domingo, 19 de diciembre de 2010

Restaurar para estrenar (Domingo IV Adviento)

Alegría para la vista es en estos días levantar los ojos a la iglesia... y encontrarla rodeada de andamios. No es muy estético pero sí muy ilusionante. De paso, los andamios nos recuerdan que las cosas antiguas hay que restaurarlas y limpiarlas de vez en cuando, porque la tendencia a deshacerse o deteriorarse es inevitable. Todo necesita un repaso. Nuestra vivencia de la Navidad también.

Llevamos ya muchos años celebrando la Navidad, no tantos como los que tiene la iglesia, pero sí que llevamos ya unas cuantas celebraciones en nuestra biografía. Y quizás notamos que necesitamos unos buenos andamios, que nuestra Navidad es floja, o demasiado parecida a la de todo el mundo, tan vacía, o deteriorada por las ausencias y las nostalgias, o que se va deshaciendo entre las rutinas y las dificultades. Vamos a aprovechar esta última semana del Adviento para darle un buen repaso a nuestro corazón. Para saber hacerlo, nada mejor que un buen modelo, por ejemplo san José.

El santo patriarca no lo tuvo nada fácil para preparar la primera Navidad. Por eso su ejemplo, que acabamos de escuchar en el evangelio de san Mateo, puede ayudarnos hoy a preparar y restaurar la Navidad del 2010. Lo primero que aprendemos de él es a aceptar en todo la voluntad de Dios, aunque no siempre se entienda. Nos dice el evangelista que “José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. En una situación por cierto difícil de entender. Quizá marcada por la duda sobre lo que había pasado en María con el consiguiente deber de repudiarla, por ser justo. Quizá por el temor reverencial ante la incomprensible presencia de Dios en su Esposa, con la consiguiente necesidad de separarse de ella, por indigno. No lo sabemos, pero en medio de una tempestad emocional y biográfica de primera magnitud, acepta la situación y hace lo que Dios le pide. Primera idea para la Navidad: renueva tu abandono confiado en la voluntad de nuestro buen Padre Dios, aunque sus planes para estos días te sean a veces difíciles de entender. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? José no pregunta. Acepta y confía.

El fruto es que además, entiende. Porque san José recibe, en vista de su confianza en Dios, la explicación de lo que está pasando. El no es el padre de la criatura, pues ha sido engendrada por el poder del Espíritu Santo en el seno de María, como un nuevo comienzo de la humanidad. Pero sin ser el padre, tiene que acogerlo en su familia. El nuevo Adán es también, como nos decía san Pablo, “de la estirpe de David”. Como este rey inolvidable, el niño que va a nacer tendrá que luchar por defender a su pueblo. Por eso se llama Jesús, porque este niño viene a defendernos, “a salvar a su pueblo de los pecados”. El niño que nace esta semana no viene de visita, ni a quedarse de mudo telón de fondo de nuestros eventos navideños. Viene a por ti. Viene a salvarte, a darte lo que necesitas: la gracia, el perdón, la esperanza, la alegría, la fortaleza, la paciencia, la capacidad de amar de verdad, la luz para entender tu vida y la de los tuyos. Todo te lo dará en la medida de tu fe en El.

Y puede hacerlo porque es Dios. El profeta Isaías había anunciado a la casa de David que una virgen daría a luz a un hijo “y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”. No es un deseo, “que Dios esté contigo”, sino una realidad: “Dios está a tu lado”. Más aún, como nos prometió Jesús, está “contigo todos los días hasta el final del mundo”. San José descubre que el Salvador que él va a cuidar viene para quedarse. Viene para estar a tu lado siempre.

