domingo, 18 de noviembre de 2012

El Cielo se desploma en Amor

Estaban realmente locos aquellos romanos que asediaban sin cesar esa aldea habitada por unos irreductibles galos cuyo único temor era que el Cielo cayese sobre sus cabezas. Es ciertamente desagradable salir a pasear por las calles de tu aldea global y que empiecen a caer sobre tu cabeza porciones celestes y lluvia de asteroides, por lo que comprendemos razonablemente el miedo de aquellos bigotudos galos. En una línea parecida, la Sagrada Escritura usa imágenes de grandes caos celestes para describir lo peor que pueda pasar: "el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán.." como dice Jesús en el Evangelio de hoy.

Sin embargo, la reacción propuesta por Jesús ante esos acontecimientos no es el terror ni el pánico. Porque sólo entonces, cuando el caos y el desastre parecen irreversibles tragedias de alcance cósmico, sólo en el momento donde ninguna solución parece posible puede aparecer en plenitud la salvación de Dios: "Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria". Lo que sucede al corazón con fe cuando ve que el cielo de la vida está para desplomarse sobre su cabeza es, paradójicamente, una reacción de esperanza: ahora Dios no tiene más remedio que actuar, porque sólo El puede arreglar esto, y porque sólo El puede asegurar que nunca dejará desprotegidos a los suyos. Por eso, igual que la crisis que rpecipita el final de la historia es tan sólo el preludio a la gloriosa manifestación de Jesús Salvador, las crisis que hacen tambalear el firmamento de mi vida son ocasión para invocar al Salvador y poner en sus manos mi camino y mi futuro. Es esa manía irreductible de la Sagrada Escritura, que, como decía también el libro de Daniel, ve que aunque "serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora", sin embargo lo que promete no es la aniquilación, sino que "los sabios brillarán como el fulgor del firmamento".

Por tanto, el temblor del cielo es fuente de esperanza, más que de temor: ahora sí que viene el Salvador. Y si se hace presente, nos recuerda Jesús, no es tan sólo para coser sietes o zurcir los descosidos de este mundo sufriente y en permanente dificultad. Viene a reparar, es cierto, pero sobre todo viene por Amor. Ese Amor que busca estar habitualmente en los brazos del Amado, y que hace que Jesús, en su venida reparadora, envíe a sus ángeles "para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos". La venida de Jesús busca por encima de todo el encuentro con los suyos, con todos nosotros. Por eso es una venida de Amor, cuyo fruto maduro es la Iglesia, esa inmensa reunión de creyentes en torno al Amado, que camina por este mundo doliente en la esperanza de un futuro mejor que sólo Jesús puede abrir.

¿Y cuándo será ese momento? En su grado definitivo no lo sabemos, pues aunque cientos de adivinos y quinielistas aventuren fechas del fin de mundo con una pródiga abundancia de hipótesis, tenemos que reconocer que sólo el Padre, el Creador de este mundo, es el que sabe su fecha de su caducidad. Y si "ni los ángeles del cielo ni el Hijo" saben cuál es esa fecha, difícilmente daremos crédito a profetas de probabilidades. Sin embargo, en el grado del día a día, sí podemos afirmar que el momento de la venida de Jesús a nuestra vida va directamente unido a nuestras dificultades y nuestras cruces. Cuanto más nos hacen temblar, más se acerca a nosotros ese Amor celeste que viene desde las nubes para derramar la lluvia reparadora de su gracia y su consuelo. Abramos el corazón para acogerlo, porque en el fondo ese Amor que se reveló en la Cruz es lo único que el Cielo puede arrojar sobre nuestras cabezas y enviar a nuestros corazones.

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