempre. No es lo mismo, aunque se llamen igual. En cada hogar cristiano está viva esa presencia permanente y benévola de la gracia de Dios en el amor de los esposos, con independencia de cómo se viva éste.

Gran camino, por tanto, para acoger a Jesús en casa. Pero también tenemos otro más cotidiano y habitual. Cuando Jesús dice, en el evangelio de san Mateo, fui forastero y me acogisteis, lo que hicisteis con ellos conmigo lo hicisteis, nos está indicando que podemos acoger a Jesús en casa cada vez que acogemos al que nos necesita. Así lo sentían los benedictinos, maestros de hospitalidad en el Camino de Santiago, para los cuales hay que acoger al huésped como al mismo Cristo.

Por eso hoy también podemos revisar si estamos dispuestos a practicar la hospitalidad siguiendo el ejemplo de los grandes creyentes. Tenemos hoy la imagen de Abraham, de quien nos dice el Génesis que entró corriendo en su tienda, escogió un ternero hermoso y se lo sirvió a aquellos tres huéspedes en los que reconoció la presencia de Dios. Acoger al que nos necesita con detalles de cariño, con diligencia y poniendo lo mejor que tenemos a su disposición. Así han vivido siempre la hospitalidad las familias cristianas, y así deberíamos seguir, aunque estemos en una sociedad que tiende a convertir las casas en bunkers cerrados, donde la abundancia de recursos y ocio nos pueden llevar a desentendernos de las necesidades de los demás.

Acojamos por tanto con un corazón abierto y confiado a todos, como nos recuerda san Pablo: amonestamos a todos, enseñamos a todos. Eso será para nuestra casa acoger la bendición de Jesús. Sara recibió en premio a su hospitalidad a Isaac, el hijo de la promesa. Nosotros, a alguien mucho mayor: al Hijo de María, a Jesucristo, que desea estar en nuestra casa para bendecirla y acogernos en la suya.

sábado, 24 de julio de 2010

El mandamiento del Amor (Domingo XV C)

Hoy no hay más remedio que hablar de la final del Mundial de fútbol, no vamos a ser una excepción entre todas las parroquias de España…. Están pasando muchas cosas curiosas e inolvidables en torno a este finalón, pero una de las más pintorescas es ver que el tipo que en estos días se ha puesto de moda es nada menos que un pulpo, el famoso Paul, que parece predecir lo que va a pasar e indica por tanto lo que uno tendrá que hacer.

En el fondo, el interés por el cefalópodo este demuestra muy bien ese necesidad que tenemos todos de que alguien nos anuncie lo que está por venir, porque eso nos solucionará la gran pregunta de cada día: ¿Qué tengo que hacer hoy para sortear con éxito lo que sé que va a venir? Una pregunta similar lehace hoy a Jesús un maestro de la ley, y la respuesta que él mismo se da es una suerte para nosotros, porque nos recuerda que a nosotros ya nos han dicho lo que tenemos que hacer: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.

Bien nos sabemos esto, es menos exótico que el pulpo y muy cercano a nuestra mente desde que nos enseñaron de pequeños que los mandamientos se resumen en dos. Por eso nos recuerda el libro del Deuteronomio que el Mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca… Pero con frecuencia está más cerca de la boca que del corazón. Muchas veces sentimos que no nos da para amar tanto, porque, como músculo que es, se apaga si no se usa.

Por eso hoy Jesús nos propone un entrenamiento para el corazón. Igual que hacen los entrenadores haciendo ver a su vestuario los videos de las mejores jugadas, hoy Jesús nos pone ese video grandioso de la parábola del Buen Samaritano, verdadero demo de lo que es el Amor de Dios que estamos llamados a actuar en el corazón. En el centro de esta parábola se dice que el samaritano bajó hacia el pobre peregrino apaleado y se conmovió a misericordia. Esto nos recuerda a lo que escuchábamos el domingo pasado, cómo Dios se acerca en su Reino para reformarnos y sanarnos, por lo que descubrimos que el samaritano es un símbolo de Dios, ese Padre bueno a quien podemos siempre pedir lo que decía el salmo: por tu gran compasión, vuélvete hacia mi.

Cuando nos reconocemos como peregrinos apaleados, podemos comenzar a vivir la parábola en nuestra propia carne. Podemos empezar a pedir al amor divino que en medio de los golpes no nos falte nunca el vino y el aceite, que según el prefacio de hoy simbolizan la esperanza y el consuelo. Podemos confiar en que Cristo ha derramado el vino precioso de la sangre de su Corazón por nosotros, como nos decía san Pablo para hacer la paz, para reconciliarnos con Dios y acercarnos a su esperanza y su consuelo.

Sólo en la medida en que nuestro corazón se aproxime a esta experiencia podrá ser él mismo un buen samaritano, y cumplir con los demás el vete y haz tú lo mismo. Sólo el que se ha entrenado en recibir el amor compasivo y misericordioso de Dios, tendrá fuerza y ternura para repartirlo entre aquellos que se lo pidan.

