¡Cómo nos impactaban el domingo pasado esos preciosos testimonios de confianza en Dios! Es verdad, esa confianza es la que nos da el poder de ver milagros. Es lo que descubrimos de nuevo hoy en los diez leprosos. Con qué enorme confianza gritan a toda voz ¡Señor, ten piedad! Quién pudiera vivir así el comienzo de la misa, ¿verdad? Con el corazón en la garganta, gritando con fe.Y sin embargo, nos damos cuenta en seguida de que no lo han hecho bien. Piden el milagro con fe, es verdad, pero ¿para qué lo piden? Porque a la hora de pedir un milagro nos puede pasar lo mismo que cuando pensamos algún arreglo en casa. Hay gente que se conforma con remiendos, a veces de mucha calidad, para luego seguir igual. Y otros, prefieren una paciente restauración, que acabe por reformar la casa a mejor. Aplica esto a las goteras y comprobarás la diferencia de resultados. Y lo mismo con la petición de milagros. Los nueve leprosos sólo buscan curarse, remendar su salud, para luego seguir igual… hasta que, de una cosa o de otra, une se muere y acaban los remiendos.
Menos mal que el leproso samaritano encuentra algo más en el milagro. Es capaz de reconocer que ha recibido un gran regalo, y algo se le reforma, se le mueve en la vida. Ese leproso es capaz de darse media vuelta, de convertirse, y acercarse a Jesús. Es lo mismo que hace Naamán, el general sirio, en la primera lectura: “ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”. El milagro produce en ellos no sólo el remiendo de un roto en su vida, sino un profundo movimiento interior que le mueve a glorificar a Dios, y adorarle en Jesucristo. Y por eso el leproso samaritano puede escuchar: “levántate, vete, tu fe te ha salvado”. Ha conseguido una nueva intimidad con Dios, que le traerá la salvación para siempre, en esta vida y más allá de la muerte. Esa reforma definitiva y para siempre era lo que san Pablo deseaba para los suyos: “lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna”.
Aprendamos del “buen leproso samaritano” a pedir milagros con fe, no sólo para que “el de arriba nos solucione un problema”, sino con deseo sincero de acercarnos más a Dios. Sería una pena pensar que el milagro que le pido a Dios es sólo la prestación de un servicio de emergencia, y olvidar que ha de ser una llamada a una relación más auténtica con Dios. Podrías preguntarte, en este sentido, cómo estarías con Dios si El te lo concediera.
Para responder, piensa lo que has hecho con los milagros que ya has recibido de Dios. Porque van muchos, seguro. ¿Cuántos detalles, favores, milagros y aún milagrazos has recibido ya de la bondad de Dios? Te sorprenderías si alguna vez se te ocurre apuntarlos todos en un papel. Si encuentras más de uno, pregúntate, antes de pedir otro, cómo te ha servido para acercarte más a El. Si te has contentado con un agradecimiento material: una vela, una promesa, un grito de alegría… y luego todo ha seguido igual en tu vida. O si te han ayudado a tener con Dios una relación más personal y auténtica.
Todavía tienes muchos más milagros que ver. Algunos grandes, para añadirlos a tu hoja personal, y otros tan pequeños y cotidianos como ver cada mañana que podemos pasar las hojas del calendario. ¡Qué maravilla! Si cada uno de ellos moviera tu corazón a la gratitud y a la adoración, al amor personal a Jesús, sin reducir tu experiencia al “suma y sigue” de los nueve leprosos ingratos.
Pide por tanto milagros, y los verás si tienes fe. Pero no olvides que El te los da para que le busques y le ames más. Pide el milagro, y pide también la fe y el amor que necesitas para que tu vida cambie al recibirlo. Cuando Jesús escuchó a su Madre, la Virgen, en Caná, hizo su primer milagro. Pero san Juan nos recuerda al narrarlo en su evangelio que con la conversión del agua en vino no sólo fue posible poner un buen remiendo y seguir la fiesta: además de eso, sus discípulos creyeron más en El. María te ayudará a pedir con fe los milagros que Dios te quiera dar, y sobre todo te inspirará cómo agradecérselos cambiando tu vida para acercarte a su Amor.
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