¡Qué diferencia con los anteriores domingos! Hoy ya no vemos a Jesús enviando a sus discípulos a evangelizar a las multitudes, ni enseñando su doctrina a los maestros en la solemnidad del Templo de Jerusalén. Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Estamos en la sencillez de la vida doméstica de una humilde familia de Betania, en el camino de Jerusalén a Jericó. Una familia especialmente querida para Jesús, la de Marta, María, y Lázaro, que es para el Señor como un oasis de descanso y familiaridad en el áspero desierto de su misión redentora. Marta tiene la fortuna de acoger a Jesús en su casa, atendiéndole con mucho servicio, aunque evidentemente dejándose superar por el trajín. Su hermana María, suponemos que no menos trabajadora que ella, tiene sin embargo la sabiduría de parar a tomarse un respiro sentándose a los pies de Jesús para escucharle.Buen programa, vivir así con Jesús en nuestra casa, trabajando duro y orando con deseo, para que el Señor se sienta acogido en nuestra casa. ¿Acogerle para qué? Para que así Jesús te acoja a ti, como pasa en el caso de Zaqueo, el corrupto de Jericó que acogió a Jesús en su casa y como premio escuchó estas palabras: hoy ha llegado la salvación a esta casa. Tener a Jesús en casa es llenarla de salvación, y por eso se dice que María ha escogido la mejor parte. Necesitamos muchas cosas en nuestra casa, y la decoramos con ilusión y con el afán de que no falte de nada… pero todo faltaría si faltase Jesús. ¡Qué necesaria es esa presencia especial de Dios en casa!
¿Y cómo la vamos a conseguir? ¿Vamos a ser menos afortunados que aquella familia de Betania, que fue bendecida con esa presencia de Jesús? Hay una manera, gracias a Dios, de recibir a Jesús especialmente intensa, como son los sacramentos. Cuando un niño bautizado entra en casa, y no digamos cuando volvemos a casa después de comulgar cada domingo (pues el cristiano “se lleva a su Dios puesto”), se da una presencia grande de la gracia en ese hogar. Además, hay un sacramento especialmente previsto por Dios para bendecir los hogares. Cuando una pareja recibe el sacramento del Matrimonio lo hace porque tiene claro que no es lo mismo tener tu hogar fundado en un papel del registro, que se lo lleva el viento, que en la bendición sacramental de Dios, que se compromete a bendecir el hogar de los esposos para siempre. No es lo mismo, aunque se llamen igual. En cada hogar cristiano está viva esa presencia permanente y benévola de la gracia de Dios en el amor de los esposos, con independencia de cómo se viva éste.
Gran camino, por tanto, para acoger a Jesús en casa. Pero también tenemos otro más cotidiano y habitual. Cuando Jesús dice, en el evangelio de san Mateo, fui forastero y me acogisteis, lo que hicisteis con ellos conmigo lo hicisteis, nos está indicando que podemos acoger a Jesús en casa cada vez que acogemos al que nos necesita. Así lo sentían los benedictinos, maestros de hospitalidad en el Camino de Santiago, para los cuales hay que acoger al huésped como al mismo Cristo.
Por eso hoy también podemos revisar si estamos dispuestos a practicar la hospitalidad siguiendo el ejemplo de los grandes creyentes. Tenemos hoy la imagen de Abraham, de quien nos dice el Génesis que entró corriendo en su tienda, escogió un ternero hermoso y se lo sirvió a aquellos tres huéspedes en los que reconoció la presencia de Dios. Acoger al que nos necesita con detalles de cariño, con diligencia y poniendo lo mejor que tenemos a su disposición. Así han vivido siempre la hospitalidad las familias cristianas, y así deberíamos seguir, aunque estemos en una sociedad que tiende a convertir las casas en bunkers cerrados, donde la abundancia de recursos y ocio nos pueden llevar a desentendernos de las necesidades de los demás.
Acojamos por tanto con un corazón abierto y confiado a todos, como nos recuerda san Pablo: amonestamos a todos, enseñamos a todos. Eso será para nuestra casa acoger la bendición de Jesús. Sara recibió en premio a su hospitalidad a Isaac, el hijo de la promesa. Nosotros, a alguien mucho mayor: al Hijo de María, a Jesucristo, que desea estar en nuestra casa para bendecirla y acogernos en la suya.
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