No se nos va a olvidar la enseñanza del domingo pasado. El episodio de los dos hermanos Zebedeos con Jesús nos recordaba que nuestra fe empieza siempre por pedir un espíritu de sacrificio y de servicio en favor de los que tenemos más cerca. Pero esta enseñanza no nos debe hacer olvidar que la fe también nos lleva a pedir la solución de nuestras propias miserias. Nunca debemos ser tan generosos con los demás que nos olvidemos de presentar ante Dios nuestras tribulaciones y sufrimientos. Precisamente porque en ellos es cuando estamos más cerca de Dios.
Nuestro Dios está cerca de los atribulados, o, como dice el profeta Jeremías, los que encabezan el grupo de los salvados por Dios son "cojos, ciegos y embarazadas". Personas que están pasando por momentos difíciles o delicados. Cuando estamos en esos momentos es cuando tenemos más derecho a presentarnos delante de Dios. Quizás a veces pensamos al revés: nuestras obras buenas nos dan derecho a pedir a Dios una contraprestación y nuestros sufrimientos son castigos a nuestras maldades. Nada más lejos de las lecturas de la Palabra de Dios que tenemos hoy en la Misa.
Dios se acerca a nuestra miseria como un el hierro a un imán. Aunque a veces pensemos que no tenemos espacio en los oídos de su Corazón. Jesús oía perfectamente al ciego que, lleno de miseria, le gritaba desde su parálisis y su pobreza. Le hace esperar, quizás para que acoja mejor preparado el inmenso regalo que va a recibir. Y en cuanto Jesús le hace sentir su presencia, el ciego, lleno de confianza, salta hacia El y entabla un maravilloso diálogo que todos habremos tenido con Dios alguna vez en nuestra vida: "¿Qué quieres que haga contigo? Maestro, que pueda ver". Bartimeo confía en que su miseria tiene un espacio en el Corazón de Jesús, y porque confía, obtiene la luz.
Recientemente un gran megamillonario afirmaba que había hecho su inmensa fortuna a base de no confiar absolutamente en nadie. "Bueno, un poco en mi madre", decía. Si a veces nos pasa algo parecido, es decir, si pensamos que la mejor manera de remediar nuestra pobreza es no confiar en nadie, no perder tiempo contándole mis problemas a Dios, desconfiar de la oración y de los sacramentos, emprender yo mismo el camino de mi solución... Si a veces sentimos esto, puede que la historia de Bartimeo nos abra los ojos. Confiar en un Dios que abre espacio en su Corazón a mis problemas es el primer paso para salir de ellos. Primero, viéndolos con una nueva luz. Segundo, sacando fuerzas poco a poco para afrontarlos. Por último, "seguir a Jesús por el camino" como el ciego, para que poco a poco el Señor vaya llenando mi miseria de sentido y de fortaleza.
El Señor está cerca de los atribulados. Y hoy espera que le pidas por ti mismo con confianza y espíritu de fe. Lleno de luz, y caminando a su lado, serás capaz de hacer grandes cosas por ti, y por todos los que te rodean.

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