Esto es lo que tenemos que hacer: recibir primero el amor inmenso del Dios misericordioso y después repartirlo, contando en esta tarea con la ayuda imprescindible del Corazón compasivo de María. Fortalecer nuestro corazón en el entrenamiento íntimo con Dios y después ponerlo a trabajar sin descanso a favor de los demás. Vamos a por ello y, con independencia de que Paul acierte o no, esperemos que sí, busquemos nosotros ganar el campeonato en ese intenso deporte sobrenatural que consiste en ser Amado para amar.

La misión de los 72 discípulos (Domingo XIV C)

Quizás alguna vez nos hacemos, o nos hacen, la siguiente pregunta: ¿para qué sirve la Iglesia? Y una respuesta atinada podría ser: para lo mismo que una empresa de obras y reformas. Al menos, a la luz de lo que escuchamos hoy en el Evangelio, en el que Jesús encarga una labor no sólo a los apóstoles sino a los 72 discípulos, que nos representan a todos nosotros. Por eso podemos preguntarnos hoy: ¿para qué quiere Jesús que sirvan los 72 discípulos? Está claro que para que anuncien que está cerca de vosotros el Reino de Dios. Dios se acerca, pero… volviendo a la pregunta, ¿para qué? Escuchamos al salmo decir venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas a favor de los hombres. Luego las obras de Dios, aunque son temibles, no son las de un coco, sino que trabajan siempre para nosotros, a nuestro favor, para reformarnos. Vemos esto bien demostrado en las lecturas de hoy:

* El profeta Isaías dice a un pueblo israelita arruinado, tras el destierro de Babilonia, que la mano del Señor, sus obras, se manifestará de la siguiente manera: yo haré derivar hacia Jerusalén como un río la paz, y seréis consolados. Es decir, el luto y la miseria de Israel serán reformados por Dios en alegría y prosperidad.

* San Pablo predica la norma de Cristo, una manera de vivir cuyo fruto es que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma. El que vive como san Pablo enseña, recibe la paz y la misericordia, hasta el punto de reformarse por completo en una nueva criatura.

Los 72 reciben como misión acercar a los suyos ese plan de reformas de Dios para esa humanidad en ruinas, un plan que busca la paz, la salvación, y la alegría. Por eso:
* Reciben como primera tarea: cuando entréis en una casa, decid primero paz a esta casa.
* Después, el bien de los demás: curad a los enfermos que haya.
* Y además, despertarán en otros la necesidad de que Dios nos reforme: decid, está cerca el Reino de Dios.

A la vista queda que la tarea fundamental de la Iglesia (de todos, representados en los 72) está en traer a este mundo las reformas que Dios quiere hacer en él: paz, salvación y alegría. Por eso, rechazar esta misión de la iglesia aboca a la ruina, que es por cierto el objetivo de Satanás (a quien hoy Jesús llama Enemigo). Por eso indica el gesto de sacudirse el polvo de los pies, como una severa advertencia de que se está rechazando la posibilidad de escapar del derrumbe y el desierto. Es por tanto una tarea crucial para todos, de ahí que aunque se rechace, seamos exhortados a insistir: de todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios.

Ya sabemos entonces para qué le servimos los cristianos, la iglesia, a este mundo, y por eso somos conscientes de la responsabilidad de responder de esta misión ante el mundo. Sabiendo que es una tarea:

* Difícil: Hay que hacerlo con mansedumbre de corderos (que tantas veces son despellejados por los lobos en la familia o en el trabajo por ser cristianos), en pobreza de medios (aunque todos hablen de los millones de la iglesia), en minoría y, por si fuera poco, a cuestas con nuestros propios defectos y faltas de fe, esperanza y caridad, con nuestras pocas provisiones de paz y de alegría.

* Posible: San Pablo tuvo muchos contratiempo, pero se sabe investido con las señales de Cristo, por eso afirma que nadie le molestará para realizar su misión. Seguro que recordaba con frecuencia lo que nos dice hoy Jesús: os de dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones… y todo el poder del enemigo

Vamos a apoyarnos en este gran poder que nos da Jesús para volver a asumir la misión personal que tenemos, el deber, por cristianos, de reformar nuestro ambiente sembrando paz y alegría. Tenemos entre nosotros grandes ejemplos. Así, los 7% de cristianos de Sri Lanka, que han traído solidaridad y reconciliación a una isla devastada por el tsunami y ensangrentada por la guerra entre cingalíes y tamiles. Todo el mundo tiene claro allí, sea budista o hinduista, lo que puede esperar de los cristianos y para lo que sirven. También sabía todo el mundo lo que podía esperar de san Antonio de Padua, un santo muy querido a quien acabamos de celebrar. Lo primero que hacía al llegar a un pueblo, además de predicar, era reconciliar a las familias enemistadas y curar a los enfermos más pobres.

Un cristiano así, que hace en su vida diaria la misión que recibieron los 72 discípulos, anunciando la cercanía del Dios que reforma, es el que sirve a este mundo para algo: con su oración y con sus pequeños esfuerzos diarios. Poneos en camino, y que Jesús bendiga cada día la misión que tengas que hacer, contando con la ayuda de María y el ejemplo y el apoyo de toda la Iglesia.