Certeza casi universal en todos los lugares y tiempos es saber que Dios existe y puede ayudarme. Buena muestra de ello nos dejan las lecturas de este domingo, por ejemplo la del Eclesiástico, en donde leemos que el que necesita a Dios “no ceja hasta que Dios le atiende y le hace justicia”. Toda con más claridad lo vemos en el publicano que hoy nos pone Jesús como ejemplo. En medio de su vida humillada es capaz de pedir ayuda en el Templo a Dios y así “bajó a su casa justificado”. Su encuentro con Dios le perdonó, le sanó y le llenó de gracia, que es lo que para nosotros significa ser justificado. En resumen, vemos en las palabras con las que Jesús cierra la parábola un resumen precioso de esa certeza: “el humillado será ensalzado”. Este lema del Nuevo Testamento se hace realidad en miles de personas, que cuando se hacen humildes, o muestran a Dios su humillación y opresión, son escuchadas y ensalzadas.Por eso, en el fondo de toda religión está el deseo de encontrarse con el Amor de Dios para que nos justifique y nos ensalce. Es decir, para que cambie nuestra vida de raíz, como dice el Papa en su mensaje para el DOMUND, liberándonos de nuestros límites y abriendo nuestra vida a una nueva paz y fraternidad. Para los cristianos, este deseo se traduce en la necesidad de ver a Jesús, en quien encontramos el Amor de Dios.
Este es el lema del DOMUND para este año: queremos ver a Jesús. Para que él nos justifique y cambie nuestra vida. Pero habitualmente, a Jesús se le ve por medio de sus mensajeros. El Señor se vale de nosotros para hacerse ver en medio de nuestro mundo, y de una forma muy especial eso se cumple en los misioneros, cuya misión es hacer ver por toda la tierra el Amor de Dios en Jesús. Y eso, lo sabemos muy bien, lo hacen con su trabajo, en el que mucha gente es capaz de reconocer el trabajo de Dios. Los frutos de ese trabajo de Dios, como habíamos visto en el publicano de la parábola, es una mejora radical de la vida. Miles de personas, gracias a los misioneros, acceden a una verdadera promoción humana, miles de humillados por la violencia, el hambre, la injusticia o la ignorancia ven sus vidas ensalzadas como efecto de la presencia de Jesús en los misioneros. Y además de esta promoción humana, pueden satisfacer una necesidad aún más profunda que la del pan: la necesidad de ser amados, de poder creer en el Amor de Dios y de confiarse a El.
Esta historia se repite a lo largo de los siglos, gracias a tantos hermanos nuestros que con su generosidad siembran el mundo de la predicación del Amor de Dios. Ya lo veíamos en san Pablo, quien hoy dice: “el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegra la predicación, de modo que la oyeran todos los gentiles”. Lo vemos también hoy en las grandes organizaciones misioneras de la Iglesia, como Manos Unidas, que acaba de recibir como reconocimiento a su labor el premio Príncipe de Asturias. No lo vemos, sin embargo, en tantos misioneros anónimos que en todos los rincones de la tierra dedican su vida a hacer que Jesús sea visible en su tarea cotidiana, siendo así mensajeros del Dios que siempre nos puede ayudar. Con frecuencia con riesgo de su vida, pues como decíamos en el salmo “el Señor se enfrenta a los malhechores”, hay que enfrentarse a muchas estructuras de pecado para ensalzar y hacer justicia a los humillados… y muchas veces esto cuesta la vida, entregada así por Jesucristo y por el Evangelio.
Podríamos intentar verlo también en nuestra vida cotidiana, pues a todos alcanza la llamada a vivir la vocación misionera. También es bueno que hoy renovemos nuestro deseo de ver a Jesús, y de hacerlo visible en nuestra vida. Qué alegría nos llevaríamos si cuando nos vieran la gente pudiera decir que se nota que leemos la vida de Jesucristo. Y decimos en la vida cotidiana porque es allí donde nos espera la misión a nosotros. Con nuestras acciones, nuestros sacrificios y nuestra oración de cada día, tenemos un papel importantísimo que cumplir en esta tarea universal que tiene la Iglesia por delante. Que hoy todos nos sintamos llamados a vivir este ideal, y que con ilusión pidamos a María, Reina de las Misiones, que nos ayude a participar más en él.
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