domingo, 4 de diciembre de 2011

Camino limpio (Adviento II)

En las lecturas de hoy se nos habla de “alzar la voz”, de “gritar en el desierto”. En seguida nos damos cuenta de que, como en un concierto, lo que se nos grita es que guardemos silencio, porque va a comenzar una gran interpretación. Silencio, “porque llega nuestro Dios, y trae con él su recompensa y su salario”, grita el profeta Isaías. Silencio, porque “detrás de mí viene Alguien más fuerte que yo”. Silencio, para escuchar con atención la voz que susurra melodías de paz y esperanza. ¿Cómo pretender escuchar una pieza delicada en medio de ruidos y prisas atronadoras? Por eso, haciendo silencio en el alma, “preparamos el camino del Señor”, y nos disponemos a recibir lo que nos recordaba el salmo, “su misericordia y su salvación”.

Es la tarea propia del Bautista recordarnos esto, que Dios viene, y lo hace para salvar nuestras vidas, como decía san Pedro en la segunda lectura, pues “en su gran paciencia quiere que todos se conviertan y se salven”, y al salvarlas las llena de bendiciones y regalos. Es un recuerdo que nos da consuelo y esperanza, pero la segunda parte del recuerdo toca más a nuestra responsabilidad: Dios no podrá entrar en nosotros si no le dejamos un camino limpio. Es tan respetuoso con nosotros que nunca entrará si no le abrimos la puerta... aunque tantas veces El se las ingenia para saludarnos por la ventana. Así, preparar el camino y abrir la puerta es limpiar el corazón, para que en El pueda Nuestro Señor pasear y dejar su recompensa.

Se desconsolaba un niño que se había portado fenomenal durante todo el año porque los Reyes Magos no le habían traído nada. Y pensaba que siendo él bueno, la culpa era de los Magos, que o se habían olvidado de su petición o habían pasado de largo ante su puerta. Nunca habría imaginado que lo pasó aquella noche es que los Reyes estuvieron horas y horas intentando atravesar un jardín lleno de obstáculos y maleza, sorteando cristales tirados por los suelos y sacando sus camellos de charcos llenos de pirañas malintencionadas. Por más que su madre le recordaba al niño que limpiara y recogiera el jardín para que los Magos pudieran pasar, se despistó y se pasó la víspera de Reyes en ensueños de si le traerían esto o lo otro, sin preocuparse de limpiar el camino que tendrían que recorrer hasta la casa.

Hoy Juan Bautista es como la madre que te advierte que limpies tu jardín. No te quejes luego de que no has recibido tanto de Dios como esperabas. La fe nos dice que El no puede fallar, pues es Todopoderoso y lleno de Misericordia para nuestras necesidades. La experiencia, por otro lado, nos demuestra que cuando hemos hecho lo que estaba de nuestra parte, Dios nunca nos ha fallado. Si vivimos en gracia, recibimos los sacramentos, controlamos las pirañas de nuestros vicios y tenemos la maleza de nuestros miedos y desconfianzas bien cortadas, Dios entra. Y entra con sus dones.

María Inmaculada es la Madre buena que encontró el jardín de su vida limpio y lleno de pureza delante de Dios, un jardín donde la melodía de Dios encontraba un silencio perfecto para resonar. Por eso el Todopoderoso pudo hacer en ella maravillas. Esta Novena de la Inmaculada ella se pone a nuestro lado, para recordarnos los prodigios que Jesús puede hacer cuando encuentra un corazón limpio, y ayudarnos a tener el alma arreglada cuando la vida nos la revuelva. Junto a ella, el silencio y el esfuerzo interior harán para Dios un camino bien preparado.

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