domingo, 28 de noviembre de 2010

Acabar para empezar (Domingo I Adviento)


¡Feliz Año Nuevo! Hoy estrenamos año litúrgico, corona nueva, canciones nuevas, evangelio nuevo, el de San Mateo, que nos va a acompañar durante todo este año… Y sin embargo, cuando todo esto que vemos y hacemos nos está hablando de comienzo, lo que escuchamos en la Palabra de Dios nos habla de final: “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor”. Extraño contraste que nos recuerda que en la vida cristiana acabar y empezar son dos verbos que siempre se persiguen mutuamente. Cuando todo se acabe, al final de los días, algo nuevo, sólido como una montaña de Dios empezará, y cuando todo empieza, como hoy, levantamos la cabeza para vislumbrar el final que nos espera.

De esa unión de acabar y empezar habla Jesús cuando se refiere a la figura de Noé. Es terrible cómo nos narra el libro del Génesis la depravación y la ruina social y moral que imperaban en tiempos de este patriarca, cuando la maldad parecía dominar la tierra y la historia, hasta el punto de que su familia era la única justa. Por ello fue la única que escuchó los avisos de Dios para escapar del Diluvio que estaba a punto de venir. En efecto, como nos recuerda hoy Jesús, “cuando menos lo esperaban llegó el Diluvio y se los llevó a todos”. Toda la maldad acabó, por fin, pero al mismo tiempo algo nuevo comenzó. Cuando las aguas llegaron al máximo nivel, una paloma trajo la paz de Dios, el arca se posó sobre la tierra firme de una montaña y Dios pintó el arco iris para ellos como signo de que todo volvía a comenzar.

Esta misma historia sucederá al final de los días, con la venida de Jesús, quien “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Entonces será verdad para siempre el hermoso deseo que hemos escuchado en el salmo: “Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios”. Sólo entonces podremos disfrutar de todo lo que verdaderamente deseamos en una tierra renovada por la venida gloriosa de Cristo. Aquí ponemos toda nuestra esperanza: al final de todas las cosas, está Cristo, haciéndose presente para arrancar de raíz todo el mal de nuestra vida con su Misericordia y sembrar una nueva vida en nosotros arraigada en su Amor. Sólo la certeza de que Cristo estará al término de todos nuestros caminos nos permite vivir con esperanza, sólo esa certeza quedará en pie en medio de los diluvios, tormentas y chaparrones que derrumban una tras otras todas esas seguridades que nos hacían sentirnos falsamente protegidos.

Por eso la Iglesia nos propone en este comienzo del tiempo de Adviento pedir a Dios la virtud de la esperanza… ¡porque hay que pedirla! La esperanza cristiana no viene de tener un carácter optimista, ni de tener una cuenta de resultados en la vida más o menos saneada. Esta virtud preciosa es un regalo de Dios, que hay que pedir con insistencia. Iluminados por ella podremos caminar hacia nuestra meta como nos recomienda hoy san Pablo: “Dejémonos de las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”.

Estemos en vela y atentos, no sólo para descubrir los signos que Dios nos va dando en la vida, como se los envió a Noé, para afianzar nuestra esperanza. Estemos atentos, sobre todo, para acoger la fuerza renovadora de esas venidas de Jesús en cada uno de nuestros días. A El le encontraremos en su advenimiento glorioso, que estamos preparando en este tiempo del Adviento. Sabemos que también le encontramos en la comunión de cada domingo, y de un modo muy especial cada vez que aparece en nuestra vida con el disfraz de cualquier persona que nos necesite. Ahí es donde tenemos que estar en vela, pues viene así “a la hora que menos penséis”. Que en esos encuentros cotidianos tengamos la suerte de descubrirle, y que cada vez que le descubramos volvamos a pedirle que encienda esa gloriosa esperanza: cuando el mal termine le seguirá el comienzo de un bien mayor. María, estrella del Adviento, nos ayudará a guardar estas cosas en el corazón y a esperar con fortaleza la venida gloriosa del Amor.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Ecografía en positivo (Domingo XXXIII C)

Cuando los antiguos construían un templo lo hacían de tal modo que reflejase en su disposición y en su diseño la estructura del universo. Por eso no nos extraña que Jesús, en el evangelio de hoy, aproveche los comentarios sobre el Templo de Jerusalén para dar una profunda radiografía del mundo, casi una ecografía, y para predecir el alumbramiento de un mundo nuevo. Del Templo se destacan dos cosas: su belleza y su caducidad, pues en efecto el Templo de Jerusalén sería destruido pocos años después de que Jesús dijera estas palabras, hasta tal punto que hoy sólo queda de él un pequeño resto, venerado como el Muro de las Lamentaciones en Jerusalén.

Lo mismo con el mundo nuestro, que está lleno de belleza, por ser criatura de Dios, y al mismo tiempo amenazado de ruina y destrucción, sujeto permanentemente a la terrible amenaza del Mal. Por un lado, procede de la misma constitución de la creación: terremotos, enfermedades… Pero de un modo más terrible procede de la maldad de los corazones humanos, de los que vienen las guerras, las divisiones, los enfrentamientos… Constantes que se daban en tiempos de Jesús, se dan hoy en nuestro mundo, y se seguirán dando hasta el final de los tiempos.

Esta ecografía del mundo que se nos presenta así de dramática puede resultar desalentadora, y sin embargo, el resultado acaba siendo positivo. El salmo nos decía que “Dios llegará para regir la tierra con justicia”, y el profeta Malaquías nos recuerda que llegará un día en el que “Dios tomará la maldad y la perversidad como paja para quemarla en el día de su venida”. Dios puede arreglar este mundo, limpiándolo del mal y devolviéndole la belleza que sembró en su interior en el momento de crearlo. Esta es la misión de Jesús, quien en su vida terrena sufre en primera personal el mal de este mundo, al tiempo que pasa entre nosotros sembrando bien, consuelo, amor y esperanza de belleza: “ni uno sólo de los cabellos de vuestra cabeza perecerá”.

Esta es por tanto la misión de la Iglesia, proseguir la tarea de Jesús, ayudar a Dios a seguir arreglando este mundo que vemos tan roto y dolorido. La Iglesia realiza su misión perseverando en medio de dificultades, incomprensiones y persecuciones, “trabajando día y noche” como hacía san Pablo. En esta misión cada uno de nosotros, por ser bautizados, tiene un sitio para colaborar. Todos tenemos que ayudar a Dios a arreglar este mundo, de modo que de ningún cristiano se podría decir “que vive sin trabajar, muy ocupado en no hacer nada”. La Iglesia nos ofrece un sitio a todos para colaborar, de modo institucional (siendo catequista, voluntario, miembro de algún grupo), económico (colaborando hoy especialmente con el sostenimiento de la Iglesia) y sobre todo personal, trabajando y viviendo de tal manera que en nuestra vida cotidiana seamos portadores del amor y del bien que proceden de Dios.

“La única manera que tiene el Mal para vencer es que los buenos no hagan nada”. Esta máxima nos recuerda que con nuestra tarea diaria, hecha con fe y amor a Cristo, iremos llenando este mundo de tonos positivos, e iremos ayudando a Dios, perteneciendo a la Iglesia, a arreglar su creación y a llenarla de belleza, de modo que el mundo entero se convierta en un templo hermoso para su Creador.