Están locos estos cristianos. El mundo civilizado se lanza un año más a poblar balcones, postales y escaparates con la sonrosada y placentera figura del rollizo Santa Claus, y ellos de repente nos plantan a un sieso. Un tipo extraño, con luengas barbas de indigesto profeta y con una pelambrera de camello por toda vestimenta. Un señor fuera de lugar que comienza a despertar a las arenas de un solitario desierto hablando de la próxima venida de un primo suyo llamado Jesús. Un vociferante altavoz que no nos recuerda la última oferta que podemos adquirir para nuestras compras navideñas tan típicas de estos entrañables días, sino que proclama la cercanía de algo tan galácticamente abstruso como es la salvación de Dios, así, con todas sus letras. El mundo cuelga santaclauses y en todas las iglesias del mundo se muestra hoy la figura de un personaje que ciertamente no es Papa Noel.
Pues es verdad, santa locura. O más bien, serena cordura que mantiene el alma en estos días previos a la Navidad alejada de la locura de folleto y escaparate que amenaza descargar próximamente. Serenidad que la voz de san Juan Bautista hace amanecer en nuestra alma, porque, como decía el profeta Baruc en la primera lectura, podemos "mirar a oriente", mirar el amanecer dulce y radiante del Amor, cuyo despuntar nada tiene que ver con las atronadoras luces que nos atosigan por doquier. El mundo, podíamos pensar, se asoma a la locura navideña, y los que oyen la voz del Bautista, sienten que deben serenar sus corazones para que el amanecer que se acerca les encuentre preparados. Comprendemos que haya personas encantadas con perder noches y noches en torno a artificiales luces fosforescentes, pero no podemos menos que afirmar que nuestros ojos han sido creados para contemplar el amanecer del sol a cielo abierto.
Frente a las luces de artificio de la Navidad de Papa Noel, el amanecer radiante de la Natividad de gloria anunciada por san Juan Bautista. Parece un tópico, pero como el cristiano vive en el mundo, sin ser de él (o al menos intentándolo), conviene que la Iglesia nos recuerde todos los años que lo nuestro no es sumergirnos en el consumo de luces, sino desear ardientemente el despertar de la Luz. El que ha probado alguna vez la intensidad y la profunda alegría que deja el toque del Amor de Dios en el alma, termina por afirmar que todo puede faltar en la Navidad menos esa centella de Amor. Podemos pasar dificultades económicas, laborales, familiares, de salud... Podemos pasar una terrible crisis que hace que Papa Noel esté a punto de pedir la jubilación anticipada por falta de portes, después de años y años ampliando renos y trineos. Podemos experimentar con desaliento que nuestra vida sigue igual de mediocre y gris que la Navidad pasada. Pero si hemos sentido alguna vez el amanecer radiante de la Navidad, terminaremos por afirmar que en el fondo siempre tenemos lo más importante.
Siempre nos quedará Belén. Pase lo que pase. Estemos como estemos. Vaya como vaya este loco mundo en el que los cristianos intentan vivir su fe de la manera más auténtica posible. Siempre nos quedará la venida del Niño como luz humildísima. Siempre podremos escuchar al Bautista recordándonos que, aunque todo falte, Dios siempre crea el amanecer. Por eso dejamos a un lado las prisas de agendas y tickets de compras, y tratamos de limpiar nuestros ojos para que vean esta dulce y suavísima luz. Buscamos unos ojos que, como pedía san Pablo desde el Corazón de Jesús para los filipenses, tengan "sensibilidad" para seguir el rastro de esa luz sin dejarse deslumbrar por tantas luces. Buscamos trabajar nuestra alma, para que "los valles se eleven y los montes desciendan". Para que nuestros desánimos sean vencidos por la esperanza y nuestro altanero orgullo sea cautivado por la humildad.
Preparamos en estos días nuestros ojos para ver este amanecer que nos promete san Juan Bautista. Serenamos el alma, con el paciente trabajo de elevar y de rebajar, como un buen alfarero. Y aunque todo el mundo corra ansioso, o preocupado, o alocado, detrás de un trineo artificial... los locos cristianos intentarán no apartar los ojos del sendero por el que se acerca el amanecer por medio del desierto en su camino hacia Belén.
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