domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Preparado para ver? (Adviento I)

"A ti Señor levanto mi alma", hemos orado hoy en el salmo responsorial de la misa. Una oración que nos sirve especialmente bien para llenar nuestra vida interior en este comienzo del Adviento. Ante el Dios que desciende desde la eternidad y la gloria a la temporalidad y al sufrimiento, no cabe otra actitud que elevar el alma para salir a su encuentro. Y el alma, lo sabemos bien, muchas veces es más difícil de levantar que el propio cuerpo, pues sólo puede elevarse sobre sí misma a base de una virtud que hoy es un verdadero artículo de lujo: la esperanza.

Solamente el alma que tiene la luz de la esperanza en su interior es capaz de levantarse, de "alzar la cabeza", como nos pide el Señor en el evangelio de hoy, porque sabe que en todo momento "se acerca vuestra liberación". Solamente Dios nos puede regalar esa esperanza, que no tiembla aunque en nuestra vida "haya angustia de las gentes, miedo y la ansiedad". En medio de las tormentas más terribles el alma que espera en Dios puede confiar, en medio del miedo y el malestar, en la venida de Jesús a su vida, "lleno de poder y gloria". Y puede confiar porque Dios es el único poder en el mundo que cumple siempre sus promesas, como nos recordaba en la primera lectura el profeta Jeremías. Tarde o temprano, o mejor dicho, en el tiempo previsto oportunamente por Dios en su providencia, amanecerá en nuestras vidas la vela de la salvación. Miles de años tuvo que esperar la humanidad hasta que esta luz despuntara en Belén, en el momento oportuno. Nosotros esperamos ahora que esta Navidad vuelva a venir a nuestras casas.

Por eso recordamos la próxima venida del Salvador encendiendo la primera vela de la corona de Adviento, como viendo desde la oscuridad a lo lejos la luz que poco a poco viene a llenarnos de su resplandor. La luz llegará seguro, nos dice la esperanza cristiana. Pero la fe nos dice otra cosa: ¿estás preparado para recibirla? La luz nunca fallará, pero la claridad de nuestro corazón posiblemente sí. San Pablo les dice hoy a los de Tesalónica que pidan fuerzas para que  cuando venga la luz de Jesucristo "os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre". Cuando venga con todo su poder la luz de Dios en nuestra vida, ¿se encontrará un corazón preparado para verla? ¿Podremos presentar a Dios un corazón con grandes deseos de santidad? ¿Estaremos dispuestos a realizar en nuestra vida lo que la luz nos pide?

Por eso el tiempo de Adviento es a la vez tiempo de esperanza y tiempo de purificación. Esperanza en la venida del Dios que siempre cumple Purificación de las tinieblas de nuestras angustias, vicios y preocupaciones, que nos impiden ver con la sencilla claridad de los niños la omnipresencia de Dios en nuestra vida. Tomamos nota entonces de la advertencia de Jesús: "Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida". Intentemos despejar nuestra mente con la oración y la confianza en Dios, para que libre de sus velos pueda estar bien preparada para recibir esa luz hermosa y salvadora que desde hoy no puede más que crecer. 

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