Navidad. Fiesta de la confianza ilimitada en Dios, de la esperanza en que El tiene poder para salvar nuestra vida, de asombro por la luminosa presencia de Dios en nuestra vida de cada día. Que san José nos ayude a recuperar estas vivencias en el alma, para estrenar de nuevo la Navidad, y llenarnos de alegría verdadera porque un año más María nos mira y nos regala a su Hijo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lávate en la fuente para recibir a Dios (Domingo II Adviento)

Más de uno va a aprovechar estos días de vacaciones y mal tiempo para preparar la instalación del belén en casa. Quizás se nos ocurre poner este año algo nuevo, porque en un belén cabe casi de todo, incluidos los coches, como aquellos niños que ponían en su belén tres 4x4 para que los Reyes Magos llegaran más rápido con los regalos… En cualquier caso, lo que nunca habremos visto en un belén es una figura de san Juan Bautista, adusto, austero, áspero, lleno de fuego y de fuerza moral, entregado por completo a proclamar la inminencia del juicio de Dios, para que conmovidos hagamos penitencia y nos preparemos a recibirle.

Con toda razón no está en los belenes, pues no es un personaje de Navidad, sino de Adviento. De hecho, detrás de la Virgen María, cuya Inmaculada Concepción vamos a celebrar en breve, es el personaje del Adviento. Y lo es porque su mensaje es muy claro: Dios viene, es adviento, pero no basta con que Dios venga. Hay que preparar su venida. O en otras palabras, la Navidad no viene, se prepara. Para que la Navidad sea verdadera no basta con que en el calendario ponga 25 de Diciembre; es necesario que en el corazón ponga “Jesús, te necesito y estoy dispuesto a cambiar por Ti”. Una Navidad sin preparar en una Navidad falsa, o al menos estéril. Por eso un Adviento sin el Bautista conduce a una Navidad sin Jesús, aunque todo a nuestro alrededor hable del Niño, de los peces en el río y de las figuritas del belén.

Es natural. De nada vale que tengas una fuente en casa si no tienes ni ganas ni capacidad de beber de ella… salvo para llenarla de peces de colores, que adornan pero no ayudan. Nos ha dicho san Pablo que “Dios es una fuente de consuelo y de paciencia”. Y esa fuente va a brotar en Navidad. Por eso san Juan Bautista realiza su tarea junto al río Jordán. Nos recuerda ese río de gracia que va a abrir Dios viniendo a nuestro mundo. Un río que se puede contemplar con verdadero deseo de cambiar y beber o simplemente por curiosidad. Una Navidad, entonces, vivida de corazón o de calendario.

En tiempos del Bautista había muchas personas que acudían con verdadero deseo de cambiar y de recibir algo nuevo de manos del Dios que se acercaba, pues “confesaban sus pecados y eran bautizados por Juan”, quedando así bien dispuestos a recibir a Jesucristo. Otras muchas, sin embargo, se acercaban por curiosidad, siguiendo la costumbre “de toda Judea y Jerusalén”. Igual que los curiosos que acuden a la plaza cuando hay un espectáculo, saduceos y fariseos se asomaban al Jordán para ver qué pasaba allí. Los saduceos no querían cambiar, claro. Eran la clase dominante de la política y la economía, y se llevaban demasiado bien con este mundo y sus corrupciones y luchas de poder como para esperar algo del otro mundo. Los fariseos tampoco tenían mucho interés por cambiar. Tenían ya su parcela religiosa completa, y la idea de poder tener una relación personal más profunda con Dios les desconcertaría. Ya tenían su vida religiosa apañada.

Ninguno de estos quería cambiar y acercarse a beber el agua nueva. Por eso el Bautista les dice que se quedarían como el árbol seco “ya toca el hacha la base del árbol, y todo árbol que no dé fruto será talado y echado al fuego”. ¿Y tú quieres cambiar? ¿Te vas a quedar anclado en tus intereses y egoísmos cotidianos? ¿Piensas que tu vida de fe no puede crecer ni recibir algo nuevo de parte de Dios? No seamos como los saduceos y fariseos, para no tener una Navidad seca que nos deje ese poso de amargura y nostalgia triste de la Navidad pagana, que huye a toda prisa de la figura del Bautista. Acércate al Dios que viene con un corazón humilde, purificado por la confesión y con un sincero deseo de cambiar y de mejorar tu vida por El.

María Inmaculada se pondrá a tu lado, para abrir tu corazón a la llamada del Bautista, su sobrino, y mover tu alma a un sincero deseo de conversión. Entonces tú mismo te convertirás en un río de gracia y de paz, que alivie la sed de Amor que sufren Dios y nuestro mundo.