sábado, 24 de julio de 2010

La misión de los 72 discípulos (Domingo XIV C)

Quizás alguna vez nos hacemos, o nos hacen, la siguiente pregunta: ¿para qué sirve la Iglesia? Y una respuesta atinada podría ser: para lo mismo que una empresa de obras y reformas. Al menos, a la luz de lo que escuchamos hoy en el Evangelio, en el que Jesús encarga una labor no sólo a los apóstoles sino a los 72 discípulos, que nos representan a todos nosotros. Por eso podemos preguntarnos hoy: ¿para qué quiere Jesús que sirvan los 72 discípulos? Está claro que para que anuncien que está cerca de vosotros el Reino de Dios. Dios se acerca, pero… volviendo a la pregunta, ¿para qué? Escuchamos al salmo decir venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas a favor de los hombres. Luego las obras de Dios, aunque son temibles, no son las de un coco, sino que trabajan siempre para nosotros, a nuestro favor, para reformarnos. Vemos esto bien demostrado en las lecturas de hoy:

* El profeta Isaías dice a un pueblo israelita arruinado, tras el destierro de Babilonia, que la mano del Señor, sus obras, se manifestará de la siguiente manera: yo haré derivar hacia Jerusalén como un río la paz, y seréis consolados. Es decir, el luto y la miseria de Israel serán reformados por Dios en alegría y prosperidad.

* San Pablo predica la norma de Cristo, una manera de vivir cuyo fruto es que la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma. El que vive como san Pablo enseña, recibe la paz y la misericordia, hasta el punto de reformarse por completo en una nueva criatura.

Los 72 reciben como misión acercar a los suyos ese plan de reformas de Dios para esa humanidad en ruinas, un plan que busca la paz, la salvación, y la alegría. Por eso:
* Reciben como primera tarea: cuando entréis en una casa, decid primero paz a esta casa.
* Después, el bien de los demás: curad a los enfermos que haya.
* Y además, despertarán en otros la necesidad de que Dios nos reforme: decid, está cerca el Reino de Dios.

A la vista queda que la tarea fundamental de la Iglesia (de todos, representados en los 72) está en traer a este mundo las reformas que Dios quiere hacer en él: paz, salvación y alegría. Por eso, rechazar esta misión de la iglesia aboca a la ruina, que es por cierto el objetivo de Satanás (a quien hoy Jesús llama Enemigo). Por eso indica el gesto de sacudirse el polvo de los pies, como una severa advertencia de que se está rechazando la posibilidad de escapar del derrumbe y el desierto. Es por tanto una tarea crucial para todos, de ahí que aunque se rechace, seamos exhortados a insistir: de todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios.

Ya sabemos entonces para qué le servimos los cristianos, la iglesia, a este mundo, y por eso somos conscientes de la responsabilidad de responder de esta misión ante el mundo. Sabiendo que es una tarea:

* Difícil: Hay que hacerlo con mansedumbre de corderos (que tantas veces son despellejados por los lobos en la familia o en el trabajo por ser cristianos), en pobreza de medios (aunque todos hablen de los millones de la iglesia), en minoría y, por si fuera poco, a cuestas con nuestros propios defectos y faltas de fe, esperanza y caridad, con nuestras pocas provisiones de paz y de alegría.

* Posible: San Pablo tuvo muchos contratiempo, pero se sabe investido con las señales de Cristo, por eso afirma que nadie le molestará para realizar su misión. Seguro que recordaba con frecuencia lo que nos dice hoy Jesús: os de dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones… y todo el poder del enemigo

Vamos a apoyarnos en este gran poder que nos da Jesús para volver a asumir la misión personal que tenemos, el deber, por cristianos, de reformar nuestro ambiente sembrando paz y alegría. Tenemos entre nosotros grandes ejemplos. Así, los 7% de cristianos de Sri Lanka, que han traído solidaridad y reconciliación a una isla devastada por el tsunami y ensangrentada por la guerra entre cingalíes y tamiles. Todo el mundo tiene claro allí, sea budista o hinduista, lo que puede esperar de los cristianos y para lo que sirven. También sabía todo el mundo lo que podía esperar de san Antonio de Padua, un santo muy querido a quien acabamos de celebrar. Lo primero que hacía al llegar a un pueblo, además de predicar, era reconciliar a las familias enemistadas y curar a los enfermos más pobres.

Un cristiano así, que hace en su vida diaria la misión que recibieron los 72 discípulos, anunciando la cercanía del Dios que reforma, es el que sirve a este mundo para algo: con su oración y con sus pequeños esfuerzos diarios. Poneos en camino, y que Jesús bendiga cada día la misión que tengas que hacer, contando con la ayuda de María y el ejemplo y el apoyo de toda la Iglesia.

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