Siempre daremos gracias a Dios por haber inventado tantas
formas de vivir la
alegría. Nos llenan de alegría miles de cosas, materiales,
emocionales, personales... pero posiblemente una de las formas más intensa de
estar alegre es la presencia de una persona amada. De esta alegría, esta luz
indefinible que causa en el corazón la presencia de una persona que nos trae un
bien, es de la que nos hablan las lecturas de hoy, porque es la alegría propia
de la navidad cristiana. De la Navidad.
Todas las lecturas nos anuncian con alegría la presencia
nueva de “Dios en medio de nosotros”, como hace Sofonías, o nos recuerdan con
san Pablo que “el Señor está cerca”, o nos tratan de hacer revivir “la
expectación por la venida del Mesías” que ocurrió en tiempo de Juan Bautista.
Alegría emocionada por la venida de Alquien a quien necesitamos mucho y con
quien podremos vivir muy de cerca. Alguien, un Niño enviado por Dios, un Niño
Dios, que nos llena de ilusión porque nos trae tres valiosísimos regalos.
Sofonías nos habla del primero, que es la “alegría de
corazón”. Alegría causada no porque todo vaya bien, ni porque tenga toda la
vida resuelta, ni siquiera porque estoy encontado conmigo mismo. Estas alegrías
van y vienen, pero el profeta nos habla de la alegría de saber que Dios “se
complace en ti, te ama, y se alegra contigo”. Alegría profunda que es como una
centella de luz, un susurrar del Amor de Dios en el corazón, que te dice sin
cesar estas hermosas palabras que nos trae el profeta. San Pablo nos habla del segundo “la paz de
Cristo”, esa profunda serenidad del corazón que nos hace ver las cosas en su
justa medida. Ni lo bueno es tan bueno y permanente como parece ni lo malo es
tan malo y omnipresente como se nos represente. “Pedid y dad gracias”. “Nada os
preocupe”. Sólo un corazón en paz puede tener la fortuna de saborear estas
frases. El tercero nos lo recuerda el Bautista, ya que el Bautismo que trae
Jesús es un verdadero baño de
purificación. El regalo de ser purificado a fondo por el Amor, ese “Espíritu y
Fuego” del que habla hoy Juan, que quema todo el lastre negativo de nuestra
vida y hace relucir con luz nueva las
cosas buenas que tenemos.
¿No te gustaría recibir estos tres regalos de manos del niño
esta Navidad? La alegría que nada te podrá quitar, la paz que serena tus ojos,
la pureza interior que te permite brillar con luz nueva. No son caros, ni
difíciles de conseguir, ni están sujetos a recortes ni a restricciones.
Simplemente te pide san Juan Bautista, el mensajero del Niño que va a dártelos,
que vivas tres cosas, tres tareas con las que puedas preparar el camino al Niño
que trae presentes.
Al común de la gente le propone “repartir con el que no
tiene”. A los injustos publicanos les manda “no exigir más de lo debido”. A los
duros soldados les indica “no hacer violencia a nadie”. Tres tareas claras: más
generosidad, más justicia, más buena cara y mansedumbre. Si queremos los
regalos, que ciertamente necesitamos, emprendamos las tareas. Todos podemos
repartir con más generosidad esos bienes con los que Dios te ha bendecido para
que puedas ayudar a los que nada tienen. Todos podemos tratar a los nuestros
con más justicia, sin estar siempre
poniéndonos como el centro de toda balanza. Todos podemos sembrar algo más de
paz y mansedumbre en nuestra familia o en nuestros trabajos, de modo que la
tentación de resolver los problemas con la prepotencia o la opresión encuentre
menos lugar en nuestros ambientes.
El Niño trae la alegría de una presencia llena de tres
regalos valiosos y necesarios. Dale gracias porque un año más se acuerda de tu
vacío y tu necesidad, para llenarla con sus dones en su ya próxima venida. Y
pide a su Madre que en la tarea de allanar el corazón cuentes con su ayuda. Que
María, protagonista ya del Adviento, ponga en tu alma esa generosidad, esa
justicia y esa mansedumbre con los que Ella acogió la venida de su Hijo. Ella
te colmará de estas virtudes, y tú tendrás tus regalos.

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