Menos mal que en los primeros
domingos de la Cuaresma se nos avisaba sobre el trabajo que tenemos que hacer
en estos días. Con razón se nos hablaba de desierto y de la empinada cuesta
arriba del monte Tabor, porque así cuesta cumplir la tarea que el Señor y el
Papa nos proponen para estos días: renovar y fortalecer cada uno de nuestros
corazones. A estas alturas de la Cuaresma seguro que todos los que hayan
emprendido esta importante tarea sentirá las agujetas y los tirones del que va
al gimnasio, que no tiene nada que ver con el comodón de sillón espiritual que
pasa por la Cuaresma como si fuera un tiempo más.
Ojalá sientas ese bendito
cansancio de acercar tu corazón a un nuevo Amor de Dios, porque esa es
precisamente la joya más hermosa del corazón: el puente de Amor que le une a su
Creador y Salvador. Un puente que intentábamos revisar en los domingos
anteriores, con las figuras de Noé y su Arcoiris, Abrahám y su confianza
absoluta y Moisés y su enseñanza del camino de los mandamientos de Dios. Un
puente que sin embargo se nos puede venir abajo, como se nos recordaba el
domingo anterior con la destrucción del templo de Jerusalén que tanto trabajo
había costado levantar. Y hoy, ahora que estás pensando en cómo te está yendo
la Cuaresma, puedes experimentar la desolación que sintieron los judíos el
domingo pasado: ¿tanto trabajo para nada? ¿tantas ilusiones de cambiar sin
frutos?
Quizás notas ahí dentro que el
puente se ha caído, por eso podemos preguntarnos, ¿será posible arreglarlo?
¿cómo se puede hacer? La primera pregunta te la responde Jeremías:
después del invierno de la traición y la destrucción, el Creador ofrece una
primavera de nueva alianza. La respuesta del Dios Misericordioso a la ruptura y
a la ruina es que “haré una Alianza nueva; escribiré mi ley en sus corazones,
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Igual que la primavera le gana
siempre la partida al invierno, así el poder creador del Amor de Dios le gana
siempre la partida a nuestra culpa y a nuestros rotos. Siempre es posible arreglar
ese corazón, porque para Dios nada hay imposible, y El mismo es el primer
interesado en ser “TU DIOS”, en ser tuyo, como tú eres suyo.
La segunda respuesta es una de
las promesas más bonitas de Jesús: “cuando sea elevado sobre la tierra atraeré
a todos hacia mí”. ¿Cómo es posible volver a elevar ese puente del alma?
Acudiendo al amor de Jesús, elevado sobre la tierra en la Cruz, como se nos
recordaba también el domingo pasado. Jesús sabe de angustias y caídas, pero sabe más
todavía de Resurección y renovación. Hoy la carta a los Hebreos nos habla de la
angustia horrible que vivió Jesús cuando todo se le caía encima, en esa escena
terrible de Getsemaní por la que tantas veces nos toca pasar. “Cristo presentó
a gritos y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte”.
El conoce lo que es la ruina y la incapacidad de levantarse por uno mismo, por
eso hoy puede ponerse a tu lado y enseñarte su Cruz, para que le entregues en
ella tu ruina y tu incapacidad, y sientas de nuevo cómo la ternura del Amor de
Jesús Crucificado te atrae y te levanta.
Siempre volvemos a lo mismo: para
vencer en estas luchas y llegar al final de este camino tenemos que unirnos a
Jesucristo. Es El quien lleva la batalla contra el egoísmo que te empuja a
“amarte a ti mismo en este mundo” y así perder tu vida y tu alegría. Es El
quien consuela tus angustias y levanta tus ruinas. Es El verdaderamente tu
Salvador. Por eso aquellos gentiles del Evangelio de hoy querían ver a Jesús;
de alguna manera se habían dado cuenta de que todos sus recursos y su sabiduría
no les valían de mucho en los momentos ruinosos de la vida. Y Jesús se les presentó a
través de dos apóstoles, ya que “Andrés y Felipe fueron a decirle a Jesús que
unos griegos querían verle”.
Jesús nos ha dejado en la Iglesia
a los apóstoles, a los sacerdotes, para que a través de ellos, especialmente en
los sacramentos y en la oración que hacen por nosotros, podamos llegar hacia
El. La salvación de nuestra vida está en acercarnos a Cristo mientras
recorremos este camino, y el mismo Jesús quiere acercarse a nosotros en las
personas de los sacerdotes. Hoy celebramos el día del Seminario, que nos mueve
a dar gracias a Dios por seguir llamando a hermanos nuestros, como hizo con
Jeremías, Andrés o Felipe. Esos hermanos sacerdotes que nos acercan al Salvador
y que nos acompañan en los desiertos y en las cuestas. Esos sacerdotes por los
que debemos rezar mucho, y por cuyas vocaciones debemos pedir todos los días a
Dios. Pedimos a Jesús que siga llamando a muchos hermanos nuestros a este
ministerio, para que a través de ellos podamos acercarnos a su Amor y ser
atraídos y levantados por él.






