El Cielo es durante estos primeros días de noviembre un objeto frecuente de contemplación. Allí descubrimos a esa enorme multitud de intercesores y modelos que son los santos, y, entre ellos, disfrutando eternamente del Amor de Dios, muchos de nuestros difuntos, que han estrenado ya su morada celeste. Pero en el corazón del Cielo hay una figura que hoy nos presenta con trazos fuertes la segunda lectura de hoy: "allí está Cristo, que vive para siempre para interceder en nuestro favor". El centro del Cielo es el Corazón de Cristo Sacerdote, que eternamente recoge nuestra vida y la presenta al Padre Celestial intercediendo por ella. El Amor de Cristo no conoce descanso, día y noche vela por nosotros, perdona nuestros pecados, escucha nuestros lamentos, consuela nuestros corazones y llena nuestra alma de fuerzas renovadas. Es un Amor que despierta en nosotros, como no puede ser menos, un amor que poco a poco va creciendo hacia Él, como el árbol con el que Jesús compara al Reino de los Cielos. Un amor cuya semilla es la gratitud por lo que Cristo hace sin descanso por nosotros, cuyo tronco es nuestro esfuerzo diario por corresponderle y cuyas ramas son las obras de amor que nosotros hacemos como buenamente podemos, intentando esparcir las semillas del amor de Jesús a nuestro alrededor.
Por eso entendemos que la última respuesta de Cristo en su enseñanza es el precepto del amor. "Nadie se atrevió a hacerle más preguntas", porque se había respondido a lo esencial. Lo que Dios espera de nuestra vida de fe, el precepto primero de todos, es responder a ese Amor de Jesús con todas nuestras fuerzas. Las que tengamos en cada momento. Las que la gracia de Dios nos ayude a tener. El corazón de nuestra fe, como el del cielo, es el amor que somos capaces de vivir con Jesucristo. Un amor hecho de agradecimiento por todo lo que hace por nosotros, como lo vivió Israel con Dios al ser arrancado de la esclavitud miserable de Egipto. Cuando Israel se vuelve maravillado al Dios del Sinaí para agradecerle la liberación, se encuentra con estas palabras: "Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios con todo el corazón". La mirada agradecida a Jesús despierta en nosotros, naturalmente, el amor a nuestro Salvador, a Aquél que "puede salvar definitivamente".
La última respuesta es siempre la más importante, por eso las palabras de Nuestro Señor nos ponen frente al asunto más importante que tenemos que revisar en este año de la fe. ¿Vivo una fe que reconoce a Cristo como mi Salvador? ¿Saber que mi vida está salvada día a día por El me lleva a sentirme agradecido? ¿Expreso ese sentimiento en un verdadero amor a Jesús? Podemos preguntarnos también, al llegar a esta cuestión, cómo somos capaces de vivir ese verdadero amor con Jesús. El salmo, afortunadamente, nos da unas palabras para empezar a vivirlo: "Yo te amo Señor, tú eres mi fortaleza". Para vivir el amor podemos empezar a traducir los sentimientos en palabras, en jaculatorias, decirle muchas veces al Señor que le queremos. Y de las palabras, el amor nos llevará a las acciones. Expresar nuestro amor a Jesús en el amor a los más próximos, a nuestros familiares, amigos y compañeros. Y dejar que el amor poco a poco se extienda hasta un verdadero interés por las necesidades del mundo entero, hasta dejarnos afectar por la necesidad de los "prójimos" más lejanos.
Intentemos contemplar ese Amor celeste y eterno de Jesús. Pidamos al Espíritu Santo que sepamos descubrir ese amor y agradecerlo profundamente. Y transformemos la gratitud en un amor sincero, hecho de palabras internas y gestos exteriores, para responder a lo que hemos recibido de Jesús. Anotemos con tinta de oro esta última respuesta del Maestro en nuestros apuntes para la vida. Y sigamos soñando, en medio de nuestros suspensos y aprobadillos, con lograr algún día el Sobresaliente del Cielo. El Amor todo lo puede...

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