sábado, 24 de julio de 2010

El mandamiento del Amor (Domingo XV C)

Hoy no hay más remedio que hablar de la final del Mundial de fútbol, no vamos a ser una excepción entre todas las parroquias de España…. Están pasando muchas cosas curiosas e inolvidables en torno a este finalón, pero una de las más pintorescas es ver que el tipo que en estos días se ha puesto de moda es nada menos que un pulpo, el famoso Paul, que parece predecir lo que va a pasar e indica por tanto lo que uno tendrá que hacer.

En el fondo, el interés por el cefalópodo este demuestra muy bien ese necesidad que tenemos todos de que alguien nos anuncie lo que está por venir, porque eso nos solucionará la gran pregunta de cada día: ¿Qué tengo que hacer hoy para sortear con éxito lo que sé que va a venir? Una pregunta similar lehace hoy a Jesús un maestro de la ley, y la respuesta que él mismo se da es una suerte para nosotros, porque nos recuerda que a nosotros ya nos han dicho lo que tenemos que hacer: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.

Bien nos sabemos esto, es menos exótico que el pulpo y muy cercano a nuestra mente desde que nos enseñaron de pequeños que los mandamientos se resumen en dos. Por eso nos recuerda el libro del Deuteronomio que el Mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca… Pero con frecuencia está más cerca de la boca que del corazón. Muchas veces sentimos que no nos da para amar tanto, porque, como músculo que es, se apaga si no se usa.

Por eso hoy Jesús nos propone un entrenamiento para el corazón. Igual que hacen los entrenadores haciendo ver a su vestuario los videos de las mejores jugadas, hoy Jesús nos pone ese video grandioso de la parábola del Buen Samaritano, verdadero demo de lo que es el Amor de Dios que estamos llamados a actuar en el corazón. En el centro de esta parábola se dice que el samaritano bajó hacia el pobre peregrino apaleado y se conmovió a misericordia. Esto nos recuerda a lo que escuchábamos el domingo pasado, cómo Dios se acerca en su Reino para reformarnos y sanarnos, por lo que descubrimos que el samaritano es un símbolo de Dios, ese Padre bueno a quien podemos siempre pedir lo que decía el salmo: por tu gran compasión, vuélvete hacia mi.

Cuando nos reconocemos como peregrinos apaleados, podemos comenzar a vivir la parábola en nuestra propia carne. Podemos empezar a pedir al amor divino que en medio de los golpes no nos falte nunca el vino y el aceite, que según el prefacio de hoy simbolizan la esperanza y el consuelo. Podemos confiar en que Cristo ha derramado el vino precioso de la sangre de su Corazón por nosotros, como nos decía san Pablo para hacer la paz, para reconciliarnos con Dios y acercarnos a su esperanza y su consuelo.

Sólo en la medida en que nuestro corazón se aproxime a esta experiencia podrá ser él mismo un buen samaritano, y cumplir con los demás el vete y haz tú lo mismo. Sólo el que se ha entrenado en recibir el amor compasivo y misericordioso de Dios, tendrá fuerza y ternura para repartirlo entre aquellos que se lo pidan.

Esto es lo que tenemos que hacer: recibir primero el amor inmenso del Dios misericordioso y después repartirlo, contando en esta tarea con la ayuda imprescindible del Corazón compasivo de María. Fortalecer nuestro corazón en el entrenamiento íntimo con Dios y después ponerlo a trabajar sin descanso a favor de los demás. Vamos a por ello y, con independencia de que Paul acierte o no, esperemos que sí, busquemos nosotros ganar el campeonato en ese intenso deporte sobrenatural que consiste en ser Amado para amar.

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